13.7.11

Camino de Perfección Cap. 18

 
Revisión del texto, notas y comentario: 
Tomás Álvarez, O.C.D.








Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 18

[«Los testigos que nos han precedido en el Reino (cf Hb 12, 1), especialmente los que la Iglesia reconoce como "santos", participan en la tradición viva de la oración por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2683).
         «¡Teresa de Jesús! (...). Vives con Cristo en la gloria y estás presente en la Iglesia, caminando con ella por los senderos de los hombres. En tus escritos plasmaste tu voz y tu alma. En tu familia religiosa perpetúas tu espíritu (...). Descubre a todos los cristianos el mundo interior del alma, tesoro escondido dentro de nosotros, castillo luminoso de Dios» (Juan Pablo II, Plegaria ante el sepulcro de la Santa en Alba de Tormes 1-11-1982)].
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CAPÍTULO 18

         Que prosigue en la misma materia y dice cuánto mayores son los trabajos de los contemplativos que de los activos. - Es de mucha consolación para ellos.

         1. Pues yo os digo, hijas, a las que no lleva Dios por este camino, que a lo que he visto y entendido de los que van por él, que no llevan la cruz más liviana y que os espantaríais por las vías y maneras que las da Dios. Yo sé de unos y de otros, y sé claro que son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos, y son de tal suerte, que si no les diese aquel manjar de gustos no se podrían sufrir. Y está claro que, pues lo es que a los que Dios mucho quiere lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, mayores, no hay por qué creer que tiene aborrecidos los contemplativos, pues por su boca los alaba y tiene por amigos (1)[1].

         2. Pues creer que admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos, es disparate. Tengo por muy cierto se los da Dios mucho mayores. Y así como los lleva por camino barrancoso y áspero, y a las veces que les parece se pierden y han de comenzar de nuevo a tornarle a andar, que así ha menester Su Majestad darles mantenimiento, y no de agua, sino de vino, para que, emborrachados, no entiendan lo que pasan, y lo puedan sufrir. Y así pocos veo verdaderos contemplativos que no los vea animosos y determinados a padecer; que lo primero que hace el Señor, si son flacos, es ponerles ánimo y hacerlos que no teman trabajos.

         3. Creo piensan los de la vida activa, por un poquito que los ven regalados, que no hay más que aquello. Pues yo digo que por ventura un día de los que pasan no lo pudieseis sufrir. Así que el Señor, como conoce a todos para lo que son, da a cada uno su oficio, el que más ve conviene a su alma y al mismo Señor y al bien de los prójimos; y como no quede por no os haber dispuesto, no hayáis miedo se pierda vuestro trabajo. Mirad que digo que todas lo procuremos, pues no estamos aquí a otra cosa; y no un año, ni dos solos, ni aun diez, porque no parezca lo dejamos de cobardes, y es bien que el Señor entienda no queda por nosotras; como los soldados que, aunque mucho hayan servido, siempre han de estar a punto para que el capitán los mande en cualquier oficio que quiera ponerlos, pues les ha de dar su sueldo. ¡Y cuán mejor pagado lo paga nuestro Rey que los de la tierra! (2)[2].

         4. Como los ve presentes y con gana de servir y tiene ya entendido para lo que es cada uno, reparte los oficios como ve las fuerzas; y si no estuviesen presentes, no les daría nada ni mandaría en qué sirviesen.

         Así que, hermanas, oración mental, y quien ésta no pudiere, vocal y lección y coloquios con Dios, como después diré (3)[3]. No se deje las horas de oración que todas. No sabe cuándo llamará el Esposo (no os acaezca como a las vírgenes locas) (4)[4], y la querrá dar más trabajo, disfrazado con gusto. Si no, entiendan no son para ello y que les conviene aquello, y aquí entra el merecer con la humildad creyendo con verdad que aun para lo que hacen no son (5)[5].

