22.10.11

Camino de Perfección Cap.36

 
Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.



Camino de Perfección.
2º Redacción (Códice de Valladolid)
Capítulo 36
 
 
 
 
 

Trata de estas palabras del Paternóster: «Dimitte nobis debita nostra».

         1. Pues viendo nuestro buen Maestro que con este manjar celestial todo nos es fácil, si no es por nuestra culpa, y que podemos cumplir muy bien lo que hemos dicho al Padre de que se cumpla en nosotros su voluntad, dícele ahora que nos perdone nuestras deudas, pues perdonamos nosotros. Y así, prosiguiendo en la oración que nos enseña, dice estas palabras: «Y perdónanos, Señor, nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores» (1)[1].
(sigue aquí --- en "Más información"... )
         2. Miremos, hermanas, que no dice «como perdonaremos», porque entendamos que quien pide un don tan grande como el pasado y quien ya ha puesto su voluntad en la de Dios, que ya esto ha de estar hecho, y así dice: «Como nosotros las perdonamos». Así que quien de veras hubiere dicho esta palabra al Señor, «fiat voluntas tua», todo lo ha de tener hecho, con la determinación al menos.

         Veis aquí cómo los santos se holgaban con las injurias y persecuciones, porque tenían algo que presentar al Señor cuando le pedían. ¿Qué hará una tan pobre como yo, que tan poco ha tenido que perdonar y tanto hay que se me perdone?

         Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella: que una cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos. Y aun de esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de perdonar (2)[2]. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis Vos, que tan pobre me sufrís, que lo que vuestro Hijo dice en nombre de todos, por ser yo tal y tan sin caudal, me he de salir de la cuenta.

         3. Mas, Señor mío, ¿si habrá algunas personas que me tengan compañía y no hayan entendido esto? Si las hay, en vuestro nombre les pido yo que se les acuerde de esto y no hagan caso de unas cositas que llaman agravios, que parece hacemos casas de pajitas, como los niños, con estos puntos de honra. ¡Oh, válgame Dios, hermanas, si entendiésemos qué cosa es honra y en qué está perder la honra! Ahora no hablo con nosotras, que harto mal sería no tener ya entendido esto, sino conmigo el tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era; íbame al hilo de la gente (3)[3]. ¡Oh, de qué cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora! Y no era, pues, de las que mucho miraban en estos puntos; mas erraba en el punto principal, porque no miraba yo ni hacía caso de la honra que tiene algún provecho, porque ésta es la que hace provecho al alma. Y qué bien dijo quien dijo que honra y provecho no podían estar juntas, aunque no sé si lo dijo a este propósito. Y es al pie de la letra, porque provecho del alma y esto que llama el mundo honra nunca puede estar junto. Cosa espantosa es qué al revés anda el mundo. Bendito sea el Señor que nos sacó de él (4)[4].

         4. Mas mirad, hermanas, que no nos tiene olvidadas el demonio; también inventa sus honras en los monasterios y pone sus leyes, que suben y bajan en dignidades como los del mundo. Los letrados deben de ir por sus letras -que esto no lo sé-, que el que ha llegado a leer teología (5)[5], no ha de bajar a leer filosofía, que es un punto de honra que está en que ha de subir y no bajar. Y aun si se lo mandase la obediencia lo tendría por agravio y habría quien tornase de él, que es afrenta. Y luego el demonio descubre razones que aun en ley de Dios parece lleva razón. Pues entre nosotras, la que ha sido priora ha de quedar inhabilitada para otro oficio más bajo; un mirar en la que es más antigua, que esto no se nos olvida, y aun a las veces parece merecemos en ello, porque lo manda la Orden.
         5. Cosa es para reír, o para llorar, que lleva más razón. Sí, que no manda la Orden que no tengamos humildad. Manda que haya concierto. Mas yo no he de estar tan concertada en cosas de mi estima, que tenga tanto cuidado en este punto de Orden como de otras cosas de ella, que por ventura guardaremos imperfectamente; no esté toda nuestra perfección de guardarla en esto; otras lo mirarán por mí, si yo me descuido. Es el caso que como somos inclinadas a subir -aunque no subiremos por aquí al cielo-, no ha de haber bajar. ¡Oh Señor, Señor! ¿Sois Vos nuestro dechado y maestro? Sí, por cierto. ¿Pues en qué estuvo vuestra honra, honrador nuestro? ¿No la perdisteis, por cierto, en ser humillado hasta la muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos.

