11.12.10

Comentario Libro de la Vida capítulo 37


COMENTARIOS AL LIBRO DE LA VIDA
Capítulo 37: 



 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

                              CAPÍTULO 37




            [Comienza la última sección del libro, redactada bajo la presión de los teólogos asesores y por impulso interior («por obedecer al Señor que me lo ha mandado», n. 1). Tras el relato de la fundación de San José (cc. 32_36), vuelve al argumento de su vida interior: pocos episodios externos y predominio de gracias místicas. Todas ellas del período más reciente: años 1563_1565].

            Trata de los efectos que le quedaban cuando el Señor le había hecho alguna merced. Junta con esto harto buena doctrina. Dice cómo se ha de procurar y tener en mucho ganar algún grado más de gloria, y que por ningún trabajo dejemos bienes que son perpetuos.
(sigue aquí --- en "Más información"... )


            1. De mal se me hace [1](1) decir más de las mercedes que me ha hecho el Señor de las dichas [2](2), y aun son demasiadas para que se crea haberlas hecho a persona tan ruin; mas por obedecer al Señor, que me lo ha mandado, y a vuestras mercedes [3](3), diré algunas cosas para gloria suya. Plega a Su Majestad sea para aprovechar algún alma ver que a una cosa tan miserable ha querido el Señor así favorecer -¿qué hará a quien le hubiere de verdad servido?- y se animen todos a contentar a Su Majestad, pues aun en esta vida da tales prendas.

            2. Lo primero, hase de entender que en estas mercedes que hace Dios al alma hay más y menos gloria. Porque en algunas visiones excede tanto la gloria y gusto y consuelo al que da en otras, que yo me espanto de tanta diferencia de gozar, aun en esta vida. Porque acaece ser tanta la diferencia que hay de un gusto y regalo que da Dios en una visión o en un arrobamiento, que parece no es posible poder haber más acá que desear [4](4) y así el alma no lo desea ni pediría más contento. Aunque después que el Señor me ha dado a entender la diferencia que hay en el cielo de lo que gozan unos a lo que gozan otros cuán grande es, bien veo que también acá no hay tasa en el dar cuando el Señor es servido, y así no querría yo la hubiese en servir yo a Su Majestad y emplear toda mi vida y fuerzas y salud en esto, y no querría por mi culpa perder un tantito de más gozar. Y digo así [5](5) que si me dijesen cuál quiero más, estar con todos los trabajos del mundo hasta el fin de él y después subir un poquito más en gloria, o sin ninguno irme a un poco de gloria más baja, que de muy buena gana tomaría todos los trabajos por un tantito de gozar más de entender las grandezas de Dios; pues veo que quien más le entiende más le ama y le alaba.
            [Juan Pablo II, Homilía 29-10-1994: «Ver el rostro de Dios "cara a cara" (1Co 13, 12) es la vocación definitiva de todo hombre. La fe nos prepara para esa bienaventurada visión, en la que Dios se da al hombre en la medida del amor con que el mismo hombre ha respondido al Amor eterno, revelado en la Encarnación y en la Cruz de Cristo»].

            3. No digo que no me contentaría y tendría por muy venturosa de estar en el cielo, aunque fuese en el más bajo lugar, pues quien tal le tenía en el infierno, harta misericordia me haría en esto el Señor, y plega a Su Majestad vaya yo allá, y no mire a mis grandes pecados. Lo que digo es que, aunque fuese a muy gran costa mía, si pudiese y el Señor me diese gracia para trabajar mucho, no querría por mi culpa perder nada. ¡Miserable de mí, que con tantas culpas lo tenía perdido todo!

            4. Hase de notar también que en cada merced que el Señor me hacía de visión o revelación quedaba mi alma con alguna gran ganancia, y con algunas visiones quedaba con muy muchas.

            De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura, y la tengo hoy día, porque para esto bastaba sola una vez, ¡cuánto más tantas como el Señor me hace esta merced! Quedé con un provecho grandísimo y fue éste: tenía una grandísima falta de donde me vinieron grandes daños, y era ésta: que como comenzaba a entender que una persona me tenía voluntad y si me caía en gracia, me aficionaba tanto, que me ataba en gran manera la memoria a pensar en él, aunque no era con intención de ofender a Dios, mas holgábame de verle y de pensar en él y en las cosas buenas que le veía. Era cosa tan dañosa, que me traía el alma harto perdida.

