19.11.10

Comentario Libro de la Vida capítulo 34


COMENTARIOS AL LIBRO DE LA VIDA
Capítulo 34: 



 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

                              CAPÍTULO 34 


Trata cómo en este tiempo convino que se ausentase de este lugar. Dice la causa y cómo la mandó ir su prelado para consuelo de una señora muy principal que estaba muy afligida. Comienza a tratar lo que allá le sucedió y la gran merced que el Señor la hizo de ser medio para que Su Majestad despertase a una persona muy principal para servirle muy de veras, y que ella tuviese favor y amparo después en él. Es mucho de notar.

(sigue aquí --- en "Más información"... )

            1. Pues por mucho cuidado que yo traía para que no se entendiese, no podía hacerse tan secreto toda esta obra, que no se entendiese mucho en algunas personas. Unas lo creían y otras no. Yo temía harto que, venido el Provincial, si algo le dijesen de ello, me había de mandar no entender en ello [1](1), y luego era todo cesado.

            Proveyólo el Señor de esta manera: que se ofreció en un lugar grande [2](2), más de veinte leguas de éste, que estaba una señora muy afligida a causa de habérsele muerto su marido. Estábalo en tanto extremo, que se temía su salud [3](3). Tuvo noticia de esta pecadorcilla, que lo ordenó el Señor así, que la dijesen bien de mí para otros bienes que de aquí sucedieron. Conocía esta señora mucho al Provincial [4](4), y como era persona principal y supo que yo estaba en monasterio que salían [5](5), pónele el Señor tan gran deseo de verme, pareciéndole que se consolaría conmigo, que no debía ser en su mano, sino luego procuró, por todas las vías que pudo, llevarme allá, enviando al Provincial [6](6), que estaba bien lejos. Él me envió un mandamiento, con precepto de obediencia, que luego fuese con otra compañera. Yo lo supe la noche de Navidad [7](7).

            2. Hízome algún alboroto y mucha pena ver que, por pensar que había en mí algún bien, me quería llevar, que, como yo me veía tan ruin no podía sufrir esto. Encomendándome mucho a Dios, estuve todos los maitines, o gran parte de ellos, en gran arrobamiento. Díjome el Señor que no dejase de ir y que no escuchase pareceres, porque pocos me aconsejarían sin temeridad; que, aunque tuviese trabajos, se serviría mucho Dios, y que para este negocio del monasterio convenía ausentarme hasta ser venido el Breve [8](8); porque el demonio tenía armada una gran trama, venido el Provincial; que no temiese de nada, que Él me ayudaría allá.

            Yo quedé muy esforzada y consolada. Díjelo al rector [9](9). Díjome que en ninguna manera dejase de ir, porque otros me decían que no se sufría, que era invención del demonio para que allá me viniese algún mal: que tornase a enviar al Provincial.

            3. Yo obedecí al rector, y con lo que en la oración había entendido iba sin miedo aunque no sin grandísima confusión de ver el título con que me llevaban y cómo se engañaban tanto. Esto me hacía importunar más al Señor para que no me dejase. Consolábame mucho que había casa de la Compañía de Jesús en aquel lugar adonde iba [10](10) y, con estar sujeta a lo que me mandasen, como lo estaba acá, me parecía estaría con alguna seguridad.

            Fue el Señor servido que aquella señora se consoló tanto, que conocida mejoría comenzó luego a tener y cada día más se hallaba consolada. Túvose a mucho, porque -como he dicho- [11](11) la pena la tenía en gran aprieto; y debíalo de hacer el Señor por las muchas oraciones que hacían por mí las personas buenas que yo conocía porque me sucediese bien. Era muy temerosa de Dios y tan buena, que su mucha cristiandad suplió lo que a mí me faltaba. Tomó grande amor conmigo. Yo se le tenía harto de ver su bondad, mas casi todo me era cruz; porque los regalos me daban gran tormento y el hacer tanto caso de mí me traía con gran temor. Andaba mi alma tan encogida, que no me osaba descuidar, ni se descuidaba el Señor. Porque estando allí me hizo grandísimas mercedes, y éstas me daban tanta libertad y tanto me hacían menospreciar todo lo que veía -y mientras más eran, más-, que no dejaba de tratar con aquellas tan señoras, que muy a mi honra pudiera yo servirlas, con la libertad que si yo fuera su igual.

            4. Saqué una ganancia muy grande, y decíaselo. Vi que era mujer y tan sujeta a pasiones y flaquezas como yo, y en lo poco que se ha de tener el señorío, y cómo, mientras es mayor, tienen más cuidados y trabajos, y un cuidado de tener la compostura conforme a su estado, que no las deja vivir; comer sin tiempo ni concierto, porque ha de andar todo conforme al estado [12](12) y no a las complexiones. Han de comer muchas veces los manjares más conformes a su estado que no a su gusto.

