5.2.11

Camino de Perfección Cap. 4

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.





Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 4




            En que persuade la guarda de la Regla, y de tres cosas importantes para la vida espiritual. Declara la primera de estas tres cosas, que es amor del prójimo, y lo que dañan amistades particulares (1)[1].
(sigue aquí --- en "Más información"... )

            1. Ya, hijas, habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar (2)[2]. )Qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo no nos tengan por muy atrevidas? Está claro que hemos menester trabajar mucho, y ayuda mucho tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras. Pues con que procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos; que no os pido cosa nueva, hijas mías, sino que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho.

            2. Dice en la primera Regla nuestra que oremos sin cesar (3)[3]. Con que se haga esto con todo el cuidado que pudiéremos, que es lo más importante, no se dejarán de cumplir los ayunos y disciplinas y silencio que manda la Orden. Porque ya sabéis que para ser la oración verdadera se ha de ayudar con esto; que regalo y oración no se compadece.

            3. En esto de oración es lo que me habéis pedido diga alguna cosa, y lo dicho hasta ahora, para en pago de lo que dijere, os pido yo cumpláis y leáis muchas veces de buena gana.

            Antes que diga de lo interior, que es la oración, diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de oración, y tan necesarias que, sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor, y es imposible si no las tienen ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas. El Señor me dé el favor para ello y me enseñe lo que tengo de decir, porque sea para su gloria, amén.

            4. No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las cosas que os encargaré, porque plega al Señor hagamos las que nuestros santos Padres ordenaron y guardaron, que por este camino merecieron este nombre (4)[4]. Yerro sería buscar otro ni deprenderle de nadie. Solas tres me extenderé en declarar, que son de la misma Constitución, porque importa mucho entendamos lo muy mucho que nos va en guardarlas para tener la paz que tanto nos encomendó el Señor, interior y exteriormente: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas (5)[5].

            5. Cuanto a la primera, que es amaros mucho unas a otras, va muy mucho; porque no hay cosa enojosa que no se pase con facilidad en los que se aman y recia ha de ser cuando dé enojo. Y si este mandamiento se guardase en el mundo como se ha de guardar, creo aprovecharía mucho para guardar los demás; mas, más o menos, nunca acabamos de guardarle con perfección.

            Parece que lo demasiado entre nosotras no puede ser malo, y trae tanto mal y tantas imperfecciones consigo, que no creo lo creerá sino quien ha sido testigo de vista (6)[6]. Aquí hace el demonio muchos enredos, que en conciencias que tratan groseramente de contentar a Dios se sienten poco y les parece virtud, y las que tratan de perfección lo entienden mucho, porque poco a poco quita la fuerza a la voluntad para que del todo se emplee en amar a Dios.

            6. Y en mujeres creo debe ser esto aun más que en hombres; y hace daños para la comunidad muy notorios; porque de aquí viene el no se amar tanto todas, el sentir el agravio que se hace a la amiga, el desear tener para regalarla, el buscar tiempo para hablarla, y muchas veces más para decirle lo que la quiere y otras cosas impertinentes que lo que ama a Dios. Porque estas amistades grandes pocas veces van ordenadas a ayudarse a amar más a Dios, antes creo las hace comenzar el demonio para comenzar bandos en las religiones; que cuando es para servir a Su Majestad, luego se parece, que no va la voluntad con pasión, sino procurando ayuda para vencer otras pasiones.

            7. Y de estas amistades querría yo muchas donde hay gran convento, que en esta casa, que no son más de trece ni lo han de ser (7)[7], aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar; y guárdense de estas particularidades, por amor del Señor, por santas que sean, que aun entre hermanos suele ser ponzoña y ningún provecho en ello veo; y si son deudos, muy peor, (es pestilencia! (8)[8] Y créanme, hermanas, que aunque os parezca es éste extremo, en él está gran perfección y gran paz, y se quitan muchas ocasiones a las que no están muy fuertes; sino que, si la voluntad se inclinare más a una que a otra (que no podrá ser menos, que es natural, y muchas veces nos lleva a amar lo más ruin si tiene más gracias de naturaleza), que nos vayamos (9)[9] mucho a la mano a no nos dejar enseñorear de aquella afección. Amemos las virtudes y lo bueno interior, y siempre con estudio traigamos cuidado de apartarnos de hacer caso de esto exterior.