         5. Andar alegres sirviendo en lo que les mandan, como he dicho (6)[6]; y si es de veras esta humildad, bienaventurada tal sierva de vida activa, que no murmurará sino de sí (7)[7]. Deje a las otras con su guerra, que no es pequeña. Porque aunque en las batallas el alférez no pelea, no por eso deja de ir en gran peligro, y en lo interior debe de trabajar más que todos; porque como lleva la bandera, no se puede defender, y aunque le hagan pedazos no la ha de dejar de las manos. Así los contemplativos han de llevar levantada la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar ninguno; porque su oficio es padecer como Cristo, llevar en alto la cruz, no la dejar de las manos por peligros en que se vean, ni que vean en él flaqueza en padecer; para eso le dan tan honroso oficio. Mire lo que hace, porque si él (8)[8] deja la bandera, perderse ha la batalla. Y así creo que se hace gran daño en los que no están tan adelante, si a los que tienen ya en cuento de capitanes y amigos de Dios les ven no ser sus obras conforme al oficio que tienen.

         6. Los demás soldados vanse como pueden, y a las veces se apartan de donde ven el mayor peligro, y no los echa nadie de ver ni pierden honra; estotros llevan todos los ojos en ellos, no se pueden bullir.

         Así que bueno es el oficio, y honra grande y merced hace el rey a quien le da, mas no se obliga a poco en tomarle. Así que, hermanas, no sabemos lo que pedimos (9)[9]; dejemos hacer al Señor; que hay algunas personas que por justicia parece quieren pedir a Dios regalos. ¡Donosa manera de humildad! Por eso hace bien el conocedor de todos, que pocas veces creo lo da a éstos: ve claro que no son para beber el cáliz (10)[10].

         7. Vuestro entender, hijas, si estáis aprovechadas, será en si entendiere cada una es la más ruin de todas, y esto que se entienda en sus obras que lo conoce así para aprovechamiento y bien de las otras; y no en la que tiene más gustos en la oración y arrobamientos o visiones o mercedes que hace el Señor de esta suerte, que hemos de aguardar al otro mundo para ver su valor. Estotro es moneda que se corre, es renta que no falta, son juros perpetuos y no censos de al quitar, que estotro quítase y pónese (11)[11]; una virtud grande de humildad y mortificación, de gran obediencia en no ir en un punto contra lo que manda el prelado, que sabéis verdaderamente que os lo manda Dios, pues está en su lugar.

         En esto de obediencia es en lo que más había de poner, y por parecerme que, si no la hay, es no ser monjas, no digo nada de ello, porque hablo con monjas, y a mi parecer buenas, al menos que lo desean ser. En cosa tan sabida e importante, no más de una palabra porque no se olvide.

         8. Digo que quien estuviere por voto debajo de obediencia y faltare, no trayendo todo cuidado en cómo cumplirá con mayor perfección este voto, que no sé para qué está en el monasterio; al menos yo la aseguro que mientras aquí faltare, que nunca llegue a ser contemplativa ni aun buena activa; y esto tengo por muy muy cierto. Y aunque no sea persona que tiene a esto obligación, si quiere o pretende llegar a contemplación, ha menester, para ir muy acertada, dejar su voluntad con toda determinación en un confesor que sea tal (12)[12]. Porque esto es ya cosa muy sabida, que aprovechan más de esta suerte en un año que sin esto en muchos, y para vosotras no es menester, no hay que hablar de ello.

         9. Concluyo con que estas virtudes son las que yo deseo tengáis, hijas mías, y las que procuréis y las que santamente envidiéis. Esotras devociones no curéis de tener pena por no tenerlas; es cosa incierta. Podrá ser en otras personas sean de Dios, y en vos permitirá Su Majestad sea ilusión del demonio y que os engañe, como ha hecho a otras personas (13)[13]. ¿En cosa dudosa para qué queréis servir al Señor, teniendo tanto en que seguro? ¿Quién os mete en esos peligros?

         10. Heme alargado tanto en esto, porque sé conviene, que esta nuestra naturaleza es flaca, y a quien Dios quisiere dar la contemplación, Su Majestad le hará fuerte; a los que no, heme holgado de dar estos avisos, por donde también se humillarán los contemplativos (14)[14].


COMENTARIO AL CAPÍTULO 18

Contemplación y estrategia de Dios


         El moderno problema formulado en el binomio "contemplación-servicio", o bien "vida contemplativa-actividad apostólica", tiene planteamiento algo diverso en el Camino de Santa Teresa. Para ella y en la óptica de su Carmelo de San José, la tensión se crea más bien entre "orantes contemplativas" y "orantes en servicio activo".

