22.10.11

Camino de Perfección Cap. 40

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo  40
 
 
 
 
 

Dice cómo procurando siempre andar en amor y temor de Dios, iremos seguras entre tantas tentaciones.

         1. Pues, buen Maestro nuestro, dadnos algún remedio cómo vivir sin mucho sobresalto en guerra tan peligrosa.

         El que podemos tener, hijas, y nos dio Su Majestad es «amor y temor»; que el amor nos hará apresurar los pasos; el temor nos hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer por camino adonde hay tanto en que tropezar como caminamos todos los que vivimos. Y con esto a buen seguro que no seamos engañadas.
 (sigue aquí --- en "Más información"... )
         2. Direisme que en qué veréis que tenéis estas dos virtudes tan grandes. Y tenéis razón, porque cosa muy cierta y determinada no la puede haber; porque siéndolo de que tenemos amor, lo estaremos de que estamos en gracia (1)[1]. Mas mirad, hermanas: hay unas señales que parece los ciegos las ven; no están secretas; aunque no queráis entenderlas, ellas dan voces que hacen mucho ruido, porque no son muchos los que con perfección las tienen, y así se señalan más. ¡Como quien no dice nada: amor y temor de Dios! Son dos castillos fuertes, desde donde se da guerra al mundo y a los demonios.

         3. Quien (2)[2] de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden. No aman sino verdades y cosa que sea digna de amar. ¿Pensáis que es posible quien muy de veras ama a Dios amar vanidades? Ni puede, ni riquezas, ni cosas del mundo, de deleites, ni honras; ni tiene contiendas ni envidias. Todo porque no pretende otra cosa sino contentar al Amado. Andan muriendo porque los ame, y así ponen la vida en entender cómo le agradarán más.

         ¿Esconderse? (3)[3] - ¡Oh, que el amor de Dios, si de veras es amor, es imposible! Si no, mirad un San Pablo, una Magdalena: en tres días el uno comenzó a entenderse que estaba enfermo de amor; éste fue San Pablo. La Magdalena desde el primer día, ¡y cuán bien entendido! Que esto tiene, que hay más o menos; y así se da a entender como la fuerza que tiene el amor: si es poco, dase a entender poco; y si es mucho, mucho; mas poco o mucho, como haya amor de Dios, siempre se entiende.

         4. Mas de lo que ahora tratamos más, que es de los engaños e ilusiones que hace el demonio a los contemplativos, no hay poco; siempre es el amor mucho -o ellos no serán contemplativos-, y así se da a entender mucho y de muchas maneras. Es fuego grande, no puede sino dar gran resplandor. Y si esto no hay, anden con gran recelo, crean que tienen bien que temer, procuren entender qué es, hagan oraciones, anden con humildad y supliquen al Señor no los traiga en tentación; que, cierto, a no haber esta señal, yo temo que andamos en ella. Mas andando con humildad, procurando saber la verdad, sujetas al confesor y tratando con él con verdad y llaneza, que -como está dicho- (4)[4], con lo que el demonio os pensare dar la muerte os da la vida, aunque más cocos e ilusiones os quiera hacer (5)[5].

         5. Mas si sentís este amor de Dios que tengo dicho y el temor que ahora diré, andad alegres y quietas, que por haceros turbar el alma para que no goce tan grandes bienes, os pondrá el demonio mil temores falsos y hará que otros os los pongan. Porque ya que no puede ganaros, al menos procura hacernos algo perder, y que pierdan los que pudieran ganar mucho creyendo son de Dios las mercedes que hace tan grandes a una criatura tan ruin, y que es posible hacerlas, que parece algunas veces tenemos olvidadas sus misericordias antiguas (6)[6].

         6. ¿Pensáis que le importa poco al demonio poner estos temores? - No, sino mucho, porque hace dos daños: el uno, que atemoriza a los que lo oyen (7)[7] de llegarse a la oración, pensando han también de ser engañados. El otro, que se llegarían muchos más a Dios, viendo que es tan bueno -como he dicho- (8)[8], que es posible comunicarse ahora tanto con los pecadores. Póneles codicia -y tienen razón- que yo conozco algunas personas que esto los animó y comenzaron oración, y en poco tiempo salieron verdaderos, haciéndolos el Señor grandes mercedes.
         7. Así que, hermanas, cuando entre vosotras viereis hay alguna que el Señor las haga, alabad mucho al Señor por ello, y no por eso penséis está segura, antes la ayudad con más oración; porque nadie lo puede estar mientras vive y anda engolfado en los peligros de este mar tempestuoso.

