21.1.12

Capítulo 1 de Fundaciones

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

Libro de las Fundaciones
         CAPÍTULO 1



Comienza la fundación de San José del Carmen de Medina del Campo

CAPÍTULO 1

De los medios por donde se comenzó a tratar de esta fundación y de las demás

1. Cinco años después de la fundación de San José de Ávila estuve en él, que, a lo que ahora entiendo, me parece serán los más descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma. En este tiempo entraron algunas doncellas religiosas de poca edad, a quien el mundo, a lo que parecía, tenía ya para sí según las muestras de su gala y curiosidad. Sacándolas el Señor bien apresuradamente de aquellas vanidades, las trajo a su casa dotándolas de tanta perfección, que eran harta confusión mía, llegando al número de trece, que es el que estaba determinado para no pasar más adelante (1)[1].

2. Yo me estaba deleitando entre almas tan santas y limpias, adonde sólo era su cuidado de servir y alabar a nuestro Señor. Su Majestad nos enviaba allí lo necesario sin pedirlo; y cuando nos faltaba, que fue harto pocas veces, era mayor su regocijo. Alababa a nuestro Señor de ver tantas virtudes encumbradas, en especial el descuido que tenían de todo, mas de servirle (2)[2]. Yo, que estaba allí por mayor, nunca me acuerdo ocupar el pensamiento en ello; tenía muy creído que no había de faltar el Señor a las que no traían otro cuidado sino en cómo contentarle. Y si alguna vez no había para todas el mantenimiento, diciendo yo fuese para las más necesitadas, cada una le parecía no ser ella, y así se quedaba hasta que Dios enviaba para todas.

3. En la virtud de la obediencia, de quien yo soy muy devota (aunque no sabía tenerla hasta que estas siervas de Dios me enseñaron, para no lo ignorar si yo tuviera virtud), pudiera decir muchas cosas que allí en ella vi. Una se me ofrece ahora, y es que estando un día en refectorio, diéronnos raciones de cohombro (3)[3]. A mí cupo una muy delgada y por de dentro podrida. Llamé con disimulación a una hermana de las de mejor entendimiento y talentos que allí había, para probar su obediencia, y díjela que fuese a sembrar aquel cohombro a un huertecillo que teníamos. Ella me preguntó si le había de poner alto o tendido. Yo le dije que tendido. Ella fue y púsole, sin venir a su pensamiento que era imposible dejarse de secar; sino que el ser por obediencia le cegó la razón natural para creer era muy acertado (4)[4].

4. Acaecíame encomendar a una seis o siete oficios contrarios, y callando tomarlos, pareciéndole posible hacerlos todos. Tenían un pozo, a dicho de los que le probaron, de harto mal agua, y parecía imposible correr por estar muy hondo. Llamando yo oficiales para procurarlo, reíanse de mí de que quería echar dineros en balde. Yo dije a las hermanas, que ¿qué les parecía? Dijo una: «Que se procure; nuestro Señor nos ha de dar quien nos traiga agua, y para darles de comer; pues más barato sale a Su Majestad dárnoslo en casa, y así no lo dejará de hacer». Mirando yo con la gran fe y determinación con que lo decía, túvelo por cierto, y contra voluntad del que entendía en las fuentes, que conocía de agua, lo hice. Y fue el Señor servido que sacamos un caño de ello bien bastante para nosotras, y de beber, como ahora le tienen (5)[5].

5. No lo cuento por milagro, que otras cosas pudiera decir; sino por la fe que tenían estas hermanas, puesto que pasa así como lo digo, y porque no es mi primer intento loar las monjas de estos monasterios; que, por la bondad del Señor, todas hasta ahora van así. Y de estas cosas y otras muchas sería escribir muy largo, aunque no sin provecho; porque, a las veces, se animan las que vienen a imitarlas. Mas, si el Señor fuere servido que esto se entienda, podrán los prelados mandar a las prioras que lo escriban.

