9.9.10

LIBRO VIDA. Capítulos 1 al 10: Desde la niñez a la "conversión"


COMENTARIOS AL LIBRO DE LA VIDA
Capítulos 1 al 10: 
Desde la niñez a la "conversión".

 Tomás Álvarez




CAPÍTULOS 1-10

PRIMERA PARTE DE LA NARRACIÓN


Esta primera sección del libro cuenta la vida de Teresa anterior a su ingreso en la experiencia mística. Desde la infancia hasta los 39 años. Corresponde a la fase designada en el prólogo como "mi ruin vida".

Comprende dos períodos bien definidos: los primeros veinte años de vida hogareña; y los 19 siguientes, ya carmelita en la Encarnación de Ávila. Plácido y sereno el período primero (capítulos 1-3). Cuajado de incidentes y luchas el segundo (capítulos 4-9). La narración avanza así:






(sigue --- en "Más información"... )




Cap. 1: Niñez de Teresa hasta quedar huérfana de madre a los 13/14 años.

Cap. 2: Adolescencia hasta ingresar en el colegio a los 16 años.

Cap. 3: En el colegio, luchas por la vocación, hasta los 17 años.

Cap. 4: Lucha y determinación: ingresa carmelita, a los 20 años.

Cap. 5: Enferma de gravedad: Ávila-Becedas-Ávila, hasta los 24 años.
Cap. 6: Paralítica en la enfermería, y curación, hasta los 27 años.

Cap. 7: Años de crisis religiosa y lucha de crecimiento interior, hasta los 39 años.

Cap. 8: La oración, clave de su vida: más de diez años de práctica (1543-1554).

Cap. 9: Su conversión (1554), a los 39 años.

Cap. 10: Transición: capítulo bisagra entre esta primera parte y la parte segunda, o bien entre los capítulos anteriores y la prosecución del relato a partir del capítulo 23, sección tercera del libro.
COMENTARIO AL CAPÍTULO 1

Teresa niña. En casa. Huérfana de madre  


Teresa comienza a contar su vida. Desde la altura de sus cincuenta años, relata episodios de la niñez y primera adolescencia. Sus recuerdos arrancan de "los seis o siete años", y culminan en los catorce con el hecho de su orfandad por muerte de la madre.

Aunque medio centenaria de edad, ella es joven de alma. Hace poco más de diez años que se ha convertido de raíz, y ha renacido a vida nueva. Al recordar ahora el paisaje de la infancia lo llena de luz y de amor. Ella fue "la más querida". Nada esquiva al amor familiar: "Yo a todos tenía gran amor". Sin sombras, si no es una fugaz pincelada sobre las dolencias de su madre, tan joven y tan agobiada de maternidades: "Éramos tres hermanas y nueve hermanos", diez de ellos hijos de doña Beatriz. Doña Beatriz murió joven de 34 años.

Teresa está secretamente convencida de que la vida que estrenó estaba llena de sentido, y que no le faltó nada para ser ella coherente con esos designios subyacentes. A Dios mismo le dice que "no me parece os quedó nada por hacer para que desde esta edad fuese (yo) toda vuestra" (final del relato n. 8).


El trazado del relato

Organiza la narración en dos grupos de recuerdos: primero, el hogar y las personas que lo componen (nn. 1-4); luego, su propia niñez, primeras lecturas y escapada de casa (n. 4), juegos de niña y prácticas piadosas (5-6), pérdida de la madre y acogida a la Virgen (7).

Todo ello se vuelve motivo de oración. Lo revive, pluma en mano, de cara a Dios en un soliloquio final, primera oración del libro (8).


La narración

El relato tiene tinte femenino. Si la autobiografía de su coetáneo Ignacio de Loyola comienza recordando el tiro de bombarda que lo dejó malherido en el castillo de Pamplona, Teresa comienza la suya con el calor del hogar: "El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara".

Son magistrales los dos perfiles, del padre y de la madre. Él, caballero cristiano. Lo primero que de él recuerda es su propensión a las letras, que no a las armas: "Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y los tenía de romance para que leyesen sus hijos". De su madre recuerda la belleza, las virtudes femeninas y lo que sufrió: "Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo que vivió...". La vaguedad de la frase no deja entrever si alude a las dolencias de la madre o a los percances "que pasaron" con motivo del penoso pleito de hidalguía. Lo cierto y patente es que en el hogar no faltó la prueba del dolor.

Teresa termina el cuadro hogareño con la mención de los hermanos, todos tan parecidos a los padres, y con una pincelada a contraluz: ella, que era la más querida de todos, "cuán mal" supo corresponder (n. 3).

En la segunda parte del relato destaca el recuerdo de las propias lecturas infantiles y provocadoras, compartidas con su hermano predilecto en las páginas del Flos Sanctórum. Pero, sobre todo, la pausa de los dos, atónitos ("espantábanos mucho"), pensando el misterio de la vida, compuesta de tiempo y de eternidad. Tan fuerte, que "me quedó en esta niñez imprimido el camino de la verdad". Será lo que luego llamará ella "la verdad de cuando niña", pero que aquí se perfila en un cuadro infantil de incomparable belleza, al final del número 4: "Espantábanos mucho..., acaecíanos estar muchos ratos..., gustábamos de decir (para siempre, siempre!..., en pronunciar esto mucho rato...".

Todavía un último recuerdo: "Acuérdome que cuando murió mi madre...". Ningún trazo sombrío para describir el dramatismo del desenlace. Sólo dos pinceladas: las "muchas lágrimas" de Teresa. Y la opción por la Virgen como madre para toda la vida. "Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido".

La marcha llana de la narración, ligeramente ondulada de emociones y recuerdos, termina súbitamente con un clamor a Dios: "(Oh Señor mío!...", como si ella desde ese hito de la infancia oteara a la inversa todo el panorama de su vida futura y lo condensase en una pregunta que le hace a Él: )Cómo permitisteis... mis descarríos? (cf n. 8).


NOTAS

1. La familia de Teresa. - Cuando ella, a sus cincuenta años, evoca el recuerdo del hogar y la familia, ya ninguno de los suyos reside en Ávila. Ninguno de los catorce que la compusieron, sino sola ella. La casa hogareña ha sido enajenada y está en manos poco simpatizantes. Han fallecido sus padres y su hermana mayor. Todos sus hermanos se han alistado en el ejército y casi todos se hallan en América. En América han muerto sus dos preferidos, Rodrigo y Antonio. La única hermana de Teresa presente en España es la benjamina, Juana, y reside en Alba de Tormes. Nada de todo esto facilitaba el cuadro idílico pergeñado por la Santa en este capítulo.

2. Las lecturas de Teresa niña. - En éste y en los siguientes capítulos, Teresa hace expresa mención de sus lecturas. En la casa paterna había "buenos libros en romance". Ella "comenzó a despertarse" ()a leer?) a los seis o siete años, cosa realmente excepcional para una mujer de entonces. Único libro mencionado es el que contenía "vidas de santos", el "Flos Sanctórum". Casi con toda seguridad era uno de los impresos en Sevilla por Juan Varela de Salamanca en 1520. Uno de los que por esas fechas caen en manos de Ignacio de Loyola convaleciente. En Loyola se conserva el único ejemplar conocido de esa edición. Es un libro precioso, estampado en nítidos caracteres góticos, constelado de ingenuas viñetas de santos en actitud escénica, abundante en estampas de santas y de "los martirios que por Dios las santas pasaban". Eran los comics de entonces. Facilitaban la lectura y estimulaban la fantasía infantil. Todo ello explica bien el episodio teresiano de la huida a tierra de moros (n. 4). Y que en el alma de Teresa niña germinase el "quiero ver a Dios".

3. Los silencios del relato. - Al hacer la presentación de sus hermanos, Teresa silencia que todos ellos se han alejado de Ávila y están -casi todos- en las Indias. Silencia también el episodio familiar más enojoso de sus días de infancia, el pleito de hidalguía de su padre y tíos, con las conocidas connotaciones de ascendencia judaizante. Siendo ella niña de cinco años cumplidos, el famoso pleito se desplaza desde la chancillería vallisoletana a Ávila, a las puertas mismas de la casa de su padre don Alonso. Es poco verosímil que el hecho escapase a la mirada infantil de Teresa. Pero es obvio que ninguno de los episodios -ni la lejanía de los hermanos ni los avatares del pleito- encajaban en el relato sesgado que Teresa hace de su infancia.

4. La Virgen María, madre de Teresa huérfana. - Huérfana de 13/14 años, "afligida fuime a una imagen de nuestra Señora, y supliquela fuese mi madre, con muchas lágrimas". Según la tradición, era la imagen de nuestra Señora de la Caridad, entonces en la ermita de San Lázaro y ahora en la catedral de Ávila. Teresa adolescente asocia espontáneamente la imagen de la Virgen a la de su madre, porque ésta la había iniciado en la devoción a la Señora. "El cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de Nuestra Señora..." es el primer dato aquí recordado de doña Beatriz, que además era muy devota del rosario y "nos hacía serlo" (n. 6). Lo singular es que el episodio de la niña de entonces le sirve ahora a la Teresa escritora para tender una mirada sobre toda su vida posterior: "Porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a ella y, en fin, me ha tornado a sí" (n. 7). Así, en 1565, abarcando con mirada retrospectiva los 35 años que preceden. Todavía en 1572 escribirá a propósito de una gracia mística: "Entendí que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a san José; porque muchas veces yendo perdida del todo, por sus ruegos me tornaba Dios a dar salud" (Rel 30).
COMENTARIO AL CAPÍTULO 2

Adolescencia y primera juventud de Teresa
Lecturas y amistades. Crisis y Colegio


Teresa cuenta cómo fue su adolescencia y cómo el paso de la adolescencia a la primera juventud. Desde los 13 a los 16 años. Enmarcados en dos o tres acontecimientos:

De una parte, la muerte de su madre y el consiguiente vacío dejado en el hogar, vacío que se ahonda cuando su hermana mayor, María, de 24/25 años, contrae matrimonio y se ausenta a Castellanos de la Cañada (provincia de Ávila).

Y en el otro extremo, el internado de Teresa en un colegio de muchachas abulenses extramuros de la ciudad, primera experiencia de Teresa fuera del ambiente familiar.

Recordemos que la madre de Teresa, doña Beatriz, fallece a finales de 1528 o comienzos de 1529, que la hermana mayor, María, se casa a comienzos de 1531; y que ella ingresa en el colegio de Santa María de Gracia hacia junio de ese mismo año. Teresa, huérfana de madre, había vivido en la casa paterna dos años y medio: desde los 13 de edad a los 16. Probablemente, los "tres meses" últimos son vividos en plena pesadilla.


Trazado del capítulo

Teresa cuenta su travesía de los años de adolescencia en dos tiempos: el primero, de crisis; el segundo, de recuperación:

- Núms. 1-6: Factores de la crisis de adolescencia: lecturas novelescas y connivencia de la madre (1): atención y concentración en el propio físico (2) y en el desmedido afán de la honra; amistades con los primos (2b); influjo nefasto de las primas y connivencia de las criadas de casa (3-6). "Desasosiego" de Teresa: "Ya yo andaba cansada".