            Después que vi la gran hermosura del Señor, no veía a nadie que en su comparación me pareciese bien ni me ocupase; que, con poner un poco los ojos de la consideración en la imagen que tengo en mi alma, he quedado con tanta libertad en esto, que después acá todo lo que veo me parece hace asco en comparación de las excelencias y gracias que en este Señor veía. Ni hay saber ni manera de regalo que yo estime en nada, en comparación del que es oír sola una palabra dicha de aquella divina boca, cuánto más tantas. Y tengo yo por imposible, si el Señor por mis pecados no permite se me quite esta memoria, podérmela nadie ocupar de suerte que, con un poquito de tornarme a acordar de este Señor, no quede libre.

            5. Acaeciome con algún confesor (que siempre quiero mucho a los que gobiernan mi alma) como los tomo en lugar de Dios tan de verdad, paréceme que es siempre adonde mi voluntad más se emplea y, como yo andaba con seguridad, mostrábales gracia [6](6). Ellos, como temerosos y siervos de Dios, temíanse no me asiese en alguna manera y me atase a quererlos, aunque santamente, y mostrábanme desgracia. Esto era después que yo estaba tan sujeta a obedecerlos, que antes no los cobraba ese amor. Yo me reía entre mí de ver cuán engañados estaban, aunque no todas veces trataba tan claro lo poco que me ataba a nadie como lo tenía en mí [7](7). Mas asegurábalos y, tratándome más, conocían lo que debía al Señor; que estas sospechas que traían de mí, siempre era a los principios.

            Comenzome mucho mayor amor y confianza de este Señor en viéndole, como con quien tenía conversación tan continua. Veía que, aunque era Dios, que era hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura [8](8), sujeta a muchas caídas por el primer pecado que Él había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo, aunque es señor. Porque entiendo no es como los que acá tenemos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades postizas: ha de haber horas de hablar y señaladas personas que los hablen; si es algún pobrecito que tiene algún negocio, ¡más rodeos y favores y trabajos le ha de costar tratarlo! ¡Oh que si es con el Rey! [9](9), aquí no hay tocar gente pobre y no caballerosa, sino preguntar quién son los más privados [10](10); y a buen seguro que no sean personas que tengan el mundo debajo de los pies, porque éstos hablan verdades, que no temen ni deben [11](11); no son para palacio, que allí no se deben usar, sino callar lo que mal les parece, que aun pensarlo no deben osar por no ser desfavorecidos.

            6. ¡Oh Rey de gloria y Señor de todos los reyes! ¡Cómo no es vuestro reino armado de palillos, pues no tiene fin! ¡Cómo no son menester terceros [12](12) para Vos! Con mirar vuestra persona, se ve luego que es sólo el que merecéis que os llamen Señor, según la majestad mostráis. No es menester gente de acompañamiento ni de guarda para que conozcan que sois Rey. Porque acá un rey solo mal se conocerá por sí. Aunque él más quiera ser conocido por rey, no le creerán, que no tiene más que los otros; es menester que se vea por qué lo creer, y así es razón tenga estas autoridades postizas, porque si no las tuviese no le tendrían en nada. Porque no sale de sí el parecer poderoso. De otros le ha de venir la autoridad.

            ¡Oh Señor mío, oh Rey mío! ¡Quién supiera ahora representar la majestad que tenéis! Es imposible dejar de ver que sois gran Emperador en Vos mismo, que espanta mirar esta majestad; mas más espanta, Señor mío, mirar con ella vuestra humildad y el amor que mostráis a una como yo. En todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos, perdido el primer espanto y temor de ver vuestra majestad, con quedar mayor para no ofenderos; mas no por miedo del castigo, Señor mío, porque éste no se tiene en nada en comparación de no perderos a Vos.

