13.7.11

Camino de Perfección Cap.20

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 20





Trata cómo por diferentes vías nunca falta consolación en el camino de la oración, y aconseja a las hermanas de esto sean sus pláticas siempre.

            1. Parece que me contradigo en este capítulo pasado de lo que había dicho; porque, cuando consolaba a las que no llegaban aquí (1)[1], dije que tenía el Señor diferentes caminos por donde iban a El, así como había muchas moradas (2)[2]. Así lo torno ahora a decir; porque, como entendió Su Majestad nuestra flaqueza, proveyó como quien es. Mas no dijo: «por este camino vengan unos y por éste otros»; antes fue tan grande su misericordia, que a nadie quitó procurase venir a esta fuente de vida a beber. ¡Bendito sea por siempre, y con cuánta razón me lo quitara a mí!
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            2. Pues no me mandó lo dejase cuando lo comencé e hizo que me echasen en el profundo, a buen seguro que no lo quite a nadie, antes públicamente nos llama a voces (3)[3]. Mas, como es tan bueno, no nos fuerza, antes da de muchas maneras a beber a los que le quieren seguir, para que ninguno vaya desconsolado ni muera de sed. Porque de esta fuente caudalosa salen arroyos, unos grandes y otros pequeños, y algunas veces charquitos para niños, que aquello les basta, y más sería espantarlos ver mucha agua; éstos son los que están en los principios.

            Así que, hermanas, no hayáis miedo muráis de sed en este camino. Nunca falta agua de consolación tan falto que no se pueda sufrir. Y pues esto es así, tomad mi consejo y no os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estáis aquí a otra cosa sino a pelear. Y con ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, si os llevare el Señor con alguna sed en esta vida, en la que es para siempre os dará con toda abundancia de beber y sin temor que os ha de faltar. Plega al Señor no le faltemos nosotras, amén (4)[4].

            3. Ahora, para comenzar este camino que queda dicho (5)[5] de manera que no se yerre desde el principio, tratemos un poco de cómo se ha de principiar esta jornada, porque es lo que más importa; digo que importa el todo para todo. No digo que quien no tuviere la determinación que aquí diré le deje de comenzar, porque el Señor le irá perfeccionando; y cuando no hiciese más de dar un paso, tiene en sí tanta virtud, que no haya miedo lo pierda ni le deje de ser muy bien pagado.

            Es -digamos- como quien tiene una cuenta de perdones (6)[6], que si la reza una vez gana, y mientras más veces, más. Mas si nunca llega a ella, sino que se la tiene en el arca, mejor fuera no tenerla. Así que, aunque no vaya después por el mismo camino, lo poco que hubiere andado de él le dará luz para que vaya bien por los otros, y si más andare, más. En fin, tenga cierto que no le hará daño el haberle comenzado para cosa ninguna, aunque le deje, porque el bien nunca hace mal.

            Por eso todas las personas que os trataren, hijas, habiendo disposición y alguna amistad, procurad quitarlas el miedo de comenzar tan gran bien. Y por amor de Dios os pido que vuestro trato sea siempre ordenado a algún bien de quien hablareis, pues vuestra oración ha de ser para provecho de las almas. Y pues esto habéis siempre de pedir al Señor, mal parecería, hermanas, no lo procurar de todas maneras.

            4. Si queréis ser buen deudo, ésta es la verdadera amistad. Si buena amiga, entended que no lo podéis ser sino por este camino. Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la meditación, y veréis claro el amor que somos obligadas a tener a los prójimos.

            No es ya tiempo, hermanas, de juego de niños, que no parece otra cosa estas amistades del mundo, aunque sean buenas; ni haya entre vosotras tal plática de «si me queréis», «no me queréis», ni con deudos ni nadie, si no fuere yendo fundadas en un gran fin y provecho de aquel ánima. Que puede acaecer, para que os escuche vuestro deudo o hermano o persona semejante una verdad y la admita, haber de disponerle con estas pláticas y muestras de amor que a la sensualidad siempre contentan; y acaecerá tener en más una buena palabra -que así la llaman- y disponer más que muchas de Dios, para que después éstas quepan. Y así, yendo con advertencia de aprovechar, no las quito. Mas si no es para esto, ningún provecho pueden traer, y podrán hacer daño sin entenderlo vosotras. Ya saben que sois religiosas y que vuestro trato es de oración. No se os ponga delante: «no quiero que me tengan por buena», porque es provecho o daño común el que en vos vieren. Y es gran mal a las que tanta obligación tienen de no hablar sino en Dios, como las monjas, les parezca bien disimulación en este caso, si no fuese alguna vez para más bien.

            Este es vuestro trato y lenguaje; quien os quisiere tratar, depréndale; y si no, guardaos de deprender vosotras el suyo: será infierno.

