22.10.11

Camino de Perfección Cap. 41

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo  41





Que habla del temor de Dios, y cómo nos hemos de guardar de pecados veniales.

         1. ¡Cómo me he alargado! Pues no tanto como quisiera, porque es cosa sabrosa hablar en tal amor. ¿Qué será tenerle? (1)[1] El Señor me le dé, por quien Su Majestad es.

         Ahora vengamos al temor de Dios (2)[2]. Es cosa también muy conocida de quien le tiene y de los que le tratan. Aunque quiero entendáis que a los principios no está tan crecido, si no es algunas personas, a quien -como he dicho- (3)[3] el Señor hace grandes mercedes, que en breve tiempo las hace ricas de virtudes. Y así no se conoce en todos, a los principios, digo. Vase aumentando el valor creciendo más cada día; aunque desde luego se entiende, porque luego se apartan de pecados y de las ocasiones y de malas compañías y se ven otras señales. Mas cuando ya llega el alma a contemplación -que es de lo que más ahora aquí tratamos-, el temor de Dios también anda muy al descubierto, como el amor; no va disimulado, aun en lo exterior. Aunque mucho con aviso se miren estas personas, no las verán andar descuidadas, que por grande que le tengamos a mirarlas, las tiene el Señor de manera que, si gran interés se le ofreciese, no harán de advertencia un pecado venial. Los mortales temen como al fuego.

         Y éstas son las ilusiones que yo querría, hermanas, temiésemos mucho, y supliquemos siempre a Dios no sea tan recia la tentación, que le ofendamos, sino que nos la dé conforme a la fortaleza que nos ha de dar para vencerla. Esto es lo que hace al caso; este temor es el que yo deseo nunca se quite de nosotras, que es lo que nos ha de valer.
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         2. ¡Oh, que es gran cosa no tener ofendido al Señor, para que sus siervos y esclavos infernales estén atados! (4)[4]; que, en fin, todos le han de servir, mal que les pese, sino que ellos es por fuerza y nosotros de toda voluntad. Así que, teniéndole contento, ellos estarán a raya, no harán cosa con que nos puedan dañar, aunque más nos traigan en tentación y nos armen lazos secretos.

         3. Tened esta cuenta y aviso -que importa mucho- que no os descuidéis (5)[5] hasta que os veáis con tan gran determinación de no ofender al Señor, que perderíais mil vidas antes que hacer un pecado mortal, y de los veniales estéis con mucho cuidado de no hacerlos; esto de advertencia, que de otra suerte, ¿quién estará sin hacer muchos? Mas hay una advertencia muy pensada; otra tan de presto, que casi haciéndose el pecado venial y advirtiendo, es todo uno, que no nos pudimos entender. Mas pecado muy de advertencia, por chico que sea, Dios nos libre de él (6)[6]. ¡Cuánto más que no hay poco, siendo contra una tan gran Majestad y viendo que nos está mirando! Que esto me parece a mí es pecado sobrepensado, y como quien dice: «Señor, aunque os pese, haré esto; ya veo que lo veis, y sé que no lo queréis y lo entiendo; mas quiero más seguir mi antojo y apetito que no vuestra voluntad». Y que en cosa de esta suerte hay poco, a mí no me lo parece, por leve que sea la culpa, sino mucho y muy mucho (7)[7].

         4. Mirad, por amor de Dios, hermanas, si queréis ganar este temor de Dios, que va mucho entender cuán grave cosa es ofensa de Dios y tratarlo en vuestros pensamientos muy ordinario, que nos va la vida y mucho más tener arraigada esta virtud en nuestras almas. Y hasta que entendáis muy de veras que le tenéis (8)[8], es menester andar siempre con mucho mucho cuidado, y apartarnos de todas las ocasiones y compañías que no nos ayuden a llegarnos más a Dios. Tener gran cuenta con todo lo que hacemos, para doblar en ello nuestra voluntad, y cuenta con que lo que hablare vaya con edificación; huir de donde hubiere pláticas que no sean de Dios.