         La Autora misma se halla envuelta en la espiral de esa tensión. Escribe, entre polémica y conciliadora. Como madre y maestra del grupo, ensaya una postura neutral: "yo sé de unos y otros", experta en servicios manuales y experta en contemplación. Pero instintivamente se coloca del lado de los contemplativos. Son ellos los mal comprendidos por los otros. A estos otros, precisamente, va a darles la lección del capítulo 18 del Camino. "Creo piensan los de la vida activa -por un poquito que ven regalados a los contemplativos- que no hay más que aquello" (n. 3).

         Pues se equivocan. Desde el principio del libro Teresa se ha esforzado en asegurarles que la oración y contemplación son, de por sí solas, un alto servicio de Iglesia. Ahora les certifica que la contemplación no es sólo bienaventuranza, sino que conlleva una fuerte carga de trabajos.

         Será ésta la tesis del capítulo. "Que son incomportables los trabajos que Dios da a los contemplativos" (n. 1). Tales, que, si El mismo no los adobase con un fuerte companático de bienaventuranza, "no se podrían sufrir".

         Y por eso, a quien El introduce en las altas formas de la oración cristiana, "lo primero que hace el Señor es ponerles ánimo": darles fortaleza. Porque enseguida va a darles cruz. Y eso sencillamente porque "regalo y oración" no son compatibles: "creer que El admite a su amistad estrecha gente regalada (comodona, diríamos hoy) y sin trabajos, es disparate" (n. 2).

         Que esa tesis quede bien clara. Es algo así como un apotegma teresiano. Quintaesencia de su experiencia personal. Desde el punto de vista doctrinal, forma parte de su evangelio de la oración. Lo repetirá constantemente, hasta las últimas páginas de las Moradas. Vale por igual para el principiante, y para quien ha penetrado en el último reducto del castillo de la oración.

         A saber: que la montaña de la contemplación es Tabor y Calvario. Que la escalada de las altas formas de oración comporta en grado eminente las dos cosas: bienaventuranza y cruz.

         Así se explica la coexistencia de ambas cosas en la vida del contemplativo. Para que el orante purificado pueda llevar los trabajos, Dios le da, no ya agua, sino "vino, para que emborrachados, no entiendan lo que pasa y lo puedan sufrir" (n. 2).

El juego de las imágenes

         "Agua viva" y "vino embriagador" son dos imágenes bíblicas. Predilectas de la Santa. Reaparecerán en el libro. Aquí las insinúa. Sin explotarlas.

         De momento, para explicarse a sus anchas, Teresa repliega sobre otras imágenes, también muy realistas y decidoras. Una, tomada de la vida militar. Otra, de las triquiñuelas economistas de su época.

         Antes de leerlas en el texto teresiano, recordemos la función que les confía la Autora en el engranaje de su pedagogía espiritual. Hemos observado ya, en capítulos pasados, que la pedagogía del Camino apunta a dos hitos: formar para la brega de la vida y preparar a las lectoras para el remanso gozoso de la contemplación. El temple de la orante ha de tener algo de acero, de militancia ascética, de fortaleza evangélica. Pero ha de tener una segunda mitad, hecha de enamoramiento, unción mística, apertura al misterio. Dos cosas: ascesis y mística. Determinada determinación y gracia del agua viva.

         Para inculcar esa doble componente en el temple que Teresa quiere para sí y para sus lectoras, recurre a una doble imaginería de fondo: imágenes de lucha y guerra, por un lado, e imágenes de idilio y misterio, por el otro. "Aquí venimos a pelear", les dirá. "Encerradas, peleamos". Y a la vez: "esta casa es un cielo" (13, 7), "paraíso de Dios", había escrito en Vida (35, 12). Vergel y oasis.

         Las dos series de imágenes se irán alternando en los capítulos centrales del libro. Aquí, en el capítulo 18, hay un aparente cruce de imagen y contenido. Quiere subrayar que la contemplación no sólo es idilio y misterio, sino lucha y trabajo en la brecha.

         Para ese subrayado, introduce la imagen señera de la estrategia de Dios en la relación amorosa con los orantes, contemplativos o activos, como el rey en el despliegue de su ejército. El rey, buen estratega, conoce a cada militante y le asigna el puesto adecuado. A éste, capitán; al otro, alférez; los otros, soldados.