6. Pues estando esta miserable entre estas almas de ángeles (que a mí no me parecían otra cosa, porque ninguna falta, aunque fuese interior, me encubrían, y las mercedes y grandes deseos y desasimiento que el Señor les daba, eran grandísimas; su consuelo era su soledad, y así me certificaban que jamás de estar solas se hartaban, y así tenían por tormento que las viniesen a ver, aunque fuesen hermanos; la que más lugar tenía de estarse en una ermita, se tenía por más dichosa)..., considerando yo el gran valor de estas almas y el ánimo que Dios las daba para padecer y servirle, no cierto de mujeres, muchas veces me parecía que era para algún gran fin las riquezas que el Señor ponía en ellas; no porque me pasase por pensamiento lo que después ha sido, porque entonces parecía cosa imposible, por no haber principio para poderse imaginar, puesto que mis deseos, mientras más el tiempo iba adelante, eran muy más crecidos de ser alguna parte para bien de algún alma; y muchas veces me parecía como quien tiene un gran tesoro guardado y desea que todos gocen de él, y le atan las manos para distribuirle; así me parecía estaba atada mi alma, porque las mercedes que el Señor en aquellos años la hacía eran muy grandes y todo me parecía mal empleado en mí. Servía al Señor con mis pobres oraciones; siempre procuraba con las hermanas hiciesen lo mismo y se aficionasen al bien de las almas y al aumento de su Iglesia; y a quien trataba con ellas siempre se edificaban. Y en esto embebía mis grandes deseos.

7. A los cuatro años (me parece era algo más), acertó a venirme a ver un fraile francisco, llamado fray Alonso Maldonado (6)[6], harto siervo de Dios y con los mismos deseos del bien de las almas que yo, y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia. Este venía de las Indias poco había. Comenzome a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita (7)[7] con hartas lágrimas. Clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más.

Había gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen, por ser ésta la inclinación que nuestro Señor me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer (8)[8].

8. Pues andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando en oración, representóseme nuestro Señor de la manera que suele (9)[9], y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me dijo: "Espera un poco, hija, y verás grandes cosas".

Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras, que no las podía quitar de mí. Y aunque no podía atinar, por mucho que pensaba en ello, qué podría ser, ni veía camino para poderlo imaginar, quedé muy consolada y con gran certidumbre que serían verdaderas estas palabras; mas el medio cómo, nunca vino a mi imaginación. Así se pasó, a mi parecer, otro medio año, y después de éste sucedió lo que ahora diré (10)[10].


                               COMENTARIO AL CAPÍTULO 1

                                      Idilio de su primer Carmelo
                       Visita y mensaje de un misionero de las Indias

El título del capítulo promete contar la fundación del Carmelo de Medina. Pero en el texto no lo hará. De hecho, la referirá más adelante, en el capítulo 3E. (Nótese cómo en este último repite el epígrafe del primero).

Ocurre que ya en el Prólogo indicó la Autora que este relato de las Fundaciones era continuación del pasaje de Vida en que contaba la fundación de San José de Ávila. Ahora comenzará cubriendo el quinquenio intermedio entre esas dos fundaciones: el Carmelo abulense, erigido en 1562; el de Medina en 1567: cinco años. ¿Cómo fueron o qué es lo que ocurrió en ese interludio?

A esa pregunta nuestro capítulo responde con dos relatos fundamentales: primero cuenta el idilio espiritual vivido en esos cinco años, "los más descansados de mi vida". La paz, la ingenuidad y sencillez, el fervor, la pobreza y la obediencia de aquellas "doncellas religiosas de poca edad", y la repercusión que todo ello tuvo en el alma de Teresa: "Yo me estaba deleitando entre almas tan santas y limpias... ‑ Alababa a nuestro Señor de ver tantas virtudes encumbradas... ‑ Pues estando esta miserable entre estas almas de ángeles... ‑ Muchas veces me parecía que era para algún gran fin las riquezas que el Señor ponía en ellas... ‑ Siempre procuraba las hermanas se aficionasen al bien de las almas y al aumento de la Iglesia...".