- Núms. 6-10: Proceso de recuperación: el amor paterno, "era tan demasiado el amor que mi padre me tenía..."; y la superación del "desasosiego" (6-7) con el ingreso en el colegio (7) y las nuevas amistades (8-10).

- Todo ello salpicado de numerosas reflexiones sobre las amistades juveniles ("las compañías" buenas y malas), el rol de la familia, los riesgos y fragilidad de ese período de la vida.


El relato teresiano

Teresa ofrece un análisis detallado de la propia crisis de adolescencia. Desglosa, uno a uno, los factores determinantes de la crisis:

Había concluido el capítulo anterior anticipando que "las gracias de naturaleza que el Señor me había dado, que -según decían- eran muchas..." la traicionaron. Retoma ahora el tema e insiste en dos aspectos: el exceso de atención al propio físico ("traer galas", deseo de "contentar en parecer bien", "mucho cuidado de manos y cabello, y olores..., y vanidades"), y desmesurada sujeción, casi obsesión, por la propia honra. Era ella por naturaleza "muy honrosa", dirá luego. Y más adelante asegurará que "la negra honra" no la dejaba ser sí misma.

Pero en el relato del capítulo, el primer factor de crisis queda vinculado a las lecturas y a su madre. Lecturas apasionantes de novelas de caballerías, hasta el punto de "gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio", de suerte que "si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento" (n. 1). Con un agravante: leía esos novelones a escondidas de su padre y con la connivencia de doña Beatriz, su madre. Por otras fuentes sabemos que las hazañas y los héroes de las novelas alimentaban las tertulias de amigos y amigas.

Pues bien, esos amigos y amigas, primos y primas, especialmente estas últimas, crean ahora un círculo de relaciones que desvían a Teresa hacia las afueras del hogar y hacia las vanidades de lo profano. Subraya ella que una prima "de livianos tratos parece me imprimía sus condiciones". Y que "de natural y alma virtuoso, no me dejó casi ninguna" virtud (n. 4). Recordándolo ahora al escribir, ella misma se asombra: "Espántame el daño que hace una mala compañía".

Entre los factores de crisis Teresa destaca el psicológico-moral: la tiranía de la honra. Esa tirana social -dirá- fue causa de todo su desasosiego.

Sigue en la segunda parte del relato la superación momentánea de la crisis con la intervención de don Alonso y con el ingreso de Teresa en el colegio de jóvenes doncellas abulenses. La decisión paterna fue impositiva. Teresa supo incorporarla en positivo. Habían precedido "tres meses" agónicos, probablemente los que siguieron al matrimonio de la hermana mayor. El clima del hogar se había vuelto polémico. Quizás desconfiado.

Teresa, de momento, accede y obedece. A los "ocho días" de colegio se siente liberada: "Estaba muy más contenta que en casa de mi padre". Las nuevas amistades la hacen tornar en sí y a lo suyo: "Comenzó mi alma a acostumbrarse en el bien de mi primera edad" (n. 8). Y en contrapunto con "el daño de las malas compañías", hace ahora el elogio de "la compañía de buenos", en la que, al final del capítulo, emerge una figura decisiva, la directora del colegio, que servirá de empalme con la narración del capítulo siguiente.

Y termina el relato con una pausa de evaluación: "Paréceme andaba Su Majestad mirando y remirando por dónde me podía tornar a sí. (Bendito seáis Vos, Señor, que tanto me habéis sufrido!". Especie de ritornelo que insiste en la clave religiosa que da sentido al relato.


En síntesis

La crisis de adolescencia se nos presenta a través del prisma, censor y místico, de la escritora de cincuenta años que es Teresa. Probablemente la crisis se ciñó al desplazamiento, o mero balanceo, del centro de atracción y afectividad familiar de la joven.

Sin duda fue un bien para ella el haber ampliado el círculo de relaciones humanas y sociales. Primero en el hogar y luego en el colegio. En definitiva, más que una pausa de crisis, lo de Teresa fue un compás de crecimiento.


NOTAS

1. Los libros de caballerías. - De nuevo las lecturas comparecen como factor determinante en la vida de Teresa. "Libros de caballerías" eran los novelones de entonces. Urdidos a base de hechos de armas y de amoríos, de caballeros y damas encantados. Desde el punto de vista moralizante no gozaban de buena fama. De ahí la oposición de don Alonso. - Entre las numerosas novelas impresas en castellano en ese primer tercio de siglo no sabemos cuáles exactamente leería Teresa. Fueron muchas, leídas día y noche. Siempre ganosa ella de "libro nuevo". Sí sabemos con relativa certeza que leyó las Sergas de Esplandián en una de las varias ediciones de esos años (Sevilla 1510. Toledo 1521, Roma 1525, Sevilla 1526, Burgos, 1526...). - Sin duda aquellas lecturas contribuyeron a la formación literaria de Teresa. Incluso despertaron su vena de escritora. Sabemos por Ribera y por Gracián que en esos años juveniles escribió ella para solaz de sus amigos una novelita de la que, obviamente, no quedó rastro.

2. El tema de la honra. - En la época y en la España de Teresa la honra era un valor social de primera tasa. Equivalente, en parte, a pundonor, buena fama social, buena reputación moral, sin tacha, etc. En las altas clases sociales llega a ser tabú. Con repercusión especial en la mujer. Teresa la etiquetará reiteradamente de "negra honra", equivalente a "maldita honra". De sí misma dirá luego, que "era tan honrosa que me parece no tornara atrás por ninguna manera habiéndolo dicho una vez" (3, 7). Y hacia el final de Vida: "De puro honrosa me turbaba tanto, que decía muy menos de lo que sabía" (31, 23). Uno de los temas del Camino de Perfección será "cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de Dios, y la honra" (c. 12).

3. El colegio. - El colegio en que ingresa Teresa a los 16 años (junio de 1531), es el de Santa María de Gracia, de monjas agustinas, extramuros de la ciudad de Ávila. De él hablará en el capítulo siguiente. Tales colegios acogían principalmente a jóvenes de la nobleza. (Surgirá poco después el Colegio de Doncellas Nobles, fundado en Toledo por el Cardenal Silíceo). Y las educaban en labores femeninas y en las prácticas religiosas. Por lo general, no en el estudio ni en la cultura intelectual. De hecho, Teresa nunca hablará de sus lecturas en el colegio.
COMENTARIO AL CAPÍTULO 3

Lucha por la vocación. Nuevas amistades. Primera enfermedad


Plena juventud de Teresa. El relato del capítulo tercero cubre el trienio de los años 16 a los 19. Año y medio en el colegio de Gracia. Y otro tanto en Hortigosa, Castellanos y la casa paterna de Ávila. Tope cronológico algo fluido e impreciso este último. Pero con tema bien definido: la vocación religiosa de Teresa. Una vocación batallera y difícil, a partir de la neta oposición al estado religioso ("enemiguísima de ser monja"), hasta terminar afrontando la negativa paterna para lograrlo.

Al rotular el capítulo, ella misma lo condensa en tres datos: las buenas compañías en el colegio; el rebrote de los deseos de infancia; y la secreta acción de Dios en su vida. Es nítido el trazado del capítulo:

- Núms. 1-2: Vida en el colegio: revive la Teresa niña.

- Núms. 3-4: Enfermedad y viaje. Nuevas lecturas.

- Núms. 5-7: Lucha por la vocación. Reaflora "la verdad de cuando niña" (n. 5), tres meses de batalla consigo misma para "determinarse" (n. 6), oposición de su padre (n. 7).

- Núm. 4: Centro de la narración, un momento culminante, en soliloquio, de cara a Dios: "Me forzó a que me hiciese fuerza".


La narración

El relato contiene un pequeño manojo de episodios juveniles de Teresa: su aclimatación a la vida del colegio, donde reside "un año y medio" (16-17 de edad), y en el que entabla relaciones de admiración y amistad con la directora del internado, María Briceño, muy bien hablada. Esta se atreve a mencionarle el tema de la vocación religiosa. Vincula la suya a una palabra de Jesús en el Evangelio: "Muchos son los llamados, pocos los escogidos". Palabra de Jesús que impacta a la joven colegiala.

A pesar de esa admiración, Teresa sigue enemiguísima de ser monja, y tanto menos como sus maestras del colegio. Pero recupera algo importante: "Los deseos de las cosas eternas". Y poco después: "La verdad de cuando niña", raíz profunda de los deseos. Las dos cosas, la verdad y los deseos, le sirven para reconstruir su escala de valores. Y a contrapelo de su enemistad con el monjío, surge en ella la necesidad de tomar posiciones de cara a la vida.

El contratiempo de una enfermedad persistente ("una gran enfermedad", "unas calenturas y unos grandes desmayos, que siempre tenía bien poca salud") la obliga a abandonar el colegio. Regresa a la casa paterna y pasa sucesivamente por las casas de su tío don Pedro (en Hortigosa) y de su hermana María (en Castellanos), siempre acogida con amor.

Tiene la suerte de leer "buenos libros en romance", es decir, los libros espirituales que usaba su tío. Aunque no muy de su agrado, los lee en voz alta para escucha del viejo. Este su tío don Pedro, viudo, se preparaba para ingresar en la vida religiosa. )Como ella? Teresa recuerda que de hecho "también él" se preparaba..., y lo realizó: "También andaba el Señor disponiéndolo para sí, y en su mayor edad dejó todo lo que tenía y fue fraile y acabó de suerte que creo goza de Dios".

Más tarde (no sabemos exactamente cuándo), Teresa se enfrasca en la lectura fuerte de las Cartas de san Jerónimo. Y todo ello va inclinando su balanza interior hacia la vida religiosa. Pero no a la que conoce en el colegio, sino a las carmelitas de la Encarnación, donde es monja una amiga suya. Teresa misma hace la autocrítica de esa su vocación germinal, polarizada en una amistad juvenil, motivada por el miedo al infierno, con escaso amor de Dios y apenas un vislumbre de amor a Cristo.

Era un horizonte borroso y confuso. Hasta que llegó un momento en que se hizo luz. Fue a raíz de las conversaciones con su tío don Pedro, y durante la lectura de las rudas páginas de san Jerónimo. Esos dos momentos cruciales los resume ella así: "Aunque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña..." (n. 5). Y sobre ese pedestal de "verdad", Teresa adopta su recia "determinación", que ella recuerda en términos de lucha: "Me determiné a forzarme a mí misma". Expresado poco antes en términos menos psicológicos pero más teologales: fue Dios, quien, "sin quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza" (n. 4). La opción definitiva llega tras la lectura del solitario de Belén: "Leía en las Epístolas de san Jerónimo, que me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito" (n. final).

En ese momento, Teresa es la hija mayor. Hace de ama de casa en el hogar de don Alonso viudo. Todavía residen en él varios hijos. La más pequeña de todos, Juana, cuenta seis o siete años. Es normal y rotunda la oposición del anciano padre de familia: "Lo más que se pudo acabar con él fue que después de sus días haría (yo) lo que quisiese". Pero Teresa no se rinde. Y la lucha continúa en el capítulo siguiente.


La estampa de Teresa joven

Destacan tres rasgos: lectora, buscadora, luchadora.

- Una vez más, sensible a las lecturas que hace y que ejercen de factor decisivo no sólo en su ideario sino en sus opciones de vida.