         6. ¡Oh, por amor de Dios, hermanas!, que llevamos perdido el camino, porque va errado desde el principio (6)[6], y plega a Dios que no se pierda algún alma por guardar estos negros puntos de honra sin entender en qué está la honra. Y vendremos después a pensar que hemos hecho mucho si perdonamos una cosita de éstas, que ni era agravio ni injuria ni nada; y muy como quien ha hecho algo, vendremos a que nos perdone el Señor, pues hemos perdonado. Dadnos, mi Dios, a entender que no nos entendemos y que venimos vacías las manos, y perdonadnos Vos por vuestra misericordia. Que en verdad, Señor, que no veo cosa (pues todas las cosas se acaban y el castigo es sin fin) que merezca ponérseos delante para que nos hagáis tan gran merced, si no es por quien os lo pide (7)[7].

         7. Mas ¡qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras, y decir: «Perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia, o porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por Vos y os amamos mucho»; y no dijo: «Porque perderíamos la vida por Vos» (8)[8], y -como digo- otras cosas que pudiera decir, sino sólo: «Porque perdonamos». Por ventura, como nos conoce por tan amigos de esta negra honra y como cosa más dificultosa de alcanzar de nosotros y más agradable a su Padre (9)[9], la dijo y se la ofrece de nuestra parte.

         8. Efectos que deja el buen espíritu. Pues tened mucha cuenta, hermanas, con que dice: «Como perdonamos»; ya como cosa hecha, como he dicho (10)[10]. Y advertid mucho en esto, que cuando de las cosas que Dios hace merced a un alma en la oración que he dicho (11)[11] de contemplación perfecta no sale muy determinada y, si se le ofrece, lo pone por obra de perdonar cualquier injuria por grave que sea, no estas naderías que llaman injurias, no fíe mucho de su oración (12)[12]; que al alma que Dios llega a Sí en oración tan subida no llegan (13)[13] ni se le da más ser estimada que no. No dije bien, que sí da, que mucha más pena le da la honra que la deshonra, y el mucho holgar con descanso que los trabajos. Porque cuando de veras le ha dado el Señor aquí su reino, ya no le quiere en este mundo; y para más subidamente reinar, entiende es éste el verdadero camino, y ha ya visto por experiencia la gran ganancia que le viene y lo que se adelanta un alma en padecer por Dios. Porque por maravilla llega Su Majestad a hacer tan grandes regalos sino a personas que han pasado de buena gana muchos trabajos por Él. Porque, como dije en otra parte de este libro (14)[14], son grandes los trabajos de los contemplativos, y así los busca el Señor gente experimentada.

         9. Pues entended, hermanas, que como éstos tienen ya entendido lo que es todo, en cosa que pasa no se detienen mucho. Si de primer movimiento da pena una gran injuria y trabajo, aún no lo ha bien sentido cuando acude la razón por otra parte, que parece levanta la bandera por sí y deja casi aniquilada aquella pena con el gozo que le da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa que en un día podrá ganar más delante de Su Majestad de mercedes y favores perpetuos, que pudiera ser ganara él en diez años por trabajos que quisiera tomar por sí. Esto es muy ordinario, a lo que yo entiendo, que he tratado muchos contemplativos y sé cierto que pasa así; que como otros precian oro y joyas, precian ellos los trabajos y los desean, porque tienen entendido que éstos les han de hacer ricos.

         10. De estas personas está muy lejos estima suya de nada. Gustan entiendan sus pecados y de decirlos cuando ven que tienen estima de ellos. Así les acaece de su linaje, que ya saben que en el reino que no se acaba no han de ganar por aquí. Si gustasen ser de buena casta, es cuando para más servir a Dios fuera menester; cuando no, pésales los tengan por más de lo que son, y sin ninguna pena desengañan, sino con gusto. Es el caso que debe ser a quien Dios hace merced de tener esta humildad y amor grande a Dios, que en cosa que sea servirle más ya se tiene a sí tan olvidado, que aun no puede creer que otros sienten algunas cosas ni lo tienen por injuria.