         Así que no dejaréis de entender este amor adonde está, ni sé cómo se pueda encubrir (9)[9]. Pues si amamos acá a las criaturas, dicen ser imposible y que mientras más hacen por encubrirlo, más se descubre, siendo cosa tan baja que no merece nombre de amor, porque se funda en nonada; ¿y habíase de poder encubrir un amor tan fuerte, tan justo, que siempre va creciendo, que no ve cosa para dejar de amar, fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con otro amor, que ya no puede dudar de él por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda de este amor? ¡Oh, válgame Dios, qué cosa tan diferente debe ser el un amor del otro a quien lo ha probado!

         8. Plega a Su Majestad nos le dé antes que nos saque de esta vida, porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas (10)[10]. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama (11)[11]. Acordaos, hijas mías, aquí de la ganancia que trae este amor consigo y de la pérdida no le tener, que nos pone en manos del tentador, en manos tan crueles, manos tan enemigas de todo bien y tan amigas de todo mal.

         9. ¿Qué será de la pobre alma que, acabada de salir de tales dolores y trabajos como son los de la muerte, cae luego en ellas? ¡Qué mal descanso le viene!; ¡qué despedazada irá al infierno!; ¡qué multitud de serpientes de diferentes maneras!; ¡qué temeroso lugar!; ¡qué desventurado hospedaje! Pues para una noche una mala posada se sufre mal, si es persona regalada (que (12)[12] son los que más deben de ir allá), pues posada de para siempre, para sin fin, ¿qué pensáis sentirá aquella triste alma?

         Que no queramos regalos, hijas; bien estamos aquí; todo es una noche la mala posada. Alabemos a Dios. Esforcémonos a hacer penitencia en esta vida. Mas ¡qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha y no ha de ir al purgatorio! ¡Cómo desde acá aun podrá ser comience a gozar de la gloria! No verá en sí temor sino toda paz.

         10. Ya que no lleguemos a esto, hermanas (13)[13], supliquemos a Dios, si vamos a recibir luego penas, sea adonde con esperanza de salir de ellas las llevemos de buena gana, y adonde no perdamos su amistad y gracia, y que nos la dé en esta vida para no andar en tentación sin que lo entendamos (14)[14].

COMENTARIO AL CAPÍTULO 40

Amor y temor: Seguro de vida para el camino


         Prosigue la glosa a las dos peticiones finales del Padre nuestro. Pedimos en ellas ayuda contra las tentaciones y contra el mal, o contra el Maligno. "Grandes cosas tenemos aquí, hermanas", había escrito espontáneamente la Santa al anunciar las dos peticiones (38, 1).

         A la petición primera le dedicará cuatro capítulos, en una especie de díptico: los dos primeros (38-39), para poner a foco la tentación básica, y luego las tentaciones menudas que la escoltan. Los otros dos (40-41), para proponer "remedios". Especialmente dos: amor y temor.

         Comienza por el amor: capítulo 40. Lo seguimos:


Dos castillos fuertes, amor y temor

         Dos castillos, pero que se integran en un solo bastión. De las dos actitudes de fondo, amor y temor, resultará esa especie de seguro de vida y de camino, tan anhelado por la Santa, sensible en extremo al clima de permanente inseguridad en que se vive la vida.

         Ya en capítulos anteriores ha hermanado, no sin cierto regusto, a otras dos virtudes evangélicas, humildad y desasimiento: "Porque esta virtud y estotra paréceme andan siempre juntas. Son dos hermanas inseparables" (10, 3). Ahora, amor y temor "son dos castillos fuertes, desde donde se da guerra al mundo y a los demonios" (n. 2).

         Quizá en la memoria de la Santa ese dúo de amor y temor sea eco lejano de las conversaciones tenidas con el santo Duque de Gandía, San Francisco de Borja, o bien mera reminiscencia de la lectura de sus libros sobre "amor y temor de Dios". Con todo, aquí en Camino, las dos virtudes van a tener perfil original.