- Buscadora impaciente del rumbo que tiene que dar a su vida a la altura de sus 18/19 años. La vocación de Teresa no boga en lago aplacerado. Es contradictoria y extremosa. Teresa la percibe como algo trascendente. No la entiende sino desde la parte que Dios toma en el proceso: "En este tiempo, aunque yo no estaba descuidada de mi remedio, andaba más ganoso el Señor de disponerme para el estado que me estaba mejor" (n. 3).

- Luchadora contra sí misma. Necesita forzarse. "Me determiné a forzarme"; "estuve tres meses forzándome a mí misma". Y lo singular en esa tensión de lucha es que culmina en el momento de la determinación conclusiva, en que se autopresenta en liza con el ser más querido, su propio padre (n. 7).


NOTA

Teresa, lectora de san Jerónimo. - Ella lo recuerda así: "Leía en las Epístolas de san Jerónimo, que me animaban de suerte, que me determiné a decirlo a mi padre" (n. 7). No sabemos quién ni cuándo puso el libro en manos de Teresa. Parece que fue a sus 19 de edad, ya en la casa paterna, tras las copiosas lecturas de Hortigosa. Se trataba de la reciente traducción del bachiller Juan de Molina, Epístolas del glorioso dotor sant Hierónymo, agora nuevamente impresso y emendado, Sevilla 1532. Era un libro en caracteres góticos de no fácil lectura. Pero ofrecía las cartas del Santo distribuidas en siete secciones, que facilitaban la lectura o el hojeo: sección primera o libro 1., cartas "sobre el estado común del cristiano"; libro 2., "sobre el estado eclesiástico"; libro 3., cartas "sobre el estado eremítico o vida contemplativa", con la famosa carta a Heliodoro; libro 4., "del estado virginal"; libro 5., "del estado penitencial o vidual"; libro 6., "del estado conyugal"; y libro 7., "del estado consolatorio". - En un momento en que Teresa tenía que hacer su opción de vida, ese abanico de posibilidades y estados de vida cristiana era todo un manual de discernimiento espiritual. Con fuerte y a veces ruda presión hacia la vida religiosa. No sabemos, por ejemplo, qué impacto produciría en la joven lectora la carta de Jerónimo a Heliodoro.
COMENTARIO AL CAPÍTULO 4

Determinada en firme, ingresa religiosa carmelita
Noviciado y profesión. Enfermedad. Viaje y aprendizaje de oración


Años decisivos, de los 20 a los 24 de edad. Teresa ingresa carmelita en 1535 (a los 20 de edad). Profesa en 1537 (a los 22). Enferma a los 23. Pasa el invierno (1538-1539) en Hortigosa y Castellanos de la Cañada: "Casi nueve meses en esta soledad". Siguen "tres meses" de verano en Becedas (1539). En total, "casi un año" fuera del convento (n. 6). Como aprendiz de oración, tiende una amplia mirada a los "18 años siguientes" (n. 9) o a "los 20 años después de esto que digo". Pero son los cuatro años juveniles (de los 20 a los 24) los que impactan en la salud física y en la juventud de Teresa. También en su aprendizaje de oración.


El trazado del capítulo

El capítulo contiene dos relatos, unidos entre sí por un momento de oración. Primero, el estreno de su vida religiosa. Después, el recuerdo de su enfermedad, que la hace salir del convento, y la lectura de un libro definitivo. Con intensos momentos de oración vividos mientras recuerda y escribe.

- Primer relato: su ingreso de carmelita (nn. 1-2); preceden días de determinación (n. 1); gozo "en tomando el hábito" (n. 2).

- Sigue la pausa de oración mientras lo recuerda: Teresa revive lo narrado, de cara a Dios (nn. 3-4).

- Nuevo relato: enfermedad y camino de Becedas. Simple esbozo. La curandera de Becedas queda en anonimato (n. 5).

- La pausa de viaje en Hortigosa, en casa del "espiritual" tío don Pedro, con la lectura del libro de Osuna (Tercer Abecedario...), introduce una larga digresión sobre la biografía interior de Teresa y su larguísimo aprendizaje de oración (mención de los 18 años sucesivos): nn. 7-10.

- Interrumpido el relato de la enfermedad, lo reanudará al final (n. 11), para proseguirlo en capítulo aparte (c. 5)


La narración

Al menos dos veces propone la autora una posible clave de lectura para captar el sentido de los contrastantes episodios que se refieren en el capítulo. Una vez, a media narración, en palabras dirigidas al Señor, como si Él fuese un lector más: ")En quién, Señor, pueden así resplandecer (vuestras grandes misericordias) como en mí, que tanto he oscurecido con mis malas obras las grandes mercedes que me comenzasteis a hacer?" (n. 4). El plan de Dios subyace a lo episódico narrado por Teresa.

Y de nuevo, al final del relato: "Digo que si hubiera de decir por menudo de la manera que el Señor se había conmigo en estos principios, fuera menester otro entendimiento que el mío para saber encarecer lo que en este caso le debo, y mi ingratitud y maldad..." (n. 11). Dios y ella, positivo y negativo, son los dos actores que alternan en el menudeo de los episodios.

En la narración se suceden y sobreponen varias estampas plásticas sumamente interesantes. Primero, la fuga de casa y el noviciado. Teresa lidera la nueva fuga, lo mismo que la escapada infantil a tierra de moros. Arrastra consigo a un hermano más joven que ella. Así y todo, siente que se le descoyuntan los huesos de dolor al abandonar definitivamente la casa paterna. Pero ese patetismo cambia de signo apenas ingresa en el noviciado, "en tomando el hábito". A Teresa se le llena el alma de gozo y de ternura. No es un idilio pasajero. Teresa había logrado para el rumbo de su vida un centro orbital en tierra firme. El "gran contento jamás me faltó hasta hoy".

Sigue, muy en escorzo, el cuadro de su enfermedad y el viaje a Becedas pasando por los remansos de Hortigosa y Castellanos. Estampa intencionadamente desdibujada, porque la trazará de mano maestra en el capítulo siguiente. Ahora le sirve únicamente para dar paso al cuadro tercero: Teresa lectora y aprendiz de oración en la soledad de Hortigosa y Castellanos de la Cañada.

El libro de Osuna, y en él las páginas dedicadas a "la oración de recogimiento", permiten a Teresa hablar de libros y de oración. Deja de lado el tema de la salud e imparte al lector su primera lección de oración: qué es esa oración de recogimiento propuesta por el Tercer Abecedario de Osuna, y cómo es la que practica ella. Cómo reacciona al reclamo de lo interior. Cómo es su relación con el misterio de Jesucristo, y cómo afloran en ella las primeras gracias de oración mística. Especie de ensayo o anticipo de lo que más adelante será su manera pedagógica de exponer: hablar de oración, pero desde la propia experiencia de oración, ensamblando enseñanza doctrinal y vivencia personal.

En definitiva, a Teresa le ha interesado más el tema de la oración que el de la salud.

Ese sencillo recorrido, desde la vocación a la oración, pasando por la enfermedad, provoca en su pluma una extraña y delicada elevación a Dios. Casi sin proponérselo, le dice confidencialmente al lector cuáles son para ella los rasgos fisonómicos del rostro de su Dios: deslumbrante ensayo de micro-teología teresiana, no muy emparentado con la teología de la época. Para ella, Dios es bondad y magnificencia. Dios es un buen pagador. Es un orfebre dorador del pobre metal humano.

Y vuelve al relato: "Quiero tornar a lo que me han mandado". Empalme de la narración con el capítulo siguiente.


NOTAS

1. Determinación. - Es vocablo portante reiterado una docena de veces en el presente contexto (capítulos 3 y 4). Determinarse / determinaciones no son gestos, sino opciones de voluntad, incisivas en la vida. Recaen sobre dos aspectos de ésta: elección del estado religioso y decisión de no vivir sin oración. La vocación de Teresa no fue cosa de sentimiento sino de lucha y decisiones. Y la opción por vivir en oración también tendrá calado vitalicio, que frecuentemente pondrá a prueba su identidad vocacional. Más adelante, ya en clave pedagógica, Teresa acuñará el lema de la "determinada determinación" (Camino 21, 2), en oposición a las "determinacioncillas" superficiales (ib. 16, 10).

2. La oración de recogimiento. - El primer dato suministrado por la Santa es que ella aprende esa manera de oración en el Tercer Abecedario (o bien: Tercera parte del libro llamado Abecedario Espiritual). Recibe ese libro de manos de su tío don Pedro, en el reposo de Hortigosa. El autor de la obra, Francisco de Osuna, vive aún en Castilla cuando Teresa lo lee. Osuna ha regresado de su viaje a Flandes, Francia y Alemania. Había publicado la obra en Toledo el año 1527. El que lee Teresa es probablemente un ejemplar de los editados en Valladolid en 1537. Recordemos que lo lee en el invierno de 1538, "en ratos de soledad". Cuenta ella 23 años, época en que vive ávida de "buenos libros... que no quise más usar de otros" (n. 7). El de Osuna exponía minuciosamente la iniciación en la oración de recogimiento, para principiantes, para aprovechados y perfectos, bajo la consigna del "no pensar nada, atento a solo Dios". Leyéndolo Teresa "determinó seguir aquel camino con todas sus fuerzas". Pero chocó con el propio escollo psicológico, el "no poder discurrir": "No me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento ni de aprovecharme con la imaginación". Por ello "procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente: ésta era mi manera de oración". Se apoyaba en la lectura: "Gustaba de leer" y los libros la recogían. Más adelante dirá que el libro que más la recoge son los Evangelios. Pero que también la recogen "agua, campo, flores", en los que halla "memoria del Creador". Por fin, un balance elemental: "Comenzome Su Majestad a hacer tantas mercedes en los principios, que al fin de este tiempo que estuve aquí..., comenzó el Señor a regalarme tanto por este camino, que me hacía merced de darme oración de quietud, y alguna vez llegaba a unión, aunque yo no entendía qué era lo uno ni lo otro y lo mucho que era de preciar" (n. 7). Son formas y grados de oración de los que hablará más adelante.

3. El Dios de Teresa. - No es la primera vez que en el relato de Vida se perfila la imagen o la idea de Dios. Pero ninguna vez como ésta (n. 10). Y no es imagen o simbología improvisada. Teresa lo ha pensado "muchas veces". Lo ha pensado con asombro ("espantada") y con regusto anímico ("regaládose ha mi alma"). Su Dios es bondad y magnificencia y misericordia. El "Dios remunerador" de san Pablo aquí aparece como un Dios buen pagador. Paga incluso los deseos. Es todo un orfebre que elabora ("mejora y perfecciona") el metal humano. Los "males y pecados" de ese metal "luego los encubre". Es buen dorador: "Dora las culpas" y da resplandor a las virtudes. Robustece y "da fuerza" para que en la lucha Teresa se haga fuerza. - Teología teresiana que ella, probablemente, no bebió en los manuales de su tiempo.
COMENTARIO AL CAPÍTULO 5

Teresa enferma. Viaje a Becedas. La curandera. El cura de Becedas


El relato del capítulo 5. de Vida se centra en la enfermedad de Teresa. Comencemos por el marco cronológico de los hechos narrados:

Es el año 1539. Teresa cuenta 24 de edad. Es su segundo año de profesa carmelita. Reside con su hermana mayor en Castellanos de la Cañada. En primavera viaja enferma de Castellanos a Becedas. Aquí, a manos de la famosa curandera, pasa "tres meses" de curas "incomportables": mayo, junio, julio. En agosto, ante el fracaso de las curas y la curandera, regresa a la casa paterna (Ávila), y el 15 de ese mes, fiesta de la Asunción, le sobreviene una fuerte crisis de salud, el terrible "paroxismo". A consecuencia de él, vive en coma profundo "cuatro días o poco menos" de muerte aparente. Queda paralítica. Cuanto antes regresa a su monasterio de la Encarnación.