         11. Estos efectos que he dicho a la postre son de personas ya más llegadas a perfección, y a quien el Señor muy ordinario hace mercedes de llegarle a Sí por contemplación perfecta. Mas lo primero, que es estar determinados a sufrir injurias, y sufrirlas aunque sea recibiendo pena, digo que muy en breve lo tiene quien tiene ya esta merced del Señor de tener oración hasta llegar a unión. Y que si no tiene estos efectos y sale muy fuerte en ellos de la oración, crea que no era la merced de Dios, sino alguna ilusión y regalo del demonio, porque nos tengamos por más honrados.

         12. Puede ser que al principio, cuando el Señor hace estas mercedes, no luego el alma quede con esta fortaleza; mas digo que si las continúa a hacer, que en breve tiempo se hace con fortaleza, y ya que no la tenga en otras virtudes, en esto de perdonar sí. No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió. Porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno.

         13. Torno a decir que conozco muchas personas que las ha hecho el Señor merced de levantarlas a cosas sobrenaturales, dándoles esta oración o contemplación que queda dicha, y aunque las veo con otras faltas e imperfecciones, con ésta no he visto ninguna ni creo la habrá, si las mercedes son de Dios, como he dicho (15)[15]. El que las recibiere mayores, mire en sí cómo van creciendo estos efectos; y si no viere en sí ninguno, témase mucho y no crea que esos regalos son de Dios -como he dicho- (16)[16] que siempre enriquece el alma adonde llega. Esto es cierto, que aunque la merced y regalo pase presto, que se entiende despacio en las ganancias con que queda el alma. Y como el buen Jesús sabe bien esto, determinadamente dice a su Padre Santo que «perdonamos nuestros deudores».

COMENTARIO AL CAPÍTULO 36

Oración y capacidad de perdón


1. La nueva petición del Padre nuestro:
pedimos el perdón de Dios y ofrecemos el nuestro


         Glosando y orando las peticiones del Padre nuestro, la Santa ha emparejado, en una especie de díptico, la tercera y la cuarta: para aceptar y hacer la voluntad de Dios (3ª), necesitamos el pan de cada día de la Eucaristía (4ª).

         Ahora reúne en un nuevo díptico las peticiones cuarta y quinta: a quien ha pedido y recibido el pan de la Eucaristía "todo le es fácil", no sólo pedir de Dios perdón, sino garantizarle que también nosotros perdonamos a nuestros hermanos.

         Así, la oración hace el recorrido de tres planos decisivos para la vida del cristiano y del orante: el misterio de la voluntad de Dios, el misterio de la Eucaristía, y el problema del perdón.

         Con este último regresamos desde la oración a lo más realista y prosaico de la vida. Prosaico, pero no secundario o irrelevante. El hecho mismo de colocar ese plano del perdón a la altura del pan de la Eucaristía y de la inmersión en la voluntad de Dios, da idea de su importancia.

         Ya en páginas anteriores del Camino hemos notado cómo entre las categorías que integran el ideario ascético de la Santa aparece su diagramación de "lo mundano" a base de tres valores (o pseudovalores): placeres, honra, dineros. O en términos similares: deleites, honores, riquezas. Los ha descrito y anatematizado en Vida (20, 26-28). Volverá a recordarlos en las últimas páginas del Camino (40, 3). Ahora va a tomar de mira uno de ellos: la honra, el punto de honra, "la negra honra" y nuestro apego a ella.

         También esta extraña baza de la honra ha aparecido con insistencia en la ascesis del Camino. Síntoma de la relevancia que tiene en el ideario de la Santa. Y esto, no sólo por razones sociales de cultura y de época, sino porque en el fenómeno de la honra percibe ella uno de los engranajes mejor montados de nuestro egoísmo, especie de mecanismo-cerrojo que permite al hombre encastillarse en sí mismo y en sus derechos, sin posibilidad de desbordarse y trascenderlos. Psicosis de sentirse ofendido, devaluado, menospreciado...

         Por eso ahora va a dar a las destinatarias del libro una lección que ensamble esas tres piezas: oración, honra, perdón.


