15.4.11

Camino de Perfección Cap. 16

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.





Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 16
 


De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo es posible algunas veces subir Dios un alma distraída a perfecta contemplación y la causa de ello. - Es mucho de notar este capítulo y el que viene cabe él (1)[1].

         1. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo tener de estas virtudes (2)[2], no sé otro. Pues creed que quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta casa ni habiéndole de haber. Aquí veréis la madre que os dio Dios, que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino, que no se nos podrá ir de las manos ni querrá.
(sigue aquí --- en "Más información"... )


         2. La dama (3)[3] es la que más guerra le puede hacer en este juego, y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad. Esta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas (4)[4]. Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado.

         3. Diréis, mis hijas, «que para qué os hablo en virtudes, que hartos libros tenéis que os las enseñan, que no queréis sino contemplación». - Digo yo que aun si pidierais meditación pudiera hablar de ella y aconsejar a todos la tuvieran, aunque no tengan virtudes; porque es principio para alcanzar todas las virtudes, y cosa que nos va la vida en comenzarla todos los cristianos, y ninguno, por perdido que sea, si Dios le despierta a tan gran bien, lo habrá de dejar, como ya tengo escrito en otra parte (5)[5], y otros muchos que saben lo que escriben, que yo por cierto que no lo sé; Dios lo sabe.

         4. Mas contemplación es otra cosa, hijas, que éste es el engaño que todos traemos, que en llegándose uno un rato cada día a pensar sus pecados (que está obligado a ello si es cristiano de más que nombre), luego dicen es muy contemplativo, y luego le quieren con tan grandes virtudes como está obligado a tener el muy contemplativo, y aun él se quiere, mas yerra. En los principios no supo entablar el juego: pensó bastaba conocer las piezas para dar mate, y es imposible, que no se da este Rey sino a quien se le da del todo.

         5. Así que, hijas, si queréis que os diga el camino para llegar a la contemplación, sufrid que sea un poco larga en cosas aunque no os parezcan luego tan importantes, aunque a mi parecer no lo dejan de ser. Y si no las queréis oír ni obrar, quedaos con vuestra oración mental toda vuestra vida, que yo os aseguro a vosotras y a todas las personas que pretendieren este bien (ya puede ser yo me engañe, porque juzgo por mí que lo procuré veinte años) que no lleguéis a verdadera contemplación.

         6. Quiero ahora declarar -porque algunas no lo entenderéis- qué es oración mental, y plega a Dios que ésta tengamos como se ha de tener; mas también he miedo que se tiene con harto trabajo si no se procuran las virtudes, aunque no en tan alto grado como para la contemplación son menester. Digo que no vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma -digo a estar unido con ella- si no nos esforzamos a ganar las virtudes grandes. Quiérolo declarar, porque si en alguna cosa que no sea verdad me tomáis, no creeréis cosa, y tendríais razón si fuese con advertencia, mas no me dé Dios tal lugar; será no saber más, o no lo entender. Quiero, pues, decir que algunas veces querrá Dios a personas que estén en mal estado hacerles tan gran favor para sacarlas por este medio de las manos al demonio (6)[6].

         7. ¡Oh Señor mío, qué de veces os hacemos andar a brazos (7)[7] con el demonio! ¿No bastara que os dejasteis tomar en ellos cuando os llevó al pináculo, para enseñarnos a vencerle? Mas, ¡qué sería, hijas, ver junto a aquel Sol con las tinieblas y qué temor llevaría aquel desventurado sin saber de qué, que no permitió Dios lo entendiese! (8)[8] Bendita sea tanta piedad y misericordia; que vergüenza habíamos de haber los cristianos de hacerle andar cada día a brazos -como he dicho- con tan sucia bestia. Bien fue menester, Señor, los tuvieseis tan fuertes; mas ¿cómo no os quedaron flacos de tantos tormentos como pasasteis en la cruz? ¡Oh, que todo lo que se pasa con amor torna a soldarse! Y así creo, si quedarais con la vida, el mismo amor que nos tenéis tornara a soldar vuestras llagas, que no fuera menester otra medicina (9)[9]. ¡Oh Dios mío, y quién la pusiese tal en todas las cosas, que me diesen pena y trabajos!, que de buena gana las desearía, si tuviese cierto ser curada con tan saludable ungüento!