            Es así que de todo aborrecí el desear ser señora. (Dios me libre de mala compostura!, aunque ésta, con ser de las principales del reino, creo hay pocas más humildes, y de mucha llaneza. Yo la había lástima, y se la he, de ver cómo va muchas veces no conforme a su inclinación por cumplir con su estado. Pues con los criados es poco lo poco que hay que fiar, aunque ella los tenía buenos. No se ha de hablar más con uno que con otro, sino al que se favorece ha de ser el malquisto.

            Ello es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo es llamar señores a las personas semejantes, que no me parece son sino esclavos de mil cosas.

            5. Fue el Señor servido [13](13) que el tiempo que estuve en aquella casa se mejoraban en servir a Su Majestad las personas de ella, aunque no estuve libre de trabajos y algunas envidias que tenían algunas personas del mucho amor que aquella señora me tenía. Debían por ventura pensar que pretendía algún interés. Debía permitir el Señor me diesen algunos trabajos cosas semejantes y otras de otras suertes, por que no me embebiese en el regalo que había por otra parte, y fue servido sacarme de todo con mejoría de mi alma.

            6. Estando allí acertó a venir un religioso, persona muy principal y con quien yo, muchos años había, había tratado algunas veces [14](14). Y estando en misa en un monasterio de su Orden que estaba cerca de donde yo estaba, diome deseo de saber en qué disposición estaba aquella alma, que deseaba yo fuese muy siervo de Dios, y levantéme para irle a hablar. Como yo estaba recogida ya en oración, parecióme después era perder tiempo, que quién me metía a mí en aquello, y tornéme a sentar. Paréceme que fueron tres veces [15](15) las que esto me acaeció y, en fin, pudo más el ángel bueno que el malo, y fuile a llamar y vino a hablarme a un confesonario.

            Comencéle a preguntar y él a mí -porque había muchos años que no nos habíamos visto- [16](16) de nuestras vidas. Yo le comencé a decir que había sido la mía de muchos trabajos de alma. Puso muy mucho en que le dijese qué eran los trabajos. Yo le dije que no eran para saber ni para que yo los dijese. Él dijo que, pues lo sabía el padre dominico que he dicho -que era muy su amigo- [17](17), que luego se los diría y que no se me diese nada.

            7. El caso es que ni fue en su mano dejarme de importunar ni en la mía, me parece, dejárselo de decir. Porque con toda la pesadumbre y vergüenza que solía tener cuando trataba estas cosas, con él y con el rector que he dicho [18](18) no tuve ninguna pena, antes me consolé mucho. Díjeselo debajo de confesión [19](19).

            Parecióme más avisado que nunca, aunque siempre le tenía por de gran entendimiento. Miré los grandes talentos y partes que tenía para aprovechar mucho, si del todo se diese a Dios. Porque esto tengo yo de unos años acá, que no veo persona que mucho me contente, que luego querría verla del todo dar a Dios, con unas ansias que algunas veces no me puedo valer. Y aunque deseo que todos le sirvan, estas personas que me contentan es con muy gran ímpetu, y así importuno mucho al Señor por ellas. Con el religioso que digo, me acaeció así.

            8. Rogóme le encomendase mucho a Dios, y no había menester decírmelo, que ya yo estaba de suerte que no pudiera hacer otra cosa. Y voyme adonde solía a solas tener oración, y comienzo a tratar con el Señor, estando muy recogida, con un estilo abobado que muchas veces, sin saber lo que digo, trato; que el amor es el que habla, y está el alma tan enajenada, que no miro la diferencia que haya de ella a Dios. Porque el amor que conoce que la tiene Su Majestad, la olvida de sí y le parece está en Él y, como una cosa propia sin división [20](20), habla desatinos. Acuérdome que le dije esto, después de pedirle con hartas lágrimas aquella alma pusiese en su servicio muy de veras, que aunque yo le tenía por bueno, no me contentaba, que le quería muy bueno, y así le dije: *Señor, no me habéis de negar esta merced; mirad que es bueno este sujeto para nuestro amigo+.

            9. (Oh bondad y humanidad grande de Dios, cómo no mira las palabras, sino los deseos y voluntad con que se dicen! (Cómo sufre que una como yo hable a Su Majestad tan atrevidamente! Sea bendito por siempre jamás.

            10. Acuérdome que me dio en aquellas horas de oración aquella noche un afligimiento grande de pensar si estaba en enemistad de Dios. Y como no podía yo saber si estaba en gracia o no (no para que yo lo desease saber, mas deseábame morir por no me ver en vida adonde no estaba segura si estaba muerta, porque no podía haber muerte más recia para mí que pensar si tenía ofendido a Dios) y apretábame esta pena; suplicábale no lo permitiese, toda regalada [21](21) y derretida en lágrimas. Entonces entendí que bien me podía consolar y estar cierta que estaba en gracia [22](22); porque semejante amor de Dios y hacer Su Majestad aquellas mercedes y sentimientos que daba al alma, que no se compadecía [23](23) hacerse a alma que estuviese en pecado mortal.