2. Elaboración del capítulo: la barrera de la censura

         También este capítulo hubo de someterse a la prueba de la censura. Como el resto del libro. Pero esta vez los censores se calaron gafas de aumento. Y obligaron a la Autora a elaborar una y otra vez su manuscrito. El episodio tiene alcance doctrinal. Por eso lo referiremos aquí al detalle.

         Como siempre, al redactar por primera vez su texto, la Santa procede con libertad de pluma. Confidencias personales, soliloquios ante el Padre, y glosa doctrinal se suceden sin tropiezos. Es en ese entrecruce de los tres hilos donde tropezará el censor.

         Por el lado de la Autora, las cosas han ido así:

         - Teresa ha hecho propia la petición del perdón.

         - Pero al alegar ante el Padre que ella perdona para ser perdonada por Él, cae en la cuenta de la insignificancia de su alegato. Y se sonroja.

         - Por tanto, a la vez que lo dice, se desdice.

         - ¿A ella quién la ha ofendido? Nadie le ha hecho "injusticia". No son verdaderas ofensas las que le han hecho.

         - Es así, "aunque los que no saben la que soy piensan que me agravian".

         - Lo único que puede alegar es su sincero deseo de perdonar.

         - Por tanto..., "perdóneme vuestro Hijo" sin alegato alguno de merecimiento mío.

         Es todo ese trenzado de vivencia personal, de súplica a Dios y de versión doctrinal lo que choca con el censor, quien tras leer, empuña la pluma, tacha la página con grandes trazos en aspa, y apunta al margen su desaprobación: "No son sino verdaderos agravios e injurias las que nos hacen, aunque mayores pecadores seamos; mas hanse de perdonar porque Él nos perdone a nosotros".

         El resto de la exposición pasó incólume la prueba. Incluso con una especie de "sobresaliente", en la puntuación final. Efectivamente, al margen del último párrafo, el censor tendió de nuevo una larga llave y anotó: "¡Oh gran señal!".

         La gran señal es la capacidad y facilidad de perdonar que garantiza, según la Santa, la autenticidad de la oración y el crecimiento en la contemplación.

         Las dos anotaciones del censor sirven de pauta a Teresa para la nueva redacción. Al rehacer el libro en el autógrafo de Valladolid, descarta sencillamente todo el pasaje censurado, y desarrolla ampliamente el tema elogiado. Incluso lo destaca con un epígrafe añadido al margen del nuevo autógrafo, en que anota: "Efectos que deja el buen espíritu". Uno de ellos, el más destacado en el nuevo texto, es la capacidad de perdón incondicional.
         Sólo que también el texto de la nueva redacción tiene que pasar la barrera de la censura. El teólogo censor aprueba sin reparos el amplio desarrollo de la "gran señal". Pero vuelve a la carga sobre la glosa doctrinal del Padre nuestro. Él no encaja ese difuso sentimiento que la Autora tiene de la insignificancia de las injurias recibidas y del perdón que les otorga. Por tanto, borra meticulosamente -casi sañudamente- las expresiones culminantes de esa glosa confidencial teresiana.

         He aquí los tres pasajes castigados con el plumazo del censor:

         1.º "Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella; que una cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos; y aun de esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis Vos, que tan pobre me sufrís, que lo que vuestro Hijo dice en nombre de todos, por ser yo tal y tan sin caudal, me he de salir de la cuenta. Mas, Señor mío, ¿si habrá algunas personas que me tengan compañía y no hayan entendido esto?" (n. 2). Borrado íntegramente.

         Ese "de balde me habéis de perdonar" es, probablemente, lo que ahora da en ojos al teólogo quisquilloso. Ya en la redacción anterior había descartado otra expresión similar: "En fin, Señor mío..., no tengo qué os dar para pediros perdonéis mis deudas" (n. 2).

         2.º De contenido equivalente es el segundo pasaje castigado por el censor: "... Que en verdad, Señor, que no veo cosa (pues todas las cosas se acaban y el castigo es sin fin) que merezca ponérseos delante para que nos hagáis tan gran merced, si no es por quien os lo pide (= por Cristo)" (n. 6). También borrado meticulosamente.

         3.º Por fin el censor acepta que eso de perdonar sea cosa "dificultosa de alcanzar de nosotros", pero no que "sea más agradable al Padre" (n. 7). Por tanto, borra también esta última afirmación.

