22.10.11

Camino de Perfección Cap. 35

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 35
 
 
 
 
 

Acaba la materia comenzada con una exclamación al Padre Eterno.

         1. Heme alargado tanto en esto, aunque había hablado en la oración del recogimiento de lo mucho que importa este entrarnos a solas con Dios, por ser tan importante (1)[1]. Y cuando no comulgareis, hijas, y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho, y hacer lo mismo de recogeros después en vos, que es mucho lo que se imprime el amor así de este Señor. Porque aparejándonos a recibir, jamás por muchas maneras deja de dar que no entendemos (2)[2]. Es llegarnos al fuego que, aunque le haya muy grande, si estáis desviadas y escondéis las manos, mal os podéis calentar, aunque todavía da más calor que no estar adonde no haya fuego. Mas otra cosa es querernos llegar a Él, que si el alma está dispuesta -digo que esté con deseo de perder el frío- y se está allí un rato, para muchas horas queda con calor.
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         2. Pues mirad, hermanas, que si a los principios no os hallareis bien (que podrá ser, porque os pondrá el demonio apretamiento de corazón y congoja, porque sabe el daño grande que le viene de aquí, haraos entender que halláis más devoción en otras cosas y aquí menos), no dejéis este modo; aquí probará el Señor lo que le queréis. Acordaos que hay pocas almas que le acompañen y le sigan en los trabajos; pasemos por Él algo, que Su Majestad os lo pagará. Y acordaos también qué de personas habrá que no sólo quieran no estar con Él, sino que con descomedimiento le echen de sí. Pues algo hemos de pasar para que entienda le tenemos deseo de ver. Y pues todo lo sufre y sufrirá por hallar sola un alma que le reciba y tenga en sí con amor, sea ésta la vuestra. Porque, a no haber ninguna, con razón no le consintiera quedar el Padre Eterno con nosotros; sino que es tan amigo de amigos y tan señor de sus siervos, que, como ve la voluntad de su buen Hijo, no le quiere estorbar obra tan excelente y adonde tan cumplidamente muestra el amor que tiene a su Padre (3)[3].

         3. Pues, Padre santo que estás en los cielos, ya que lo queréis y lo aceptáis, y claro está no habíais de negar cosa que tan bien nos está a nosotros, alguien ha de haber -como dije al principio- (4)[4] que hable por vuestro Hijo, pues Él nunca tornó de Sí. Seamos nosotras, hijas, aunque es atrevimiento siendo las que somos; mas confiadas en que nos manda el Señor que pidamos, llegadas a esta obediencia (5)[5], en nombre del buen Jesús supliquemos a Su Majestad que, pues no le ha quedado por hacer ninguna cosa haciendo a los pecadores tan gran beneficio como éste, que quiera su piedad y se sirva de poner remedio para que no sea tan maltratado. Y que pues su santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para que no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos (6)[6].

         4. Pues ¡qué es esto mi Señor y mi Dios! O dad fin al mundo, o poned remedio en tan gravísimos males; que no hay corazón que lo sufra, aun de los que somos ruines. Suplícoos, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos. Atajad este fuego, Señor, que si queréis podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo; por su acatamiento cesen cosas tan feas y abominables y sucias; por su hermosura y limpieza, no merece estar en cosa adonde hay cosas semejantes. No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. Pues suplicaros que no esté con nosotros, no os lo osamos pedir. ¿Qué sería de nosotros? Que si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún medio ha de haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad.

         5. ¡Oh mi Dios! ¡Quién pudiera importunaros mucho y haberos servido mucho para poderos pedir tan gran merced en pago de mis servicios, pues no dejáis ninguno sin paga! Mas no lo he hecho, Señor; antes por ventura soy yo la que os he enojado de manera que por mis pecados vengan tantos males. Pues ¿qué he de hacer, Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo y, aunque nos le disteis, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de vuestro Hijo, me hagáis esta merced, pues por tantas partes lo tiene merecido? Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos, Señor mío, que perecemos (7)[7].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 35

La plegaria eucarística


         Del sacerdocio ministerial de la mujer, es decir, de su reivindicación feminista, no hay huella en los escritos teresianos. Ni parece que a la Madre Teresa le pasase por el pensamiento.

