26.3.11

Camino de Perfección Caps. 10 y 11

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.




Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulos 10 y 11 
 
 
 
 

CAPÍTULO 10

            Trata cómo no basta desasirse de lo dicho, si no nos desasimos de nosotras mismas, y cómo están juntas esta virtud y la humildad.

            1. Desasiéndonos del mundo y deudos y encerradas aquí con las condiciones que están dichas, ya parece lo tenemos todo hecho y que no hay que pelear con nada. ¡Oh hermanas mías!, no os aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo de ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas, que si no se anda con gran cuidado y cada una -como en negocio más importante que todos- no se mira mucho en andar contradiciendo su voluntad, hay muchas cosas para quitar esta santa libertad de espíritu, que pueda volar a su Hacedor sin ir cargada de tierra y de plomo.
(sigue aquí --- en "Más información"... )
            2. Gran remedio es para esto traer muy continuo en el pensamiento la vanidad que es todo y cuán presto se acaba, para quitar las afecciones de las cosas que son tan baladíes y ponerla en lo que nunca se ha de acabar. Y aunque parece flaco medio, viene a fortalecer mucho el alma, y en las muy pequeñas cosas traer gran cuidado; en aficionándonos a alguna, procurar apartar el pensamiento de ella y volverle a Dios, y Su Majestad ayuda. Y hanos hecho gran merced, que en esta casa lo más está hecho, puesto que (1)[1] este apartarnos de nosotras mismas y ser contra nosotras, es recia cosa, porque estamos muy juntas y nos amamos mucho.

            3. Aquí puede entrar la verdadera humildad, porque esta virtud y estotra (2)[2] paréceme andan siempre juntas. Son dos hermanas que no hay para qué las apartar. No son éstos los deudos de que yo aviso se aparten, sino que los abracen, y las amen y nunca se vean sin ellas. ¡Oh soberanas virtudes, señoras de todo lo criado, emperadoras del mundo, libradoras de todos los lazos y enredos que pone el demonio, tan amadas de nuestro enseñador Cristo, que nunca un punto se vio sin ellas! Quien las tuviere, bien puede salir y pelear con todo el infierno junto y contra todo el mundo y sus ocasiones. No haya miedo de nadie, que suyo es el reino de los cielos. No tiene a quién temer, porque nada no se le da de perderlo todo ni lo tiene por pérdida; sólo teme descontentar a su Dios; y suplicarle (3)[3] las sustente en ellas porque no las pierda por su culpa.

            4. Verdad es que estas virtudes tienen tal propiedad, que se esconden de quien las posee, de manera que nunca las ve ni acaba de creer que tiene ninguna, aunque se lo digan; mas tiénelas en tanto, que siempre anda procurando tenerlas, y valas perfeccionando en sí más, aunque bien se señalan los que las tienen; luego se da a entender a los que los tratan, sin querer ellos.

            Mas ¡qué desatino ponerme yo a loar humildad y mortificación, estando tan loadas del Rey de la gloria y tan confirmadas con tantos trabajos suyos! Pues, hijas mías, aquí es el trabajar por salir de tierra de Egipto, que en hallándolas hallaréis el maná (4)[4]; todas las cosas os sabrán bien; por mal sabor que al gusto de los del mundo tengan, se os harán dulces.

            5. Ahora, pues, lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotras el amor de este cuerpo, que somos algunas tan regaladas de nuestro natural, que no hay poco que hacer aquí, y tan amigas de nuestra salud, que es cosa para alabar a Dios la guerra que dan, a monjas en especial, y aun a los que no lo son. Mas algunas monjas no parece que venimos a otra cosa al monasterio, sino a procurar no morirnos. Cada una lo procura como puede. Aquí, a la verdad, poco lugar hay de eso con la obra, mas no querría yo hubiese el deseo. Determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo, y no a regalaros por Cristo; que esto pone el demonio «que para llevar y guardar la Orden» (5)[5]; y tanto enhorabuena se quiere guardar la Orden con procurar la salud para guardarla y conservarla, que se muere sin cumplirla enteramente un mes, ni por ventura un día. Pues no sé yo a qué venimos.