            Quedé confiada que había de hacer el Señor lo que le suplicaba de esta persona. Díjome que le dijese unas palabras. Esto sentí yo mucho, porque no sabía cómo las decir, que esto de dar recado a tercera persona -como he dicho- [24](24), es lo que más siento siempre, en especial a quien no sabía cómo lo tomaría, o si burlaría de mí. Púsome en mucha congoja. En fin, fui tan persuadida, que, a mi parecer, prometí a Dios no dejárselas de decir y, por la gran vergüenza que había, las escribí y se las di.

            11. Bien pareció ser cosa de Dios en la operación que le hicieron [25](25). Determinóse muy de veras de darse a oración, aunque no lo hizo desde luego. El Señor, como le quería para Sí, por mi medio le enviaba a decir unas verdades, que, sin entenderlo yo, iban tan a su propósito que él se espantaba, y el Señor que debía disponerle para creer que era Su Majestad. Yo, aunque miserable, era mucho lo que suplicaba al Señor muy del todo lo tornase a Sí y le hiciese aborrecer los contentos y cosas de la vida. Y así -(sea alabado por siempre!- lo hizo tan de hecho, que cada vez que me habla me tiene como embobada; y si yo no lo hubiera visto, lo tuviera por dudoso en tan breve tiempo hacerle tan crecidas mercedes y tenerle tan ocupado en Sí, que no parece vive ya para cosa de la tierra.

            Su Majestad le tenga de su mano, que si así va adelante (lo que espero en el Señor sí hará, por ir muy fundado en conocerse), será uno de los muy señalados siervos suyos y para gran provecho de muchas almas; porque en cosas de espíritu en poco tiempo tiene mucha experiencia, que estos son dones que da Dios cuando quiere y como quiere [26](26), y ni va en el tiempo ni en los servicios. No digo que no hace esto mucho, mas que muchas veces no da el Señor en veinte años la contemplación que a otros da en uno. Su Majestad sabe la causa.

            Y es el engaño, que nos parece por los años hemos de entender lo que en ninguna manera se puede alcanzar sin experiencia. Y así yerran muchos -como he dicho- [27](27) en querer conocer espíritus sin tenerle [28](28). No digo que quien no tuviere espíritu, si es letrado, no gobierne a quien le tiene; mas entiéndese en lo exterior e interior que va conforme a vía natural por obra del entendimiento, y en lo sobrenatural que mire [29](29) vaya conforme a la Sagrada Escritura. En lo demás no se mate, ni piense entender lo que no entiende, ni ahogue los espíritus [30](30), que ya, cuanto en aquello, otro mayor Señor los gobierna, que no están sin superior.

            12. No se espante ni le parezcan cosas imposibles -todo es posible al Señor-, sino procure esforzar la fe y humillarse de que hace el Señor en esta ciencia a una viejecita más sabia, por ventura, que a él aunque sea muy letrado; y con esta humildad aprovechará más a las almas y a sí que por hacerse contemplativo sin serlo. Porque torno a decir que si no tiene experiencia, si no tiene muy mucha humildad en entender que no lo entiende y que no por eso es imposible, que ganará poco y dará a ganar menos a quien trata. No haya miedo, si tiene humildad, permita el Señor que se engañe el uno ni el otro.

            13. Pues a este Padre que digo [31](31), como en muchas cosas se la ha dado el Señor, ha procurado estudiar todo lo que por estudio ha podido en este caso -que es buen letrado- y lo que no entiende por experiencia infórmase de quien la tiene, y con esto ayúdale el Señor con darle mucha fe, y así ha aprovechado mucho a sí y a algunas ánimas, y la mía es una de ellas; que como el Señor sabía en los trabajos que me había de ver, parece proveyó Su Majestad que, pues había de llevar consigo a algunos que me gobernaban [32](32), quedasen otros que me han ayudado a hartos trabajos y hecho gran bien. Hale mudado el Señor casi del todo, de manera que casi él no se conoce -a manera de decir- y dado fuerzas corporales para penitencia (que antes no tenía, sino enfermo), y animoso para todo lo que es bueno y otras cosas, que se parece bien ser muy particular llamamiento del Señor. Sea bendito por siempre.

            14. Creo todo el bien le viene de las mercedes que el Señor le ha hecho en la oración, porque no son postizos [33](33). Porque ya en algunas cosas ha querido el Señor sea ya experimentado, porque sale de ellas como quien tiene ya conocida la verdad del mérito que se gana en sufrir persecuciones. Espero en la grandeza del Señor ha de venir mucho bien a algunos de su Orden por él, y a ella misma [34](34). Ya se comienza esto a entender. He visto grandes visiones, y díchome el Señor algunas cosas de él y del rector de la Compañía de Jesús que tengo dicho [35](35), de grande admiración, y de otros dos religiosos de la Orden de Santo Domingo, en especial de uno [36](36), que también ha dado ya a entender el Señor por obra en su aprovechamiento algunas cosas que antes yo había entendido de él. Mas de quien ahora hablo han sido muchas.