En el relato se insinúa la secuencia de "tres años" de parálisis, vividos en la enfermería del monasterio. Serían desde 1539 a 1542. Hasta sus 27 de edad.

Desbordando ese reducido marco, Teresa retorna con la mirada a los días de su noviciado, 1536. Y luego deriva en dirección opuesta hacia los "dieciséis años" en que de enferma corporal pasó a ser enferma del alma. Es sólo una rápida alusión a ese período aún en lontananza: 1538 1553.


El esquema de la narración

- Núms. 1-2: Recuerdo y añoranza del noviciado, en mirada retrospectiva.

- Núms. 3-6: Llegada a Becedas y encuentro con el sacerdote de la aldea.

- Núms. 7-10: Fracaso de la curandera, regreso de Teresa a Ávila y colapso el día de la Asunción.

- Núm. 11: Emoción de la escritora al evocar esos episodios.


El relato

El aparente zigzagueo de la narración obedece a un plan perfecto. El capítulo anterior había terminado anunciando el retorno al tema de la enfermedad, interrumpido por la digresión al mundo interior de Teresa. Ahora, al abrir el capítulo, ella no reanuda la narración sino que cede a la añoranza del noviciado. Comienza: "Olvidé de decir cómo (me fue) en el año de noviciado". Y ofrece al lector dos estampas preciosas: una, de Teresa novicia, la otra de una compañera, enferma ideal (nn. 1-2). Ese autorretrato no lo había pergeñado al hablar de su ingreso carmelita. Ahora lo esboza con numerosas pinceladas sobre las virtudes, los defectos y los deseos de entonces. Así era ella de novicia.

Dicho eso, reanuda lo del viaje a Becedas, pero antes del encuentro de la enferma con la curandera, se detiene a contar su encuentro con el cura del pueblo. Lo hace despaciosamente. Es todo un romance de amores. Amores sucios y amores limpios. Teresa incluida. Con desenlace feliz. Teresa se apodera del idolillo de los hechizos. Lo tira al río. El pobre cura vuelve en sí. Y "al cabo de un año en punto..., murió muy bien y muy quitado de aquella ocasión" (nn. 3-6).

Ahora sí, reanuda el relato de su viaje de enferma. En Becedas llega la terrible intervención de la curandera. Teresa casi sucumbe en sus manos y a sus pócimas. Son "tres meses" de estancia en la aldea "con grandísimos trabajos". La curandera "a los dos meses... me tenía casi acabada la vida".

Menos mal que interviene don Alonso y le arrebata la presa. Pero, vuelta a Ávila, Teresa es desahuciada por los médicos. Y le sobreviene el tremendo colapso del día de la Asunción, con muerte aparente, sepultura abierta en su convento y "hechas las honras en uno de nuestros frailes fuera de aquí" (Teresa lo escribe "aquí", en Ávila: nn. 7-10).

Y finaliza el relato ofreciéndonos otra estampa-retrato de sí misma, esta vez en vivo. Había comenzado el capítulo con la estampa de Teresa novicia de 21/22 años. Ahora lo concluye con el autorretrato de sí misma en el acto de escribir, a sus 50: "Estoy con tan gran espanto llegando aquí y viendo cómo parece me resucitó el Señor... Estoy casi temblando entre mí", en monólogo, tuteándose extrañamente a sí misma: "Paréceme fuera bien, oh ánima mía, que miraras del peligro que el Señor te había librado..." (n. 11).

Y el capítulo termina con una especie de clamor: "Plega a Su Majestad que antes me consuma que lo deje yo más de querer". Lo repetirá más veces: "No permita ya Su Majestad tenga yo poder contra Él un punto, antes en este que estoy me consuma" (c. 19, 9).

En esa pausa final ha vuelto a entreverar una palabra sobre el sentido trascendente del relato y de los episodios menudos. Es el Señor quien la ha librado de tanto escollo. Ya antes (n. 8) le había atribuido su paciencia: "Tengo por gran merced del Señor la paciencia que Su Majestad me dio, que se veía claro venir de Él". Es su modo característico de ensamblar los dos planos de la narración: a nivel terreno, Becedas y Ávila; a nivel superior, ella y su Señor. Entre los dos tejen el hilo de la vida.


NOTAS

1. La curandera y los médicos de Teresa. - Los médicos aludidos son los de Ávila y alrededores. La curandera es de Becedas (provincia de Ávila). A unos y otros Teresa los presenta en anonimato, con buenas palabras. Don Alonso recurre a la curandera en vista de que "los médicos de aquí (Ávila)" no dieron remedio al mal tan grave de Teresa. Y la aldeana de Becedas la somete a un tratamiento letal. Hasta "casi acabarle la vida". - Nuevamente fallan los médicos abulenses cuando regresa la enferma. Primero le diagnostican tuberculosis ("todos me desahuciaron..., decían estaba hética"). Luego certifican su muerte. Quizá son ellos quienes derraman cera líquida sobre los ojos cerrados de Teresa en coma (c. 5, 9). - La ingente popularidad de las curanderas de entonces la atestigua Teresa años más tarde cuando se disloca el brazo izquierdo (24.12.1577), y en vista de que los médicos abulenses no logran recolocárselo, viene de Medina una curandera experta en tirones salutíferos, y se lo cura, que "no le costó poco, ni a mí, curarme", pues "tenía perdida la muñeca". Era ya mayo del año siguiente (1578). Y luego de recordar los tormentos de la cura ("fue terrible el dolor y trabajo, como hacía tanto que caí"), apostilla la misma Santa: "Fue tanta la gente que acudió a ella (a la curandera), que no se podían valer en casa de mi hermano" (carta 244, 4, a Gracián). Sería parecido el espectáculo de Becedas cuando llegaba el verano.

2. Nueva lectura de Teresa: los "Morales" de san Gregorio. - San Gregorio es un Padre de la Iglesia, posterior a san Jerónimo. Del siglo sexto (540-604). Papa en años difíciles (590-604). Su libro Moralia... in Job es un extenso comentario moral del libro bíblico de Job, de reciente versión al castellano por Alonso Álvarez de Toledo, publicado en Sevilla el año 1527 en dos grandes infolios, con el título: Los Morales de sant Gregorio Papa dotor de la Iglesia. Teresa lo leería probablemente en la soledad de Hortigosa o de Castellanos a los 23 años, y quizás en la enfermería de la Encarnación, en años sucesivos. Era libro a propósito para fortalecer su ánimo y su paciencia de enferma: "Mucho me aprovechó para tenerla (paciencia) haber leído la historia de Job en los Morales de san Gregorio... Traía muy ordinario estas palabras de Job en el pensamiento, y decíalas: "Pues recibimos los bienes de la mano del Señor, )por qué no sufriremos los males?" (n. 8). Esta última jaculatoria reproduce literalmente el texto de la versión castellana del libro (Job 2, 10: cap. 6, fol. 32).
COMENTARIO AL CAPÍTULO 6

Teresa joven y tullida en la enfermería
Recurre a San José. Mejoría


El capítulo ofrece de nuevo un tríptico narrativo bien articulado. Primero, el penosísimo cuadro de Teresa en la enfermería conventual. Luego, su curación a pesar de "los médicos de la tierra" y gracias a "los del cielo". Y por fin, una instantánea de Teresa en el acto de escribir.

Pero en realidad la unidad literaria del relato se articula en dos tiempos. El tiempo de Teresa en la enfermería: así estaba ella a los 24-26 años. Luego, el tiempo de la escritora: así se emociona ella mientras recuerda y escribe, es decir, mientras revive el pasado lejano desde sus 50 años de edad.

El trazado material del capítulo es:

- Ella gravemente enferma: su vida en la enfermería: nn. 1-4.

- Recurso a san José y curación de cuerpo y alma: nn. 5-8.

- Emocionado soliloquio de Teresa mientras recuerda y escribe: n. 9.


La enferma y la enfermería

Teresa ha superado los cuatro días de coma o catalepsia profunda. Se ha dado prisa a regresar de la casa paterna al monasterio de la Encarnación. Queda instalada en la enfermería conventual.

Su estado de salud es gravísimo, en parálisis que la inmoviliza totalmente. No se la puede tocar. "En una sábana, una (monja) de un cabo y otra de otro, me meneaban". Con dolores atroces, "incomportables". Con síntomas mortíferos, descritos por ella en aguafuerte. "Solos los huesos tenía". "Estar así me duró más de ocho meses..., hasta Pascua Florida" (desde el 15 de agosto hasta el 6 de abril de 1540, a los 25 cumplidos). "Cuando comencé a andar a gatas, alababa a Dios".

Entre líneas se vislumbra el mundillo de la enfermería. Es casi el único lugar del monasterio donde no rige el silencio. A la enferma la visitan las hermanas. Algo locuaces. Teresa tiene que poner freno a las hablas. Logra que ante ella no se diga mal de las ausentes "por poco que fuese". "Tomaba esto en harto extremo para las ocasiones que había". De suerte que la norma "quedó en costumbre". "Vínose a entender que adonde yo estaba tenían seguras las espaldas". No dice si en la enfermería convive con otras enfermas. Pero ahí se reúnen numerosas hermanas al menos cuatro veces al año con ocasión de las sangrías. Y cuando las enfermas, "agravadas por las enfermedades, no pueden decir las horas canónicas -es el caso de Teresa- díganse delante dellas", prescribía la Constitución. "Muy a menudo", viene un sacerdote a confesarla.

No menos plástica es la estampa costumbrista de Teresa misma en su vida espiritual. "Vi nuevas en mí las virtudes, aunque no fuertes". Todo lo lleva con paciencia. Y "con gran alegría". "Parecía imposible sufrir tanto mal con tanto contento". En la enfermería gusta de la soledad y la desea. Pero las visitas son tantas que no logra hacer oración de recogimiento "como venía mostrada", es decir, como acostumbraba desde su encuentro con el libro de Osuna. Sigue "amiguísima de leer buenos libros". "Amiga de tratar y hablar en Dios". "Trataba mucho de Dios, de manera que edificaba a todas". "Aquel breve tiempo" que había practicado oración le hizo "entender qué cosa era amar a Dios". Le había brotado la vena del amor. Amor puro, sin egoísmo ni temor. "Todo iba envuelto en amor". Con ternura y lágrimas. Lloraba no por devoción, sino con espíritu de lucha ante los propios fallos, y "enojábame en extremo de las muchas lágrimas que por la culpa lloraba cuando veía mi poca enmienda... Parecíanme lágrimas engañosas".