            8. No consintamos, oh hermanas, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre (10)[10]. Miren que, sin entender cómo, se hallarán asidas que no se puedan valer. (Oh, válgame Dios!, las niñerías que vienen de aquí no tienen cuento. Y porque son tan menudas que sólo las que lo ven lo entenderán y creerán, no hay para qué las decir aquí más de que en cualquiera será malo y en la prelada pestilencia (11)[11].

            9. En atajar estas parcialidades es menester gran cuidado desde el principio que se comience la amistad; esto más con industria y amor que con rigor. Para remedio de esto es gran cosa no estar juntas sino las horas señaladas, ni hablarse, conforme a la costumbre que ahora llevamos, que es no estar juntas, como manda la Regla (12)[12], sino cada una apartada en su celda. Líbrense en San José de tener casa de labor (13)[13]; porque, aunque es loable costumbre, con más facilidad se guarda el silencio cada una por sí, y acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración; y pues éste ha de ser el cimiento de esta casa (14)[14], es menester traer estudio en aficionarnos a lo que a esto más nos ayuda.

            10. Tornando al amarnos unas a otras, parece cosa impertinente encomendarlo, porque )qué gente hay tan bruta que tratándose siempre y estando en compañía y no habiendo de tener otras conversaciones ni otros tratos ni recreaciones con personas de fuera de casa, y creyendo nos ama Dios y ellas a él pues por Su Majestad lo dejan todo, que no cobre amor? En especial, que la virtud siempre convida a ser amada; y ésta, con el favor de Dios, espero en Su Majestad siempre la habrá en las de esta casa. Así que en esto no hay que encomendar mucho, a mi parecer.

            11. En cómo ha de ser este amarse y qué cosa es amor virtuoso -el que yo deseo haya aquí- y en qué veremos tenemos esta virtud, que es bien grande, pues nuestro Señor tanto nos la encomendó y tan encargadamente a sus Apóstoles (15)[15], de esto querría yo decir ahora un poquito conforme a mi rudeza. Y si en otros libros tan menudamente lo hallareis, no toméis nada de mí, que por ventura no sé lo que digo.

            12. De dos maneras de amor es lo que trato: una es espiritual, porque ninguna cosa parece toca a la sensualidad ni la ternura de nuestra naturaleza, de manera que quite su puridad; otra es espiritual, y junto con ella nuestra sensualidad y flaqueza o buen amor, que parece lícito, como el de los deudos y amigos. De éste ya queda algo dicho (16)[16].

            13. Del que es espiritual, sin que intervenga pasión ninguna, quiero ahora hablar, porque, en habiéndola, va todo desconcertado este concierto; y si con templanza y discreción tratamos personas virtuosas, especialmente confesores, es provechoso. Mas si en el confesor se entendiere va encaminado a alguna vanidad, todo lo tengan por sospechoso, y en ninguna manera, aunque sean buenas pláticas, las tengan con él, sino con brevedad confesarse y concluir. Y lo mejor sería decir a la prelada que no se halla bien su alma con él y mudarle. Esto es lo más acertado, si se puede hacer sin tocarle en la honra.

            14. En caso semejante y otros que podría el demonio en cosas dificultosas enredar y no se sabe qué consejo tomar, lo más acertado será procurar hablar a alguna persona que tenga letras -que habiendo necesidad dase libertad para ello-, y confesarse con él y hacer lo que le dijere en el caso; porque, ya que no se pueda dejar de dar algún medio, podíase errar mucho; y (cuántos yerros pasan en el mundo por no hacer las cosas con consejo, en especial en lo que toca a dañar a nadie! Dejar de dar algún medio, no se sufre; porque cuando el demonio comienza por aquí, no es por poco, si no se ataja con brevedad; y así lo que tengo dicho de procurar hablar con otro confesor es lo más acertado, si hay disposición, y espero en el Señor sí habrá.