         Ha menester mucho que en sí quede muy impreso este temor; aunque si de veras hay amor, presto se cobra. Mas en teniendo el alma visto con gran determinación en sí, que -como he dicho- (9)[9] por cosa criada no hará una ofensa de Dios, aunque después se caiga alguna vez, porque somos flacos y no hay que fiar de nosotros (cuando más determinados, menos confiados de nuestra parte, que de donde ha de venir la confianza ha de ser de Dios); cuando esto que he dicho entendamos de nosotros, no es menester andar tan encogidos ni apretados, que el Señor nos favorecerá, y ya la costumbre nos será ayuda para no ofenderle; sino andar con una santa libertad, tratando con quien fuere justo y aunque sean distraídas (10)[10]. Porque las que antes que tuvieseis este verdadero temor de Dios os fueran tóxico y ayuda para matar el alma, muchas veces después os la harán para amar más a Dios y alabarle porque os libró de aquello que veis ser notorio peligro. Y si antes fuerais parte para ayudar a sus flaquezas, ahora lo seréis para que se vayan a la mano en ellas por estar delante de vos, que sin quereros hacer honra acaece esto.

         5. Yo alabo al Señor muchas veces, y pensando de dónde vendrá por qué, sin decir palabra, muchas veces un siervo de Dios ataja palabras que se dicen contra Él, debe ser que así como acá, si tenemos un amigo, siempre se tiene respeto -si es en su ausencia-, a no hacerle agravio delante del que saben que lo es, y como aquél está en gracia, la misma gracia debe hacer que, por bajo que éste sea, se le tenga respeto y no le den pena en cosa que tanto entienden ha de sentir, como ofender a Dios. El caso es que yo no sé la causa, mas sé que es muy ordinario esto.

         Así que no os apretéis, porque si el alma se comienza a encoger, es muy mala cosa para todo lo bueno, y a las veces dan en ser escrupulosas, y veisla aquí inhabilitada para sí y para los otros. Y ya que no dé en esto, será buena para sí, mas no llegará muchas almas a Dios, como ven tanto encogimiento y apretura. Es tal nuestro natural, que las atemoriza y ahoga y huyen de llevar el camino que vos lleváis, aunque conocen claro ser de más virtud.

         6. Y viene otro daño de aquí, que es juzgar a otros: como no van por vuestro camino, sino con más santidad por aprovechar el prójimo tratan con libertad y sin esos encogimientos, luego os parecerán imperfectos. Si tienen alegría santa, parecerá disolución, en especial en las que no tenemos letras ni sabemos en lo que se puede tratar sin pecado. Es muy peligrosa cosa y un andar en tentación continuo y muy de mala digestión, porque es en perjuicio del prójimo. Y pensar que si no van todos por el modo que vos, encogidamente, no van tan bien, es malísimo.

         Y hay otro daño: que en algunas cosas que habéis de hablar y es razón habléis, por miedo de no exceder en algo no osaréis sino por ventura decir bien de lo que sería muy bien abominaseis.

         7. Así que, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar y no se atemoricen y amedrenten de la virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más conversables con sus hermanas, y que aunque sintáis mucha pena si no van sus pláticas todas como vos las querríais hablar, nunca os extrañéis de ellas, si queréis aprovechar y ser amada. Que es lo que mucho hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas.

         8. Así que, hijas mías, procurad entender de Dios en verdad que no mira a tantas menudencias (11)[11] como vosotras pensáis, y no dejéis que se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos bienes. La intención recta, la voluntad determinada, como tengo dicho (12)[12], de no ofender a Dios. No dejéis arrinconar vuestra alma, que en lugar de procurar santidad sacará muchas imperfecciones que el demonio le pondrá por otras vías y, como he dicho (13)[13], no aprovechará a sí y a las otras tanto como pudiera.

         9. Veis aquí cómo con estas dos cosas -amor y temor de Dios- podemos ir por este camino sosegados y quietos, aunque, como el temor ha de ir siempre delante, no descuidados; que esta seguridad no la hemos de tener mientras vivimos, porque sería gran peligro. Y así lo entendió nuestro Enseñador cuando en el fin de esta oración dice a su Padre estas palabras (14)[14], como quien entendió bien eran menester.