Pero seguía con ingentes ganas de vivir. "Era toda mi ansia de sanar por estar a solas en oración". "Deseaba yo la salud para servirle". "Deseaba la salud, aunque con mucha alegría lo llevaba. Pensaba algunas veces que, si estando buena me había de condenar, que mejor estaba así; mas todavía pensaba que serviría mucho más a Dios con la salud".

Es el momento en que toma una extraña iniciativa.


El cambio de médico: san José

Teresa tiene ahora una palabra menos agraciada para los médicos. "Pues como me vi tan tullida... y cuál me habían parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen".

Y así pasa de la curandera y de los galenos abulenses a un original médico del cielo: san José.

Decisión importante. En el relato va a servirle para desviar suavemente la narración hacia el tema doctrinal, como ya ha hecho en capítulos anteriores al hablar de la oración o de las buenas y malas compañías. Por segunda vez en el relato desearía tener pluma autorizada para dar consejos: "Si (yo) fuera persona que tuviera autoridad de escribir...". Aun así, consciente de ser mujer y no letrado, escribirá.

Al mencionar al Santo de Nazaret, se le agolpan las ideas, no de teorías librescas, sino desde la propia experiencia. Está convencida de que el Santo le curó el cuerpo. Y de que le robusteció la salud del alma. Esgrime esa convicción para hacer una férvida propaganda de San José ante los lectores. Y apoya su proclama en un original enfoque de teología popular.

Su microteología josefina tiene fundamento evangélico: lo que san José sirvió a Jesús y María en su vida terrena no puede quedar menguado ni frustrado ahora en el cielo. Si en la tierra, es decir, en Nazaret y Belén, les podía mandar como padre, "siendo ayo", también ahora en el cielo su palabra ha de ser eficaz ante Jesús.

De ahí que él, san José, socorra en todas las necesidades: "A otros santos parece les dio Dios gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas". Es la versión teresiana de la religiosidad popular.

Y todavía un segundo aspecto. A ella le interesa sobre todo la vida de oración. Y precisamente por la cercanía y familiaridad de san José con Jesús y María, ella lo retiene "maestro y modelo" de oración. Poco antes, en la marejada de sufrimientos y de impotencia física, ella había inspirado su oración en los clamores del santo Job. Ahora se entusiasma con la actitud de san José ante Jesús y María: nada de clamores sino oración silenciosa de contemplación y servicio. "Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso Santo por maestro y no errará el camino".

Teresa ha sido ya promotora eficaz de esa pastoral: "Esto han visto otras personas... por experiencia, y aún hay muchas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad".


El momento emotivo de la escritora

Lo de san José termina en una instantánea final con prolongado estremecimiento de pluma y de alma. Es un autorretrato: "Escribiendo esto estoy...!"

Precede una mirada dolorida al pasado. Especialmente a la fragilidad y fugacidad de aquellas primicias de la enfermería y de la devoción al Santo. "(Quién diría que había tan presto de caer...! - )En tan peligrosa vida hemos de vivir?".

Pero lo más fuerte es la pausa sobre el presente. Teresa lo está viviendo con intensidad insólita. Pasa del soliloquio al diálogo con su Señor: "Escribiendo esto estoy y me parece que con vuestro favor... podría decir lo que san Pablo..., que no vivo yo ya, sino que Vos, Señor mío, vivís en mí...". Será el tema de uno de sus primeros poemas: "Vivo sin vivir en mí". Lo había consignado en una de sus recientes Relaciones: "Viénenme días que me acuerdo infinitas veces de lo que dice san Pablo..., que ni me parece vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en mí quien me gobierna y da fuerza, y ando como casi fuera de mí" (Rel 3).

Hace ya "algunos años" que está determinada a "no hacer cosa contra vuestra voluntad, por pequeña que sea". No se le ofrecerá nada "que con gran determinación me deje de poner a ello".

Es que ha mediado un compromiso tremendo de Teresa con su Señor. Ha emitido, por propia iniciativa, el "voto de lo más perfecto", en que se comprometía con juramento a no hacer lo menos pudiendo hacer lo más. Era alzar una enorme barrera contra posibles debilidades y flaquezas.

Ese voto, humanamente inconmensurable, tendrán que relajárselo poco después.


NOTAS

1. Las enfermedades de Teresa. - No están sólo presentes en estos capítulos. Abundan en todo el libro (cf 7, 11). No las entendieron los médicos de su tiempo. En cambio, los del nuestro las han diagnosticado a tope, sobre todo a partir del auge de especialidades neurológicas. Generalmente, destacando el contraste entre los achaques de la Santa y su gran equilibrio psicológico y operacional. Pero recelando, en cambio, de sus experiencias místicas, a las que buscan generalmente una etiología patológica, en contra de la constante evaluación de Teresa misma. - Notemos sólo algunos datos útiles para la lectura de Vida:

- Que ella padeció enfermedades sumamente dispares (pueden verse enumeradas a base del testimonio teresiano en el librito de Bilbao Aristegui Santa Teresa enfermera, Burgos 1980).

- Que ella las diferencia siempre y nunca las relaciona con sus experiencias místicas.

- Que, más bien, piensa lo contrario, que ciertas experiencias místicas atenúan sus dolencias y frecuentes achaques.

- Que, por fin, su muerte en Alba no tiene que ver con la gran crisis (el "paroxismo") de este capítulo, a pesar de que algún eximio historiador patólogo parisino le haya diagnosticado un larguísimo estado cataléptico de casi doce meses en el sepulcro...

2. La enfermería de la Encarnación. - Entre las normas vigentes en la enfermería del monasterio se prescribía "que si las enfermas, agravadas de sus enfermedades, no pudieren decir sus Horas Canónicas, en tal caso, si se pudiere hacer, díganse delante dellas". - "Hágase cuatro veces en el año la sangría, generalmente, de las hermanas: la primera después de la Natividad del Señor; la segunda, después de Pascua; la tercera, cerca de la Natividad de sant Juan; la cuarta, en setiembre". - "Ninguna hermana haga sangría sino de licencia de la priora, y las que se sangraren comerán por tres días en la enfermería" (Constituciones de la Encarnación, I, 10, en BMC 9, 491).

3. El elogio de san José. - En la historia de la religiosidad popular es célebre la página que Teresa dedica a san José en el presente capítulo. A ella se debe, en buena parte, la promoción de la devoción al Santo en la Iglesia de los siglos siguientes. Probablemente habían influido en Teresa las lecturas de sus primeros años, especialmente el Flos Sanctórum, que en la edición de 1520 incluía por primera vez una preciosa semblanza del Santo bíblico. Influiría también su lectura de La Josefina del franciscano Bernardino de Laredo (ediciones de 1535 y 1538, en la Subida del Monte Sión), leída por ella probablemente en la enfermería de la Encarnación. Teresa bebió además la devoción al Santo en la liturgia carmelitana, Misal y Breviario, que lo celebraban con solemnidad especial desde el siglo anterior. Con todo, las asiduas prácticas piadosas a que ella alude, se enclavan mejor en el contexto de la religiosidad popular vivida en su monasterio carmelita. Al Santo dedicará ella la primera fundación de su nuevo Carmelo, "San José, de Ávila", y muchos otros.
COMENTARIO AL CAPÍTULO 7

Años difíciles. Crisis y lucha
Muerte de su padre. Lenta recuperación espiritual


El título del capítulo anuncia dos temas: el retroceso espiritual de Teresa una vez recuperada la salud; y la crítica dolorida de la vida religiosa del momento.

El desarrollo del capítulo desbordará esa temática negativa y la tratará con libertad. El relato corresponde a un período de al menos diez años: aproximadamente desde los 26 a los 35 de edad (1541-1550...).

Hacia finales de 1541, Teresa abandona la enfermería y reanuda la vida comunitaria. Reanuda también sus relaciones sociales con antiguos amigos de familia. Intensifica el trato íntimo con don Alonso, su padre. Lo entrena en la oración y lo asiste en su postrera enfermedad a finales de 1543, mientras ella pierde cota en su vida espiritual.

A partir de esa última fecha, Teresa emprende la lucha interior contra sí misma. Una lucha que dura años, en torno a los treinta de edad.

El balance crítico de ese período gris de su vida religiosa, lo hace ella así:

- La Teresa enferma de cuerpo pasa a serlo de alma. "De vanidad en vanidad..."; sucumbe a dos tentaciones: una de falsa humildad y otra de mediocridad: siente vergüenza de sí misma ante Dios y por eso abandona la oración; y opta por ser "como los muchos"; simplemente una más en el grupo (n. 1).

- Influye en ella la baja tensión religiosa de la comunidad (nn. 2-5). Cede a las amistades de fuera que la descentran (6-7), y no se rinde a dos misteriosos requerimientos simbólicos: Cristo (6) y el sapo (8).

- En ese paisaje gris hay una excepción luminosa: su padre don Alonso intercambia experiencia de oración con Teresa. Pero ella no es fiel en el camino emprendido por los dos: abandona la oración más de un año (10-13).

- Sobreviene entonces la muerte de don Alonso, que le produce gran conmoción interior y fuerte sensación de soledad (13-16). Trabajosamente reanuda su vida espiritual: lucha "muchos años"; "ahora me espanto" (17).

- Pero lucha sola: "Gran mal es un alma sola..." (20-22). Apología de las amistades espirituales.

Son tres los motivos fuertes que dominan el relato:

- La crisis de la propia vida religiosa.

- La figura de su padre anciano.

- La alternativa entre soledad y amistad.


Crisis en la vida religiosa de Teresa

La suya no fue una crisis de vocación, sino de vida. En la vocación religiosa Teresa no dudó nunca a partir de su profesión. Era la vida la que le exigía tensión especial, pese a sus momentos quebradizos. La crisis de ahora tiene cierto parecido con la crisis de adolescencia descrita por ella en el capítulo 2 de Vida.

Comienza su autocrítica con pinceladas extremosas: "Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión a... andar tan estragada mi alma". Son muchos los factores causantes de su crisis. Los detalla:

- Fue decisiva, cree ella, la falta de correspondencia a las gracias recibidas durante su enfermedad: marcan el paso de la tensión a la flojera espiritual.

- Importante, también, su abandono de la práctica de la oración de recogimiento: abandono motivado según ella por un sentimiento de falsa humildad que la lleva a avergonzarse del "trato con Dios", y que la tiene sin oración personal durante cerca de año y medio (hasta finales de 1543).

- Le influye la falta de tensión espiritual en el ambiente religioso de la comunidad: es sintomática su resignación a ser una más entre tantas, a expensas de su vocación personalísima dentro del grupo.

- Y por fin, tiene un vago sentimiento de vida doble: mantiene normalmente sus amistades dentro del monasterio, pero en su ritmo de vida prevalecen las amistades con gente de fuera. Amistades dispersivas que la extrapolan del centro orbital religioso. Y la disipan.

Es el momento en que interfieren en su vida, y en el relato, los dos episodios simbólicos, exponentes de dos factores de lucha contrapuestos en su alma; por un lado el reclamo de Cristo; por el otro, la ramplonería del sapo. Como dos pulsiones simbólicas. Sin que ella reaccione.

El período de crisis es relativamente breve. Los dos episodios finales parecen ser anteriores a la muerte de don Alonso. Serían los dos o quizá tres años que siguieron a la salida de Teresa de la enfermería: 1541-1543.