            5. Si os tuvieren por groseras, poco va en ello; si por hipócritas, menos. Ganaréis de aquí que no os vea sino quien se entendiere por esta lengua. Porque no lleva camino uno que no sabe algarabía (7)[7], gustar de hablar mucho con quien no sabe otro lenguaje. Y así, ni os cansarán ni dañarán, que no sería poco daño comenzar a hablar nueva lengua, y todo el tiempo se os iría en eso. Y no podéis saber como yo, que lo he experimentado, el gran mal que es para el alma, porque por saber la una se le olvida la otra, y es un perpetuo desasosiego, del que en todas maneras habéis de huir. Porque lo que mucho conviene para este camino que comenzamos a tratar es paz y sosiego en el alma.

            6. Si las que os trataren quisieren deprender vuestra lengua, ya que no es vuestro de enseñar, podéis decir las riquezas que se ganan en deprenderla. Y de esto no os canséis, sino con piedad y amor y oración porque le aproveche, para que, entendiendo la gran ganancia, vaya a buscar maestro que le enseñe; que no sería poca merced que os hiciese el Señor despertar a algún alma para este bien.

            Mas ¡qué de cosas se ofrecen en comenzando a tratar de este camino aun a quien tan mal ha andado por él como yo! Plega al Señor os lo sepa, hermanas, decir mejor que lo he hecho, amén (8)[8].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 20

El lenguaje del grupo orante


            Estilo y lenguaje son términos que esmaltan el léxico del Camino. Son, además, dos hitos de la pedagogía teresiana de la oración.

            Ya en capítulos anteriores (especialmente al comentar el capítulo 13 del libro) hemos topado con la consigna del "estilo". Un estilo de vivir en grupo contemplativo y ermitaño, capaz de cincelar desde la base la convivencia de las lectoras del Carmelo de San José. De él debía derivar eso que el gran maestro de la lengua, Ramón Menéndez Pidal, definió como "voluntad de estilo ermitaño" en la manera típica de escribir que adopta Santa Teresa, pero que, en definitiva, sería una resultante o un puro derivado de lo que ella se impuso como manera de ser y de vivir, y que, a toda costa, decidió transferir al grupo de lectoras del Camino. Ya lo dijimos.

            Ahora, en este capítulo 20, les hablará, con intencionada reiteración lexical, del "lenguaje" del grupo, de "vuestro trato y lenguaje", "vuestras pláticas", "esa lengua" que han de hablar quienes van camino de la fuente de agua viva. Aprender esa lengua. Enseñarla. No equivocarse de idioma y pasarse al que se habla en el mundo. No confundir el "lenguaje" de casa con la "algarabía" de fuera...

            Pasar del "estilo" al "lenguaje" equivale a pasar de la forma al fondo. Preocuparse, no ya de las maneras y modales, sino de los contenidos. Los contenidos del trato y de la convivencia en un grupo de contemplativas, como son las lectoras inmediatas del Camino.

            Esos contenidos fluyen como postulados imperiosos del proyecto fundamental del grupo orante. Se lo dirá ella en dos afirmaciones sucesivas. Así: "No estamos aquí a otra cosa" que a ir camino de la fuente caudalosa de la contemplación; y ese anhelo de la fuente determina nuestro lenguaje: "No hablar sino en Dios". Sigamos el hilo de esas dos consignas: la de la fuente y la del lenguaje.


"No estamos aquí a otra cosa"

            Con cadencia reiterativa e intencionada formula nuestra Autora esa especie de eslogan. A cada dos capítulos. En el capítulo 16, 12: "No venimos aquí a otra cosa. Así que, manos a la labor". En el capítulo 18, 3: "Mirad que digo que todas lo procuremos, pues no estamos aquí a otra cosa, y no un año, ni dos sólo, ni diez". Y de nuevo, ahora en el capítulo 20, 2: "No estamos aquí a otra cosa, así que pelead como fuertes hasta morir en la demanda".

            Pues bien, ese gran proyecto, para el que están ahí las lectoras, es caminar hacia la fuente. O bien, en imágenes cruzadas: están ahí para pelear por la fuente y por el camino de la fuente y el agua viva de la fuente...

            Sabemos ya el significado teresiano de las dos imágenes: "pelear" y "anhelar la fuente". Sin duda, el simbolismo más doctrinal, y pedagógicamente más eficaz, es el de la imagen segunda. La fuente y el agua son polivalentes: significan la oración perfecta, la gracia de la contemplación, la experiencia de Dios, la unión a Cristo y, con ella, la perfección cristiana y la santidad.

            En la línea de la oración la fuente es, ante todo, la gracia de la contemplación. Como hito de la vida contemplativa.