         La Santa pasa por el aro. Acata los tres borrones, cuyo texto no pasará a ninguna de las copias del libro aprobadas por ella, ni a las primeras ediciones. Pero aun así, no renuncia a revisar nuevamente el delicado texto del capítulo, especialmente en el manuscrito de Toledo, que le sirve para preparar la primera edición del Camino. Los censores no habían reparado en que la espontaneidad con que Teresa fustiga "los negros puntos de honra" en la vida religiosa, podía malentenderse como si se practicaran entre las destinatarias del libro, en el nuevo Carmelo de San José. Ahora es ella misma quien repara en ese posible equívoco, y lo descarta con una extensa nota marginal. Hela aquí.

         Tanto en la primera como en la segunda redacción había escrito: "¡Oh, por amor de Dios, hermanas!, que llevamos perdido el camino, porque va errado desde el principio" (n. 6). En el manuscrito de Toledo borra esas dos afirmaciones y anota al margen: "Llevaremos perdido el camino, si fuésemos por aquí, que ahora -bendito sea Dios- no lo van, ni se tome por esta casa, porque sería levantárselo, que la que ha sido priora es después la que más se humilla; sino que se usan tanto en los monasterios, que temo no nos tiente el demonio por aquí, que lo tengo por tan peligroso, que plega a Dios que..."; y la acotación marginal empalma con el texto precedente.

         Aclarado. La diatriba del capítulo no apunta al Carmelo de San José, donde no se han filtrado esos "negros puntos de honra". Lo dicho contra éstos es sólo un grito de alerta frente a la epidemia del entorno, lo "que se usa tanto en los monasterios" conocidos por ella.

         ¿En qué consiste esa epidemia de la "negra honra"? Nos lo dice a continuación.


3. Oración y puntos de honra

         El tema de la honra no entra de rondón en el capítulo. Resulta del engranaje mismo de la petición: "Perdónanos..., que sí perdonamos". Porque en la precisa óptica de la Santa el gran óbice que a nuestro orgullo le impide el paso al perdón incondicional es el ídolo de la honra.

         Pensando así, Teresa se nos revela muy hija de su tiempo, de aquella su sociedad castellana caballeresca y resabiadamente pundonorosa; hija y heredera directa de sus ancestros, los Sánchez y Cepeda. Pero, a la vez, rebelde y contestataria frente a la tiranía y oquedad de "estos negros puntos de honra", "esta negra honra", como reiteradamente la calificará (nn. 6 y 7).

         Afronta el tema, con su acostumbrado realismo, partiendo de la propia experiencia, toda una historia personal y familiar ribeteada de dramatismo, de la que las páginas del Camino, obviamente, sólo recogerán lo más relacionado con su vida espiritual. Al evocarlos, se sonroja: "Ahora no hablo con nosotras, que harto mal sería no tener ya entendido esto, sino conmigo el tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era; íbame al hilo de la gente ("por lo que oía", añade en la primera redacción). "¡Oh, de qué cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora!" (n. 3).

         No ha sido ella "de los que mucho miraban en estos puntos" de honra, pero sí "tan honrosa, que me parece no tornara atrás por ninguna manera habiéndolo dicho (habiendo dado palabra) una vez" (Vida 3, 7). Ser honrosa era algo que "se lo daba el natural" (ib. 2, 3). Sólo que ese su instinto pundonoroso lo centró en "creer que era honra lo que el mundo (la sociedad) llama honra" (ib. 20, 26). Tras esa coraza de honra mundana vivió ella sus años jóvenes.

         Ocurrió, sin embargo, que al hacerse monja, se encontró con una extraña versión del código mundano de la honra dentro del convento (Vida 7, 4). Y ahora, a sus cincuenta años colmados, sabe bien que esa versión de lo mundano a lo religioso no era exclusiva de su Carmelo de la Encarnación, sino que es el lastre de la vida religiosa de su tiempo en clima español. "¡Qué al revés anda el mundo! Bendito sea el Señor que nos sacó de él". Pero..., "hermanas, no nos tiene olvidadas el demonio; también inventa sus honras en los monasterios y pone sus leyes que suben y bajan en dignidades como los del mundo..." (nn. 3-4).