A partir de la muerte de don Alonso, ya no serán años de crisis sino de lucha.


El paréntesis en la casa paterna

La relación de Teresa adulta con el padre anciano es un episodio intenso y determinante.

Comienza y aumenta en los años de Teresa enferma. Fue con ocasión de las visitas de don Alonso a la enfermería conventual, cuando éste comenzó su entrenamiento en la oración. Teresa le hace de maestra. Le da libros. Lo engolosina o lo contagia en el arte de orar y en el amor a la oración. "En cinco o seis años... estaba (él) tan adelante que me daba grandísimo consuelo". Sólo que mientras él progresa y ahonda, ella retrocede y abandona el campo.

Es el tiempo en que llega la muerte a la casa del anciano. Ella lo asiste hasta el postrer momento. "Me esforzaba... como si ninguna cosa sintiera, pareciéndome se arrancaba mi alma cuando veía acabar su vida". Porque "en faltarme él, me faltaba todo el bien y regalo, porque en un ser me le hacía".

En la soledad que sobreviene a su muerte, a Teresa se le hace más y más flagrante su crisis: fidelidad del padre a su Señor, en contraste con la infidelidad de ella a los reclamos de Dios. La soledad se le vuelve revulsivo espiritual. Y se acoge apresuradamente a quien había hecho de padre espiritual a su propio padre: el dominico Vicente Barrón.

Bajo la guía de éste lo reanuda todo; la oración, la comunión eucarística cada quince días, la lucha y la vida en tensión. Recomienza.


"Gran mal un alma sola..."

Con la muerte del padre, Teresa había saboreado la amargura de una extraña soledad. Como si al morir él entrasen en quiebra todas aquellas amistades que la sofocaban. Y llega rápidamente a dos conclusiones: que "es gran mal un alma sola", o sea, gran mal el aislamiento en la empresa de la vida espiritual. Y que para evadirse de esa soledad se precisa la búsqueda de "personas que traten de lo mismo", que compartan ideales y vida desde la amistad, para poder conversar normalmente con ellas y para "hacerse espaldas" en la empresa. Exactamente como se procuran amistades para la vida profana. (Incluso para la mala vida!

A ese tipo de amistad de clave espiritual, lo califica por dos veces de "importantísimo": "Es cosa importantísima, aunque no sea sino (para) ayudarse unos a otros con sus oraciones. (Cuánto más que hay muchas más ganancias". "Es tan importantísimo esto para las almas que no están fortalecidas en virtud..., que no sé cómo lo encarecer".

Más adelante nos encontraremos con el pequeño grupo de amigos orantes -"los cinco que al presente nos amamos en Cristo"- que serán el primer grupo de oración teresiana.

Uno de esos cinco conoce el mundillo conventual de Teresa y asegura que "es tan grande el aprovechamiento de su alma y la buena edificación que da con su ejemplo, que más de cuarenta monjas tratan en su casa (la Encarnación) de gran recogimiento". Eran las nuevas amistades de Teresa. También a éstas les daba libros de oración.


NOTAS

1. El monasterio de la Encarnación. - Era un monasterio de monjas carmelitas. De erección reciente (1515). Había comenzado como simple beaterio (1479). Muy numeroso en tiempo de la Santa. Escribe ella: "Estuve 25 años en un monasterio donde había 180 monjas" (Cta. 393, 2. En realidad vivió en él 27 años: 1535-1562). En gran parte procedían de la nobleza abulense. Pero viven en suma pobreza económica. "En él se guarda toda religión", escribe la Santa. Tras la muerte de don Alonso, Teresa lleva consigo al monasterio a su hermana Juana de 14/15 años, pero no como postulante religiosa. Prioras del convento al enfermar ella habían sido doña Francisca del Águila y doña María Cimbrón. Cuando escribe Vida, se turnaron en el cargo prioral doña María Cimbrón y doña Francisca Briceño. "No se prometía clausura" en el monasterio: es la situación ambiental que propició la crisis de Teresa, con sus amistades seglares, sus viajes (a Guadalupe, a Aldea del Palo...), o sus períodos fuera de comunidad (en casa de doña Guiomar de Ulloa, o en Toledo). Más que la crítica de su monasterio, Teresa hace la crítica de la vida religiosa de su tiempo.

2. Don Alonso. - Es el padre de Teresa: Alonso Sánchez de Cepeda. Muere a los 63 años (1480 - 24.12.1543). Era toledano. Casado en primeras nupcias con Catalina del Peso (1505), de la que tuvo dos hijos. Enviudó en 1507, y en 1509 se casó de nuevo con doña Beatriz de Ahumada. En 1512, antes de nacer Teresa, participó como hidalgo en la guerra de Navarra. Teresa hace su semblanza en el c. 1. Lo recuerda numerosas veces en la narración de Vida: ingreso de Teresa en el colegio de Gracia, vocación y dote, viaje a Becedas y "paroxismo" en la propia casa de Ávila, visitas a la enfermería de la Encarnación... Vive sus últimos años en gran soledad. Todos sus hijos varones se han alejado de Ávila. Lo asisten sus dos hijas, Juana, muy niña aún, y Teresa. En gran intimidad con ésta, que a su vez tiene de él un alto concepto y gran amor recíproco. Desde lo hondo de sus experiencias místicas lo recordará muchos años después: "Parecíame estar metida en el cielo. Y las primeras personas que allá vi fue a mi padre y a mi madre" (38, 1).
COMENTARIO AL CAPÍTULO 8

La clave de su vida: la oración


Teresa llega a la altura de sus 38/39 años. Y va a afrontar el tema central de su obra: el cruce de su historia personal (el relato), con la propuesta temática de la oración (el mensaje) como medio de vida espiritual para ella y para el lector.

Condensa el contenido del capítulo en un título reiterativo y lleno de superlativos. Todos ellos para perorar "el gran bien de la oración". Basta transcribir los cinco enunciados de esa rotulación, subrayando los que van a ser tema clave del capítulo y de toda la obra.

"Trata del gran bien que le hizo no se apartar del todo de la oración para no perder el alma, / y cuán excelente remedio es para ganar lo perdido. / Persuade a todos la tengan. / Dice cómo es tan gran ganancia, / y que aunque la tornen a dejar es gran bien usar algún tiempo de tan gran bien".

Es patente la intención de la escritora: quiere pasar de su experiencia personal a la propuesta universal. También la textura del capítulo será un entrecruce de los dos temas, el narrativo autobiográfico, y el doctrinal acerca de la oración como factor de vida. Los dos filones se van alternando así:

- Núms. 1-4: Narración: "Por estar arrimada a esta fuerte columna de la oración pasé este mar tempestuoso casi 20 años...".

- Núms. 5-9: Tesis y mensaje. Valor de la oración para la vida. - quien no la ha comenzado, que pruebe; - quien ya la ha comenzado, que no la deje.

- Núms. 10-12: Reanuda la narración: "Para que vean el gran bien que fue para mí".

- Núm. 6: Exactamente a media exposición, una pausa en vertical. Es el momento de la narradora, que se pone al habla con Dios para decirle a Él lo mismo que está contando al lector.


El drama personal de Teresa

Relato regresivo. Teresa vuelve sobre el tema del capítulo anterior. Con fugaces alusiones a su crisis, en la que medió la oración; y con mucha mayor insistencia en el tema de la lucha: aunque le costó, reanudó su práctica de la oración. Le dedicaba al menos una hora: "Ratos grandes de oración pocos días se pasaban sin tenerlos, si no era estar muy mala o muy ocupada". A veces tenía que imponerse un acto heroico para ser fiel a la cita, o para superar "la tristeza que me daba en entrando en el oratorio". "Muy muchas veces tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar, y escuchar cuándo daba el reloj...". Cuando estaba enferma, estaba mejor con Dios. Le gustaba "hablar en Dios". "De hablar de Dios u oír de Él casi nunca me cansaba".

Hace un sencillo balance de los años de lucha: "Así que, en 28 años que ha que comencé oración, más de los 18 pasé esta batalla".

Los más agónicos, sin duda, fueron los años finales. De ellos ofrecen una doble estampa las líneas finales del capítulo: "Suplicaba al Señor me ayudase...; hacía diligencias...; todo aprovechaba poco si, quitada de todo punto la confianza en nosotros, no la ponemos en Dios". No era sólo una lucha de oración sino un ansia de vida: "Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que luchaba con una sombra de muerte y no había quien me diese vida...".


La tesis doctrinal: oración es "tratar de amistad con Dios"

Son dos las ideas maestras que Teresa va a inculcar al lector. Una y otra arraigadas en lo más hondo de su experiencia. La una pertenece al orden de las realidades eficaces en la vida: la oración marca el rumbo y plasma la vida del orante. Y la otra se refiere al orden de las esencias: oración )qué es?

Empecemos por esta última. Teresa sorprende al lector con una versión de la oración algo inesperada en la pluma de una mujer ni teóloga ni filósofa ni biblista. Ciertamente, una "noción" que ella no ha extraído de los libros -los muchos libros leídos sobre el tema-, sino de su andadura experiencial de mujer abierta a lo trascendente. Para ella, la oración es cosa de amigos. Pero de amigos desiguales: Dios y el orante. Con la particularidad de que, en el fondo de las cosas, la iniciativa en esa reciprocidad corre siempre a cargo del Amigo mayor. Porque este tipo de amistad es de origen trascendente. Del lado humano requiere, en cambio, una singular correspondencia que comprometa no sólo el momento orante sino simplemente la vida del amigo menor. No se es amigo a ratos. La amistad verdadera tiene la misma dimensión que la vida.

Esas ideas las condensa ella en un paréntesis de ocasión, que es una auténtica joya literaria y teológica: "... Que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama".

Desde las capas profundas de la experiencia de ella afloran los datos básicos: Teresa se trata con Dios. Desde ahí, su pregunta al lector, orante o no: )Te tratas con Dios? Y la consigna: No dejes de tratar con Dios. Si no has comenzado, empieza. Si ya lo has iniciado, no lo dejes. Los términos "tratar/tratarse/trato", son vocablos portantes en el léxico de Teresa. En la pequeña historia referida hasta aquí, los tratos de amistad o de pseudo-amistad han sido determinantes. Ahora cambian de plano. La amistad que propone ella es un hecho relacional interpersonal que compromete la vida de los dos amigos. De suerte que el "tratar / de amistad / tratando / muchas veces / a solas" arranque de la convicción de que "sabemos nos ama" el Amigo con quien tratamos. Subrayando los dos verbos: sabemos y ama; saberse amado, fe y amor, lo mental y lo cordial.

Para ella es fundamental la convicción de ser amados por ese con quien nos tratamos. Lo recalcará luego en una de sus exclamaciones explosivas: "(Qué buen amigo hacéis, Señor!". Más adelante llegará a insinuar que sólo esa es "la amistad verdadera", que "Cristo es el amigo verdadero".

La otra idea maestra se refiere a la eficacia de la oración para modelar la vida. Es el lema subyacente a todo el relato narrativo. Lo ha contado todo tan insistentemente "para que vean el gran bien que fue para mí no haber dejado la oración". Esa experiencia pasa ahora al ideario teresiano: la oración es "un gran bien" para todos. "Persuade a que todos la tengan". "He visto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad". "Si a cosa tan ruin como yo tanto tiempo sufrió el Señor, y se ve claro que por aquí se remediaron todos mis males, )qué persona por malo que sea podrá temer?". Abandonar la oración es errar el camino. "A los que tratan la oración el mismo Señor les hace la costa".