            6. No hayan miedo nos falte discreción en este caso por maravilla, que luego temen los confesores nos hemos de matar con penitencias. Y es tan aborrecido de nosotras esta falta de discreción, que así lo cumpliésemos todo. Las que lo hicieren al contrario, yo sé que no se les dará nada de que diga esto, ni a mí de que digan juzgo por mí, que dicen verdad (6)[6]. Tengo para mí que así quiere el Señor seamos más enfermas; al menos a mí hízome en serlo gran misericordia, porque como me había de regalar así como así, quiso fuese con causa.

            Pues es cosa donosa las que andan con este tormento que ellas mismas se dan, y algunas veces dales un deseo de hacer penitencias sin camino ni concierto, que duran dos días, a manera de decir. Después pónelas el demonio en la imaginación que las hizo daño; hácelas temer de la penitencia y no osar después cumplir la que manda la Orden, «que ya lo probaron». No guardamos unas cosas muy bajas de la Regla -como el silencio, que no nos ha de hacer mal- y no nos ha dolido la cabeza, cuando dejamos de ir al coro -que tampoco nos mata-, y queremos inventar penitencias de nuestra cabeza para que no podamos hacer lo uno ni lo otro (7)[7]. Y a las veces es poco el mal, y nos parece no estamos obligadas a hacer nada, que con pedir licencia cumplimos.

            7. Diréis ¿que por qué la da la priora? - A saber lo interior, por ventura no haría; mas como le hacéis información de necesidad y no falta un médico que ayuda por la misma que vos le hacéis, y una amiga que llore al lado, o parienta, ¿qué ha de hacer? Queda con escrúpulo si falta en la caridad. Quiere más faltéis vos que ella (8)[8].

            8. Estas son cosas que puede ser pasen alguna vez, y porque os guardéis de ellas las pongo aquí. Porque si el demonio nos comienza a amedrentar con que nos faltará la salud, nunca haremos nada. El Señor nos dé luz para acertar en todo, amén.


CAPÍTULO 11

            Prosigue en la mortificación, y dice la que se ha de adquirir en las enfermedades.

            1. Cosa imperfecta me parece, hermanas mías, este quejarnos siempre con livianos males; si podéis sufrirlo, no lo hagáis. Cuando es grave el mal, él mismo se queja; es otro quejido y luego se parece (1)[9]. Mirad que sois pocas, y si una tiene esta costumbre es para traer fatigadas a todas, si os tenéis amor y hay caridad; sino que la que estuviere de mal que sea de veras, lo diga y tome lo necesario; que si perdéis el amor propio, sentiréis tanto cualquier regalo, que no hayáis miedo le toméis sin necesidad ni os quejéis sin causa. Cuando la hay, sería muy peor no decirlo que tomarle sin ella, y muy malo si no os apiadasen.
            2. Mas de eso, a buen seguro que adonde hay caridad y tan pocas, que nunca falte el cuidado de curaros (2)[10]. Mas unas flaquezas y malecillos de mujeres, olvidaos de quejarlas, que algunas veces pone el demonio imaginación de esos dolores; quítanse y pónense. Si no se pierde la costumbre de decirlo y quejaros de todo, si no fuere a Dios, nunca acabaréis (3)[11]. Porque este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre.

            3. Acordaos qué de pobres enfermos habrá que no tengan a quién se quejar. Pues pobres y regaladas, no lleva camino. Acordaos también de muchas casadas -yo sé que las hay-; y personas de suerte, que con graves males, por no dar enfado a sus maridos, no se osan quejar, y con graves trabajos. Pues ¡pecadora de mí!, sí, que no venimos aquí a ser más regaladas que ellas. ¡Oh, que estáis libres de grandes trabajos del mundo, sabed sufrir un poquito por amor de Dios sin que lo sepan todos! Pues es una mujer muy malcasada (4)[12], y porque no sepa su marido lo dice y se queja, pasa mucha malaventura sin descansar con nadie, ¿y no pasaremos algo entre Dios y nosotras de los males que nos da por nuestros pecados? ¡Cuánto más que es nonada lo que se aplaca el mal!

            4. En todo esto que he dicho, no trato de males recios, cuando hay calentura mucha, aunque pido haya moderación y sufrimiento siempre, sino unos malecillos que se pueden pasar en pie. Mas ¿qué fuera si éste se hubiera de ver fuera de esta casa?, ¿qué dijeran todas las monjas de mí? Y ¡qué de buena gana, si alguna se enmendara, lo sufriera yo! Porque por una que haya de esta suerte, viene la cosa a términos que, por la mayor parte, no creen a ninguna, por graves males que tenga (5)[13].