COMENTARIO AL CAPÍTULO 41

El temor: Hermano gemelo del amor


         Para leer con buen enfoque este capítulo 41 del Camino, comencemos recordando que la Autora habla del "temor" en clave de "amor". Que en el camino de la oración, a nuestro amor de Dios lo acompaña o lo sigue como una sombra benéfica el temor.

         Quizá convenga recordar también desde el principio que en el léxico del Camino el "temor" es categoría bíblica: ese temor que en los libros sapienciales se dice ser "el principio de la sabiduría" (Prov 1, 7; 9, 10). Y que en el panorama del Camino se contrapone frontalmente al "miedo". Por eso la Santa traduce reiteradamente ciertos pasajes del Nuevo Testamento el "temor negativo" por "miedo": "Nolite timere" para ella es: "No hayas miedo, hija" (Vida 25, 18).

         En el presente capítulo hablará de los dos: del verdadero temor de Dios, para inculcarlo. Y del miedo, para exorcizarlo. En el orante, poco a poco se afianza el temor: jamás se diluye ni se esfuma; si acaso, corre el riesgo de deformarse y empobrecerse. En cambio, cesan uno a uno todos los miedos.

         Recordemos, por fin, que "amor y temor" son las dos virtudes finales del "Camino", no sólo del libro, sino del itinerario de oración y de todo caminante cristiano.

         El trato con Dios y la práctica de las otras virtudes cristianas dan como resultado esa doble expresión del "sentido de Dios": amarlo a él, pero temiendo a la vez la propia fragilidad. Amarlo y temer perderlo.


El temor nace y crece...

         Ha ocurrido así con el amor. En la cercanía de Dios, el amor nace y crece hasta llegar a ser un "fuego grande". Así el temor: brota espontáneamente desde los primeros pasos en el camino de la oración. Luego, en el orante adulto, y más en el contemplativo ya adentrado en el misterio de Dios, el temor se consolida, se vuelve manifiesto: "Es cosa muy conocida", incluso al exterior, dirá la Santa.

         Subrayémoslo: en su experiencia personal, la ley de proporcionalidades en el crecimiento de amor y temor no es inversa: a más amor de Dios, menos temor; sino al contrario: a más amor, más se afina y acendra el temor de Él.

         Son sus palabras: "Cuando ya llega el alma a contemplación, el temor de Dios también anda muy descubierto, como el amor; no va disimulado, aun en lo exterior" (n. 1).

         ¿Es realmente así? ¿No va eso contra el Evangelio del amor, preconizado por San Juan? Recordemos el más famoso texto del discípulo de Jesús. Lo escribe en su primera carta: 1Jn 4, 17-18:
         1Jn 4, 17: "Con esto queda realizado el amor entre vosotros, porque nuestra vida en este mundo imita la de Jesús, y así miramos confiados el día del juicio".

         1Jn 4, 18: "En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; en consecuencia, quien siente temor, no está realizado en el amor".

         De seguro que la Autora del Camino hubiera suscrito gozosamente todas esas afirmaciones de Juan. Pero ella, una vez más, hubiera traducido "miedo, no "temor": "El amor echa fuera el miedo". El término usado por Juan, "fóbos", es exactamente "miedo". Ya en el capítulo anterior del Camino nos ha ofrecido una maravillosa versión del v. 17, sobre el día del juicio y el castigo: "Será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas: no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama" (Camino 40, 8).

         Ya en otra ocasión ha testificado ella que quien ama sí teme, pero no el castigo. Lo ha escrito de sí misma: "En lo que toca a miedo del infierno, ninguno tiene". Y mucho más categóricamente hacia el final de su autobiografía, precisamente en un pasaje en que viene glosando eso que San Agustín llamó "horror et fascinatio" producidos por la presencia de la divinidad: "En todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéremos, perdido el primer espanto y temor de ver vuestra majestad, con quedar mayor (temor) para no ofenderos, mas no por miedo del castigo, Señor mío, porque éste no se tiene en nada en comparación de no perderos a Vos" (Moradas VI, 7, 3; y Vida 37, 6).