         Teresa, de pasada, tiene una palabra de ternura para los pobres soldados que sirven al rey de la tierra: "andan los tristes muriendo y después, ¡sabe Dios cómo se les paga!" (así en el n. 3 del borrador).


Nosotras..., alféreces a lo divino

         Pero en el cuadro estratégico -al menos desde la óptica de Teresa-, la pieza que a ella le interesa es el alférez.

         En los tercios de su tiempo el alférez era el responsable de la bandera. Un contemporáneo de la Santa, Cobarruvias, en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, lo describía morosamente así:

         "Llamamos alférez, comúnmente, al que encomienda el capitán la vandera, la qual instituyeron de muchos siglos atrás los hombres para que las compañías se adunassen y acudiessen todos los della a un lugar. Competía al capitán traer la vandera, mas porque ha de acudir a diversos ministerios, sustituye el que llamamos alférez, el qual ha de estar subordinado a él y no moverse sin orden y mandato suyo; y los demás que militan debaxo de aquella insignia la han de seguir, y así les daban todos estos nombres: signíferos, vexilíferos, primipilarios, duces. Tuvieron los romanos diferentes insignias, a las quales responden nuestras vanderas; y la principal era la del águila, como si dijéramos ahora el guión o estandarte real; y los que llevan esta insignia se llaman aquilíferos. Podría tener alguna similitud con el que la ley de la partida 16, tít. 9, part.2, llama alférez mayor, de quien dice: e el mismo deve tener la seña, cada vez que el rey tuviere batalla campal, etc.".

         Teresa sintetiza todo este tratado en dos trazos: "en las batallas, el alférez no pelea... pero trabaja más que todos; ...como lleva la bandera, no se puede defender... Aunque le hagan pedazos, no la ha de dejar de las manos" (n. 5).

         Pues bien, en las batallas del espíritu el alférez es el contemplativo. El lleva "levantada la bandera de la humildad"; "ha de sufrir cuantos golpes le dieren, sin dar ninguno"; "su oficio es padecer por Cristo, llevar en alto la cruz, no la dejar de las manos por peligros en que se vea" (n. 5).

         La Santa le advierte, con tono de capitán al mando: "¡mire lo que hace, porque si él deja la bandera, perderse ha la batalla!" (n. 5).

         Identificado así el contemplativo (más bien, la contemplativa) con el alférez, la imagen se convierte en un tratadillo de militancia espiritual. El contemplativo no es ni puede ser un evadido del campo de la vida. Un instalado en el oasis del confort. Está encargado de alzar enhiesta una señal en plena marea de la vida, en medio de todos los que luchan por vivirla y ganarla. "Mire lo que hace... Todos los ojos (están clavados) en él" (n. 6).


Y... las finanzas de Dios

         La otra imagen es, a primera vista, desconcertante. Teresa la toma del mundo financiero. No en vano es nieta de mercaderes toledanos.

         Ha recordado, hace un momento, el salario del soldado. Y cuán mal le paga el rey de la tierra. No así el Rey del cielo, a quien Teresa ve siempre como pagador magnífico. "Para pagarnos es tan mirado, que no hayáis miedo que un alzar de ojos... deje sin paga" (23, 3). Dirá más adelante: "Oh, oh, que es muy buen pagador y paga muy sin tasa" (37, 3).

         Pero la generosidad de Dios supone por nuestra parte una pequeña tabla de valores o de servicios. Interesa entenderla bien, no confundir la ganga con el metal fino, no malbarajar los títulos de pago. Ella dirá: no confundir los "juros perpetuos" con los "censos de al quitar".

         Por lo visto, en la vida espiritual es fácil incurrir en ese trastrueque. Y no menos en la vida de oración. Pues bien, quede en claro que los "juros perpetuos" -los valores incontestables- son las virtudes del orante. Y las enumera: alegría en el servicio, humildad, mortificación, obediencia, disponibilidad y sumisión al plan de Dios. Y los "censos redimibles", es decir, los de valor caduco o dudoso, son los farolillos y juegos de luces que acompañan a la oración del contemplativo: los gustos, arrobamientos, visiones y mercedes similares (n. 7).

