5.2.12

Capítulo 3 de Fundaciones

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

Libro de las Fundaciones          CAPÍTULO 3




Por qué medios se comenzó a tratar de hacer el monasterio de San José en Medina del Campo.

1. Pues estando yo con todos estos cuidados, acordé de ayudarme de los padres de la Compañía, que estaban muy aceptos en aquel lugar, en Medina, con quien -como ya tengo escrito en la primera fundación- traté mi alma muchos años, y por el gran bien que la hicieron siempre los tengo particular devoción (1)[1]. Escribí lo que nuestro padre General me había mandado al rector de allí, que acertó a ser el que me confesó muchos años, como queda dicho, aunque no el nombre. Llámase Baltasar Álvarez, que al presente es provincial (2)[2]. Él y los demás dijeron que harían lo que pudiesen en el caso, y así hicieron mucho para recaudar la licencia de los del pueblo y del prelado (3)[3], que por ser monasterio de pobreza en todas partes es dificultoso; y así se tardó algunos días en negociar.

2. A esto fue un clérigo muy siervo de Dios y bien desasido de todas las cosas del mundo, y de mucha oración. Era capellán en el monasterio adonde yo estaba, al cual le daba el Señor los mismos deseos que a mí, y así me ha ayudado mucho, como se verá adelante. Llámase Julián de Ávila (4)[4].

Pues ya que tenía la licencia, no tenía casa ni blanca para comprarla. Pues crédito para fiarme en nada, si el Señor no le diera, ¿cómo le había de tener una romera como yo? (5)[5] Proveyó el Señor que una doncella muy virtuosa, para quien no había habido lugar en San José que entrase, sabiendo se hacía otra casa, me vino a rogar la tomase en ella (6)[6]. Esta tenía unas blanquillas, harto poco, que no era para comprar casa, sino para alquilarla (y así procuramos una de alquiler) y para ayuda al camino. Sin más arrimo que éste, salimos de Ávila dos monjas de San José y yo, y cuatro de la Encarnación (que es el monasterio de la Regla mitigada, adonde yo estaba antes que se fundase San José), con nuestro padre capellán, Julián de Ávila (7)[7].

3. Cuando en la ciudad se supo, hubo mucha murmuración: unos decían que yo estaba loca; otros esperaban el fin de aquel desatino. Al Obispo -según después me ha dicho- le parecía muy grande, aunque entonces no me lo dio a entender ni quiso estorbarme, porque me tenía mucho amor y no me dar pena. Mis amigos harto me habían dicho, mas yo hacía poco caso de ello; porque me parecía tan fácil lo que ellos tenían por dudoso, que no podía persuadirme a que había de dejar de suceder bien.

Ya cuando salimos de Ávila, había yo escrito a un padre de nuestra Orden, llamado fray Antonio de Heredia (8)[8], que me comprase una casa, que era entonces prior del monasterio de frailes que allí hay de nuestra Orden, llamado Santa Ana, para que me comprase una casa. Él lo trató con una señora (9)[9] que le tenía devoción, que tenía una que se le había caído toda, salvo un cuarto, y era muy buen puesto. Fue tan buena, que prometió de vendérsela, y así la concertaron sin pedirle fianzas, ni más fuerza de su palabra; (10)[10] porque, a pedirlas, no tuviéramos remedio. Todo lo iba disponiendo el Señor. Esta casa estaba tan si paredes, que a esta causa alquilamos estotra, mientras que aquélla se aderezaba, que había harto que hacer.

4. Pues llegando la primera jornada, noche y cansadas por el mal aparejo que llevábamos, yendo a entrar por Arévalo, salió un clérigo nuestro amigo que nos tenía una posada en casa de unas devotas mujeres, y díjome en secreto cómo no teníamos casa; porque estaba cerca de un monasterio de agustinos, y que ellos resistían que no entrásemos ahí, y que forzado había de haber pleito (11)[11]. ¡Oh, válgame Dios! Cuando Vos, Señor, queréis dar ánimo, ¡qué poco hacen todas las contradicciones! Antes parece me animó, pareciéndome, pues ya se comenzaba a alborotar el demonio, que se había de servir el Señor de aquel monasterio. Con todo, le dije que callase, por no alborotar a las compañeras, en especial a las dos de la Encarnación (12)[12], que las demás, por cualquier trabajo pasaran por mí. La una de estas dos era supriora entonces de allí, y defendiéronle mucho la salida; entrambas de buenos deudos, y venían contra su voluntad, porque a todos les parecía disparate, y después vi yo que les sobraba la razón, que, cuando el Señor es servido yo funde una casa de éstas, paréceme que ninguna admite mi pensamiento que me parezca bastante para dejarlo de poner por obra, hasta después de hecho. Entonces se me ponen juntas las dificultades, como después se verá.