            15. Una cosa quiero decir ahora aquí. Estaba yo una vez con él en un locutorio, y era tanto el amor que mi alma y espíritu entendía que ardía en el suyo, que me tenía a mí casi absorta; porque consideraba las grandezas de Dios en cuán poco tiempo había subido un alma a tan gran estado. Hacíame gran confusión, porque le veía con tanta humildad escuchar lo que yo le decía en algunas cosas de oración, como yo tenía poca [37](37) de tratar así con persona semejante. Debíamelo sufrir el Señor, por el gran deseo que yo tenía de verle muy adelante. Hacíame tanto provecho estar con él, que parece dejaba a mi ánima puesto nuevo fuego para desear servir al Señor de principio.

            (Oh Jesús mío, qué hace un alma abrasada en vuestro amor! (Cómo la habíamos de estimar en mucho y suplicar al Señor la dejase en esta vida! Quien tiene el mismo amor, tras estas almas se había de andar si pudiese.

            16. Gran cosa es un enfermo hallar otro herido de aquel mal. Mucho se consuela de ver que no es solo. Mucho se ayudan a padecer y aun a merecer. Excelentes espaldas se hacen ya gente determinada a arriscar [38](38) mil vidas por Dios y desean que se les ofrezca en qué perderlas. Son como soldados que, por ganar el despojo y hacerse con él ricos, desean que haya guerra [39](39). Tienen entendido no lo pueden ser sino por aquí. Es este su oficio, el trabajar. (Oh, gran cosa es adonde el Señor da esta luz de entender lo mucho que se gana en padecer por Él! No se entiende esto bien hasta que se deja todo, porque quien en ello se está, señal es que lo tiene en algo; pues si lo tiene en algo, forzado le ha de pesar de dejarlo, y ya va imperfecto todo y perdido. Bien viene aquí, que es perdido quien tras perdido anda [40](40). )Y qué más perdición, y qué más ceguedad, qué más desventura que tener en mucho lo que no es nada?

            17. Pues, tornando a lo que decía [41](41), estando yo en grandísimo gozo mirando aquel alma, que me parece quería el Señor viese claro los tesoros que había puesto en ella, y viendo la merced que me había hecho en que fuese por medio mío -hallándome indigna de ella-, en mucho más tenía yo las mercedes que el Señor le había hecho y más a mi cuenta las tomaba que si fuera a mí y alababa mucho al Señor de ver que Su Majestad iba cumpliendo mis deseos y había oído mi oración, que era despertase el Señor personas semejantes.

            Estando ya mi alma que no podía sufrir en sí tanto gozo, salió de sí y perdióse para más ganar [42](42). Perdió las consideraciones, y de oír aquella lengua divina en quien parece hablaba el Espíritu Santo, diome un gran arrobamiento que me hizo casi perder el sentido, aunque duró poco tiempo. Vi a Cristo con grandísima majestad y gloria, mostrando gran contento de lo que allí pasaba; y así me lo dijo, y quiso viese claro que a semejantes pláticas siempre se hallaba presente y lo mucho que se sirve en que así se deleiten en hablar en Él.

            Otra vez estando lejos de este lugar [43](43), le vi con mucha gloria levantar, a los ángeles [44](44); entendí iba su alma muy adelante, por esta visión. Y así fue, que le habían levantado un gran testimonio bien contra su honra, persona a quien él había hecho mucho bien y remediado la suya y el alma, y habíalo pasado con mucho contento y hecho otras obras muy en servicio de Dios y pasado otras persecuciones.

            18. No me parece conviene ahora declarar más cosas. Si después le pareciere a vuestra merced [45](45), pues las sabe, se podrán poner para gloria del Señor. De todas las que he dicho de profecías de esta casa, y otras que diré de ella y de otras cosas, todas se han cumplido. Algunas, tres años antes que se supiesen -otras más y otras menos- me las decía el Señor. Y siempre las decía al confesor y a esta mi amiga viuda con quien tenía licencia de hablar, como he dicho [46](46); y ella he sabido que las decía a otras personas, y éstas saben que ni miento, ni Dios me dé tal lugar, que en ninguna cosa, cuánto más siendo tan graves, tratase yo sino toda verdad.

            19. Habiéndose muerto un cuñado mío súbitamente [47](47), y estando yo con mucha pena por no se haber viado a confesarse [48](48), se me dijo en la oración que había así de morir mi hermana, que fuese allá y procurase se dispusiese para ello. Díjelo a mi confesor y, como no me dejaba ir, entendílo otras veces. Ya como esto vio, díjome que fuese allá, que no se perdía nada.

            Ella estaba en una aldea [49](49), y, como fui, sin decirla nada la fui dando la luz que pude en todas las cosas, e hice se confesase muy a menudo y en todo trajese cuenta con su alma. Ella era muy buena e hízolo así. Desde a cuatro o cinco años que tenía esta costumbre [50](50) y muy buena cuenta con su conciencia, se murió sin verla nadie ni poderse confesar. Fue el bien que, como lo acostumbraba, no había poco más de ocho días que estaba confesada.

            A mí me dio gran alegría cuando supe su muerte. Estuvo muy poco en el purgatorio. Serían aún no me parece ocho días cuando, acabando de comulgar, me apareció el Señor y quiso la viese cómo la llevaba a la gloria. En todos estos años, desde que se me dijo hasta que murió, no se me olvidaba lo que se me había dado a entender, ni a mi compañera [51](51), que, así como murió, vino a mí muy espantada de ver cómo se había cumplido.