            Acordémonos de nuestros Padres santos pasados ermitaños, cuya vida pretendemos imitar: ¡qué pasarían de dolores, y qué a solas, y de fríos y hambre y sol y calor, sin tener a quién se quejar sino a Dios! ¿Pensáis que eran de hierro? Pues tan delicados eran como nosotras. Y creed, hijas, que en comenzando a vencer estos corpezuelos, no nos cansan tanto. Hartas habrá que miren lo que es menester; descuidaos de vosotras, si no fuere a necesidad conocida. Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada.

            5. Procurad de no temerla, y dejaros toda en Dios, venga lo que viniere. ¿Qué va en que muramos? De cuántas veces nos ha burlado el cuerpo, ¿no burlaríamos alguna de él? Y creed que esta determinación importa más de lo que podemos entender; porque de muchas veces que poco a poco lo vayamos (6)[14] haciendo, con el favor del Señor, quedaremos señoras de él. Pues vencer un tal enemigo, es gran negocio para pasar en la batalla de esta vida. Hágalo el Señor como puede. Bien creo no entiende la ganancia sino quien ya goza de la victoria, que es tan grande, a lo que creo, que nadie sentiría pasar trabajo por quedar en este sosiego y señorío.

COMENTARIO A LOS CAPÍTULOS 10-11

Soltar las amarras interiores


            No olvidemos que para Teresa "desasimiento" es "liberación". Y sirve para llegar al "señorío" de sí mismo. "Esta santa libertad de espíritu" -comenzará recordando al abordar el nuevo tema- (cap. 10, 1). Y terminará diciendo que el hito a que aspira es "quedar en este sosiego y señorío..." (cap. 11, 5).

            Comúnmente, todos pensamos que la libertad nos la quitan desde fuera. Violencia, opresión, prohibiciones, limitaciones a la libertad de acción o de movimientos. Por ahí ha comenzado Teresa: hay que liberarse de las amarras exteriores, de cosas y personas. Incluso de las amarras que provienen de las personas más queridas (cap. 8-9). Pero bien entendido: somos nosotros los que nos dejamos amarrar...

            Con todo, eso es mero preámbulo en el intento de educar a sus lectoras de San José a la libertad de espíritu y al señorío de la persona. La verdadera estrategia de la liberación interior viene ahora, a partir del capítulo 10. Porque el ladrón y las cadenas los llevamos dentro. Sólo con amarras interiores queda prisionera la libertad del hijo de Dios.

            Teresa comienza ahora con esa sugestiva parábola del ladrón interior que, increíblemente, se adueña desde dentro de los tesoros que tenemos en casa, en esa maravillosa caja de caudales que es la persona.

            Todas las consignas que siguen, hasta casi la mitad del libro, apuntarán hacia ese hemisferio de lo interior. Afinar la mirada para conocerse y saber distinguir, es tarea fundamental de la humildad cristiana. Para no caer en la trampa o en el espejismo del egoísmo: creer que uno es persona, dueño y señor de sí mismo, cuando en realidad está apresado por los tentáculos del egoísmo o por las imposiciones del propio cuerpo.


"¡Estos corpezuelos!"

            Parece una paradoja. Pero es así: Teresa comienza la tarea de educación interior, por el cuerpo. "No somos ángeles, sino tenemos cuerpo" - había escrito en Vida (22, 10). Aquí, en el Camino, algo más adelante (31, 2) dirá que el cuerpo es "el hombre exterior". Pero ella está convencida de que forma parte esencial de la persona. Él, no menos que el alma, es ese "nosotros mismos" que tenemos que sanear y liberar.

            Lo que ocurre es que en nosotros el engranaje de alma y cuerpo no es correcto. El cuerpo pesa sobre el espíritu. Y lo oprime. "Esta encarceladita de esta pobre alma..." -escribió en Vida. Y aquí, con no menos grafismo: "Este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalan, más necesidades descubre: es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre" (11, 2).
            Lo que en realidad ocurre es que la libertad no le viene al hombre del cuerpo ni de los sentidos, sino del espíritu. No del animal, sino del ángel que llevamos dentro. De ahí la consigna de la Santa: "Lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotras el amor de este cuerpo, que somos algunas tan regaladas de nuestro natural... y tan amigas de nuestra salud, que es cosa para alabar a Dios la guerra que dan... ¡Determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo y no a regalaros por Cristo!" (10, 5).