         8. Tornando a lo que decía (10)[10], hay almas que entiende Dios que por este medio las puede granjear para sí. Ya que las ve del todo perdidas, quiere Su Majestad que no quede por Él, y aunque estén en mal estado y faltas de virtudes, dale gustos y regalos y ternura que la comienza a mover los deseos, y aun pónela en contemplación algunas veces, pocas, y dura poco. Y esto, como digo, hace porque las prueba si con aquel favor se querrán disponer a gozarle muchas veces; mas si no se dispone, perdonen -o perdonadnos Vos, Señor, por mejor decir- que harto mal es que os lleguéis Vos a un alma de esta suerte, y se llegue ella después a cosa de la tierra para atarse a ella.

         9. Tengo para mí que hay muchos con quien Dios nuestro Señor hace esta prueba, y pocos los que se disponen para gozar de esta merced; que cuando el Señor la hace y no queda por nosotros, tengo por cierto que nunca cesa de dar hasta llegar a muy alto grado. Cuando no nos damos a Su Majestad con la determinación que Él se da a nosotros, harto hace de dejarnos en oración mental y visitarnos de cuando en cuando, como a criados que están en su viña (11)[11]; mas estotros son hijos regalados, no los querría quitar de cabe sí, ni los quita, porque ya ellos no se quieren quitar; siéntalos a su mesa, dales de lo que come hasta quitar el bocado de la boca para dársele.

         10. ¡Oh dichoso cuidado, hijas mías! ¡Oh bienaventurada dejación de cosas tan pocas y tan bajas, que llega a tan gran estado! Mirad qué se os dará, estando en los brazos de Dios, que os culpe todo el mundo. Poderoso es para libraros de todo, que una vez que mandó hacer el mundo, fue hecho: su querer es obra. Pues no hayáis miedo que si no es para más bien del que le ama, consienta hablar contra vos: no quiere tan poco a quien le quiere (12) [12]. Pues ¿por qué, mis hermanas, no le mostraremos nosotras, en cuanto podemos, el amor? Mirad que es hermoso trueco dar nuestro amor por el suyo. Mirad que lo puede todo y acá no podemos nada sino lo que Él nos hace poder. Pues ¿qué es esto que hacemos por Vos, Señor, Hacedor nuestro? Que es tanto como nada, una determinacioncilla. Pues si lo que no es nada quiere Su Majestad que merezcamos por ello el todo, no seamos desatinadas.

         11. ¡Oh Señor! que todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa sino al camino, presto llegaríamos; mas damos mil caídas y tropiezos y erramos el camino por no poner los ojos -como digo- en el verdadero camino. Parece que nunca se anduvo, según se nos hace nuevo. Cosa es para lastimar, por cierto, lo que algunas veces pasa (13)[13].

         Pues tocar en un puntito de ser menos, no se sufre, ni parece se ha de poder sufrir; luego dicen: «¡No somos santos!».

         12. Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéremos no perfecto decir: «No somos ángeles», «no somos santas». Mirad que, aunque no lo somos, es gran bien pensar, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano; y no hayáis miedo que quede por Él, si no queda por nosotras. Y pues no venimos aquí a otra cosa (14)[14], manos a la labor, como dicen: no entendamos cosa en que se sirve más el Señor, que no presumamos salir con ella con su favor. Esta presunción querría yo en esta casa, que hace siempre crecer la humildad: tener una santa osadía, que Dios ayuda a los fuertes y no es aceptador de personas (15)[15].

         13. Mucho me he divertido. Quiero tornar a lo que decía (16)[16], que es declarar qué es oración mental y contemplación. Impertinente parece, mas para vosotras todo pasa; podrá ser lo entendáis mejor por mi grosero estilo que por otros elegantes. El Señor me dé favor para ello, amén.

COMENTARIO AL CAPÍTULO 16
 Entablar el juego
 
Ahora, juguemos...
 
         Extraño comienzo de capítulo. "Voy entablando el juego". En el ajedrez hay que saber "mover las piezas". "Quien no sabe dar jaque, no sabrá dar mate". Aquí, jugamos a "dar mate a este Rey divino".