         Eso no ha obstado, sin embargo, para que en el clima eucarístico que ella ha creado dentro del Carmelo de San José y que ha trasfundido a su libro, llegue un momento en que se sienta espontáneamente una real sacerdotisa de la oración cristiana, e improvise en medio del grupo una auténtica "prez eucarística". No sólo le brota en medio del grupo, sino que la vive dentro del libro, sobre el texto mismo que va escribiendo, incorporándola a su pedagogía de la oración.

         Le ocurre ese momento sacerdotal, al terminar el tema eucarístico. Los capítulos 33 y 34 han desarrollado los motivos y el alcance de la oración eucarística, sea cuando ella o la comunidad piden al Padre el "Pan de cada día" (el Pan con mayúscula), sea cuando celebran y comulgan el sacramento. Ahora, el título del capítulo anuncia la conclusión de la glosa "con una exclamación al Padre eterno". Ya sabemos que "exclamación" en el Camino equivale a "soliloquio" de la Autora con Dios y ante los lectores. Soliloquio que interrumpe momentáneamente el diálogo con éstos, para dirigirse a Cristo o a Dios. En el presente caso -como ya en alguno de los anteriores-, el soliloquio va a formularse en plural, envolviendo en él a las lectoras, para dirigirse con ellas al Padre eterno, por Jesucristo su Hijo, en pro de la Iglesia. Exactamente como en el clásico canon romano de la misa de su tiempo, que comenzaba: "Te igitur, clementissime Pater, / per Dominum nostrum Jesum Christum... / pro Ecclesia tua sancta..." - "A ti, Padre clementísimo, / por Jesucristo tu Hijo... / suplicamos por la Iglesia santa...".

         No, Teresa y su grupo, al improvisar el propio canon eucarístico, no calcan el viejo canon romano, único que ellas conocen, pero instintivamente siguen su ritmo, su contenido, sus modulaciones de alabanza, súplica, oferta, expiación (doxología, impetración, oblación, propiciación...).


Últimos porqués de la oración eucarística

         Antes de dar paso a esa plegaria final, la Santa dedica todavía unas palabras a recapitular los precedentes enunciados doctrinales. Quizá no ha subrayado suficientemente que la oración eucarística es interiorizante. Que ofrece una ocasión y toda una pedagogía del recogimiento. Que el rito mismo de la comunión es un gesto de interiorización que conlleva la recepción amorosa de Cristo en la posada interior, y que como toda oración de recogimiento contemplativo -e incluso más que ninguna- desarrolla una interior dinámica de unión por amor: gran objetivo de la oración y de la comunión eucarística.

         Ya antes ha insistido ella en la importancia de los deseos y del amor. Comunión sin deseos es comida de inapetentes. A la vez, la Eucaristía es incentivo del amor. "Es llegarnos al fuego". Basta "no esconder las manos". Irradia calor. A condición de acercarnos a ella "con deseo". "Con deseo de perder el frío". Y de "tenerle (a Cristo) en sí con amor".

         Para una mujer tan realista y práctica como Teresa es imposible concebir la oración o la Eucaristía como momentos aparte, o como reductos desconectados de la vida y de lo cotidiano. De ahí su preocupación por hacer posible la oración continua, y por prolongar la Eucaristía en la vida. Para ello sirve la interiorización de una y otra. "Cuando no comulgareis y oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente: es de grandísimo provecho".

         También la comunión espiritual -de amor y deseo- inicia un proceso de recogimiento: "Haced lo mismo, de recogeros después (de la comunión espiritual) en vos, que es mucho lo que así se imprime el amor de este Señor: porque aparejándonos a recibir, jamás deja él de dar, por muchas maneras que no entendemos".

         Consigna reiterativa. Ya se la ha inculcado al lector al hablar de la oración de recogimiento. Como éste, también esa interiorización de la Eucaristía es "hacer fundamento para, si quisiere el Señor levantaros a grandes cosas, que halle en vos aparejo, hallándoos cerca de sí" (29, 8).

         Pero la Santa es consciente de no repartir recetas y formulitas simplonas. Esas consignas no valen sin arraigo en la vida. Sin tesón en la voluntad. Sin constancia.