            No se trata, sin embargo, de enfrenar el cuerpo y los sentidos a base de penitencias descomunales y extemporáneas _"inventando penitencias de nuestra cabeza", dirá Teresa-. Ese tentador ensayo de atletismo espiritual luego se desbarata como un castillo de naipes. Se trata, en cambio de algo más delicado y profundo. Educar el espíritu a no dejarse rendir a las presiones del cuerpo. La Autora nos dará la consigna: ¡Ojo a ese extraño enemigo que es el cuerpo! (incluso borrará en su manuscrito la mención peyorativa de él con la tradicional designación "la carne"). Su consigna será más bien: "Gran remedio es para esto (para educar el cuerpo) traer muy continuo el pensamiento en la vanidad que es todo y cuán presto se acaba, para quitar la afición de las cosas que son tan baladíes y ponerla en lo que nunca se ha de acabar" (10, 2). Una vez más aflora su fe en la consigna de los "altos pensamientos".


... y en las enfermedades

            Pero ocurre también otra cosa que Teresa conoce por experiencia. "Como soy tan enferma...". "Algunas veces, fatigada de ver cuerpo tan flaco y ruin como el mío..." (Vida 40, 19). Es decir, ella que ha sido una enferma crónica, sabe lo que es la tiranía de la enfermedad. Sabe que el dolor físico no sólo limita, sino que diezma la libertad interior. Sabe lo que es el miedo a la muerte..., "a la que yo siempre temía mucho..." (Vida 38, 5). Sabe hasta qué punto todo eso puede hacer alicorta la libertad de espíritu y la altura del vuelo que ella propone a sus lectoras.

            Sabe también que..., "como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada, sin valer nada" (Vida 13, 7). Por eso al tratar ahora el tema, Teresa traza una neta línea divisoria. Deja de lado la situación excepcional de las graves enfermedades -"los males recios"- que requieran consignas ascéticas especiales, y centra la atención en lo que ella cree ser companático inevitable de la vida. Los achaques de cada día: "los livianos males", o dicho con un toque de ironía, apuntando a las lectoras: "Las flaquezas y malecillos de mujeres..." (11, 2).

            Frente a ese espectro de los malecillos obsesionantes, que podrían escudar sistemáticamente el recorte de ideales y de libertad, Teresa dará en primer lugar unas consignas elementales: "Cosa imperfecta me parece, hermanas mías, este quejarnos siempre con livianos males: si podéis sufrirlo, no lo hagáis" (11, 1). "Pobres y regaladas, no lleva camino" (11, 3).

            Pero en realidad apunta más alto. El verdadero riesgo de involución espiritual consiste en crearse lentamente un centro de atención en el propio cuerpo, con el alible de los achaques cotidianos. Es eso lo que motiva sus consignas fuertes: "vencer estos corpezuelos...". Porque, "si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada" (11, 4).

            Así, ha tocado por fin una fibra secreta y sumamente delicada: el miedo a la muerte. "Procurad no temerla". "Dejaros toda en Dios, venga lo que viniere. ¿Qué va en que muramos? De cuantas veces nos ha burlado el cuerpo, ¿no burlaríamos alguna de él? Y creed que esta determinación importa mucho más de lo que podemos creer; porque de muchas veces que poco a poco lo vayamos haciendo, quedaremos señoras de él" (11, 5).

            Antes de escribir esa consigna, Teresa la había incorporado a su cupo de experiencias. De sí misma había escrito poco antes: "Quedome poco miedo a la muerte, a quien yo siempre temía mucho. Ahora paréceme facilísima cosa para quien sirve a Dios, porque en un momento se ve el alma libre de esta cárcel y puesta en descanso" (Vida 38, 5). Pero este hito ¿no es demasiado elevado para incluirlo en la presente lección de ascesis ordinaria, de simple educación a la libertad de espíritu?