         Es cierto que en la pedagogía espiritual del Camino se ha concedido atención desigual a esos dos castillos gemelos. Sí, se ha prevenido al lector contra los falsos temores inoculados por los opositores del camino de oración (21, 11; 24, 1, etc.). En cambio, a ese fino y sano sentido de temor, que ahora se empareja con el amor, se le ha concedido menos espacio. Ha comparecido en el capítulo anterior, con la consigna de fondo:

         "Aunque más gustos y prendas de amor el Señor os dé, nunca tanto andéis seguras, que dejéis de temer podéis tornar a caer" (39, 4). O sea, que por razones pedagógicas, ese sano sentido de temor es inculcado preferentemente en los tramos finales del Camino. Lo mismo que hará en la pedagogía de las Moradas. (Basta comparar los consejos de Moradas III, 1, 1; con Moradas VII, 2, 9 y Moradas VII, 3, 14).

         Ocurrirá todo lo contrario con la diagramación del amor, como viático del camino. Indispensable desde los primeros pasos. El amor de unos a otros es el presupuesto primero y fundamental para emprender la vida de oración (4, 5). Y el amor a Cristo-Esposo es la sustancia misma de esa vida (22-23).

         Lo novedoso de la lección presente, ya en el último tramo del libro, es que ahora la consigna del amor se dirige con toda su fuerza a quienes han caminado largo y bien: "A los contemplativos". Para ellos, en el amar no ha de haber medios términos. Siempre el amor ha de ser mucho, "o ellos no serán contemplativos". Si realmente lo son, su amor "es fuego grande: no puede sino dar gran resplandor". "Y si esto no hay, anden con gran recelo, crean que tienen bien qué temer" (n. 4). Y así volvemos al balancín de las dos virtudes: a mengua de amor, sobreviene la crecida del temor.

         Precisamente por eso -porque el amor del verdadero orante es "fuego grande"-, se convierte para él en garantía contra las tentaciones y contra la inseguridad del camino: porque un amor así "se da a entender mucho y de muchas maneras" (n. 4). "¿Esconderse (es decir, "estar oculto e inactivo")? Oh, que el amor de Dios, si de veras es amor, es imposible (quedar escondido)" (n. 3).

         Pero, ¿cómo lo conoceremos? ¿Quién puede patentarnos la seguridad de que lo poseemos? Ahí la pregunta acuciante que la Santa pone en boca de sus lectores (n. 2) y a la que se propone responder en el presente capítulo. Lo hará a contrapelo de sus teólogos censores.


Las dos redacciones del capítulo
y por qué el entrecejo de sus censores

         Regresemos a los manuscritos de la Santa. En el autógrafo del Camino (ms. de Valladolid), es este capítulo 40 uno de los más acribillados por las tachas y enmiendas del censor. Un censor anónimo, amigo de la Autora, pero con monóculo de teólogo quisquilloso y con gran celo de la ortodoxia tridentina. Ha intervenido ya otras veces sobre las páginas del autógrafo, y seguirá haciéndolo meticulosamente en el capítulo final del libro. Ahora, en el presente capítulo, impone al texto de la Santa no menos de catorce correcciones. Hasta tal punto, que uno de los editores de los autógrafos del libro, al cotejar las dos redacciones, anotará el presente pasaje: "Tantas son las enmiendas, adiciones y tachones que hizo el corrector en las cuatro últimas líneas de esta llana y en la siguiente (las que corresponden al n. 4 de nuestro texto), que bien necesitaba haberla escrito de nuevo, como hizo con la hoja 159 (correspondiente al cap. 33, nn. 2-5)". (Nota de H. Bayona en su edición facsímil del Camino, autógrafo de El Escorial).

         No sabemos hasta qué punto esos afanes de purismo teológico hicieron mella en la Autora. Por fortuna no malograron su texto. Si bien los malabarismos del censor se filtraron parcialmente en la edición de fray Luis de León y en las copias manuscritas del Camino, el texto de las actuales ediciones es fiel trasunto del que escribió la Santa.

         Con todo, ¿cuál era el problema de fondo que le acarreó esa marejada de tachas y retoques? Se trataba de un serio problema doctrinal, que seguirá sensibilizando la pluma de la Santa hasta las últimas páginas del Castillo interior (Moradas VII, caps. 2, 9; 3, 14; 4, 3). Veámoslo.