            15. Miren que va mucho en esto, que es cosa peligrosa y un infierno y daño para todas. Y digo que no aguarden a entender mucho mal, sino que al principio lo atajen por todas las vías que pudieren y entendieren con buena conciencia lo pueden hacer. Mas espero yo en el Señor no permitirá que personas que han de tratar siempre en oración puedan tener voluntad sino a quien sea muy siervo de Dios, que esto es muy cierto, o lo es que no tienen oración ni perfección, conforme a lo que aquí se pretende; porque, si no ven que entiende su lenguaje y es aficionado a hablar en Dios, no le podrán amar, porque no es su semejante. Si lo es, con las poquísimas ocasiones que aquí habrá, o será muy simple o no querrá desasosegarse y desasosegar a las siervas de Dios.

            16. Ya que he comenzado a hablar en esto, que -como he dicho- (17)[17] es gran daño el que el demonio puede hacer y muy tardío en entenderse, y así se puede ir estragando la perfección sin saber por dónde. Porque si éste (18)[18] quiere dar lugar a vanidad por tenerla él, lo hace todo poco aun para las otras. Dios nos libre, por quien Su Majestad es, de cosas semejantes. A todas las monjas bastaría a turbar, porque sus conciencias les dice al contrario de lo que el confesor y si las aprietan en que tengan uno solo, no saben qué hacer ni cómo se sosegar; porque quien lo había de quietar y remediar es quien hace el daño. Hartas aflicciones debe haber de éstas en algunas partes. Háceme gran lástima, y así no os espantéis ponga mucho en daros a entender este peligro (19)[19].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 4

La consigna del amor


            Ahora sí, la pluma de Teresa entra en agujas. Como tren dispuesto para un largo viaje. O más bien, a tono con su léxico e imaginería, como una mesnada aguerrida que afronta ya "la gran empresa que pretendemos ganar" (n. 1).


Lo primero, amarnos mucho unos a otros

            La gran empresa que Teresa ha propuesto a su grupo de pioneras y ahora propone al lector es "la oración". Más exactamente, la oración continua: "que oremos sin cesar". Pero no en el sentido del famoso Peregrino ruso, buscando fórmulas y técnicas para ocupar ininterrumpidamente los labios, el pensamiento, los latidos del corazón. Sino para modelar la vida del grupo. Que las doce sean comunidad orante. Y cada una viva el ideal contemplativo de soledad, silencio, paz y experiencia de Dios.

            Por eso mismo, Teresa no comienza proponiendo métodos de oración o reglas de meditación que regulen y eduquen el acto de orar. Comienza por la vida. Dar temple de acero a la vida del orante. No sólo porque lo requiere así la "gran empresa" del castillo y los soldados esforzados del capítulo anterior. Sino porque "regalo y oración no se compadece". Es decir, la vida de una comunidad orante es incompatible con el confort y la comodidad. Norma básica de vida para el grupo es la Regla del Carmelo. Regla de anacoretas. Aunque sólo sea de refilón, Teresa recuerda a las lectoras ciertas consignas ascéticas de esa ley básica: "Ayunos, disciplinas, silencio".

            Pero no es eso lo que en definitiva plasmará la vida y la esponjará en oración, adoración, contemplación, alabanza de Dios e intercesión por los hombres. Lo que se requiere como presupuesto y cimiento son "virtudes". Virtudes evangélicas. Sólo ellas serán capaces de remodelar "lo interior y exterior" del orante. Y lo mismo, lo interior y exterior del grupo. Sin ellas, será posible hilvanar unas cuantas prácticas de oración. No poner en marcha la vida: "Tan necesarias, que... si no las tienen es imposible ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas" (n. 3).


Solas tres...

            Solas tres virtudes de base. Esa terna basta a la Santa para articular el serio proyecto de "la ascesis de la oración". Primer paso de su pedagogía de la oración.