         Es inútil que la Autora entrevere una petición de excusa, entre sonrisas y sonrojo. En la casa de don Alonso, Teresa había jugado al ajedrez, quizás apasionadamente. Rabiosamente gozosa de doblegar la cerviz y los humos de sus hermanos, "hidalguetes" con vocación de conquistadores.

         Ahora, sin preámbulos ni rodeos, la imagen del tablero y de las piezas se le mete de rondón en el libro. Con rápida "vuelta a lo divino", ella las pasa de la guerra sobre el tablero al combate ascético del Carmelo. Más o menos así: el tablero y el juego son la vida. Los jugadores, ella y Dios. Las piezas y los movimientos, las virtudes de ella y la táctica secreta de Él. Interesan, sobre todo, dos piezas: del lado de Teresa, la dama; del lado del otro jugador, el rey. En realidad, la dama es ella misma. El rey es Él. Pero en la versión explícita de la escritora, la dama (hoy decimos "la reina" del tablero) es la humildad. Y el rey del otro color, es el amor. Este segundo dato aparecerá luego, capítulo adelante.

         Más que la imaginería de las piezas, importa el objetivo del juego: vencer. Dar jaque mate a Dios. Algo sumamente atrevido, a primera vista. Pero resulta que a Dios se lo rinde sólo cuando uno se rinde a Él. Y eso es "humildad". Se le da jaque mate con la humildad. Como lo hizo la Virgen de la Anunciación. O como la esposa de los Cantares, que logró cautivar al amado con lo más frágil de sí misma, con un cabello de su cabeza.

         Después de explicar esa jugada suya -la baza de la humildad-, Teresa tendrá que explicar al lector la jugada, mucho más difícil, del contrincante: la jugada del amor. Cómo es que el rey se rinde por amor a la dama de la humildad. Pero ahí la sorpresa. Antes de pasar a ese segundo tema, ocurre lo inesperado. Teresa destruye lo escrito. Arranca de su cuaderno todas esas páginas y las arroja al fuego.


¿Por qué romper esas páginas?

         Veamos lo que ocurrió.

         Teresa había desarrollado muy sobriamente el tema en el borrador de su libro (folio 50 del manuscrito del Escorial, y unas líneas del folio anterior).

         Al ponerlas en limpio en el cuaderno definitivo, las desarrolló con gran libertad en ocho o diez páginas (folios 59-63 del autógrafo de Valladolid). Fueron estos cinco folios (diez páginas) los arrancados de cuajo. Los sustituyó con un folio nuevo (diez páginas reducidas a dos), pero descartando de él toda la explicación del juego del ajedrez y de la dama. Sólo este nuevo texto, así mutilado, debería pasar a manos de las lectoras en las copias manuscritas del Camino. Años más tarde, muerta ya la Autora, fray Luis de León no se resignó a omitir la bella imagen del ajedrez, y reinsertó en el texto teresiano las dos páginas del antiguo borrador. Así apareció en su edición de Salamanca (pp. 84-86). Y así reprodujeron el texto teresiano los editores sucesivos, incluso el P. Silverio.

         Pero ¿cuáles son las explicaciones del corte a cercén ejecutado por la Santa? Dos. Helas aquí.

         La primera, bastante probable: que el censor del cuaderno teresiano, teólogo sesudo, no viese correcto hablar de juegos en un libro espiritual. Tanto más que algún moralista de la época declaraba al juego de ajedrez absolutamente inconciliable con la vocación religiosa o clerical.

         Escribía así: "Del juego del ajedrez, el Gabriel (otro moralista del gremio) y otros doctores tienen (afirman) que no pueden jugar a él sin pecado los eclesiásticos y religiosos, porque es juego que cansa mucho el entendimiento y lo embaraza, de arte que no se puede tener devoción y atención al oficio divino que los eclesiásticos son obligados a decir con devoción y atención". (Escribía así Domingo de Valtanás en su libro Apología de los juegos, publicado en Sevilla en 1556).

         Pero el motivo más verosímil del corte a cercén es otro. Más profundo. Desde la primera exposición de la imagen guerrera del juego, Teresa había insistido en la función de la dama. Dios no se rinde sino a quien se le acerca con humildad profunda. (Humildad es andar en verdad. Es disponibilidad absoluta ante Dios y ante los otros). No se rinde Él sino a quien, junto con la humildad, practica otras "virtudes grandes": amor, desasimiento de todo lo criado, mortificación.