         "Nada se aprende sin trabajo", ha dicho ella al hablar del recogimiento. Lo repite ahora al sugerir la interiorización de la oración eucarística: "No dejéis este modo: aquí probará el Señor el amor que le tenéis". "Algo hemos de pasar para que entienda le tenemos deseo de ver". Este Señor nuestro "es tan amigo de amigos y tan señor de sus siervos..." (n. 2).

         Pendiente de esas palabras de la Santa queda su gran preocupación pedagógica por que ni la oración ni la piedad eucarísticas se reduzcan a momentos esporádicos más o menos intensos. Lo que interesa es que impregnen la vida y la vayan modelando. Que nos eduquen a "acompañar y seguir a Cristo en los trabajos" y "a querernos estar con Él" (n. 2).


Oración sacerdotal de Teresa y del grupo. ¿Por qué?

         Antes de responder a ese porqué, no será superfluo recordar dos datos de catequesis elemental. El primero: que en virtud del bautismo recibido, todo cristiano queda investido de poderes sacerdotales. Diversos de los que confiere el sacramento del Orden. Pero reales. Por ellos participa del sacerdocio de Jesús y posee, de hecho, un sacerdocio real. Y segundo: que toda oración cristiana, si efectivamente lo es, actúa ese sacerdocio. Lo ejerce sobre todo, en el grupo reunido para celebrar la oración por antonomasia que es la Eucaristía.

         En el Camino, ya varias veces Teresa ha hecho el gesto de convocar al pequeño grupo de lectoras para hacer iglesia orante. Teresa alega para ello unos motivos muy personales: necesita sentirse arropada y apoyada para que "entre sus virtudes no tengan fuerza mis faltas" cuando se dirige al Señor (cap. 1, 2). De ahí su clamor, al ponerse en oración dentro del libro: "Hermanas mías en Cristo, ayudadme a suplicar esto al Señor" (cap. 1, 5). En el fondo, ¿no es ésa la razón de ser de una comunidad contemplativa?

         Igualmente, a lo largo del Camino la Santa ha prorrumpido varias veces en una oración al Padre eterno por Jesucristo su Hijo. Incluso alguna vez ha dirigido su oración directamente a Jesús, por o para el Padre del cielo. Esa modulación litúrgica de sus oraciones, generalmente tiene como punto de partida, o como objetivo final, a la Iglesia de la tierra, sus grandes males y necesidades, sus ministros y representantes ante los hombres. Tiene también por hito y motivo a la Eucaristía misma, como sacramento que, en forma real y misteriosa, implica la presencia de Jesús en los avatares de la Iglesia y en las situaciones trágicas de los hombres y del mundo. Ella misma logró condensar bien esos extremos ya en el capítulo primero del libro: "Estase ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo..., quieren poner su Iglesia por el suelo...". Es ahí, entre las aberraciones del mundo y las humillaciones de la Iglesia, donde "tan apretado traen los hombres a Cristo". Y de ahí es de donde arranca su clamor de convocatoria a la oración para dirigirse al Padre, por Cristo, para la Iglesia y el mundo.

         (Podríamos hacer un pequeño florilegio de esas oraciones diseminadas por los precedentes capítulos de libro: 3, 8-9; 26, 6; 33, 3-5...).

         Ningún momento tan a propósito para activar ese múltiple resorte de la comunidad orante como el de la petición o la recepción del "Pan eucarístico". Por eso la Autora ha comenzado la glosa a esta petición improvisando una intensa oración de grupo, presentando al Padre el misterio (y el problema) de la Eucaristía: "Vos, Padre eterno, cómo lo consentisteis..., ¿cómo lo consentís...? ¿Todo nuestro bien ha de ser a su costa...?" (33, 3-4). Y por eso mismo, al concluir ahora la glosa, convoca de nuevo al grupo para orar con él nuevamente al Padre, por Jesús y para la Iglesia.

         Es aleccionador repasar minuciosamente el contenido de esta "prez eucarística" del Camino.


Motivos, sentimientos, modulaciones
de la plegaria eucarística de la Santa

         La plegaria eucarística del Camino se encuentra en los nn. 3-5 del capítulo 35. Tal como esa oración ha brotado, espontánea y ardiente, del alma y de la pluma de Teresa, ha adoptado una formulación sencilla. Reiterativa. Modulada fundamentalmente en cuatro tiempos:

         - Palabra al Padre del cielo.