         Y el capítulo sigue ironizando sobre los letrados y sus cátedras de teología y filosofía, sobre las prioras y sus relevos de turno, el escalafón de antigüedades, los oficios bajos, etc. Pero esta vez su ironía tiene sabor amargo. No sabe si ese teatrillo conventual es "cosa para reír o para llorar" (n. 5).

         De cara a todo ello, Teresa da a sus lectoras unas cuantas consignas netas:

         - Ante todo, dar la vuelta a esa farsa de valores: "Entender qué cosa es honra, y en qué está perder la honra" (n. 3). Ya en Vida había insistido en esa clarificación: "Entender por descanso lo que es descanso, y por honra lo que es honra..., y no todo al revés" (25, 22). Que el religioso "ha dado ya su honra a Dios" (11, 2). Y que, en definitiva, es válido el refrán según el cual "honra y provecho no caben en un saco". "Y es al pie de la letra, porque provecho de alma y esto que llama el mundo honra nunca puede estar junto" (n. 3).

         - En el plano psicológico, minimizar afrentas y agravios. "No hacer caso de unas cositas que llaman agravios ("agravuelos", había escrito en la redacción primera), que parece hacemos casas de pajitas, como los niños, con estos puntos de honra" (n. 3). Golpe certero. ¿No hay una situación de inmadurez, de corte adolescencial, en el vigente fuero de la honra, con su hipersensibilidad quisquillosa a ofensas, agravios, afrentas..., recordadas y remoqueteadas en el léxico de la Santa?

         - Pero, sobre todo, aterrizar en el plano cristológico: "¡Oh Señor, Señor! ¿Sois vos nuestro dechado y maestro? Sí, por cierto. Pues ¿en qué estuvo vuestra honra, honrador nuestro? ¿No la perdisteis por cierto en ser humillado hasta la muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos" (n. 5).

         Así, también aquí como en cualquier otro sector de la ascesis teresiana, Cristo constituye la suprema motivación.


4. Oración y perdón

         "Perdonar" era el principal objetivo pedagógico del capítulo. A afrontarlo de lleno en el planteamiento inicial (nn. 1-2), le va a dedicar toda la segunda mitad de la exposición (nn. 8-13).

         Punto de partida es la petición del perdón en el Padre nuestro. El perdón sirve para tender un puente desde la oración a la vida de cada día. En lo más hondo y visceral de la persona (sentimientos y resentimientos), y en lo más común y corriente de la vida social: comunidad y relaciones humanas a todos los niveles.

         Lo más impresionante en la petición, tal como Jesús la formuló, es su radicalismo evangélico al emparejar el perdón de Dios con el nuestro: el que Él nos da y el que ofrecemos nosotros.

         Teresa lo percibe rápidamente y no sin cierto estremecimiento. Destaca tres aspectos: la enorme desproporción que hay entre esos dos perdones, el de Dios y el nuestro; el misterio tremendo de lo que Dios le ha perdonado a ella; y la paradoja de lo mucho que a nosotros nos cuesta perdonar. Entre líneas aflora, una y otra vez, la parábola del siervo, deudor de diez mil talentos.

         He aquí la expresión de esos sentimientos, en unas pinceladas selectas:

         a) "Que una cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro Señor nuestras culpas... se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos". "Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella" (n. 2).

         b) "¿Qué hará una tan pobre como yo, que tan poco ha tenido que perdonar y tanto que se me perdone?". "De balde me habéis, Señor, de perdonar" (n. 2).

         c) "¡Qué estimado del Señor debe ser este amarnos unos a otros! Como nos conoce por tan amigos de esta negra honra, y como cosa más dificultosa de alcanzar de nosotros..., la dijo y se la ofrece (al Padre) de nuestra parte" (n. 7).

         Sin duda, a nivel de oración, lo que más profundamente impacta a la Santa es el misterio del perdón y de la misericordia de Dios. Así como su sorprendente vinculación a nuestros perdones entre hermanos.