         Piedra de toque de la vida cristiana y de la oración son, por tanto, las virtudes de lo cotidiano, las que autentican el evangelio de la vida.

         Son ellas las que cuentan en la hoja de servicios, tanto del orante contemplativo como del humilde orante activo.


La cartilla de todo orante

         Es fácil descender del lenguaje de los símbolos a la verdad de la vida, la única que puede alimentar al caminante y mantenerlo en la empresa del Camino.

         Ante todo, el orante no es un traficante de la amistad de Dios. No es impositivo, ni emplaza al Amigo, se fía de él, le deja la iniciativa: "dejemos hacer al Señor". "El nos conoce mejor que nosotras mismas". Quien ha entrado por el camino de la oración debe educarse a la disponibilidad, hasta el abandono total.

         Se deja, pero no se rinde. Ni afloja. La oración ha de inocularle temple de lucha y perseverancia. La Santa lo repetirá con insistencia a los dos tipos de orante con quienes está dialogando, al de la oración fácil y encumbrada, y al de la oración extenuante, no contemplativa: "mirad que digo que todos lo procuremos, pues no estamos aquí a otra cosa; y no un año ni dos solos, ni aun diez, porque no parezca lo dejamos de cobardes. Es bien que el Señor entienda no queda por nosotras" (n. 3).

         Otro rasgo fisonómico. El orante ha de adquirir capacidad de soportación para afrontar los trabajos de la vida. Incluso para encajar los golpes. Porque tanto la oración como la vida cristiana son empresas contraseñadas por la cruz. El orante se hace más y más consciente de la lucha que conlleva la vida. Cuanto más avance en la oración, su implicación en la brega será más intensa y menos violenta. Sin armas defensivas, tendrá que asumir más de lleno las responsabilidades y quebrantos de los otros.

         Por fin, Teresa ha trazado unos rasgos de fondo, netamente perfilados, que deben ir definiendo las facciones del orante: alegría, humildad, gozo en los logros ajenos, servicio, mortificación, obediencia.



[1] Alusión al pasaje evangélico (Lc 10, 41) de que habló en el c. 17, n. 5.
[2] En la 1ª redacción: «¡Y cuán mejor pagado es que los que sirven al rey! Andan los tristes muriendo, y después sabe Dios cómo se paga».
[3] Cf c. 30 passim, y n. 7. - La frase siguiente se refiere a las horas de oración obligatorias a todas por ley.
[4] Mt 25, 1-13. - En la 1ª redacción persistía el símil guerrero, en lugar de esta alusión evangélica: «No sabe cuándo la llamará el capitán y la querrá dar más trabajo disfrazado con gusto. Si no las llamaren, entiendan que no son para él y que les convino aquello». - Este párrafo comenzaba así: «Como no estén ausentes, y los ve el capitán con deseo de servir, ya tiene entendido -aunque no tan bien como nuestro celestial Capitán- para lo que es cada uno».
[5] Lc 17, 10.
[6] En el n. 4; y en el c. 17, n. 6.
[7] Añadía la 1ª redacción: «Harto más querría yo ser ella que algunas contemplativas». - Todo el tema militar que sigue, tiene desarrollo diverso en la primera redacción.
[8] «Porque que si él», escribió la Santa.
[9] Mt 20, 22. «No sabemos lo que pedimos», cuando solicitamos los regalos de la contemplación. - En la 1ª red.: Dejemos hacer al Señor, «que nos conoce mejor que nosotras mismas. Y la verdadera humildad es andar contentas con lo que nos dan».
[10] Alusión a Mt 20, 22.
[11] «Censos de al quitar» eran los censos redimibles, en contraposición a los «juros», que de suyo eran «perpetuos», como la misma Autora insinúa.
[12] En la 1ª redacción: «Que sea tal que le entienda. Porque esto se sabe ya muy sabido y lo han escrito muchos y para vosotras no es menester, no hay que hablar de ello».
[13] «Que en mujeres es cosa peligrosa», añadía la 1ª redacción.
[14] Proseguía la 1ª red.: «Si decís, hijas, que vosotras no los habéis menester, alguna vendrá que por ventura se huelgue con ellos».

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)