            Sea Dios alabado por siempre, que tanto cuidado trae de las almas para que no se pierdan.


                                            COMENTARIO AL CAPÍTULO 34

                  Teresa Viaja a Toledo. Reside seis meses en el palacio de doña Luisa
                                                 Se encuentra con el P. Gracián


            El capítulo introduce un gran paréntesis en el relato de la fundación de San José. Refiere dos episodios de la biografía personal de Teresa. Dos episodios de amistad.

            El primero, su ida a Toledo y su amistad con doña Luisa, está ligeramente relacionado con la fundación abulense. Los seis meses de residencia toledana constituyen la pausa necesaria para tramitar y esperar el breve pontificio que faculte la fundación. Solicitado probablemente a principio de año, el breve lo recibirá ella a fines de julio (1562), de vuelta en Ávila.

            En cambio, el segundo episodio, el encuentro con García de Toledo, está relacionado con el Libro de la vida. Teresa lo escribe por primera vez aquí en Toledo; numerosos capítulos del libro están secretamente dirigidos al P. García ("(Oh hijo mío, que es tan humilde a quien va esto dirigido y me lo mandó escribir!" - "Padre mío, pues también lo es como hijo": c. 16, 6); y ahora, en la segunda mitad del presente capítulo cuenta el reencuentro con él; lo escribe a sabiendas de que él mismo lo leerá enseguida; pero como el libro ha de pasar a mano de terceros, cuenta el episodio en anonimato y sin casi dialogar con el interesado (cf el n. 18).

            Doña Luisa de la Cerda y el P. García son, por tanto, los dos protagonistas del capítulo al lado de la autora. Sólo de soslayo se menciona a los jesuitas de Toledo, y al dominico P. Ibáñez.

            Por eso el capítulo está articulado en dos tiempos, a saber:

            - Núms. 1-5: Ida a Toledo y vida en el palacio de doña Luisa.

            - Núms. 6-17: Encuentro con el P. García y progreso espiritual de éste.

            ‑ A modo de apéndice, nn. 18-19: Otros episodios de carácter profético.


Teresa en Toledo: vida de palacio

            Es el ingreso de Teresa en el mundillo de la aristocracia.

            Ella no pertenece a la nobleza, ni por Cepeda ni por carmelita. Su viaje a Toledo resulta interesante por ser la primera experiencia palaciega vivida por la Santa, y por describirnos ese ambiente desde dentro: tanto desde el punto de vista psicológico y espiritual por parte de ella, como desde el punto de vista social por parte de su amiga y de la gente de palacio.

            Por otra confidencia de la Santa sabemos que antes de emprender el viaje se asesoró sobre los rigores de la etiqueta y el tinglado del "tratamiento". Lo comentará ella a sus monjas en la primera redacción del Camino: "A mí me acaeció una vez (lo de 'las ceremonias que se hacen para hablar a un grande'): no tenía costumbre a hablar con señores, e iba por cierta necesidad a tratar con una que había de llamar "señoría"; y es así que me lo mostraron deletreado. Yo, como soy torpe y no lo había usado, en llegando allá no lo acertaba bien; acordé decirle lo que pasaba, y echarlo en risa, por que tuviese por bien llamarla 'merced', y así lo hice" (Camino E 37, 1: suprimido en la 2. redacción del libro, c. 22, 1).

            Risa y humorismo aparte, lo cierto es que Teresa va a Toledo llena de "grandísima confusión", consciente de dos cosas: de que se la llama en atención a sus cualidades humanas (lo que hoy diríamos asistencia de psicólogo tras un accidente grave); y también consciente de la desmesura del encargo, ante el cual despiadadamente se toma la medida de sí misma para hallarse "ruin" una vez más: "Como yo me veía tan ruin, no podía sufrir esto".

            Así que el mandato perentorio del provincial "hízome algún alboroto y mucha pena".

            Las cosas cambian cuando Teresa se zambulle en la vida de palacio y se percata del empaque, la vacuidad, los innumerables convencionalismos, razones de estado y tiranía de la etiqueta y del punto de honra, que reinan en el mundillo palaciego.

            Respecto de la señora del palacio, "vi que era mujer y tan sujeta a pasiones y flaquezas como yo, y en lo poco que se ha de tener el señorío; y decíaselo". "Ha de andar todo conforme al estado y no a las complexiones". "No dejaba de tratar con aquellas tan señoras que muy a mi honra pudiera yo servirlas, con la libertad que si fuera su igual". "Es así que del todo aborrecí el desear ser señora. (Dios me libre de mala compostura!".

            Y de mujer a mujer, es decir, de ella a la dama del palacio, "con ser de las principales del reino..., yo la había lástima, y se la he..." (n. 4).