         Pero a nivel práctico toda la atención de la Santa se desplaza hacia el plano de la convivencia: la oración verdadera ¿es o no es un generador de perdón incondicional y de amor a ultranza? ¿Qué capacidad y qué facilidad de perdón real produce la oración en el orante? Y cuando habla de perdón, ella se traslada al panorama de la vida prosaica de cada día, con sus miserias y sus tragedias. Pero no se refiere precisamente a aquéllas -"a esas cositas que llaman agravios, que parece hacemos casas de pajitas, como niños"-, sino a los casos gordos, a los pisotones en el amor propio, a las calumnias, a las situaciones extremas de humillación... ¿Qué capacidad de encajar golpes ha adquirido el orante que dice al Padre una y otra vez "perdóname, que perdono"?

         Para responder, la Santa distingue dos situaciones concretas en el camino de la oración: la del contemplativo curtido y la del orante en ciernes:

         a) Los primeros, orantes perfectos, agraciados con fuertes dosis de experiencia de Dios, oran de modo especial el Padre nuestro y también esta petición. Imposible que ellos anden en titubeos y reticencias a la hora de perdonar. Conocen bien la trascendencia del perdón vivido por Cristo. Saben por experiencia que cada ocasión solemne de perdonar aporta "oro y joyas", y como tales las aprecian, "porque tienen entendido que estos (tesoros) les han de hacer ricos" (n. 9). Lo mínimo que ha podido procurarles la oración es ese saneamiento radical del corazón en las relaciones con los demás hombres.

         b) Algo diverso es el caso de los que están a medio camino de oración, pero que realmente viven ya el encuentro personal con Cristo o con Dios. Para ellos, aunque no lleguen a "la bienaventuranza del perdonar", es incuestionable la práctica del perdón, "con la determinación al menos" (n. 2): "estar determinados a sufrir injurias, y sufrirlas (de hecho), aunque sea recibiendo pena, lo tiene quien tiene ya esta merced del Señor, de tener oración hasta llegar a unión" (n. 11). Es que la oración auténtica, según esta perspectiva de la Santa, es balsámica y pacificadora, produce por sí misma una profilaxis profunda de los sentimientos y resentimientos que anidan en el corazón.

         El conjunto de todo eso es "la gran señal". La Santa la expresa en el epígrafe marginal: "Efectos que produce el buen Espíritu", que son espíritu de perdón, fortaleza para encajar golpes, facilidad para cancelarlos de la memoria y del corazón, "allanarse" hasta "quedar muy bien con quien la injurió" (n. 12). En términos categóricos: quien no constate esos "efectos":

         - "No fíe mucho de su oración" (n. 8).

         - "Si no tiene estos efectos y sale muy fuerte en ellos de la oración, crea que no era merced de Dios (su oración), sino alguna ilusión..." (n. 11).

         - Quien ya va adelante en la oración, "mire en sí cómo van creciendo estos efectos", y si no los viere "témase mucho y no crea que esos regalos son de Dios". En definitiva, que no es auténtica su oración.

         Teresa ha conocido a muchos orantes, a "muchos contemplativos", y sabe que esta norma no falla.

         Conoce la historia de su propia oración y sabe por dónde van los tiros. Está segura de que la oración aterriza siempre en la vida. Lo mismo entre las flores que entre las espinas de la vida.


5. "Oración - honra - perdón", ¿hoy?

         Precisamente porque el tema de la honra, que ha servido de trasfondo a la lección del presente capítulo, tiene resabios epocales de un pasado remoto -Siglo de Oro español-, puede parecer a primera vista que necesita una trasposición al plano sociológico del lector de hoy.

         Sin duda. No sólo el léxico -honra, punto de honra, pundonor, etc.-, sino las otras categorías ascéticas y pedagógicas sufren la erosión del tiempo. Y necesitan relevo.

         Pero al lector teresiano de hoy no le es difícil encontrarlo sin acudir al diccionario de la lengua. Le basta asomarse a la vida y confrontarla con esa página del Camino. Rápidamente encontrará abundantes "categorías de relevo" para ofrecerlas a la pluma de la Santa. Por ejemplo: personalidad, prestigio, reputación, dignidad, estima, realizarse, yo, derechos de la persona, cuidar la propia imagen... Palabras y valores, parapeto del personaje que cada uno cree desempeñar en la vida.

         A la inversa, el trasvase de experiencia cristiana y humana es fácil y directa desde las páginas del Camino a la vida real del lector de hoy.