         Probablemente esas consideraciones ascéticas fueron alargadas y recalcadas en las ocho o nueve páginas de la nueva redacción. Insistiendo en que Dios no se entrega, ni da la contemplación perfecta, ni la experiencia de su amor, a quien vive "en mal estado", a quien anda sumergido ("perdido") en cosas de la tierra, etc.: no va a mancharse Él dándose a quien está en la charca de los vicios. Ya en otra ocasión había escrito Teresa que Él "quiere a quien le quiere" (Vida 22, 17).

         Fue ese montaje doctrinal el que de pronto se vino abajo.

         Es cierto que el hombre -las lectoras del Camino- no debe incurrir en el absurdo de pretender la experiencia de Dios (la contemplación perfecta) y a la vez vivir a sus anchas en los antípodas de la humildad y las virtudes. Pero ¿no sería igualmente absurdo condicionar a Dios en su amor y en sus dones? ¿No es verdad que Él "ama a todos y no es aceptador de personas"? (Vida 27, 11). Y ¿que sus dones son absolutamente gratuitos? ¿Acaso es verdad que Jesús en el evangelio se negó a los malos, a las ovejas perdidas, a Mateo, a María, a Pablo...?

         Teresa vio claro que la relación entre la humildad nuestra y el amor de Él iba por otro camino. No tan simple como el jaque mate de la dama en el juego de ajedrez.


El nuevo enfoque doctrinal

         El avance del pensamiento de la Autora va a consistir en esto: no modificar su posición sobre la importancia de la humildad y las virtudes en la vida de oración. Pero sí dilatar el espacio y las posibilidades del amor. Sobre todo, del amor de Dios.

         Veamos ese avance, paso a paso.

         En el borrador del libro (capítulo 24 del códice del Escorial) había escrito ella categóricamente: es cosa que "no lleva camino, alma sucia deleitarse con ella la limpieza de los cielos, y el regalo de los ángeles regalarse con cosa que no sea suya". Añadiendo en seguida, no sin cierta dureza: "Pues ya sabemos que, en pecando uno mortalmente es del demonio: con él se puede regalar...; que no faltarán a mi Señor hijos suyos con quien se huelgue sin que ande a tomar los ajenos". De ahí su afirmación rotunda: que Dios ponga a uno de éstos en contemplación, "no lo puedo creer".

         Al revisar su propio manuscrito y reelaborarlo en el texto definitivo, la Santa se encontró a sí misma demasiado categórica.

         Esas afirmaciones ¿no ponían cortapisas y límites humanos al Amor, a la Misericordia y Magnificencia de Dios?

         Muy probablemente, Teresa dialogó sobre el tema con teólogos y espirituales de talla. Reflexionó sobre la carta en que el gran maestro Juan de Ávila enjuiciaba el libro de la Vida. Y ella misma llegó a la conclusión de que también las "ovejas perdidas" eran de Dios (no del demonio), y que el Amor de Él tiene salida y decisiones humanamente irrastreables e imprevisibles. Los casos de Pablo y de "la Magdalena", tan fascinadores para Teresa, la hicieron reflexionar.

         Y en la nueva redacción matizó así sus afirmaciones:

         Primera: "Digo que no vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma -digo, a estar unido con ella- si no nos esforzamos a ganar las virtudes grandes". Pero...

         Segunda: "Algunas veces querrá Dios a personas que estén en mal estado hacerles tan gran favor, para sacarlas por este medio de las manos al demonio" (n. 6).

         Tercera: Todavía más tarde, al preparar su manuscrito para la imprenta, retocó de nuevo el texto, dilatando los horizontes de la Misericordia de Dios. "Quiero pues decir que querrá Dios algunas veces hacer tan gran merced a personas que están en el mal estado, que las suba a perfecta contemplación, para sacarlas por este medio de las manos del demonio" (manuscrito de Toledo, p. 43).

         Es posible que al lector de hoy todo ese proceso de retoques y matices le parezcan quisquillas y labor de taracea. No es así. Ni podía serlo para una escritora como Teresa. Por dos motivos: porque en el fondo del tema se jugaba la maravillosa carta de la postura de Dios ante la miseria del hombre: ¿es tacaño Dios con quien le ha vuelto las espaldas? Y..., porque Teresa había vivido todo ese problema a quemarropa.