            7. Hela aquí los provechos de esta visión, sin otros grandes que deja en el alma. Si es de Dios, entiéndese por los efectos, cuando el alma tiene luz; porque, como muchas veces he dicho [13](13), quiere el Señor que esté en tinieblas y que no vea esta luz, y así no es mucho tema la que se ve tan ruin como yo. No ha más que ahora que me ha acaecido estar ocho días que no parece había en mí ni podía tener conocimiento de lo que debo a Dios, ni acuerdo de las mercedes, sino tan embobada el alma y puesta no sé en qué, ni cómo, no en malos pensamientos, mas para los buenos estaba tan inhábil, que me reía de mí y gustaba de ver la bajeza de un alma cuando no anda Dios siempre obrando en ella. Bien ve que no está sin Él en este estado, que no es como los grandes trabajos que he dicho tengo algunas veces [14](14); mas aunque pone leña y hace eso poco que puede de su parte, no hay arder el fuego de amor de Dios [15](15). Harta misericordia suya es que se ve el humo, para entender que no está del todo muerto. Torna el Señor a encender [16](16), que entonces un alma, aunque se quiebre la cabeza en soplar y en concertar los leños, parece que todo lo ahoga más. Creo es lo mejor rendirse del todo a que no puede nada por sí sola, y entender en otras cosas -como he dicho- [17](17) meritorias; porque por ventura la quita el Señor la oración para que entienda en ellas y conozca por experiencia lo poco que puede por sí.

            8. Es cierto que yo me he regalado hoy con el Señor y atrevido a quejarme de Su Majestad, y le he dicho: «¿Cómo Dios mío, que no basta que me tenéis en esta miserable vida, y que por amor de Vos paso por ello, y quiero vivir adonde todo es embarazos para no gozaros, sino que he de comer y dormir y negociar y tratar con todos, y todo lo paso por amor de Vos, pues bien sabéis, Señor mío, que me es tormento grandísimo, y que tan poquitos ratos como me quedan para gozar de Vos os me escondáis? ¿Cómo se compadece esto [18](18) en vuestra misericordia? ¿Cómo lo puede sufrir el amor que me tenéis? Creo yo, Señor, que si fuera posible poderme esconder yo de Vos, como Vos de mí, que pienso y creo del amor que me tenéis que no lo sufrierais; mas estáisos Vos conmigo, y veisme siempre. ¡No se sufre esto, Señor mío! Suplícoos miréis que se hace agravio a quien tanto os ama».

            9. Esto y otras cosas me ha acaecido decir, entendiendo primero cómo era piadoso [19](19) el lugar que tenía en el infierno para lo que merecía. Mas algunas veces desatina tanto el amor, que no me siento, sino que en todo mi seso doy estas quejas, y todo me lo sufre el Señor. ¡Alabado sea tan buen Rey! ¡Llegáramos a los de la tierra con estos atrevimientos!... Aun ya al rey no me maravillo que no se ose hablar, que es razón se tema, y a los señores que representan ser cabezas; mas está ya el mundo de manera, que habían de ser más largas las vidas para deprender los puntos y novedades y maneras que hay de crianza, si han de gastar algo de ella en servir a Dios. Yo me santiguo [20](20) de ver lo que pasa. El caso es que ya yo no sabía cómo vivir cuando aquí me metí; porque no se toma de burla cuando hay descuido en tratar con las gentes mucho más que merecen, sino que tan de veras lo toman por afrenta, que es menester hacer satisfacciones de vuestra intención, si hay -como digo- descuido; y aun plega a Dios lo crean.

            10. Torno a decir que, cierto, yo no sabía cómo vivir, porque se ve una pobre de alma fatigada: ve que la mandan que ocupe siempre el pensamiento en Dios y que es necesario traerle en Él para librarse de muchos peligros; por otro cabo ve que no cumple perder punto en puntos de mundo [21](21), so pena de no dejar de dar ocasión a que se tienten los que tienen su honra puesta en estos puntos. Traíame fatigada, y nunca acababa de hacer satisfacciones [22](22), porque no podía -aunque lo estudiaba- dejar de hacer muchas faltas en esto, que, como digo, no se tiene en el mundo por pequeña.

            ¿Y es verdad que en las Religiones, que de razón habíamos en estos casos estar disculpados, hay disculpa? No, que dicen que los monasterios ha de ser corte de crianza y de saberla. Yo cierto que no puedo entender esto. He pensado si dijo algún santo que había de ser corte para enseñar a los que quisiesen ser cortesanos del cielo, y lo han entendido al revés. Porque traer este cuidado quien es razón le traiga continuo en contentar a Dios y aborrecer el mundo, que le pueda traer tan grande en contentar a los que viven en él en estas cosas que tantas veces se mudan, no sé cómo. Aun si se pudiera deprender de una vez, pasara; mas aun para títulos de cartas es ya menester haya cátedra [23](23), adonde se lea cómo se ha de hacer -a manera de decir-, porque ya se deja papel de una parte, ya de otra, y a quien no se solía poner magnífico, se ha de poner ilustre [24](24).