         Escribía esto la Santa apenas un par de años antes de redactar la presente página del Camino. En el paisaje de su alma había desaparecido el miedo del castigo. Y se había agigantado "el temor de ofenderos", que en definitiva era "temor de perderos a Vos".

         También en este punto la profunda experiencia religiosa de la Santa es fuente de sus convicciones y de su magisterio tal como lo formulará en este capítulo del Camino.


El verdadero temor de Dios ¿en qué consiste?

         En la vida teologal tal como la entiende la Santa no poseemos un seguro de amor, ni un seguro de vida. Ambas cosas -amor y vida de gracia- las vivimos en riesgo. "Llevamos el tesoro en vasos quebradizos" (2Co 4, 7). Cuanto más fino y consciente sea nuestro amor, más entrañado llevará el sentido del riesgo: riesgo de perder el amor, de pasar del amor al odio, de la vida a la muerte. De ahí brota el temor, que en su dimensión teologal no se expresa exactamente como el amor: amamos a Dios, pero propiamente no tememos a Dios; tememos ofenderlo, perderlo, quedar sin su amor.

         Desde ahí, el temor tiene su radio de acción propia. Actúa como mensajero del amor. Agudiza la sensibilidad y la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Afina el sentido de pecado. Desarrolla en el orante, y mucho más en el contemplativo, la capacidad de valorar el pecado en lo que es mal absoluto para el hombre: "Los (pecados) mortales teme como al fuego". - "No harán de advertencia un pecado venial". - "Perderían mil vidas antes que hacer un pecado mortal". En tema de pecado, ya no hay "poco": "Pecado muy de advertencia, por chico que sea, ¡Dios nos libre!". - "Que en cosa de esta suerte hay "poco", a mí no me lo parece, por leve que sea la culpa, sino mucho y muy mucho" (n. 3).

         En el radio de acción del temor entran la vigilancia, la determinada determinación, la osadía y libertad...

         Ante todo, el temor alienta la llama de la vigilancia, el "mucho cuidado". Como en las parábolas del Evangelio. "A estas personas no las verán descuidadas". "Luego se apartan de pecados y de las ocasiones y de malas compañías". Aunque mucho se las observe, "no las verán andar descuidadas".

         "Gran determinación de no ofender al Señor... hasta perder mil vidas antes que hacer un pecado mortal".

         Osadía y libertad: el temor de Dios no es mortificante ni paralizante como el miedo. Más bien, determina una nueva toma de posiciones en las relaciones personales. Inmuniza contra ciertos miasmas del ambiente moral: lo que antes pudiera ser "tóxico para matar el alma", ahora se vuelve resorte de más amor y alabanza de Dios. El verdadero temor de Dios es liberador: hace "andar con una santa libertad".

         Incluso ejerce una misteriosa función de profilaxis sobre el ambiente circundante. Especie de fluido que lo sanea. La Santa ha podido comprobarlo personalmente, no sin cierto asombro: "Yo alabo al Señor muchas veces, pensando de dónde vendrá por qué sin decir palabra muchas veces un siervo de Dios ataja palabras que se dicen contra Él... El caso es que yo no sé la causa, mas sé que es muy ordinario esto".

         Ciertamente una tal sintomatología está bien lejos del temor negativo y esterilizante. Al contrario, esa manera de temer a Dios es dinámica y fecunda como el amor. Aun desde el punto de vista psicológico es una fuerza catártica y potenciadora.


Temor sí, miedo no

         No es cosa fácil al espíritu del hombre librarse del vértigo al entrar en la presencia de Dios. O eliminar una cierta dosis de miedo ante su presencia y trascendencia, ante su santidad y su poder. Frente a Dios, el hombre queda sobrecogido entre "horror y fascinación". Pero ¿cómo experimentar lo primero -el "horror Dei"- sin una mínima componente de miedo? Basta referirse a la religiosidad natural del hombre primitivo, o a la del hombre bíblico al entrar en la presencia del Santo. ¿Cómo ver a Dios y no morir? (cf Ex 33, 20).