         Veamos esté segundo aspecto.


Vivido y sufrido por Teresa misma

         Ya lo sabemos. A Teresa le ocurrió como a San Pablo. Que, de pronto, en pleno camino de la vida, se encontró con Cristo Jesús. Y tuvo de Él una experiencia indecible, inabarcable, trasformadora de su ser.

         Aquel hecho era un regalo de Dios, totalmente desproporcionado a la preparación ascética y espiritual de Teresa. Desbordaba todos sus cálculos y expectativas. La humildad, las virtudes, los méritos. La rebasaba por los cuatro costados. Ella misma queda atónita, crispada de estupor: "¡Que hagáis semejantes gracias a una como yo...!".

         Pero lo peor del caso fue que esa dejación entre los quilates espirituales de Teresa y la nueva experiencia cristológica, la descubrieron con mirada sospechosa sus consejeros teólogos. Y se la hicieron pagar cara. Son ellos los que no pueden comprender, ni acaban de admitir que a una como ella se le concedan experiencias cristológicas como a San Pablo o a San Jerónimo... (Vida 38, 1).

         Teresa tendrá que pasar miedos y angustias de conciencia, antes de hacer luz sobre el propio caso y vivirlo serenamente.

         Por fin llegará a la convicción de que los dones de Dios son de una gratuidad incondicionable. Que su amor es loco. Que, en última instancia, Él es la libertad pura. Y cuando el hombre se pregunta "por qué Él reparte sus dones así...", Teresa tiene ya una respuesta drástica. Esta: "Porque quiere y como quiere". "Y aunque no haya en el alma disposición, la dispone (Él) para recibir el bien que Su Majestad le da" (Vida 21, 9).

         Así de claro.

         Años adelante comprenderá ella que cuando Dios otorga su amor -y tal amor- a un pobre, sorprendido por Él en "mal estado", Dios mismo le cambia las tornas. Lo pasa de la noche al día. Porque, eso sí, Dios no concede la gracia de la "unión", la experiencia de su amor, sino redimiendo a uno del abismo del pecado. He aquí un maravilloso pasaje de la Santa: "Sobre darme a entender qué es unión:... No pienses, hija, que es unión estar muy junta conmigo, porque también lo están los que me ofenden, aunque no quieren... - Entendí que unión era este espíritu limpio y levantado de todas las cosas de la tierra; no quedar cosa de él que quiera salir de la voluntad de Dios, sino que de tal manera esté un espíritu y una voluntad conforme con la suya, y un desasimiento de todo, empleado en Dios, que no haya memoria de amor en sí, ni en ninguna cosa criada... - Y paréceme a mí que si esta es unión, está tan hecha una nuestra voluntad y espíritu con el de Dios, que no es posible tenerla quien no esté en estado de gracia (que me habían dicho que sí). Así me parece a mí..." (Relación 29).


Resumamos...

         A las lectoras del Camino -y a nosotros- Teresa en este capítulo nos ha inculcado fundamentalmente dos o tres cosas:

         Primera: sin humildad profunda y virtudes prácticas en la vida, no te hagas ilusiones, no entablas el juego de la oración. Y tanto menos el de la contemplación.

         Segunda: pero cuando este misterioso ajedrez de la vida lo juegas con Dios, convéncete, a Él no le das jaque mate aunque hayas concertado todas las piezas. Es Él quien se entrega por amor.

         Eso sí, su amor es imprevisible, locamente generoso. "Nunca cesa de dar..." (n. 9).

         Tercera: Teresa te repite una vez más su ritornelo: "No se da este Rey sino a quien se le da del todo" (n. 4).