            11. Yo no sé en qué ha de parar, porque aún no he yo cincuenta años [25](25), y en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir; pues los que ahora nacen y vivieren muchos, ¿qué han de hacer? Por cierto, yo he lástima a gente espiritual que está obligada a estar en el mundo por algunos santos fines, que es terrible la cruz que en esto llevan. Si se pudiesen concertar todos y hacerse ignorantes y querer que los tengan por tales en estas ciencias, de mucho trabajo se quitarían.

            12. Mas ¡en qué boberías me he metido! Por tratar en las grandezas de Dios, he venido a hablar de las bajezas del mundo. Pues el Señor me ha hecho merced en haberle dejado, quiero ya salir de él. Allá se avengan los que sustentan con tanto trabajo estas naderías. Plega a Dios que en la otra vida, que es sin mudanzas, no las paguemos. Amén.


COMENTARIO AL CAPÍTULO 37

Primera de las "grandes mercedes": Ver a Cristo
y su grandísima hermosura. "Efectos que le quedaron"


            Este tratado de las "grandes mercedes" que Dios ha hecho a Teresa comienza centrando ta atención en sola una. Ella "ha visto" a Cristo Señor. Y "de verlo", le ha quedado "imprimida su grandísima hermosura". Con toda una serie de efectos que le han remodelado la vida afectiva y las relaciones sociales.

            Serán los dos temas expuestos a lo largo del capítulo: la experiencia cristológica, y su influjo sobre la vida.

            Recordándolo y refiriéndolo, Teresa se emociona profundamente, de suerte que primero se desborda en adoración (6), y luego reproduce para el lector la efusión amorosa que "hoy mismo" ha tenido con su Señor (8). Esta última tiene la espontaneidad y la frescura de lo recién vivido.

            Luego, deja correr la pluma, casi descontroladamente, por la senda de los recuerdos pasados, los convencionalismos sociales y vacuos, en que ella misma se ha visto enredada.

            Aunque aparentemente en desorden, el capítulo tiene trazado sencillo y coherente:

-           Núm. 1: Introduce el tema: por qué escribe sobre "las grandes mercedes".

-           Núms. 2-8: Eficacia de las mercedes místicas (2-3) y, sobre todo, de la gracia cristológica (4-8).

-           Núms. 9-12, contraste con los convencionalismos del trato social. Más un número final de autocorrección (12).


La gracia de "ver a Cristo". Y su eficacia

            Lo interesante es que la primera "gran merced" que Teresa recuerda al comenzar la nueva serie, es precisamente que ella "ha visto Cristo". A lo largo de su experiencia mística, nunca dice que ella "ha visto a Dios", pero sí que "ha visto a Cristo".

            Lo ha referido detalladamente, en términos autobiográficos y testificales, en los capítulos 27 y 28. Dijo entonces que lo había visto en dos experiencias sucesivas. Primero, experimentando su pura presencia, como si dijéramos, de espíritu a espíritu (c. 27). Luego, lo vio configurado, en su manera de ser resucitado (c. 28).

            Ahora evoca ese hecho de experiencia, sencillamente para colocarlo en el comienzo de las "grandes mercedes" que va a referir, y para reafirmar el influjo que ello ha tenido en su vida.

            No reitera la descripción de lo experimentado en el capítulo 28, ni alude a la tremenda impresión de sorpresa tenida entonces. Ahora lo resume en pocos trazos:

-           Que ella ha tenido la gracia "de ver a Cristo".

-           Que la ha tenido "tantas veces".

-           En esa visión destaca el aspecto estético: su "grandísima hermosura".

-           Y el aspecto psicológico: que esa hermosura se le quedó "imprimida".

-           Y que la tiene imprimida "aún hoy día".

            Y rápidamente pasa a referir "los efectos" resultantes, comenzando por uno grandísimo -"quedé con un provecho grandísimo"-, que es a la vez psicológico, ético y relacional: que a Teresa se le unificó definitivamente la afectividad, centrándola en Él y convocando a ese centro afectivo todos los amores radiales hacia las personas amigas (tendrá tantos de esos amores, que ciertamente no se le han apagado, sólo se le han armonizado y jerarquizado). Su amor a Cristo ahora se le humaniza en la misma medida en que se le intensifica (n. 8).