            Su punto de vista es éste: hay que comenzar por empeñar la propia vida. Con tomas de posición tan sencillas como radicales. Como el evangelio mismo. "Porque importa mucho entendamos lo muy mucho que nos va en guardarlas". Y eso, "para tener la paz que tanto nos encomendó el Señor, interior y exteriormente" (n. 4).

            Esa doble dimensión de la paz -interior y exterior-, Teresa la piensa como requisito personal del orante, y como clima y respiro del grupo. La paz del Señor es viático indispensable en la alforja del contemplativo militante que Teresa quiere para el castillo de la Iglesia.

            Y, sin más, formula así su tema de virtudes:

            "La una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, la verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza a todas" (n. 4).

            Es la primera vez que ella formula, a golpe de cincel, ese tríptico. En otro libro escrito ya para esas fechas -el libro de su Vida- había elaborado un tratadillo de oración. Pero sólo ahora cuaja en su magisterio esa especie de evangelio de las tres virtudes.

            Libro adelante, les agregará una cuarta, que acendre el temple guerrero del contemplativo: la fortaleza. La llamará "determinada determinación".

            De momento, el engranaje de las tres virtudes se presenta así:

-           Amor, que eduque y sensibilice al orante, de cara a las personas. La oración es trato de amistad con Dios. Exige afinar el trato de amistad con los hermanos.

-           Desasimiento, que lo eduque y libere de cara a las cosas, a los valores terrenos que tienden a retenerlo. La oración es libertad. Libertad para darse a sí mismo del todo al Todo. Hay que soltar las amarras que atan a la tierra y esclavizan.

-           Y humildad, que afine y depure al orante de cara a sí mismo. Que lo abra y mantenga disponible, hasta poder decir a Dios de veras "hágase tu voluntad". En el fondo, la oración es acoger la verdad de Dios, y sirve para decirle nuestra verdad. Humildad es andar en verdad delante de él y de los hombres.


El problema del amor

            Lo primero, el amor. Pero amor de verdad. La autora entra en tema así: "Cuanto a la primera, que es amaros mucho unas a otras, va muy mucho; porque no hay cosa enojosa que no se pase con facilidad en los que se aman" (n. 5).

            No sólo porque es mujer exquisitamente afectiva, sino porque ha vivido dramáticamente el amor, Teresa es consciente de plantear un problema de base. Decisivo. No muy distante del corazón mismo del orante y de su experiencia de Dios. A Dios no podemos acercarnos sin ponernos el problema del amor.

            En su historia personal, sólo cuando Teresa se aclaró ese trasfondo misterioso de su afectividad humana, pudo bogar mar adentro en el trato de amistad con él. Para lograr esa depuración -tener ideas claras sobre el amor, postura clara en el amar-, necesitó un toque de gracia venida de lo alto; tras encomendarse al Espíritu Santo (Vida cap. 24).

            Ahora, los postulados absolutos que propone a las lectoras son:

-           Ante todo, hay que amar. "Amarnos mucho unas a otras". Es el mandamiento del Señor. El amor es insustituible. No vivir en comunidad sin amor. Convivir y no amarse, sería de "gente bruta" (n. 10).

-           Por tanto, "aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar" (n. 7).

-           El amor allana lo escabroso de la vida: "No hay cosa enojosa que no se pase con facilidad en los que se aman, y recia ha de ser cuando dé enojo" (n. 5).

-           Pero no se hace la travesía del amor sin rozar una serie de escollos. Por un lado, "las demasías" del amor humano, que lo corrompen y lo hacen morbo contagioso, como una "pestilencia" que mata la vida y la paz en el grupo. Por otro lado, el amor camuflado de espiritual y entreverado en la dirección espiritual y en los sacramentos.

            Todo eso, Teresa lo va exponiendo sin teorizar mucho. Desde unas experiencias dolorosas que constantemente pulsan en su pluma, y que ella no deja que afloren del todo en el escrito, por respeto a las personas y a las comunidades aludidas. Pero ella misma "ha sido testigo de vista" (n: 5) de escollos y naufragios. Todavía ahora le duelen los resultados de los naufragios presenciados: la "gran aflicción" que ha visto con sus ojos en otros monasterios y que la "han movido a gran piedad" (n. 16).