            Volverá sobre el tema capítulos adelante, para elevarse de plano y asegurar que en el "trato" con Dios no hay protocolo ni cartilla de tratamientos. Esos rituales quedan para los reyezuelos de la tierra, investidos de "autoridades postizas" (37, 6). Se lo propondrá como axioma doctrinal a sus monjas. Su Señor -el del cielo o el de la Eucaristía- es "tratable". "No curéis, hijas, de humildades: tratad con Él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra..." (C 28, 3).


García de Toledo: discípulo místico de Teresa

            Es más importante el otro episodio, relatado en la segunda mitad del capítulo. Teresa da la sensación de complacerse, casi regodearse, narrando su encuentro con el dominico García de Toledo.

            Lo conocía ella desde hacía años, no sabemos cuántos. Quizá desde cuando don García era todavía un arrogante caballero dispuesto para el viaje a las Indias, pues ambos eran coetáneos, nacidos los dos en 1515. O quizá cuando en la década de los años 50 él era superior de Santo Tomás de Ávila. Pero "hacía muchos años que no nos habíamos visto".

            De hecho don García se había hecho dominico en México, adonde había ido de caballero conquistador. Al reencontrarlo ahora en Toledo, Teresa siente hacia él una sintonía tan profunda, que finalmente se decide a abrirle el alma y contarle la propia vida, incluso diversos flecos de su vida mística. Y él, el P. García, no sólo queda impresionado sino subyugado y decidido a embarcarse en una vida espiritual de más hondura, a ser posible con el mismo rumbo y los mismos derroteros de la monja mística.

            Media ahí el episodio enigmático del recado que le envía Teresa en un pequeño billete que le escribe no sin cierto sonrojo: "Por la gran vergüenza que había (= que yo sentía), escribí unas palabras y se las di" (10).

            No conocemos el contenido del pequeño mensaje, pero sí el impacto que produjo en el destinatario. Lo cuenta en discreto anonimato un amigo de ambos -de Teresa y del P. García-, el dominico Pedro Ibáñez: "A una persona que no se acababa de determinar en tratar con gran delicadeza con Dios, pensando yo que había comenzado ya, porque así lo habíamos concertado él y yo, y como en cosa hecha no quería yo volver por donde esta persona estaba, hablome esta santa (Teresa) y díjome que su maestro (que es Cristo) decía que volviese yo por donde estaba y que le llevase un recaudo bien breve, pero era todo de Dios y de su parte, y aun hasta entonces se quería excusar doña Teresa con Dios... Vengo y propóngole mi recaudo. Comienza a llorar, que le penetró las entrañas, y es un hombrazo que puede gobernar el mundo, y que no es nada mujeril y afeminado para llorar, sino muy hombrazo".

            A partir de ese momento el P. García interviene, una y otra vez, en la redacción de la autobiografía teresiana: envía a la autora mensajes para que abunde en detalles; le pide que prosiga el relato después de terminada la historia de la fundación de San José (c 37, 1); y cuando sabe que ella ha concluido el libro, rápidamente pide que se lo envíe, y Teresa se lo remite sin ni siquiera concederse una pausa para releerlo y corregirlo.

            El P. García proseguirá de lector y censor de cuanto ella escriba en ese período. Revisará y censurará la primera redacción del Camino; hará que lo escriba por segunda vez; y aun en esta segunda redacción, de nuevo lo revisará y enmendará. Esa plena confianza entre ambos continuará hasta que él emprenda nuevamente el viaje a las Indias como asesor religioso de su pariente, el virrey Francisco de Toledo, enviado al Perú por Felipe II el año 1568.

            Ese, el episodio. Pero lo que más interesa al lector de Vida es el porqué de esta página de la Santa. )Por qué pone ella tanto interés en referirlo?

            Parece evidente que lo hace por dos razones. En el fondo, para ratificar con un ejemplo concreto dos de las tesis doctrinales de su libro: la importancia de las amistades espirituales; y la eficacia de las gracias místicas.

            - Ante todo, para confirmar su valoración de la amistad espiritual. Queda lejos ya, en el capítulo séptimo del libro, lo de "hacerse espaldas unos a otros", por "ser gran mal un alma sola entre tantos peligros", ya que "es cosa importantísima ayudarse unos a otros", "importantísimo para almas que no están fortalecidas en virtud" (c. 7, 20-21). Insistirá en ello en el segundo grado de oración: que "son menester amigos fuertes de Dios" (15, 5); y de ahí surgirá, en el grado tercero, el grupo de "los cinco que al presente nos amamos en Cristo" (16, 7).

            Ahora, tras narrar el episodio del encuentro con García de Toledo, lo ratificará en forma categórica: "Excelentes espaldas se hacen ya gente determinada a arriscar mil vidas por Dios". Y al referir una de sus conversaciones espirituales con su neófito místico: "Vi a Cristo, con gran majestad y gloria, mostrando gran contento de lo que allí pasaba...; me dijo (Cristo) que a semejantes pláticas siempre se hallaba presente Él" (n. 17).