         - Por Cristo Jesús: en pro de Él y por su mediación.

         - En favor de la Iglesia y del mundo.
         - Aceptando del Padre el don sacratísimo de la Eucaristía para ofrecérselo de nuevo ("tornárselo a dar"), en alabanza y propiciación ("si algo os aplaca / es tener acá tal prenda").

         Con todo, cualquier intento de ajustar a un esquema esa oración teresiana correría el riesgo de disecarla y empobrecerla.

         Es preferible recorrerla línea a línea para enrolarse luego en el grupo de lectoras y vivirla. He aquí unos posibles subrayados:

         a) La convocación del grupo orante. Es una especie de "oremus" sumamente matizado de confianza en el Padre y sensibilidad por las cosas de Cristo su Hijo. "Pues alguien ha de haber que hable (abogue) por Jesús, seamos nosotras, hijas, aunque es atrevimiento, siendo las que somos" (n. 3).

         b) Teresa en el grupo orante no puede olvidar su propia historia, y la necesidad de pedir perdón antes de pedir gracias: "Mi Dios, quién pudiera importunaros mucho...; pero por ventura soy yo la que os he enojado de manera que por mis pecados vengan tantos males..." (n. 5).

         c) Los motivos acuciantes: ante todo Cristo, que "nunca tornó por sí", la Iglesia y el mundo entero: "Tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos" (n. 3). Teresa no ha recurrido a falsos motivos "doloristas", sino al insondable contrasentido de los desacatos y humillaciones de Cristo, implicado en la vida histórica de su Iglesia. Él, que es "la hermosura y la limpieza" misma, "no merece estar adonde hay cosas semejantes" (n. 4).

         d) El gran destinatario de la oración: "Vos, Padre santo, Padre eterno, Majestad, mi Señor y mi Dios, Señor mío, Criador mío". Palabra directa a Él, ante todo con la invocación misma de Jesús: "Padre santo, que estás en los cielos...: no deis fin al mundo, poned remedio a tan gravísimos males, no lo sufráis (soportéis) ya Vos; atajad este fuego; si queréis podéis; no lo hagáis por nosotros; hacedlo por vuestro Hijo. Haced que se sosiegue este mar. Salvadnos, Señor mío, que perecemos...".

         e) La oblación de valor absoluto. Jesús es el "precioso don" que nos ha regalado el Padre "para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces". "¡Qué sería de nosotros y del mundo, de no tener acá tal prenda!". Pues bien, toda nuestra oración se concentra en la oferta de "este Pan sacratísimo": "Vos nos le disteis, os lo tornamos a dar. No por nosotros, hacedlo por vuestro Hijo". Por Él, "por los méritos de vuestro Hijo..., haced que ya, Señor, ya se sosiegue este mar".

         El último clamor de Teresa y del grupo los hace solidarizarse con todos los que son víctimas de tan gravísimos males: "Salvadnos, Señor mío, que perecemos".


[1] El último inciso falta en la redacción de Valladolid: lo añadió la Santa de propia mano en el ms. de Toledo.
[2] Fray Luis de León ordenó así la frase: «Jamás deja de dar por muchas maneras que no entendemos» (p. 211), tomándola de la primera redacción del Camino.
[3] En la 1ª redacción añadía: «En haber buscado tan admirable invención para mostrar lo que nos ama y para ayudarnos a pasar nuestros trabajos».
[4] Alude a la «exclamación» del c. 3, n. 8-10. - La frase siguiente: «Pues Él nunca tornó de sí» (= por sí) fue tachada en el autógrafo, probablemente por un censor.
[5] Uno de los censores tachó «obediencia» y escribió al margen «audiencia»; pero la corrección no fue admitida en las copias autorizadas por la Santa.
[6] En la 1ª redacción había escrito más expresivamente: «Que parece le quieren ya tornar a echar del mundo, quitado de los templos, perdidos tantos sacerdotes, profanadas tantas iglesias, aun entre los cristianos, que a las veces van allá más con intención de ofenderle que no de adorarle».
[7] Alusión a Mt 8, 25-26.
 

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)