[1] Los cuatro primeros números de este capítulo están tomados de la primera redacción. También en la segunda los incluyó la Autora, pero luego arrancó ella mismas las páginas que los contenían y comenzó con el n. 5. Los cuatro párrafos suprimidos llevan por título: «Que trata de cuán necesario ha sido lo que queda dicho para comenzar a tratar de oración».
[2] «Estas virtudes»: humildad y silencio cuando se nos acusa (cf c. 15, nn. 2-3).
[3] La dama: la reina.
[4] Alusión a Ct 4, 9.
[5] En Vida c. 8, n. 4 y passim.
[6] Con esta proposición comienza un pasaje doctrinalmente interesante, profusamente discutido y comentado por teresianistas y teólogos de la espiritualidad. Facilitamos su estudio con los siguientes datos de índole textual:
         1º. La proposición que precede enmienda un texto tachado al arrancar los cuatro primeros números del capítulo, y que decía así: «En el capítulo pasado dije que no vendría el Rey de la gloria a nuestra alma -digo a estar unido con ella-, si no nos esforzábamos a ganar las virtudes que allí dije».
         2º. Ténganse en cuenta los matices nuevos del segundo planteamiento del problema en el número 8: «Aunque estén en mal estado y faltas de virtudes...».
         3º. La primera redacción contiene diferencias textuales importantes; en el n. 6: «Acaece muchas veces que el Señor pone un alma muy ruin -entiéndase no estando en pecado mortal entonces, a mi parecer- ... [el sentido queda suspenso; probablemente quiso escribir: el Señor pone en contemplación un alma muy ruin, etc.]; porque una visión, aunque sea muy buena, permitirá el Señor que la vea uno estando en mal estado, para tornarle a sí; mas ponerle en contemplación no lo puedo creer, porque en aquella unión divina, adonde el Señor se regala con el alma y el alma con Él, no lleva camino alma sucia deleitarse con ella la limpieza de los cielos y el regalo de los ángeles con cosa que no sea suya, pues ya sabemos que, en pecando uno mortalmente, es del demonio: con él se puede regalar, pues le ha contentado (que ya sabemos son sus regalos continuo tormento aun en esta vida), que no le faltará a mi Señor hijos suyos con quien se huelgue sin que ande a tomar los ajenos. Hará Su Majestad lo que hace muchas veces, que es sacárselos de las manos». - El comienzo del n. 8: «Ansí que, cuando el Señor quiere, torna el alma a sí; pónela, estando aun sin tener estas virtudes, en contemplación algunas veces; pocas, y dura poco.
         4º Finalmente, en la redacción del manuscrito de Toledo, autorizada por la Santa, se leen nuevas variantes; en el n. 6: «Quiero, pues, decir que querrá Dios algunas veces hacer tan gran merced a personas que están en mal estado, que las suba a perfecta contemplación, para sacarlas por este medio de las manos del demonio».
- Todo este forcejeo de la Santa por llegar a una formulación satisfactoria de «su problema», demuestra que había en él datos huidizos, no captados plenamente por su mente, ni fáciles de expresar.
[7] «Andar a brazos»: luchar a brazo partido, cuerpo a cuerpo. - Sigue una alusión a Mt 4, 5.
[8] «... y cuán merecido había por tan gran atrevimiento que criara Dios otro infierno nuevo para él»: frase que tachó la propia Santa en el autógrafo de El Escorial (1ª red.).
[9] La 1ª redacción continuaba: «Parece que desatino; pues no hago, que mayores cosas que éstas hace el amor divino, y por no parecer curiosa -ya que lo soy- y daros mal ejemplo, no traigo aquí algunas».
[10] «Tornando a lo que decía» en el n. 6.
[11] Alusión a Mt 21, 37.
[12] La 1ª redacción añadía: «De cuantas maneras puede mostrar el amor, le muestra»; pero uno de los censores juzgó poco atildada teológicamente la frase y la borró.
[13] Proseguía la 1ª redacción: «Digo que no parecemos cristianos, ni que leímos la Pasión en nuestra vida. ¡Válgame Dios, tocar en un puntillo de honra! Luego, quien os dice que no hagáis caso de ello parece no es cristiano. Yo me reía -o me afligía- alguna vez de lo que veía en el mundo, y aun, por mis pecados, en las religiones: ¡tocar en un puntillo de ser menos no se sufre! Luego dicen que no somos santos, o lo decía yo...».
[14] «Aquí otra cosa», escribió la Santa. Lo corregimos por la 1ª redacción.
[15] Ef 6, 9. - La 1ª redacción contiene variantes de interés: «... humildad: siempre estar con ánimo, que Dios le da a los fuertes y no es aceptador de personas y os le dará a vosotras y a mí».

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)