            Por eso en el relato queda tan patente el tríptico amistoso "Teresa-Ibáñez-García de Toledo". Y más patente el otro tríptico de amigos en la "atrevida" oración de Teresa, "ella, el Señor y el P. García": "Y así le dije: Señor, no me habéis de negar esta merced; mirad que es bueno este sujeto para nuestro amigo" (n. 8).

            - La segunda intención doctrinal del episodio tiene calado más profundo: Teresa está convencida de la fuerza empatizante de las gracias místicas y de la experiencia de Dios. Que Él no se impone largas esperas para concederlas. Que las gracias místicas son fulminantes y arrolladoras en la remodelación de la persona. Y que Dios las concede "cuando quiere y como quiere" (n. 11).

            Así adquiere sentido el caso del P. García, tan rápidamente introducido en experiencias místicas profundas. Lo ratificará páginas adelante a base de una nueva gracia mística (40, 19).

            Todo ello es lección de vida no sólo para ese primer lector del episodio que se verá retratado al leer esta página, escrita en trasparente anonimato, sino que es lección de vida para cualquier otro que, leyendo el presente libro, entre en empatía con la autora.


            NOTA

            Doña Luisa de la Cerda, la dama toledana en cuyo palacio reside la Santa los siete meses primeros de 1561, está a su vez implicada en la historia del Libro de la Vida. Doña Luisa era hija del duque de Medinaceli, estaba casada con Antonio Arias Pardo, sobrino del cardenal Tavera. Al morir su esposo (13.1.1561), solicitó del Provincial de los carmelitas la asistencia consoladora de la madre Teresa, quien escribirá la primera redacción de Vida en su palacio toledano. Más tarde ofrece casa a la Santa para la fundación de Malagón (1568). Y ese mismo año será ella personalmente quien lleve a Andalucía el autógrafo de Vida para ponerlo en manos de san Juan de Ávila. Con ese motivo le escribirá Teresa varias cartas (Ctas. 7. 8. 9. 10). Y al recibirlo de nuevo de manos del Maestro, se congratula con ella por el servicio prestado (Cta. 14, 2).