            En ese preciso sentido, ¿la fuente es para todos? ¿Todas las lectoras están citadas a beber el agua viva? ¿No ha dicho ella a sus lectoras que "aunque en esta casa todas traten de oración, no todas han de ser contemplativas"? (17, 2). ¿Es que ahora se retracta o se contradice?

            No, no se contradice. Está desgranando el complicado tema de la llamada universal a la contemplación. Y lo está resolviendo gradualmente, en términos más prácticos que teóricos.

            Primero, con una especie de solución concreta y casera. Aquí, en su mismo Carmelo, no todas las lectoras son contemplativas como ella. No todas gozan -ni gozarán- de su tremenda experiencia mística. Ni van a la fuente por el mismo camino que ella. Porque los caminos son muchos. Y aun dentro de la vida contemplativa hay "martas y marías". Pero, ¡ojo!, no hay camino alguno que no conduzca al agua viva. Ni hay orante alguno a quien se le excluya de la fuente y sus alrededores, o se le destine de antemano a sed perpetua en el desierto de la vida. Hay tantos modos de llegar al agua viva de la contemplación: fuentes caudalosas, arroyos y arroyicos, incluso "charquitos para niños" en plena pradera. Por eso insistirá ella en la consigna: que nadie cese de procurarla, que nadie se dispense de "pelear como fuerte hasta morir en la demanda", si es el caso.

            La segunda solución se eleva a un plano superior: teología de la contemplación. Que sí, todos estamos llamados a ella. Sin excepción. Llamados "públicamente y a voces", como lo hacía Jesús en el umbral del templo: "Quien tenga sed, venga a mí y beba" (Jn 7, 37). Sólo que, a la vez, es verdad que el agua que ofrece Jesús es "gracia": puro regalo suyo. Y en cuanto tal, distribuida por El en régimen de amor. A quién más y a quién menos. A uno antes, a otro después. A lo largo de un arco que abarca esta vida y la otra. De suerte que "si os lleva el Señor con alguna sed en esta vida (o incluso "sin llegar a la fuente", como escribió ella en el borrador del libro), en la vida que es para siempre os dará, con toda abundancia, de beber" (n. 2).

            Pero que quede bien claro: cuando realmente se camina hacia la fuente "ninguno muere de sed" (n. 2). Si bien esa garantía no debe restar importancia a cuanto la Autora acaba de escribir en el capítulo anterior: que en este camino, tener sed es ya de por sí cosa importantísima.


La otra consigna: "Este es vuestro trato y lenguaje..."

            Al leer esta segunda parte del capítulo (nn. 3-6), convendría hacerla lápiz en mano, subrayando el ritornelo del "trato y lenguaje", con sus múltiples variantes.

            Recopilándolo, tendríamos este sumario: las lectoras del Camino, si quieren ser grupo orante, o si realmente quieren ir camino de la fuente, han de tener "lenguaje" propio. Un lenguaje caracterizado, no por reglas de gramática y retórica, sino por un motivo temático: es un lenguaje que consiste en "hablar de Dios". No sólo "de esto serán sus pláticas siempre" -como reza el título del capítulo-, sino que han de estar atentas a aprenderle, a no desaprenderle en el cruce dialogal con los de fuera, o con quienes no están interesados por el agua de la fuente. Y eso, para que también éstos aprendan el lenguaje del grupo.

            A primera vista resultan sorprendentes algunas de esas afirmaciones. Estas, por ejemplo: "Están obligadas a no hablar sino en Dios. - Este es vuestro trato y lenguaje. - Quien os quisiere tratar, depréndale. - Guardaos de aprender vosotras el suyo: será infierno. - Vuestro trato es de oración". Así de contundente.

            Para el lector atento la sorpresa cambia de signo. Hablar de Dios es, pura y sencillamente, hacer teología. No académica y de manual, sino en vivo: "palabra sobre Dios" desde la vida. Desde la mente y el corazón. Sobre la marcha, mientras se le espera y se le desea a Él, a Él mismo, objetivo verdadero y central de nuestro deseo de la fuente. "Hablar de Dios" es preludio normal del "hablar a Dios". Porque si hablar de Él es teología, hablarle a Él es oración, y de las dos cosas se hace el caminar a la fuente. Una y otra marcan el paso del grupo orante y cincelan -ahora sí- su "lenguaje".

            El idioma, pues, que Teresa cree propio del grupo orante, se articula sobre esa doble bisagra: hablar de Dios y hablar a Dios.