Lo que ella cree definitivo y perentorio es que en la vida del hombre surja y persista la relación con lo trascendente. Es eso lo que cambia de dimensión la vida. Quintaesencia de la oración. Cuando, más adelante, escriba el Castillo Interior, Teresa concebirá al ser humano como una creatura no confinada en sí misma ni en el cerco social o cósmico, sino estructuralmente abierta a la divinidad. La oración surge exactamente en función de esa apertura a la trascendencia.


NOTAS

1. Oración y autobiografía teresiana. - El tema de la oración, centrado en este capítulo, es una de las claves de lectura del Libro de la Vida. Ya en capítulos anteriores la oración ha sido factor determinante, tanto en la crisis de Teresa, como en su lucha y en sus victorias. Será igualmente importante en los capítulos sucesivos. En el paso de su oración de recogimiento a la oración mística, se introducirá toda una sección (once capítulos) para tratar de los grados de oración, especialmente los grados místicos, que serán los que se historiarán en la tercera y cuarta parte del libro. Será en estas dos secciones finales donde quedará patente el sentido dado por Teresa a la oración como "trato de amistad con Dios". La experiencia mística pondrá más de manifiesto la iniciativa de Él en ese proceso de amistad, que culminará, por un lado, en la oración de unión, y por el otro en la dinámica de las obras, o en el impulso generador del nuevo Carmelo. En cierto modo, el libro entero será la historia de la oración de Teresa. Y a la vez, la historia de Dios en ella.

2. )Miedo de la oración? - Se halla aludido en un pasaje aparentemente incidental y sin trascendencia, n. 7: "No entiendo eso que temen los que temen oración mental ni sé de qué han miedo...". Es una de las pocas alusiones de Vida al clima polémico de su tiempo en torno a la oración mental, con la conocida tensión entre teólogos y espirituales, en la que quedaron implicados autores como Granada, Carranza, san Juan de Ávila, san Francisco de Borja, todos ellos incluidos en el Índice de libros prohibidos de 1559. Lo más fuerte en el texto teresiano es la mención del demonio: "Bien hace de ponerle (miedo) el demonio para hacernos de verdad mal, si con miedos me hace no piense en lo que he ofendido a Dios y en lo mucho que le debo...". Obviamente el censor del libro no reparó en la alusión. La reacción polémica de la Santa a favor de la oración mental será mucho más fuerte en el Camino de Perfección, escrito poco después de Vida.
COMENTARIO AL CAPÍTULO 9

Convertida. Como la Magdalena. Como san Agustín


A los 39 años de edad, Teresa cambia de vida.

El suyo es un cambio radical. No sólo ético o psicológico, sino total: afecta a la persona de Teresa en sus estratos más profundos. Le fija el rumbo de vida. Cambia su sistema de relaciones con Dios. Pone fin a la lucha agónica de los capítulos anteriores. Y marca el alboreo de una nueva y larga jornada, que durará hasta la muerte. Sin fisuras ni revisiones ni zozobras de timón.

En el relato de Vida, el capítulo señala el final de la brega ascética, y el comienzo de la vida mística.

A la lucha mantenida hasta allí le faltaba una cosa decisiva: pasar del esfuerzo personal, a poner toda la confianza en Dios. Lo indicaba Teresa al final del capítulo anterior: "Suplicaba al Señor me ayudase, mas debía faltar de no poner en todo la confianza en Su Majestad, y perderla de todo punto de mí... Que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza en nosotros, no la ponemos en Dios". Lo repite al comenzar el capítulo presente: "Ya andaba mi alma cansada, y aunque quería...", no podía. Hasta que lo pudo y lo quiso el Señor. Lo cual ocurre cuando por fin se deja paso libre a su presencia y a su iniciativa. Se le deja hacer.

Por eso, al resumir el tema en el título del capítulo, cambia el sujeto de la acción: no es Teresa la que decide el cambio de vida. El actor es Él. El capítulo se titula: "Trata por qué medios comenzó el Señor a despertar su alma y a darla luz". Calco casi material del título del capítulo primero del libro, que "trata cómo comenzó el Señor a despertar esta alma en su niñez...". Pero con diferencia abismal.

Ese cambio del "sujeto de acción" acontece en dos episodios sencillos e intensos, capaces de remover hasta los más hondos estratos del alma de Teresa. De ahí que sea tan lineal el trazado narrativo del capítulo. A saber:

- Episodio primero: encuentro de ella con una imagen de Jesús (1-3), y orientación cristológica de su oración (4-6).

- Episodio segundo: lectura de las Confesiones de san Agustín (7-8) y cambio interior de Teresa (9).

- Epílogo: comienzo de vida nueva: crecen las mercedes del Señor (9).


El episodio del Cristo muy llagado

"Acaeciome que entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído a guardar... Era de un Cristo muy llagado" (9, 1).

Lo que le acaeció aquel día no fue sólo un encuentro con la imagen que habían traído, sino con el "Cristo muy llagado". Del oratorio en que ocasionalmente está la imagen, el "muy llagado" se traslada vertiginosamente al oratorio interior de Teresa. "En mirándola, toda me turbó". La imagen "representaba bien lo que (Él) pasó por nosotros". Así, el encuentro pasa al escenario del alma.

En ese mismo oratorio donde pasa horas de oración, ha cultivado ella una liturgia peculiar: interiorizar la escena de Jesús con la Magdalena. Lo hace insistentemente: "Muy muchas veces", "en especial cuando comulgaba. Que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies". (Como la pecadora en casa del Fariseo, o como María en Betania).

En ese reiterativo proceso de interiorización se instala ahora la escena "dentro de mí". Pero "esta postrera vez de la imagen" todo fue más rápido e intenso. "Me aprovechó más". Por una sencilla razón. "Ponía toda mi confianza en Dios".

Y la escena culmina en una súplica entrañable: "Con grandísimo derramamiento de lágrimas le supliqué me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle" (1). Reiterado en una especie de ultimátum amoroso: "Le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que (Él) hiciese lo que le suplicaba" (3).

Tanta intensidad emotiva, sin embargo, cubría en Teresa un profundo sentimiento de impotencia, casi de derrota: "Esta postrera vez (del Cristo muy llagado) parece me aprovechó más. Porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios". Era el gesto supremo de entrega a la acción de Él. En la vida de ella, la iniciativa pasaba de mano.


"Tenía este modo de oración"

El episodio entrañable del Cristo muy llagado facilita a Teresa una digresión o una confidencia sobre su estilo de oración en cuanto relación personal con Jesús. No le era fácil, imposible quizá, la oración discursiva o la típica reflexión meditativa enseñada en los libros. Por eso, su manera de hacerla era "representar a Cristo dentro de mí".

Era quizás una simple prolongación de su oración eucarística, cuando "sabía estaba allí, cierto, el Señor dentro de mí". Pero sin escenografía imaginativa, sino en la intimidad del tú a tú: "Hallábame mejor en las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mí que estando solo y afligido, como persona necesitada me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía muchas".

Y como ejemplo concreto de ese su estilo cristológico de interiorización, la Santa brinda al lector una estampa plástica, verdaderamente deliciosa, sobre cómo hacía ella desde joven, al atardecer de cada día, su encuentro emocionado con Jesús, reviviendo el episodio de Getsemaní. Él, con sudor de sangre, y ella intentando el gesto de enjugársela: "Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor". Pero "jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves" (4).

Así, el episodio del Cristo muy llagado se ha abierto espacio en la pluma de Teresa hasta regresar a los años jóvenes ("aun desde que no era monja"), cuando comenzó ella a "tener oración sin saber qué era". Había sido un largo idilio de amor y fidelidad, que ahora culminaba en el episodio del oratorio. Un episodio como un terremoto del alma.


El segundo episodio: la lectura de san Agustín

Teresa no puntualiza el tiempo que medió entre ambos sucesos. Pero ciertamente este segundo acaeció promediado el año 1554, el mismo en que había sido publicado por primera vez en castellano el libro de las Confesiones. Teresa es lectora al día. Y lo lee en clima sintónico con el autor, "pecador como ella" -así lo cree la lectora- y capaz de diálogo directo y apasionado con Cristo, el Señor de ambos.

Teresa empatiza irresistiblemente con Agustín, con sus exclamaciones, su angustia y su conversión. Todo ello de manera muy diversa de su anterior identificación con la Magdalena. Ella misma subraya su empatía con el Santo de Hipona: "Como comencé a leer las Confesiones paréceme me veía yo allí".

Pero el culmen de esa empatía llegó al promediar el libro, cuando Agustín lucha, impotente, contra sí mismo, y lo sorprenden la voz del niño y la palabra de Pablo: "Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón" (8).

La palabra clave, "conversión", ha aflorado dos veces: en la conversión de la Magdalena (n. 2), y en la de Agustín (n. 8).


Vida nueva. Oración nueva

Los dos episodos son desbordantes. Acontecen más en el alma de Teresa que en el libro de Agustín o en la imagen del oratorio.

Teresa se percibe cambiada: "Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma" (9). "Comenzome a crecer la afición de estar más tiempo con Él". "Como no estaba Su Majestad esperando sino algún aparejo en mí, fueron creciendo las mercedes espirituales".

No habían faltado en el período anterior esas mercedes de Dios, breves asomos de oración y experiencia mística. Pero eran esporádicos y no refrendados por la vida en marcha. Ahora, en cambio, "fueron creciendo de la manera que diré" (final del capítulo).

Ese apunte final es el anuncio de la nueva sección del relato teresiano. A partir del próximo capítulo comenzará la historia de su vida nueva, ya no confinada en la lucha ascética, sino marcada por la experiencia mística. Teresa ha pasado de la lucha a la paz y de las sombras a la luz. Paz y luz no forjadas por ella sino recibidas de lo alto.


NOTAS

1. Grandísimo derramamiento de lágrinas. - Así, en el episodio del "Cristo muy llagado" (9, 1). Se repite en la lectura de las Confesiones: "Estuve gran rato que toda me deshacía en lágrimas" (9, 9). Sus lágrimas no son únicamente índice de la emotividad de Teresa, sino de la profundidad de su vivencia y de la intensidad de su recuerdo al escribir: "El corazón me parece se me partía" (9, 1). Ella misma descalifica las "lágrimas mujeriles" (9, 9), y ya antes, dada su ineficacia práctica, temió no fuesen las suyas "lágrimas engañosas" (6, 4). Los momentos fuertes en que las lágrimas le han resultado incontenibles, son: la muerte de su madre (1, 7); con ocasión de su profesión religiosa ("habían de ser lágrimas de sangre": 4, 3); al volver en sí del "paroxismo" (5, 10); y en lo más arduo de la lucha contra sí misma ("enojábame en extremo de las muchas lágrimas que por la culpa Iloraba": 6, 4; 7, 19). Reiteradamente advierte ella que tiene "recio corazón" (3, 1), "harto más que de mujer" (8, 7). Lo cual no es óbice para que tenga momentos de "grandísima ternura" (4, 2), si bien "suplicar yo a Dios me diese ternura de devoción jamás a ello me atreví" (9, 9).