            Para el lector moderno, tan receloso de consignas encumbradas pero ficticias, el refrendo de la experiencia vivida por la Autora y el perentorio axiomatismo de su palabra son ya una garantía. Pero lo es quizás más la propia experiencia de hombre moderno tan hondamente lacerado por la angustia de la muerte. Una educación espiritual cristiana que no encamine a esa victoria definitiva sobre el miedo, la angustia, las prevenciones sigilosas..., no sería evangélica.

            Por eso la Santa volverá sobre el tema en el capítulo siguiente: "De cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de Dios" (título del cap. 12). Como san Pablo, también ella quiere encaminar al lector hacia esa suprema libertad de espíritu: "En vida o en muerte, somos del Señor" (Rm 14, 8). Es tan paulina y tan cristiana una de las más célebres increpaciones de Teresa a la muerte: "¡Oh muerte, muerte, no sé quién te teme, pues está en ti la vida!".


[1] «Puesto que», en acepción de «aunque». - El pasaje es más claro en la 1ª redacción: «Y hanos hecho gran merced, que en esta casa lo más está hecho; mas queda desasirnos de nosotros mismos. Este es recio apartar...».
[2] «Estotra»: la virtud del desasimiento, de que viene hablando.
[3] «Suplícale» debió de escribir. En la 1ª redacción concluía así: «No tiene a quién temer, sino suplicar a Dios le sustente en ellas para que no las pierda por su culpa».
[4] Alusión a Sab 16, 20, y al Ex c. 16.
[5] Un corrector enmendó sin motivo el autógrafo: «Que esto pone el demonio que es menester para llevar y guardar la orden». - Recuérdese que pone equivale a sugiere. - «Guardar la orden» equivale a guardar la observancia de la Orden. - «Tanto enhorabuena»: tan enhorabuena.
[6] En la 1ª redacción escribió más lacónicamente: «Creo, y sélo cierto, que tengo más compañeras que tendré injuriadas por hacer lo contrario».
[7] En la 1ª redacción era más fina la ironía y fuerza de este pasaje. «Algunas veces dales un frenesí de hacer penitencias sin camino ni concierto.... La imaginación que les pone el demonio "que las hizo daño, que ¡nunca más penitencia!, ni la que manda la Orden, que ya lo probaron". No guardan unas cosas muy bajas de la Regla -como es el silencio, que no nos ha de hacer mal-, y no nos ha venido la imaginación de que nos duele la cabeza, cuando dejamos de ir al coro -que tampoco nos mata-, un día porque nos dolió, y otro porque nos ha dolido, y otros tres por que no nos duela».
[8] «Y no le parece justo juzgarnos mal» -añadía la 1ª redacción-. - En lugar del n. siguiente, la redacción primitiva concluía así: «¡Oh, este quejar -válgame Dios- entre monjas!; que Él me lo perdone, que temo es ya costumbre. A mí me acaeció una vez ver esto: que la tenía una de quejarse de la cabeza, y quejábaseme mucho de ella. Venido a averiguar, poco ni mucho le dolía, sino en otra parte tenía algún dolor». - Todo este capítulo es mucho más espontáneo y finamente cáustico en la redacción escurialense.
[9] «Luego se parece»: se pone de manifiesto. - En la 1ª redacción el capítulo comenzaba en términos más perentorios: «Cosa imperfectísima me parece, hermanas mías, este aullar y quejar siempre y enflaquecer la habla haciéndola de enferma...».
[10] «... adonde hay oración y caridad y tan pocas...». - había escrito en la 1ª redacción.
[11] En la 1ª redacción añadía: «Pongo tanto en esto, porque tengo para mí importa y que es una cosa que tiene muy relajados los monasterios».
[12] «Malcasada»: en la acepción de desafortunada en el matrimonio, o -como dice la Santa- «que pasa mucha malaventura».
[13] La 1ª redacción proseguía: «En fin, viene la cosa a términos, que pierden unas por otras; y si alguna hay sufrida, aún los mismos médicos no la creen, como han visto a otras con poco mal quejarse tanto. (Como es para solas mis hijas, todo puede pasar)».
[14] «Vamos», escribió la Santa, contracción frecuente en su pluma (como «hais» por «hayáis»; cf este mismo cap. en la 1ª red. n. 1).
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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)