[1] Mt 6,12.
[2] En la 1ª redacción este pasaje era mucho más extenso y personal: «... se nos perdonen con tan baja cosa como es que perdonemos nosotras cosas que ni son agravios ni son nada. Porque ¿qué se puede decir ni qué injuria se puede hacer a una como yo, que merecía que los demonios siempre me maltratasen, en que me traten mal en este mundo? - Que es cosa justa. En fin, Señor mío, que por esta causa no tengo qué os dar para pediros perdonéis mis deudas. Perdóneme vuestro Hijo, que nadie me ha hecho injusticia, y así no he tenido qué perdonar por vos, si no tomáis, Señor, mi deseo; que me parece cualquier cosa perdonara yo porque vos me perdonarais a mí, o por cumplir vuestra voluntad sin condición. Mas no sé qué hiciera venida a la obra, si me condenaran sin culpa. Que ahora véome tan culpada delante de vuestros ojos, que todos quedan cortos; aunque los que no saben la que soy, como Vos lo sabéis, piensan que me agravian». - La supresión de este hermoso pasaje en la 2ª redacción fue debida a la actitud de uno de los censores que lo tachó íntegro en el ms. escurialense, y anotó al margen: «No son verdaderos agravios y injurias las que nos hacen, aunque mayores pecadores seamos; mas hanse de perdonar porque Él nos perdona a nosotros». - La misma suerte cupo a este pasaje en la 2ª redacción: fue tachado (quizá por la propia Autora, como opina el P. Silverio) desde «cosa es esta» hasta «entendido esto?» (n. 3).
[3] «Por lo que oía», añadía la primera redacción, aclarando la frase.
[4] La 1ª redacción proseguía: «Plegue a Su Majestad quien esté siempre tan fuera de esta casa como está ahora; porque ¡Dios nos libre de monasterios adonde hay puntos de honra! nunca en ellos se honra mucho a Dios. ¡Válgame Dios, qué desatino tan grande!, que ponen los religiosos su honra en unas cositas que yo me espanto! - Esto no lo sabéis, hermanas; mas quiérooslo decir porque os guardéis de ello...».
[5] «Leer teología o filosofía» equivalía a ser profesor de...
[6] En una copia de Toledo añadió la Santa al margen: «Que llevaremos perdido el camino si fuésemos por aquí, que ahora -¡bendito sea Dios!- no lo van, ni se tome por esta casa, porque sería levantárselo, que la que ha sido priora es después la que más se humilla, sino que se usan tanto en los monasterios, que temo no nos tiente el demonio por aquí, que lo tengo por tan peligroso, que plega a Dios no se pierda algún alma por guardar estos negros puntos de honra».
[7] «Que tiene razón, que es siempre el agraviado y el ofendido», añade la 1ª redacción. En cambio en el autógrafo de la 2ª redacción (Valladolid), todo este período («que en verdad... lo pide») fue borrado, quizá por la misma Autora.
[8] Alusión a Mt 26, 35.
[9] Y también este inciso («y más agradable a su Padre») fue tachado en el autógrafo. El inciso no existía en la 1ª redacción, y no pasó a las restantes copias revisadas por la Santa (Toledo, Salamanca, Madrid).
[10] En el n. 2. - Al margen del pasaje que sigue escribió la Santa: «Efectos que deja el buen espíritu». Y volvió a escribir la misma nota marginal en el ms. de Salamanca. Coincide con el epígrafe del título correspondiente de la 1ª redacción que comenzaba justamente a principio de este número 8, y decía: «En que trata de los efectos que hace la oración cuando es perfecta». - En el autógrafo escurialense (1ª redacción), uno de los censores escribió a grandes trazos, cruzando de abajo arriba el margen derecho: «¡Oh gran señal!». Quizá se deba a esta nota la ampliación de este pasaje en la 2ª redacción (nn. 9-13).
[11] En el c. 25 y siguiente.
[12] El inciso en cursiva fue añadido por fray Luis de León (p. 219) para completar el sentido. Figuraba ya en el ms. de Toledo, revisado por la Santa.
[13] «No llegan» las injurias.
[14] Dedicó a este tema el c. 18.
[15] En los nn. 8-9.

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)