2. Las "Confesiones" de san Agustín. - Teresa las lee en romance: la primera versión española del libro se debía a Sebastián Toscano, publicada en Salamanca a principios de 1554. - Ese mismo año las lee la Santa. El pasaje de "aquella voz en el huerto" se halla en el libro VIII, c. 12. La voz aludida decía: "Toma y lee, toma y lee", y el texto inmediatamente leído por Agustín era el pasaje de Pablo (Rm 13, 13): "No en comilonas y embriagueces, no en lechos ni en liviandades, no en contiendas ni emulaciones, sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos". Ambos textos, el de Agustín y el de Pablo, impactaron en ese momento a Teresa: el de Agustín, por su sintonía con el estado de ánimo de ella; el de Pablo, por su contenido cristológico ("revestíos de Jesucristo"), que refrendaba y ahondaba la precedente experiencia de Teresa ante el "Cristo muy llagado".
COMENTARIO AL CAPÍTULO 10

Comienza nuevo relato. Breves y presagiosos fulgores
de experiencia mística. Confidencial: pide secreto al lector


Comienza el relato de la experiencia mística de Teresa. "Creo la llaman mística teología" -dice ella-, pero como ese nombre científico desborda su vocabulario, prefiere llamarla "mercedes del Señor". Lo anuncia en el título: "Comienza a declarar las mercedes que el Señor le hacía". Le acontecen a partir de la conversión, año 1554. Entre los 39 y 40 de edad.

Inicia el capítulo sin preámbulos: "Tenía yo algunas veces... comienzo de lo que ahora diré". Y, sin más, entra a relatar el "sentimiento nuevo de la presencia de Dios en ella". Una presencia que la traspasa por dentro y la envuelve por fuera: que "estaba (Él) dentro de mí o yo toda engolfada en Él". Y lo más novedoso: esa presencia se le produce sin que ella la cultive, le sobreviene cuando está leyendo, o irrumpe en ella cuando está en oración, o la asalta sencillamente "a deshora".

Pero al lector apenas se lo inicia en el tema. Teresa desvía enseguida la atención hacia el campo de la humildad y la gratitud. Y luego hacia el ámbito de la confidencialidad: exige secreto a los lectores, "que no digan quién es por quien pasó, ni quién lo escribió".

Los tres pasos aparecerán netos en la estructura del capítulo:

- Primero: abordaje del tema místico, en clave autobiográfica. Eran episodios que pasaban "con mucha brevedad" (nn. 1-2).

- Segundo: pausa para convencer a los posibles lectores místicos que acepten esas nuevas "mercedes de Dios". Criterios y consejos (nn. 3-6).

- Tercero: súbita postura literaria confidencial: el nuevo relato será secreto (nn. 7-8).

- Epílogo: se propone reanudar la narración, de momento apenas esbozada (n. 9), cosa que de hecho retrasará hasta el capítulo 23.


La iniciación mística

Del precedente relato de luchas y resistencias, Teresa pasa ahora a historiar su experiencia mística. Total cambio de paisaje. En su alma ha surgido "un sentimiento de la presencia de Dios" del que "en ninguna manera podía dudar".

De momento, no se trata de una experiencia estable. Son episodios que "con mucha brevedad pasaban", pero que la introducen en un hábitat existencial nuevo, no trabajado ni preparado por ella, y que se despliega en dos planos, el externo y el interior. De suerte que se siente "toda engolfada" en Dios, y a la vez interiormente traspasada o habitada por Él.

Lo describe en brevísimas pinceladas de orden psicológico: su mente no ve nada nuevo (no es "visión"), ni su entendimiento discurre nada especial ("no obra"), pero "entiende" de otra manera y queda "como espantado de lo mucho que entiende". En el plano afectivo, le brotan especiales sentimientos de amor sabroso, de ternura y lágrimas de consuelo. En conjunto "se le suspende el alma de suerte que toda parece estar fuera de sí".

Con todo, se trata de meros "principios" (n. 3), aunque a quien los experimenta le parezcan rayar el zenit de lo posible: "Ya casi le parece no hay más que desear". Páginas adelante tendrá ocasión de subrayar su carácter de iniciación pasajera, y describirá despaciosamente lo que ahora apenas ha esbozado. Lo hará en clave menos narrativa y más doctrinal, en los capítulos 14-15, cuando hable del segundo grado de oración: grado primero de oración mística.


El interludio doctrinal de los números 3-6

El relato de la iniciación mística ha sido muy breve. Apenas esbozado, Teresa interrumpe la narración y pasa a dar consignas prácticas de corte doctrinal. Válidas, sobre todo, para los principiantes místicos. Les insiste en que acojan humildemente y reconozcan las gracias que reciben, las agradezcan y estimen como dones de Dios que son.

)A qué se debe ese largo interludio doctrinal, cuando ya había comenzado el relato de sus experiencias de Dios? )Tan necesario era adosar esa serie de consejos y criterios al primer despuntar de la "mística teología"? - Probablemente, ese desvío hacia lo doctrinal responde a dos preocupaciones de fondo, muy persistentes en la pluma de la Santa.

Una de ellas es su constante estado de alerta frente a las cosas que le suceden. Para ella, es absolutamente necesario tomar conciencia -clara conciencia- de ellas, para asumir, discernir si llega el caso, agradecer y, "repartir", es decir poder distribuir a los otros los frutos de la propia vivencia. El hecho místico -"las mercedes de Dios"- no puede quedar inadvertido o en la penumbra de la conciencia. "Si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar".

Y todavía un segundo motivo, el acecho de la falsa humildad. Al principiante místico le dice ella con fuerza: "No cure de unas humildades que hay que les parece humildad no entender que el Señor les va dando dones".

Teresa ya ha incurrido en esa insidia de la falsa humildad (c. 7). Y volverá más adelante sobre el escollo. Ese repliegue de pseudo-humildad es puro pretexto. "Entendamos bien bien -como ello es- que nos los da Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad". "Es cosa muy cierta que mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer somos pobres, más aprovechamiento nos viene y aun mas verdadera humildad. Lo demás es acobardar el ánimo".

También esta última consigna es de alta importancia, según ella, para el principiante místico. El "ánimo animoso" lo necesitará continuamente en el proceso místico que ahora comienza. Se lo recordará con insistencia: "Conviene mucho no apocar los deseos... Quiere Su Majestad y es amigo de ánimas animosas... No he visto a ninguna alma cobarde, con amparo de humildad, que en muchos años ande lo que estotros en muy pocos". "Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas..." (c. 13, 2, hablando con el aprendiz de oración).

Son esos dos o tres motivos los que han decidido a Teresa a interrumpir la narración y poner al posible candidato místico en estado de alerta.


La exigencia de secreto

El capítulo termina exigiendo absoluto secreto "para lo que de aquí en adelante dijere". Lo había formulado expresamente en el título del capítulo: "Pide a quien esto envía que de aquí adelante sea secreto lo que escribiere, pues la mandan diga tan particularmente las mercedes que la hace el Señor".

¿Sucumbe ella ahora a la famosa tentación de falsa humildad? - Veamos.

De hecho, Teresa adopta una postura literaria neta: lo dicho en capítulos anteriores, "de mi ruin vida y pecados", queda de dominio público: "Desde ahora doy licencia" para publicarlo. Lo que diga en adelante..., no es que pase a ser secreto de confesión (pese a que lo escribe para "mis confesores"), sino que llevará el sello del anonimato: "Si a alguien lo mostraren, no quiero digan quién es por quien pasó, ni quién lo escribió. Por esto no me nombro ni a nadie, sino escribirlo he todo lo mejor que pueda, para no ser conocida" (7). Es requisito indispensable: "Por pensar (que) vuestra merced hará esto..., escribo con libertad".

Los motivos de esa voluntad de anonimato son dos: que no sólo le mandan sino que la importunan ("tanto me han importunado") que escriba las gracias místicas que ha recibido, y que tienen apariencia de autoelogio.

El segundo motivo, esta vez desconcertante, es la condición femenina de la autora: ser "mujer y ruin". Dar a conocer esa autoría sería desautorizar lo bueno que pueda contener el escrito, piensa ella. Serviría igualmente para que en ella cunda el desánimo: "Basta ser mujer, para caérseme las alas; cuánto más, mujer y ruin".

Por todo ello, dos veces suplica "por amor de Dios" que ni en vida ni después de muerta se publique su nombre al frente del libro. (De seguro que fray Luis, al publicarlo en 1588, hubo de enfrentarse con esa imposible voluntad de la autora).

Dicho eso, Teresa continúa su labor de escritora. Pero en páginas algo desconcertantes. Porque los capítulos que siguen inmediatamente no refieren "mercedes de Dios", sino que inician una larga catequesis de oración. No narran, sino adoctrinan.


NOTAS

1. Mística teología. - Designación que la Santa emplea sólo en Vida, con el tímido atenuante "creo se llama así" (11, 5), por tratarse de vocablos técnicos que ella rehúsa utilizar. Con esa expresión no alude al tratado teológico que hoy lleva ese nombre. Más bien mantiene la acepción primitiva, en uso desde la Theología Mystica del Pseudo Areopagita (siglo V): conocimiento por experiencia amorosa del misterio de Dios. A ella hacen referencia las puntualizaciones del n. 1: "El entendimiento no discurre, a mi parecer, mas no se pierde; mas, como digo, no obra, sino está como espantado de lo mucho que entiende, porque quiere Dios entienda que de aquello que Su Majestad le representa ninguna cosa entiende". Cf 18, 14.

2. Vida, ¿libro secreto? - No es eso lo que indican las prohibiciones taxativas del n. 7 del presente capítulo. Lo que exige la autora es el anonimato. Y eso, únicamnte para las páginas que siguen, las que cuentan sus experiencias místicas. De suerte que sus confesores -a quienes hace responsables de ese grado de confidencialidad pueden "mostrarlo" a otros, pero no desvelarles la autoría del libro. De hecho, ella misma aludirá enseguida a una posible lectura de la obra por las jóvenes monjas de San José (Camino, prólogo). Y el libro pasará rápidamente de mano en mano, no sin connivencia de la autora. Así, desde el primer lector insigne que fue el maestro Ávila, hasta la caprichosa Princesa de Éboli que lo delata a la Inquisición. Muy pronto el libro se difundió en copias apresuradas. Las recordará fray Luis al editarlo. Baste recordar las más notables: Una copia de Báñez para el profesor salmantino P. Medina. Medina, a su vez, para la Duquesa de Alba; don Alvaro de Mendoza para sí y para su hermana doña María; Julián de Ávila para su uso personal; el Duque de Alba dispone de una apógrafo en la cárcel de Uceda... De suerte que cuando la Inquisición lo secuestra, logra apoderarse del autógrafo, pero no de todas las copias. - En la decisión teresiana de mantener el anonimato -tanto de la autora como de los destinatarios- no hay indicio alguno de que lo motive el miedo a la Inquisición, como a veces se ha supuesto.

1 comentario:

Lourdes González dijo...

Es una gozada leer a uno de los maestros en el conocimiento de la Santa, y cómo ayuda a profundizar y gustar el sentido de sus escritos. Gracias

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)