         Y sin embargo el miedo de Dios no es cristiano. No es un sentimiento auténtico frente al Padre de nuestro Señor Jesucristo, o frente a Jesús.

         Teresa misma, ante la "majestad de Dios", ha sentido "espanto" (Vida 37, 6), se le "despeluzan los cabellos" (Vida 20, 7; 38, 19; 39, 3), toda se siente "aniquilar" (Vida 38, 19). Pero siempre gozosamente. Jamás con una mínima sacudida de miedo.

         Por eso en el presente capítulo, al impartir la lección del "temor de Dios", se apresura a descartar la tentación del miedo, diagnosticando al por mayor sus características negativas y sus efectos nefastos.

         Es curiosa la terminología que ella emplea para designarlo. El miedo es "encogimiento y apretamiento del ánimo". Es "amedrentarse y atemorizarse" ante las exigencias de la virtud. Es preciso "no andar encogidos ni apretados..., que el Señor nos favorecerá". "No dejéis arrinconar vuestra alma, que en lugar de procurar santidad, sacará imperfecciones...". - "No dejéis que se os encoja el ánima ni el ánimo, que se podrán perder muchos bienes" - "No os apretéis, porque si el alma se comienza a encoger, es muy mala cosa para todo lo bueno...".

         El miedo es una degradación del temor de Dios. Por eso tiene efectos deformantes. Es fuente de escrúpulos. "Inhabilita" para el bien. "Atemoriza y ahoga". Incapacita para aceptar y respetar la "santa libertad" de los otros (n. 6), que precisamente obran "con libertad y sin esos encogimientos", o "con alegría santa", o sencillamente con criterios y conducta diversos de los nuestros.

         Entre esos miedos enervantes y anquilosadores, la Santa recuerda uno especial, que ella misma ha tenido que combatir durante años. Es el miedo al Maligno. A ella se lo inocularon desde fuera, en uno de los momentos más delicados de su camino espiritual. Fueron sus dos primeros asesores de espíritu, quienes vieron y le dijeron que "a todo su parecer de entrambos (lo de Teresa) era demonio" (Vida 23, 14). Bajo el impacto de ese diagnóstico perentorio hubo de pasar ella momentos de auténtico pánico, "cosas como para quitarme el juicio" (Vida 28, 18). Pero, por fin, logró perder hasta el último residuo de miedo al Maligno. "Se me quitaron todos los miedos que solía tener". Ahora son ellos los que tienen miedo a Teresa. Más teme ella un solo pecado venial "que todo el infierno junto" (Vida 25, 20).

         Es lo que ahora trasmite a las lectoras del Camino. El temor de Dios disuelve el miedo al diablo: "Es gran cosa no tener ofendido al Señor, para que sus siervos y esclavos los demonios estén atados". La garantía absoluta contra ellos es el amor que Él nos tiene: "Contento Él, ellos estarán a raya, no harán cosa con que nos puedan dañar, aunque más nos traigan en tentación y nos armen lazos secretos" (n. 2).


"Mientras más santas, más conversables"

         La Autora no escribió de prisa este capítulo. Lo releyó atentamente al pasarlo a la segunda redacción. Y lo reelaboró a fondo, con numerosos retoques.

         Entre éstos hay uno importante. En la redacción definitiva (manuscrito de Valladolid) quiso que el tema del temor terminase con un precioso epílogo sobre la afabilidad del orante, y sobre la magnanimidad de Dios.

         Para ello, añadió los tres números finales: 7, 8 y 9. Ya antes había hablado de alegría y santa libertad. También ellas dos florecen sobre el tallo del temor de Dios. Ahora insiste: no sólo alegría y libertad de espíritu. Interesa ser "afables" y "conversables". La virtud que repele no es virtud. Al igual que la oración y toda "vuestra manera de vivir y de tratar", la virtud si es auténtica constituye un foco de atracción. La virtud tiene que hacerse amable y deseable.

         Son insuplantables las palabras mismas de la Santa: "Procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar".