    [1] No entender en ello: no ocuparse de ello (como en el c. 33, título).
    [2] Lugar grande: Toledo. Nótese el anonimato. Como en el caso de la nota 3.
    [3] Una señora: "Doña Luisa de la Cerda, mujer que fue de Arias Pardo", apostilló Gracián en su ejemplar. ‑ Se temía su salud: por su salud. ‑ Doña Luisa era viuda reciente de Arias Pardo de Saavedra, mariscal de Castilla, señor de las villas de Malagón, Paracuellos, etc., y sobrino del Cardenal Arzobispo de Toledo Pardo de Tavera. Su esposo había muerto el 13 de enero de 1561. Doña Luisa era hija del Duque de Medinaceli, Juan de la Cerda, y residía en Toledo. Se hará gran amiga de la Santa. Por su mediación, el libro de la Vida llegará a manos de san Juan de Ávila (Cf. cartas del 18 y del 27 de mayo de 1568 a Doña Luisa).
    [4] Provincial de los carmelitas de Castilla: Angel de Salazar.
    [5] Monasterio que salían: en que las monjas no prometían clausura (cf. c. 4, 5).
    [6] Enviando carta al provincial. Como al final del n. 2.
    [7] Era el 24 de diciembre de 1561.
    [8] Hasta que llegase el Breve pontificio, que sería expedido en Roma el 7.2.1562.
    [9] Rector de San Gil, P. Gaspar de Salazar.
    [10] En Toledo. Fundación reciente de los jesuitas, gracias a la intervención de san Francisco de Borja ante el Arzobispo B. Carranca (1558). Superior de la casa era el P. Pedro Doménech, y Ministro el P. Gil González Dávila. Con ambos entabló enseguida la Santa íntimas relaciones espirituales. El P. Doménech fue su confesor.
    [11] En el n. 1.
    [12] Conforme al estado: conforme a su rango nobiliario o categoría social.
    [13] Por error material, en el autógrafo se repite la frase "fue... servido". Ocurrirá de nuevo en el n. siguiente.
    [14] "El P. fray García de Toledo", advierte Gracián en su ejemplar. Los primitivos biógrafos de la Santa, Ribera y Yepes, dan por aludido al P. Vicente Barrón, de quien habló la Santa en el c. 7, 17. ‑ García de Toledo era "persona principal", nieto de los Condes de Oropesa, sobrino del futuro Virrey del Perú, F. de Toledo. Ya en 1535 había estado en Méjico, militando a las órdenes del virrey Antonio de Mendoza. En marzo de 1569 pasará de nuevo el Atlántico, acompañando al virrey F. de Toledo como asesor religioso. Ya no regresará a España hasta 1581 (cf. la carta de la Santa a María de San José, del 8.22.1581).
    [15] Por lapsus material, en el autógrafo repite "tres tres veces".
    [16] El P. García de Toledo había sido prior de Santo Tomás de Ávila en 1555.
    [17] El P. Pedro Ibáñez. Lo ha dicho en el c. 33, 5.
    [18] P. Gaspar de Salazar, rector de San Gil: c. 33, nn. 9‑10.
    [19] Debajo de confesión: bajo secreto de confesión.
    [20] Como una cosa propia sin división: como de cosa propia y como si no hubiese división (distancia) entre Dios y ella...
    [21] Toda regalada: feliz, inundada de gozo.
    [22] En la edición príncipe, fray Luis trascribió "consolar y confiar", en lugar de "consolar y estar cierta" (p. 431). Como otras correcciones del autógrafo, también esta enmienda está motivada por el acostumbrado escrúpulo teológico‑tridentino sobre la certeza del estado de gracia (cf. Denz. 802 y 805). En realidad, la afirmación de la Santa está en pleno acuerdo con la ortodoxia tridentina.
    [23] No se compadecía: no era compatible.
    [24] En el c. 32, 12; cf. c. 33, 2.
    [25] La operación que le hicieron: efecto que le produjeron las palabras de la Santa. ‑ El hecho fue referido con más detalles por el autor del "Informe sobre el espíritu de la Madre Teresa", atribuido al propio Pedro Ibáñez: "A una persona que no se acaba de determinar en tratar con gran delizadeza con Dios, pensando yo que había comenzado ya, porque así lo habíamos concertado él y yo, y como en cosa hecha no quería yo volver por donde esta persona estaba, hablóme esta santa y díjome que su Maestro (que es Cristo) decía que volviese yo por donde estaba y que le llevase un recaudo bien breve, pero era todo de Dios y de su parte, y aún hasta entonces se quería excusar Doña Teresa con Dios... Vengo y propóngole mi recaudo: comienza a llorar, que le penetró las entrañas, y es un hombrazo que puede gobernar el mundo, y que no es nada mujeril y afeminado para llorar, sino muy hombrazo" (BMC, t. II, pp. 149‑150).
    [26] Afirmación de la absoluta gratuidad de los dones místicos: cf. c. 21, 9 nota 17.
    [27] Cf. c. 13, 14.
    [28] Esta afirmación y las que siguen son un eco de cuando escribió a la Santa fray Pedro de Alcántara en carta del 14.4.1562 (BMC, t. II, p. 125‑126).
    [29] Mira, había escrito. Y lo corrigió. Fray Luis trascribe "mire" (p. 433).
    [30] Repite la frase de San Pablo en 1Tes 5, 19.
    [31] García de Toledo.
    [32] Cuando esto escribe, ya han muerto san Pedro de Alcántara (18.10.1562) y el P. Pedro Ibáñez (12.2.1565). ‑ La frase siguiente: me han ayudado a sobrellevar hartos trabajos.
    [33] Postizas, trascribe fray Luis (p. 434), concordando con "mercedes". La Santa une "postizos" con "bienes". Así se entiende mejor lo que sigue.
    [34] La Orden de Santo Domingo.
    [35] El P. Gaspar de Salazar, de quien ha hablado en el c. 33, 9‑10.
    [36] "Los Padres Pedro Ibáñez y Domingo Báñez, especialmente el primero" (P. Silverio).
    [37] Yo tenía poca humildad.
    [38] Determinada arriscar, escribe la Santa: "Arriscar": arriesgar.
    [39] La misma imagen bélica está presente en Camino 38, 1.
    [40] Refrán algo más culto que el conocido "dime con quién andas...".
    [41] En el n. 15.
    [42] Expresión gráfica, que designa el ingreso en arrobamiento. Los dos verbos "perderse / ganar(se)", en acepción mística: perderse a sí mismo, para ganarse en Dios. En el poema "Vivo sin vivir en mí", escribe: "Mira que el amor es fuerte; / vida no me seas molesta, / mira que sólo me resta / para ganarte, perderte".
    [43] Estando lejos de Ávila.
    [44] "El P. fray García de Toledo", anota Gracián en su ejemplar. ‑ Reordenando la frase: "vi a los ángeles levantarle".
    [45] Si le pareciere a v.m., pues las sabe... Reanuda el diálogo con el P. García de Toledo. La Santa viene hablando de las interioridades del propio P. García, quien se identifica con ese "vuestra merced", y "las sabe". Pero como él no es el único destinatario del libro, la autora tiende un velo de discreción sobre el relato.
    [46] Doña Guiomar de Ulloa. Lo ha dicho en el c. 30, 3.
    [47] Cuñado mío: "Martín de Guzmán", anota Gracián. Estaba casado con María de Cepeda, hermana mayor de la Santa. Cf. c. 3, 3.
    [48] En el autógrafo se lee: "por no se haber uyado" (= viado) a confesarse. Báñez lo corrigió: "por no haber tenido lugar a confesarse". Fray Luis imprimió: "por no haber vuiado (= uviado) a confesar" (p. 438).
    [49] En una aldea: Castellanos de la Cañada, adonde había ido la Santa con ocasión de sus enfermedades (c. 3, 3; y 4, 6). ‑ La frase siguiente: sin decirla nada de la revelación que yo había tenido...
    [50] Desde a cuatro o cinco años, equivale a "cuatro o cinco años después...".
    [51] Mi compañera: Doña Guiomar (cf. n. 18).
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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)