         En el fondo, es el espíritu de la Santa el que se bate entre dos sentimientos extremos. Justamente, los que motivan esa doble petición del Padre nuestro. Por un lado, el acuciante sentimiento de inestabilidad e inseguridad, bajo el acoso de las tentaciones, y en la experiencia de la propia fragilidad humana... Por otro lado, la anhelante necesidad de un asidero de seguridad, un seguro de amor y de gracia. El "buen seguro de que no somos engañados", como dice el número 1.

         En ese contexto se formula el primer interrogante, en diálogo con las lectoras: "Direisme que en qué veréis que tenéis estas dos virtudes tan grandes. Y tenéis razón, porque cosa muy cierta y determinada no la puede haber porque siéndolo ("estándolo" -corrigió ella misma en el manuscrito de Toledo-; es decir, estando ciertos) de que tenemos amor, lo estaremos de que estamos en gracia" (n. 2). E inmediatamente interviene el censor por primera vez, acotando al margen: "Lo cual no es posible, sino por especial privilegio".

         Era ésa, efectivamente, la decisión perentoria del Concilio de Trento contra los desvíos luteranos en materia de justificación: "Que nadie puede saber, con certeza de fe, si está en gracia o no" (canon 16). Esa será, pues, la piedra de choque: cada vez que en su exposición la Santa aventure una palabra de "certeza" o de "seguridad", intervendrá inexorablemente el censor para llamarla al orden.

         Sin embargo, la postura de la Santa es lineal teológicamente, y espiritualmente alentadora:

         a) Comienza atestiguando el inagotable anhelo de seguridad que tenemos todos, ella y nosotros. Bien consciente de que ese anhelo durará de por vida. En su poema "Vivo sin vivir en mí", había escrito: "Sólo con la confianza / vivo de que he de morir / porque muriendo el vivir / me asegura mi esperanza...". Sentimiento coincidente con el de fray Juan de la Cruz, que lo expresa con más eficacia en el poema gemelo: "Y si me gozo, Señor, / con esperanza de verte, / de ver que puedo perderte, / se me dobla mi dolor. / Viviendo en tanto pavor / y esperando como espero...".

         Es cosa clara para los dos. Para la Santa, sólo la muerte "asegura". Para fray Juan, el gozo en la esperanza de "verte", se enturbia con el dolor y pavor de que "puedo perderte".

         b) Pero a la vez, y desde el primer momento, la Santa es sensible al hecho de la no-seguridad absoluta en esta vida. Se lo dice a las lectoras: "Tenéis razón: cosa muy cierta (de que tenemos el amor de Él) no la puede haber". Poseer tal señal equivaldría a tener la seguridad de que estamos en gracia. Y esa seguridad absoluta no la tenemos (n. 2).

         Más que el texto del Concilio, es probable que la Santa tuviese en la mente la divulgadísima sentencia bíblica: "No sabe el hombre si es digno de amor o de odio" (Eccl 9, 1), si bien en la mente de ella no sólo se trata de una convicción con hondo arraigo, sino de una experiencia cotidiana y dolorida. Basta recordar alguna de sus oraciones espontáneas, por ejemplo, la primera de sus Exclamaciones: "Ay, Dios mío, ¿cómo podré yo saber cierto que no estoy apartada de vos? ¡Oh vida mía, que has de vivir con tan poca seguridad de cosa tan importante! ¿Quién te deseará, pues la ganancia que de ti se puede sacar o esperar, que es contentar en todo a Dios, está tan incierta y llena de peligros" (Excl 1, 3).

         c) Al lado de esa carencia de seguridad absoluta, tan fuertemente sentida por la Santa, ella está convencida de que existe un amplio margen de seguridades morales. Ahí precisamente apunta su pluma. Con clara intención pedagógica. En contra de la turbación y ansiedad producidas por las tentaciones, las fragilidades humanas y, sobre todo, por los temores que anidan en nosotros, ella propone la garantía del amor. El amor es el primero de los "dos castillos fuertes".