5. Llegando a la posada, supe que estaba en el lugar un fraile dominico, muy gran siervo de Dios, con quien yo me había confesado el tiempo que había estado en San José. Porque en aquella fundación traté mucho de su virtud, aquí no diré más del nombre, que es el maestro fray Domingo Bañes (13)[13]. Tiene muchas letras y discreción, por cuyo parecer yo me gobernaba, y al suyo no era tan dificultoso, como en todos, lo que iba a hacer; (14)[14] porque, quien más conoce de Dios, más fácil se le hacen sus obras, y de algunas mercedes que sabía Su Majestad me hacía y por lo que había visto en la fundación de San José, todo le parecía muy posible. Diome gran consuelo cuando le vi; porque con su parecer todo me parecía iría acertado. Pues, venido allí, díjele muy en secreto lo que pasaba. A él le pareció que presto podríamos concluir el negocio de los agustinos; mas a mí hacíaseme recia cosa cualquier tardanza, por no saber qué hacer de tantas monjas; y así pasamos todas con cuidado aquella noche, que luego lo dijeron en la posada a todas.

6. Luego, de mañana, llegó allí el prior de nuestra Orden fray Antonio, y dijo que la casa que tenía concertado de comprar era bastante y tenía un portal adonde se podía hacer una iglesia pequeña, aderezándole con algunos paños. En esto nos determinamos; al menos a mí parecióme muy bien, porque la más brevedad era lo que mejor nos convenía, por estar fuera de nuestros monasterios, y también porque temía alguna contradicción, como estaba escarmentada de la fundación primera. Y así quería que, antes que se entendiese, estuviese ya tomada la posesión, y así nos determinamos a que luego se hiciese. En esto mismo vino el padre maestro fray Domingo.

7. Llegamos a Medina del Campo, víspera de nuestra Señora de agosto, a las doce de la noche. Apeámonos en el monasterio de Santa Ana, por no hacer ruido, y a pie nos fuimos a la casa. Fue harta misericordia del Señor, que aquella hora encerraban toros para correr otro día, no nos topar alguno. Con el embebecimiento que llevábamos, no había acuerdo de nada; mas el Señor que siempre le tiene de los que desean su servicio, nos libró, que cierto allí no se pretendía otra cosa.

8. Llegadas a la casa, entramos en un patio. Las paredes harto caídas me parecieron, mas no tanto como cuando fue de día se pareció. Parece que el Señor había querido se cegase aquel bendito padre para ver que no convenía poner allí Santísimo Sacramento. Visto el portal, había bien que quitar tierra de él, a teja vana, las paredes sin embarrar, la noche era corta, y no traíamos sino unos reposteros, creo eran tres: para toda la largura que tenía el portal era nada. Yo no sabía qué hacer, porque vi no convenía poner allí altar. Plugo al Señor, que quería luego se hiciese, que el mayordomo de aquella señora (15)[15] tenía muchos tapices de ella en casa, y una cama de damasco azul, y había dicho nos diesen lo que quisiésemos, que era muy buena.

9. Yo, cuando vi tan buen aparejo, alabé al Señor, y así harían las demás; aunque no sabíamos qué hacer de clavos, ni era hora de comprarlos. Comenzáronse a buscar de las paredes; en fin, con trabajo, se halló recaudo. Unos a entapizar, nosotras a limpiar el suelo, nos dimos tan buena prisa, que cuando amanecía, estaba puesto el altar, y la campanilla en un corredor, y luego se dijo la misa (16)[16]. Esto bastaba para tomar la posesión. No se cayó en ello, sino que pusimos el Santísimo Sacramento (17)[17], y desde unas resquicias de una puerta que estaba frontero, veíamos misa, que no había otra parte.

10. Yo estaba hasta esto muy contenta, porque para mí es grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento. Mas poco me duró. Porque, como se acabó misa, llegué por un poquito de una ventana a mirar el patio y vi todas las paredes por algunas partes en el suelo, que para remediarlo era menester muchos días. ¡Oh válgame Dios! Cuando yo vi a Su Majestad puesto en la calle, en tiempo tan peligroso como ahora estamos por estos luteranos, ¡qué fue la congoja que vino a mi corazón!