-           "Comenzóme mucho mayor amor y confianza de este Señor en viéndole".

-           Con Él "tenía conversación tan continua".

-           "Veía que aunque era Dios, que era hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres...".

-           Con Él "puedo tratar como con amigo, aunque es Señor".

-           "Con mirar vuestra persona, se ve luego que es sólo el que merecéis que os llamen Señor".

-           "Es imposible dejar de ver que sois gran emperador en vos mismo, que espanta mirar esta majestad" (5. 6). - Es extraña la frecuencia de los verbos ver, mirar, tratar, en todo este contexto.

            Teresa "se regala con Él", y "se atreve" a quejársele de ausencia, diciéndole requiebros "desatinados".

            Es que "algunas veces desatina tanto el amor, que no me siento, sino que en todo mi seso doy estas quejas..." (9). Notemos el oxímoron: "Desatina el amor / en todo mi seso".

            La autora ha pasado insensiblemente de la exposición al testimonio autobiográfico, y en éste se le han entreverado dos oraciones intensas: la primera vivida en el acto mismo de escribir (n. 6). La otra, recordando y trascribiendo la oración vivida "hoy", quizás unos momentos antes de empuñar la pluma (n. 8). La primera, es una oración de adoración a la Majestad de Dios. La otra, una oración de intimidad amorosa, ante la condescendencia de Él.


El porqué de la crítica a la sociedad de su tiempo

            Es la segunda parte del capítulo. Tras una página brillante de vida mística, que por dos veces la hace trasponerse en oración, sobreviene esa página final, de fuerte claroscuro: Teresa se embarca en una serie de digresiones, para hacer la crítica de las usanzas protocolarias en el trato social de su tiempo. Son un fuerte eco de las tensiones y estridencias existentes entre aquellas clases sociales.

            Teresa se atreve a criticar o, al menos, apostrofar a todos los implicados en esa red, desde el rey hasta los "señores que representan ser cabezas". Desde los "puntos y novedades y maneras que hay de crianza", hasta "los títulos de las cartas" para los que ya habría que montar una cátedra, "porque ya se deja papel de una parte, ya de otra, y a quien no se solía poner magnífico, se ha de poner ilustre" (10).

            No lo soporta: "Yo me santiguo de ver lo que pasa. El caso es que ya yo no sabía cómo vivir cuando me metí aquí" (9). "Yo no sé en qué ha de parar (esto), porque aún no he yo 50 años, y en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir" (11).

            En el fondo, Teresa repite las impresiones y juicios emitidos al contar su reciente experiencia palaciega de Toledo (34, 4). Para ella, hay algo de farsa y vacuidad en ase lado de la vida social, basado todo él en convencionalismos, que exceden la mesura e incluso la verdad. Las normas del protocolo no se rigen por los méritos sino por los títulos. El rey se basa en "autoridades postizas". Los de más bajo escalafón social, en exigencias impuestas a viva fuerza. Y de ese engranaje no se libra ni la vida de los monasterios, ni la más elemental vida espiritual: "Yo he lástima a la gente espiritual que está obligada a estar en el mundo..." (11).

            El interrogante que surge espontáneo al lector es: ¿Por qué y para qué? ¿Con qué objetivo literario -o "doctrinal", como anuncia el título- introduce Teresa reiteradamente el tema de la farsa social? No basta que ella finalice el capítulo humorizando sobre sí misma: "¡En qué boberías me he metido!".

            Ahí mismo, al terminar su segundo apóstrofe, insinúa la razón de sus digresiones: "Por tratar en las grandezas de Dios, he venido a hablar de las bajezas del mundo" (12). Veámoslo.


El porqué

            El porqué de ese extraño díptico -fascinación ante la hermosura de Cristo y repudio de la farsa social- es sencillo y profundo.

            Para ella, el "tratar/tratarse" ha sido siempre importante, como importante es el hecho mismo de las relaciones entre persona y persona; "trato" que no equivale a "tratamientos", sino que es cruce de vida entre las personas mismas.

            Por eso ella distingue bien los dos planos, sumamente diversos, en ese trato de persona a persona, y le interesa ponerlos de relieve, o en contraste, para destacar el plano primero, el del "trato con Cristo/Dios", frente al plano segundo, el trato vigente en la sociedad de su entorno, por ejemplo entre reyes y vasallos, o entre hidalgos y lacayos.