            Por eso mismo, va a proponer su solución ideal de educadora y de contemplativa.


Los dos amores

            "De dos maneras del amor es lo que trato" (n. 12).

            De momento, sólo el anuncio de su tesis. Hay dos amores. Uno "todo espiritual". Otro, aleación espiritual y sensible, porque deja paso al egoísmo y la sensualidad (a las motivaciones del sentido). Los dos son virtuosos: cabrían en el "libro del buen amor" de Teresa.

            En capítulos sucesivos expondrá la diversidad de esas dos maneras de amar, su vario calado, sus consecuencias sobre la persona y la vida del grupo.

            Ahora se limita al planteamiento: para educarse a la oración, hay que apuntar al amor puro, sin mezcla de egoísmo. Pero hasta llegar a él, lo normal será el ejercicio de amor que vaya decantando el egoísmo y otras escorias.

            Y en definitiva, lo importante es comenzar amando. Que ni en la persona ni en el grupo haya vacío de amor, pues "en amaros mucho unas a otras va muy mucho".

            Sólo así, el trato de amistad con los hermanos será un aprendizaje de ese otro "tratar de amistad con quien sabemos nos ama". Justamente lo que Teresa entiende por oración.



    [1] El presente cap. corresponde a los caps. IV y V del autógrafo. En el n. 5 comenzaba nuevo capítulo, pero la propia Santa anotó al margen del ms. de Toledo, luego de tachar el título correspondiente: "No ha de haber aquí capítulo, que es el mismo quinto". - Siguiendo esta indicación, reducimos a uno solo ambos capítulos, pero conservamos el título del "quinto", en la segunda cláusula del presente epígrafe.
    [2] La 1 redacción añadía: "Por el prelado y obispo que es vuestro prelado, y por la Orden, ya va dicho en lo dicho, pues todo es bien de la Iglesia, y eso cosa que es de obligación...".
    [3] Así se leía en la versión castellana de la Regla carmelitana usada por la Santa: "Estén todos los hermanos siempre en sus celdas, o junto a ellas, meditando y pensando de noche y de día en la ley de Dios y velando en oración, si no estuvieren ocupados en otros justos y honestos oficios y ejercicios".
    [4] La Santa modificó intencionadamente este pasaje; en la 1 redacción se leía: "Plega al Señor hagamos las que nuestro Padres ordenaron en la Regla y Constituciones cumplidamente, que son con todo cumplimiento de virtud". La modificación del texto se debió, probablemente, a la introducción de nuevas Constituciones en el monasterio reformado de San José.
    [5] En este punto concluía el cap. IV.
    [6] "Como yo en otras partes", añadió la Santa entre líneas en el ms. de Toledo.
    [7] La Santa amplió más tarde este número. Cf Vida, c. 32, n. 13 nota 24. - Por eso, en el ms. de Toledo enmendó el texto así: "... en esta casa que son pocas, todas han de...".
    [8] En la redacción 1 añadió: "si no, mírenlo por Josef+, aludiendo al episodio bíblico de los hijos de Jacob (Gn 37). - La frase siguiente -*(es pestilencia!"- es una especie de anatema teresiano que indica la gravedad y contagiosidad de un mal moral (cf n. 8)).
    [9] "Vamos", escribió la Santa.
    [10] Alusión a 1P 1, 19.
    [11] El ms. de El Escorial ofrece una variante de interés: "Y porque no se entiendan tantas flaquezas de mujeres y no deprendan las que no lo saben, no las quiero decir por menudo. Mas, cierto, a mí me espantaban algunas veces verlas, que yo, por la bondad de Dios, en este caso jamás me así mucho, y por ventura sería porque lo estaba en otras cosas peores; mas, como digo, vilo muchas veces. Y en los más monasterios temo que pasa, porque en algunos lo he visto, y sé que para mucha religión y perfección es malísima cosa en todas. En la prelada sería pestilencia; esto ya se está dicho".
    [12] "Constitución", escribió en la 1 redacción.