Y hasta el final del número 6 prosigue esa especie de suspense narrativo, que tiene pendiente y en espera el ánimo del lector. Por fin, anota lo que sucedió en el desenlace del idilio: especie de fogonazo deslumbrador, que dará paso a la segunda parte del relato:

Llegó de las Indias un fogoso misionero, llamado Francisco Maldonado, seguidor del célebre Bartolomé de Las Casas. Venía de América para perorar ante el Rey la causa de los indígenas centroamericanos. Estaba de paso en Ávila. Y probablemente fue Teresa misma quien le dio cita en el locutorio de las monjas, congregadas para oírle. Los testigos coetáneos cuentan de este "locuaz" misionero que, en cualquier convento por donde pasaba, era capaz de tener a todos embelesados horas enteras hablándoles del problema misionero en América.

Así fue en el "rinconcito" de San José. Habló a Teresa y a sus doce monjas de "los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un sermón y plática animándonos a la penitenia, y fuese", porque tenía prisa de llegar al Consejo de Indias en Madrid... ¡y al tribunal del Papa en Roma!

Teresa queda impactada: "Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí". Y se retira, sola, a una ermita de la huerta, a clamar a Dios por el remedio..., muerta de envidia "a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes...".

Y ocurre la sorpresa: a sus clamores responde el Señor: "Mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me dijo: Espera un poco, hija, y verás grandes cosas...". "Y sucedió lo que ahora diré".

Así concluye el capítulo, que ha sido todo un suspense para el lector, al que se le deja entrever que la empresa de las fundaciones nace de ese momento de tensión y de esa promesa del misterioso protagonista que es Dios.

En resumen, los actores en el relato han sido cuatro: el franciscano Maldonado, que ya no vuelve a aparecer en el libro; Teresa y Dios, actores principales; y en el trasfondo de la escena, el grupo de carmelitas pioneras del nuevo Carmelo.

Este capítulo primero de las Fundaciones tiene más de un paralelismo con el primero de Vida. Pero se empareja más en directo con el capítulo primero del Camino. En éste se pone en marcha la pedagogía del libro para las doce lectoras ante el panorama de la Iglesia en quiebra y las guerras fratricidas por obra de los luteranos: "Estase ardiendo el mundo!". En este otro capítulo primero de las Fundaciones, el resorte motor de todo es la tensión misionera de la Santa y del grupo de lectoras. Intenso "sentido de Iglesia" y de Europa, en el Camino. Franca apertura al nuevo mundo y a la correspondiente acción misionera, en las Fundaciones.

En ambos casos, el texto teresiano se enclava en el corazón de la actualidad social y eclesial de su tiempo. No menos, en el nuestro.

NOTAS

1. El padre Alonso Maldonado de Buendía (1515‑1597), salmantino, franciscano recoleto, fue misionero en Perú y en Méjico (1551...). De regreso a España presentó varios memoriales al Consejo de Indias y al rey. Más tarde, en Roma, tuvo la confianza de san Pío V. Pero posteriormente se le complicó la vida, por su extremismo, y pasó varios años en las prisiones inquisitoriales.

2. Fechas contextuales:
- 1562, la Santa funda en Ávila su primer Carmelo.
- 1562‑1564, furibundo pleito de la ciudad contra la fundación.
- 1564, profesan las primeras novicias, Isabel de San Pablo, Úrsula de los Santos, María Bautista..., aludidas en el relato del cap. 1E.
- 1565, Pío IV les envía el Breve de pobreza total (17.7.1565).
- A finales de 1565 la Santa concluye el Libro de la Vida.
- 1566, visita y plática del P. Maldonado; promesa del Señor (n. 8).
- Entre 1566 y 1567 redacta, para las doce, el Camino de Perfección.
- 27 de abril de 1567, el P. Rubeo, General de la Orden, concede a la M. Teresa ("hija y humilde súbdita nuestra") licencia para fundar más Carmelos en Castilla.
- Sigue "otro medio año" (algo menos), y a mediados de agosto la Santa fundará el Carmelo de Medina del Campo.