            Ni esa consigna ni el ideario que la enmarca son tema improvisado a esta altura del Camino. Tienen hondo y remoto arraigo en la experiencia teresiana. Basta leer las primeras páginas de su autobiografía para constatar sus gustos: "De hablar de Dios u oír hablar de Él casi nunca me cansaba" (Vida 8, 12). Era "amiga de tratar y hablar en Dios"; "hablaba muchas veces en Él", hasta el extremo de que "no quería sino hablar en ÉL..." (Vida 6, 4; 8, 3; 10, 5). Ya entonces, al perfilar por vez primera el semblante del grupo reunido en San José, definió así su idioma de ciudadanas de la contemplación: "No es su lenguaje otro sino hablar de Dios" (Vida 36, 26). Y hacía extensiva esa consigna, más allá del Carmelo, a todo grupo de oración: "Aconsejaría yo a quienes tienen oración, que procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima".

            Lo mismo que otros se procuran amigos para conversaciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, "no sé yo por qué quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, no ha de tratar con otras personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

            Así, como en el caso de la teología académica, ese "hablar de Dios" es un anillo que se agranda hasta hacer posible hablar de todo y de todos, pero "en Dios".


Algarabía y antialgarabía

            No es la primera vez que la Autora ironiza y humoriza en las páginas del Camino. Algarabía es el otro lenguaje, el que hablan los no interesados por el agua viva de la fuente. Vosotras, lectoras, no aprendáis ese lenguaje; que aprendan ellos el vuestro. Ganaréis vosotras y también ellos tendrán gran ganancia...

            En el tiempo de la Santa algarabía era un término con significado e implicaciones sociológicas heredadas, en buena parte, de la historia reciente. En la península había todavía moriscos que hablaban algarabía. Y quedaba vivo aún el recuerdo de los cristianos residentes en tierra de moros, que hablaban aljamía. El cruce de los dos lenguajes no era sólo el exponente de dos idiomas coexistentes e irreductibles entre sí, era el índice de dos culturas con grandes dificultades para entenderse. Y grandes ganas de engullirse la una a la otra.

            En este contexto, para la Santa algarabía equivalía a lenguaje de no-cristianos, difícilmente inteligible y quizá con elementos tóxicos para el espíritu. Aquí, en la presente página del Camino, es el lenguaje del mundo, en contraste con el de su Carmelo. De ahí su ironía: "No lleva camino uno que no sabe algarabía, gustar de hablar mucho con quien no sabe otro lenguaje... Que no sería poco daño comenzar a hablar nueva lengua, y todo el tiempo se os iría en eso. Y no podéis saber como yo, que lo he experimentado, el gran mal que es para el alma, porque por saber la una se olvida la otra, y es un perpetuo desasosiego..." (n. 5).

            Bien entendido: todo eso sin pretensiones impositivas. "No aprender vosotras su lenguaje" es no asumir los contenidos del platicar mundano. Y hacer que ellos "aprendan el lenguaje del grupo orante" es interesarlos por las riquezas que se ganan en aprender oración (n. 6). Y aun eso, partiendo de la doble base de la amistad y la buena condición de los interlocutores, y hecho "con piedad y amor y oración" (n. 6): "Todas las personas que os trataren, hijas, habiendo disposición y alguna amistad, procurad quitarles el miedo de comenzar el gran bien de la oración" (n. 3).

            Es decir, la oración es proselitista. Posee fuerza expansiva, como los idiomas fuertes o las grandes culturas. O mejor, como el bien mismo, que es difusivo y elevador. Que... "el bien nunca hace mal", dirá ella (n. 3).

            Ha aflorado así otra gran idea del libro: todo grupo de oración conlleva un apostolado de la oración. No se cierra sobre sí mismo. Posee un "lenguaje" comunicante. Y sabe que todos están llamados a la fuente.


[1] En el c. 17, n. 2.
[2] Cf Jn 14, 2.
[3] Alusión a Prov 1, 20 s., y a Jn 7, 37.
[4] En la 1ª redacción matizaba así este importante pasaje: «Y con ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar a esta fuente, si os lleva el Señor sin llegar a ella en esta vida, en la otra os la dará con toda abundancia; beberéis sin temor que por vuestra culpa os ha de faltar. Plega al Señor que no nos falte su misericordia, amén».
[5] «Este camino que queda dicho»: el de la oración, único de que trata el libro entre los muchos a que alude el n. 1 y c. 19, título.
[6] «Cuenta de perdones»: especie de rosario indulgenciado, que servía para contar el número de veces que se rezaban las oraciones prescritas. Perdones = indulgencias.
[7] Algarabía: chapurreo del idioma árabe: lengua atropellada e ininteligible (cf Vida c. 14, n. 8 nota). «Vuestro trato y lenguaje» (n. 4), «esta lengua»: son expresiones con que se indica el matiz peculiar e inconfundible que caracteriza la conversación de quien vive la vida de oración.
[8] La 1ª redacción concluía de otra manera: «¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos, para que unas por otras no se olvidaran!».

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)