         "A religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más conversables con sus hermanas".

         "Lo que mucho hemos de procurar (es) ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas".

         Y la razón de todo eso está, como siempre, en un plano superior: nuestro Dios es así... Su talante no es la dureza, ni el rigor, ni el puntillo justiciero. Ya otras veces se lo ha recordado a las lectoras del Camino: "Que no es delicado mi Dios, no mira en menudencias" (23, 3). Ahora se lo repite:

         "Hijas mías, procurad entender de Dios en verdad que no mira a tantas menudencias como vosotras pensáis".

         Es el caso de recordar los pasajes de Vida sobre la bondad de Dios. Dios es amigo. Es buen amigo del hombre. "¡Qué buen amigo hacéis, Señor! ¡Cómo le (=nos) vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga a vuestra condición, y tan de mientras le sufrís Vos la suya!" (8, 6).


[1] La 1ª redacción proseguía: «¡Oh Señor mío, dádmele Vos! No vaya yo de esta vida hasta que no quiera cosa de ella, ni sepa qué cosa es amar fuera de Vos, ni acierte a poner este nombre en nadie, pues todo es falso, pues lo es el cimiento, y así no dura el edificio.
            No sé por qué nos espantamos: cuando oigo decir «aquél me pagó mal», «estotro no me quiere», yo me río entre mí; ¿qué os ha de pagar, ni qué os ha de querer? En esto veréis quién es el mundo, que vuestro mismo amor os da después el castigo; y eso es lo que os deshace, porque siente mucho la voluntad de que la hayáis traído embebida en juego de niños.
A ahora vengamos al temor, aunque se me hace de mal no hablar en este amor de mundo un rato, porque le conozco bien, por mis pecados, y quisiéraosle dar a conocer por que os librarais de él para siempre. Mas porque salgo de propósito lo habré de dejar». - Fray Luis incluyó este hermoso pasaje en su edición (pp. 246-247), aunque muy retocado.
[2] Véase la división del tema en el c. 10, n. 1.
[3] Lo ha dicho en el c. 40, n. 3, y c. 16, nn. 6-9.
[4] «Estén atados»: para completar la frase añadió fray Luis esas dos palabras (p. 248), tomándolas a su vez de la edición de Évora (p. 136 v).
[5] «Que hasta que», escribió por descuido la Santa.
[6] «Yo no sé cómo tenemos tanto atrevimiento como es ir contra un tan gran Señor, aunque sea en muy poca cosa». Así la 1ª redacción.
[7] La 1ª redacción continuaba: «Por amor de Dios, hijas, que nunca os descuidéis en esto, como ahora -¡gloria sea al Señor!- lo hacéis».
[8] Por el reiterado escrúpulo teológico de la no certeza del estado de gracia, el censor tachó en el autógrafo: «Entendáis muy de veras». Fray Luis aceptó la corrección del censor (p. 250).
[9] Lo ha dicho en los nn. 1 y 3. - En el ms. de Toledo añadió la Santa: «No se desanime, que quizá lo permite para que más se conozca; sino procure luego pedir perdón». - En la 1ª redacción era más tajante: «Que por cosa criada, ni por medio de mil muertes no haría un pecado venial...».
[10] «Personas distraídas» (1ª redacción).
[11] Cf 23, 3.
[12] Lo ha dicho en el n. 3.
[13] En los nn. 5-6.
[14] Estas palabras, es decir, la última petición del Paternóster. - He aquí la hermosa conclusión del capítulo en la 1ª redacción: «Veis aquí cómo con estas dos cosas, de amor y temor de Dios, podéis ir con quietud por este camino y no pareciendo que veis a cada paso el hoyo adonde caer, que nunca acabaréis de llegar. - Mas, porque aun esto no se puede saber cierto si es verdad que tenemos estas dos cosas como son bien menester, habiéndonos el Señor lástima de que vivimos en vida tan incierta y entre tantas tentaciones y peligros, dice bien Su Majestad, enseñándonos que pidamos, y Él lo pide para Sí: «Mas líbranos del mal. Amen».

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)