[1] Cf. Vida, cc. 32-36, que pueden considerarse la primera parte del presente libro de las Fundaciones. - Sobre el número de monjas de cada monasterio, es sabido que la Santa cambió de opinión, ampliándolo a 21, cf. Vida, c. 36, n. 29 nota. - Pueden verse los nombres de las trece adalides de la Reforma teresiana en la B.M.C., t. V, p. 7 nota. De una de ellas, María de Cristo, se lee en ciertas informaciones sobre las virtudes de San Juan de la Cruz: «Se le comunicaba mucho nuestro Señor en la oración... Le habló nuestro Señor a nuestra M. Teresa de Jesús, diciendo que aquellas doce religiosas eran a sus ojos doce flores muy agradables; que Su Majestad las tenía de su mano» (B.M.C., t. V, p. 8). Esta declaración fue recogida de labios de San Juan de la Cruz por la Madre Lucía de San Alberto.
[2] Descuido... de todo, mas de servirle: sino de o excepto de servirle. - A renglón seguido, Mayor: la Superiora.
[3] Cogombro: hoy preferimos escribir cohombro, especie de pepino alargado.
[4] La religiosa tan ejemplarmente obediente fue María Bautista, sobrina de la Santa y más tarde famosa Priora de Valladolid, destinataria de muchas y hermosas cartas del espistolario teresiano.
[5] Como ahora le tienen: El pozo existe aún hoy. La monjita «providencialista» que decidió la sonda fue la misma protagonista de la escena anterior «del cogombro». De ella se llamó el pozo: «Pozo de María Bautista», o, más a gusto de la Santa, «pozo de la Samaritana».
[6] Francisco de Maldonado, nacido hacia 1510/1516 y muerto hacia 1597/1600, había sido misionero en Nueva España durante el decenio 1551-1561. A partir de esta última fecha, peroró la causa de los indios en Madrid y Roma, ante el Rey y el Papa. Hombre de celo extremoso, al fin de su vida fue procesado por la Inquisición.
[7] A una de las ermitas construidas en la huerta de San José de Ávila.
[8] Interesante documento del celo misionero de Santa Teresa. Gracián comenta: «Quien quisiere ver este espíritu..., tratando con la santa Madre Teresa de Jesús hallará una oración tan alta como se colige de sus libros, y un celo de almas tan encendido, que mil veces suspiraba por poder tener la libertad, talentos y oficios que tienen los hombres para traer almas a Dios, predicando, confesando y convirtiendo gentiles hasta derramar la sangre por Cristo; y nunca me insistía en otra cosa, sino en que no cesase de predicar, dándome para esto muchos avisos y consejos, y que entendiese en negocios con que se quitasen ofensas de Dios y encaminasen almas al cielo, diciendo que era imposible querer bien a Jesucristo crucificado y muerto por las almas, quien las viese ir al infierno, y con título de alcanzar un poco de quietud de espíritu se estuviese encerrado» (Scholias y adiciones... a la vida de la Madre Teresa, de Ribera, en El Monte Carmelo 68 [1960] p. 110). Este pasaje influyó positivamente en la historia editorial del libro de las Fundaciones.
[9] De la manera que suele: expresión con que acostumbra indicar las visiones imaginarias de la Humanidad del Señor, por el estilo de la referida en Vida, c. 28, n. 3. Cf. Vida, c. 40, n. 5, nota; c. 29, n. 4.
[10] Es fácil establecer la cronología de estos sucesos: Funda San José en agosto de 1562; pasan 4 años (o «algo más», n. 7), y sucede la visita del P. Maldonado, otoño de 1566. Por la misma fecha, la aparición del Señor; «otro medio año» (n. 8), y estamos en agosto de 1567, fundación de Medina: son los cinco de gran paz de que habló en el n. 1.

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)