         (La imagen del "castillo" implicaba para ella y para las lectoras de su tiempo la idea del "seguro de vida"..., como para el lector de hoy la sensación del máximo seguro de vida estaría implicada en la imagen del "refugio antiatómico").

         d) Es ahí donde aflora la otra escala de convicciones que la Santa trata de inculcar al lector. Que sí, que hay señales que nos certifican que estamos en el amor. Que "hay unas señales que parece los ciegos las ven". Que "aunque no queráis entenderlas, ellas dan voces", y se imponen por sí mismas al espíritu.

         Y la señal primera de todas es el amor verdadero, con su cortejo de obras buenas. Especialmente el amor pujante de los contemplativos. De él y de ellos hace ahora la Santa un elogio maravilloso, que tiene visos de ser una prolongación del insuperable "elogio de la caridad" hecho por San Pablo en la carta a los de Corinto. "Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar" (n. 3). Son como... "un San Pablo, una Magdalena...: enfermos de amor".

         Porque esos amores fuertes conllevan en sí una patente de autenticidad y seguridad. No les es posible mantenerse en anonimato. Es imposible embozarlos. "El amor es fuerte como la muerte y duro como el infierno... ¡Divino infierno!" (Excl. 17, 3). Porque "el amor jamás está ocioso". "Es de su natural obrar siempre de mil maneras". "El amor tengo por imposible contentarse de estar en su ser, donde le hay" (Moradas V, 4, 10; VI, 9, 18; VII, 4, 9). "Es como esas fontecicas que yo he visto manar, que nunca deja de hacer movimiento la arena hacia arriba... Siempre está bullendo el amor, pensando qué hará. No cabe en sí" (Vida 30, 19).


¿Y el acoso de los temores?

         Desde ese incomparable elogio del amor, toda la lección del capítulo se hace trasparente.

         Sigue una rápida confrontación con el amor humano; una de cuyas notas características es su fuerza expansiva o su eclosión incontenible. ¿Cómo va a quedar embozado y dudoso el amor humano-divino, si esos otros amores humanos son tan irreprimibles, tan impaliables? "Acá", si dos se aman, "dicen... que mientras más hacen por encubrirlo, más se descubre... Y ¿habíase de poder encubrir un amor tan fuerte, tan justo, que siempre va creciendo, que no ve cosa para dejar de amar, fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con otro amor que ya no puede dudar de él, por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre...? (n. 7).

         Recojamos dos detalles que contrapuntean ese precioso pasaje:

         El primero es el tono refinadamente irónico con que la Santa había hecho, en la redacción primera, esa confrontación de amor profano y amor divino: "Pues no se puede encubrir si se ama un hombrecillo o una mujercilla, sino que mientras más lo encubren, parece más se descubre...". Ironía intencionadamente recortada al pasar del borrador al texto definitivo.

         El segundo detalle es la ya conocida apelación a la experiencia: "Oh, válgame Dios, qué cosa tan diferente debe ser el un amor del otro a quien lo ha probado" (n. 7).

         Y, sin embargo -proseguirá el capítulo-, todo eso no quiere decir que en el alma no persista el acoso de temores, los mismos temores contraproducentes de que ha hablado el número 6, y que el demonio está interesado en enconar y amplificar.

         Pues bien, contra ellos se reitera la consigna, ya dada en el capítulo anterior: humildad y verdad. "Andar con humildad", "procurando la verdad" de uno mismo. Pero, sobre todo, vale el amor.

         Amar en esta vida es prenda de amor eterno más allá de la muerte. Afirmado por la Santa en términos contundentes, de gran belleza y eficacia persuasiva: "Será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama" (n. 8).

         En definitiva, el amor puede con todos los temores. Es, quizá, el más hermoso comentario de la palabra de Juan en su primera carta (4, 18): "En el amor no existe temor, al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor".


... entre gozo y estremecimiento

         Toda esa exposición del amor como castillo fuerte, y de las señales que lo hacen patente concluye, sin embargo, con unas evocaciones en contraluz: el paso por el juicio supremo ante el tribunal del Señor, y la tétrica sombra del infierno, polo en torno al cual giran todos los malos temores, y que la Santa describe con pinceladas sombrías de sabor dantesco.

         También eso es compatible con la verdad del amor, y sirve para subrayar, una vez más, el realismo de la pedagogía teresiana. Fijar altas metas, sí; transmitir convicciones e ideales; sanear de falsos temores el clima interior. Pero no fomentar espejismos. Tras ese capítulo del "amor", dedicará otro al "temor", segundo castillo fuerte.