            El trato primero, el de sus relaciones personales con Cristo, era el tema inicial del capítulo. Y se apoya en dos fundamentos extremos, quizás unificados en "la grandísima hermosura de Jesús, que a ella se le ha quedado imprimida en el alma". Por un lado, la majestad y trascendencia del Resucitado: "¡Oh Rey de la gloria y Señor de todos los reyes!, no es vuestro reino armado de palillos", "la Majestad que mostráis!" (6). Por otro lado el amor, que permite la intimidad y el atrevimiento amoroso, absoluto, confiado...

            Teresa ejemplifica los dos aspectos en las dos oraciones testificales que ha insertado en el relato y que, en cierto modo, son el corazón del capítulo: la primera, en trato asombrado con la majestad divina (n. 6). La segunda, en un deliquio amoroso, humanísimo, puro requiebro de enamorados (n. 8). Ella misma califica esa su manera de "trato": "Algunas veces desatina tanto el amor, que no me siento..." (9).

            Es precisamente la novedad, autenticidad y riqueza de ese "trato con Dios", lo que ella ha querido destacar, al tomar como punto de confrontación la falsía y pobreza de nuestros "tratamientos" en la vida social.

            Ella lo ha condensado en su lema: "(Con Él) puedo tratar como con amigo, aunque es Señor". Y de nuevo la contraposición: "Porque entiendo no es como los que acá tenemos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades postizas" (5).

            En resumen, Teresa nos ha ofrecido un jirón de su vida mística. Ella se trata con Dios.

            En la relación con Él se funden el más profundo sentido de trascendencia -Dios es la Majestad absoluta- con el más humano nivel de intimidad, el requiebro.

            Teresa ha llegado a la verdadera libertad en esa especie de convivencia mística con Cristo o con el misterio de Dios.

            Ahí su asombro: "¡Todo me lo sufre el Señor! - ¡(Si) llegáramos a los señores de la tierra con estos atrevimientos!".



[1] De mal se me hace: lo siento, me contraría...
[2] En otro orden: acerca de las mercedes que me ha hecho el Señor, decir más que las ya dichas...
[3] Vuestras mercedes: Alusión al P. García de Toledo y, probablemente, al P. Domingo Báñez.
[4] En otro orden: poder haber acá más (cosas) que desear...
[5] Orden de las dos frases: ... perder de gozar un tantito más. Y así digo...
[6] Mostrábales gracia... (y enseguida) mostrábanme desgracia...: mostrar agrado o desagrado, simpatía o antipatía.
[7] Tan claro... como lo tenía en mí: como era claro para mí.
[8] Compostura: hechura, condición natural.
[9] Fray Luis (p. 478) y otros editores leen: «o que si es el rey, aquí no hay tocar...». _ Aquí equivale a: «en este caso».
[10] Los más privados: los validos.
[11] No temen ni deben: frase proverbial que equivale a: «obras sin miramiento ni respetos humanos».
[12] Terceros (sustantivo): mediador (cf. C. 3, 9. _ En Const. 15. 18. 38 equivale a «acompañante»).
[13] En el c. 30, 8_18.
[14] Ib.
[15] Así el autógrafo. Los editores modernos, inducidos a error por la edición fotolitográfica del mismo, omiten las palabras «de Dios», en contra de fray Luis que editó correctamente (p. 481). Cf. esa misma imagen en el c. 39, 23.
[16] Acender, escribe la Santa.
[17] Lo ha aconsejado ya en el c. 11, 15_16.
[18] Equivale a: «cómo se compagina esto con...»
[19] Piadoso: benigno, no cruel.
[20] Yo me santiguo: me asombro, me hago cruces (cf. c. 19, 10.
[21] No cumple: no es conveniente (cf. c. 16, 6). _ Perder punto en puntos de mundo: irónico juego de palabras: perder detalle en puntillos de honra o en etiqueta mundana.
[22] Hacer satisfacciones: pedir excusas...
[23] Cátedra (ella escribe «cátreda») en que se lea: en que se den lecciones.
[24] Dura crítica de aquella sociedad. Volverá a criticarla en c. 2, 4; 27, 5. Felipe II hubo de publicar una pragmática reguladora de esos tratamientos (8 de octubre de 1586).
[25] No he (tengo) yo cincuenta años: escribe esto a fines de 1565, y había nacido el 28.3.1515: 50 años.

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)