    [13] "Casa de labor": oficina para el trabajo en común.
    [14] La 1 redacción añadía: "... y a esto nos juntamos, más que ninguna otra cosa hemos de traer estudio en aficionarnos a lo que a esto nos aprovecha".
    [15] Jn 13, 34.
    [16] Todo este pasaje fue decididamente modificado por la Autora, que no contenta con la segunda redacción (ms. de Valladolid), arrancó íntegra la hoja del propio autógrafo y la sustituyó con la que ahora leemos. Con todo, la redacción 1 (ms. del Escorial) sigue siendo interesante, y por ello la trascribimos íntegra:
"... otro es espiritual y que junta con él nuestra sensualidad y flaqueza; que esto es lo que hace al caso: estas dos maneras de amarnos sin que intervenga pasión ninguna, porque en habiéndola, va todo desconcertado este concierto; y si con templanza y discreción tratamos el amor que tengo dicho, va todo meritorio, porque lo que nos parece sensualidad se torna en virtud; sino que va tan entremetido, que a veces no hay quien lo entienda, en especial si es con algún confesor; que personas que tratan oración, si le ven santo y las entiende la manera de proceder, tómase mucho amor. Y aquí da el demonio gran batería de escrúpulos, que desasosiega el alma harto, que esto pretende él. En especial si el confesor la trae a más perfección, apriétala tanto que le viene a dejar. Y no la deja con otro ni con otro de atormentar aquella tentación.
Lo que en esto pueden hacer es procurar no ocupar el pensamiento en si quieren o no quieren; sino si quisieren, quieran. Porque, pues cobramos amor a quien nos hace algunos bienes al cuerpo, quien siempre procura y trabaja de hacerlos al alma )por qué no le hemos de querer? Antes tengo por gran principio de aprovechar mucho tener amor al confesor, y si es santo y espiritual y veo que pone mucho en aprovechar mi alma; porque es tal nuestra flaqueza, que algunas veces nos ayuda mucho para poner por obra cosas muy grandes en servicio de Dios. Si no es tal como he dicho, aquí está el peligro, y puede hacer grandísimo daño entender él que le tienen voluntad, y en casas muy encerradas mucho más que en otras. Y porque con dificultad se entenderá cuál es tan bueno, es menester gran cuidado y aviso; porque decir que no entienda él que hay la voluntad y que no se lo digan, esto sería lo mejor; mas aprieta el demonio de arte, que no da ese lugar, porque todo cuanto tuviere que confesar le parecerá es aquello y que está obligada a confesarlo. Por esto querría yo que creyesen no es nada ni hiciesen caso de ello+.
Lleven este aviso: si en el confesor entendieren que todas sus pláticas es para aprovechar su alma y no le vieren ni entendieren otra vanidad (que luego se entiende a quien no se quiere hacer boba), y le entendieren temeroso de Dios, por ninguna tentación que ellas tengan de mucha afición se fatiguen, que de que el demonio se canse se le quitará. Mas si en el confesor entendieren va encaminado a alguna vanidad en lo que les dicen, todo lo tengan por sospechoso, y ninguna manera -aunque sean pláticas de oración ni de Dios- las tengan con él, sino con brevedad confesarse y concluir; y lo mejor sería decir a la Madre no se halla su alma bien con él y mudarle. Esto es lo más acertado, si hay disposición, y espero en Dios sí habrá; y poner lo que pudiere en no tratar con él, aunque sienta la muerte".
- Prosigue en el n. 15. Todo el n. 14 faltaba en la 1 redacción.
    [17] En el n. 14.
    [18] "Este": el confesor. - "Lo hace todo poco": lo juzga cosa sin importancia.
    [19] En la 1 redacción concluía así: "He visto en monasterios gran aflicción de esta parte -aunque no en el mío- que me han movido a gran piedad".
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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)