         Es obvio que el gozo del amor prevalece sobre el estremecimiento ante la posibilidad de perderlo. Merece la pena recordar aquí que este pasaje del Camino fue captado y apropiado, tres siglos más tarde, por Teresa del Niño Jesús, novicia en el Carmelo de Lisieux.

         También a ella le tocará ejercer el magisterio espiritual entre las jóvenes de su comunidad, y se encontrará con un fuerte caso de temor. Está relatado en Consejos y recuerdos: "El pensamiento del juicio de Dios me horrorizaba -recuerda una de sus jóvenes novicias- y, a pesar de cuanto Teresa pudo decirme, no desaparecía mi opresión pasmosa... ¿Cómo pretender que no me estremezca, cuando se nos repite de continuo que Dios descubre manchas hasta en sus ángeles...?". A esa altura de su magisterio espiritual, Teresita responde a su novicia con el doble consejo de "las manos vacías" y del "amor" (Consejos y Recuerdos, n. 33).

         Pero ella, de simple novicia, se había apropiado la gran solución del Camino. Escribía así a su hermana Inés: "Nuestros corazones (de Teresa y de la M. Inés), que no se ven nunca saciados en la tierra, irán a abrevarse en la fuente misma del amor. Oh qué dulce festín. Qué alegría, ver a Dios, ser juzgadas por aquel a quien habremos amado sobre todas las cosas" (carta 69: de mayo 1588).


[1] Al margen del manuscrito añadió uno de los censores, por escrúpulo teológico: «Lo cual no es posible sino por especial privilegio».
[2] Quien, por «quienes»: uso frecuente en la Santa.
[3] «Del todo», añadió al margen el mismo censor del número 2, por el mismo escrúpulo, tachando a continuación las frases alusivas a S. Pablo y a la Magdalena, hasta: «...bien entendido».
[4] Está dicho en el c. 38, nn. 3-4. - En la 1ª redacción alegaba de nuevo el pensamiento de S. Pablo («fiel es el Señor» 1Co 10, 13), y recomendaba estar «sujetas a todo lo que tiene la Iglesia...».
[5] Hablará de él en el c. 41.
[6] Alusión al Salmo 88, 50.
[7] «Y temen», añadió el censor.
[8] Alude a lo dicho en el c. 16, nn. 6-8; y c. 25, nn. 1-2.
[9] «Del todo», acotó el censor; y en la frase siguiente: «...Ser imposible «se encubra el amor». Poco más abajo, el mismo escrúpulo teológico de otras veces lo indujo a recortar dos frases: con otro amor «del cual ya no puede dudar», hasta perder la vida «por nosotros y» porque no nos quedase ninguna duda de este amor «del Señor».
El presente pasaje era más vivaz y expresivo en la 1ª redacción: «Como digo, luego se conoce adonde está [este amor]; pues no se puede encubrir si se ama un hombrecillo o una mujercilla, sino que mientras más lo encubren parece más se descubre -con no tener que amar sino un gusano, ni merece nombre de amor, porque se funda en nonada, y es asco poner esta comparación-, y ¿habíase de poder encubrir un amor tan fuerte como el de Dios, fundado sobre tal cimiento, teniendo tanto que amar y tantas causas por qué amar? En fin, es amor y merece este nombre, que hurtado se le deben tener acá las vanidades del mundo.
[10] «Será gran cosa a la hora de la muerte» - «que vamos adonde no sabemos», añadió en la 1ª redacción; pero el censor se creyó en la necesidad de tachar «no sabemos» y escribir «creemos». - Todo este número es un delicado mosaico de reminiscencias bíblicas.
[11] En la 1ª redacción: «Que esto tiene mejor -con todo lo demás- que los quereres de acá: que en amándole, estamos bien seguras que nos ama».
[12] El tenaz censor tachó el «que» y escribió «como».
[13] El amanuense del ms. de Toledo copió: «Y que no lleguemos a esto, hermanas», y la Santa añadió: «Siendo posible, gran cobardía será».
[14] La conclusión de la 1ª redacción era más compendiosa: «Alabemos a Dios, y siempre cuidado de suplicarle nos tenga de su mano, y a todos los pecadores, y no nos traiga en estas ocultas tentaciones».

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)