11. Con esto se juntaron todas las dificultades que podían poner los que mucho lo habían murmurado, y entendí claro que tenían razón. Parecíame imposible ir adelante con lo que había comenzado, porque así como antes todo me parecía fácil mirando a que se hacía por Dios, así ahora la tentación estrechaba de manera su poder, que no parecía haber recibido ninguna merced suya; sólo mi bajeza y poco poder tenía presente. Pues arrimada a cosa tan miserable, ¿qué buen suceso podía esperar? Y a ser sola, paréceme lo pasara mejor; mas pensar habían de tornar las compañeras a su casa, con la contradicción que habían salido, hacíaseme recio. También me parecía que, errado este principio, no había lugar todo lo que yo tenía entendido había de hacer el Señor adelante. Luego se añadía el temor si era ilusión lo que en la oración había entendido, que no era la menor pena, sino la mayor; porque me daba grandísimo temor si me había de engañar el demonio.

¡Oh Dios mío! ¡Qué cosa es ver un alma, que Vos queréis dejar que pene! Por cierto, cuando se me acuerda esta aflicción y otras algunas que he tenido en estas fundaciones, no me parece hay que hacer caso de los trabajos corporales, aunque han sido hartos, en esta comparación.

12. Con toda esta fatiga que me tenía bien apretada, no daba a entender ninguna cosa a las compañeras, porque no las quería fatigar más de lo que estaban. Pasé con este trabajo hasta la tarde, que envió el rector de la Compañía a verme con un padre que me animó y consoló mucho. Yo no le dije todas las penas que tenía, sino sólo la que me daba vernos en la calle. Comencé a tratar de que se nos buscase casa alquilada, costase lo que costase, para pasarnos a ella, mientras aquello se remediaba, y comenceme a consolar de ver la mucha gente que venía, y ninguno cayó en nuestro desatino, que fue misericordia de Dios, porque fuera muy acertado quitarnos el Santísimo Sacramento. Ahora considero yo mi bobería y el poco advertir de todos en no consumirle; sino que me parecía, si esto se hiciera, era todo deshecho.

13. Por mucho que se procuraba, no se halló casa alquilada en todo el lugar; que yo pasaba harto penosas noches y días. Porque, aunque siempre dejaba hombres que velasen el Santísimo Sacramento, estaba con cuidado si se dormían; y así me levantaba a mirarlo de noche por una ventana, que hacía muy clara luna, y podíalo bien ver. Todos estos días era mucha la gente que venía, y no sólo no les parecía mal, sino poníales devoción de ver a nuestro Señor otra vez en el portal. Y Su Majestad, como quien nunca se cansa de humillarse por nosotros, no parece quería salir de él.

14. Ya después de ocho días, viendo un mercader la necesidad (que posaba en una muy buena casa), díjonos fuésemos a lo alto de ella, que podíamos estar como en casa propia (18)[18]. Tenía una sala muy grande y dorada, que nos dio para iglesia. Y una señora que vivía junto a la casa que compramos, llamada doña Elena de Quiroga (19)[19], gran sierva de Dios, dijo que me ayudaría para que luego se comenzase a hacer una capilla para donde estuviese el Santísimo Sacramento y también para acomodarnos cómo estuviésemos encerradas. Otras personas nos daban harta limosna para comer, mas esta señora fue la que más me socorrió.

15. Ya con esto comencé a tener sosiego, porque adonde nos fuimos estábamos con todo encerramiento, y comenzamos a decir las horas, y en la casa se daba el buen prior mucha prisa, que pasó harto trabajo. Con todo tardaría dos meses; más púsose de manera, que pudimos estar algunos años razonablemente. Después lo ha ido nuestro Señor mejorando.

16. Estando aquí yo, todavía tenía cuidado de los monasterios de los frailes, y como no tenía ninguno -como he dicho- (20)[20] no sabía qué hacer; y así me determiné muy en secreto a tratarlo con el prior de allí, para ver qué me aconsejaba, y así lo hice. Él se alegró mucho cuando lo supo y me prometió que sería el primero. Yo lo tuve por cosa de burla, y así se lo dije; porque, aunque siempre fue buen fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda, que era letrado, para principio semejante no me pareció sería, ni tendría espíritu ni llevaría adelante el rigor que era menester, por ser delicado y no mostrado a ello. Él me aseguraba mucho, y certificó que había muchos días que el Señor le llamaba para vida más estrecha; y así tenía ya determinado de irse a los cartujos y le tenían ya dicho le recibirían. Con todo esto, no estaba muy satisfecha, aunque me alegraba de oírle, y roguele que nos detuviésemos algún tiempo y él se ejercitase en las cosas que había de prometer. Y así se hizo, que se pasó un año, y en éste le sucedieron tantos trabajos y persecuciones de muchos testimonios, que parece el Señor le quería probar; y él lo llevaba todo tan bien y se iba aprovechando tanto, que yo alababa a nuestro Señor, y me parecía le iba Su Majestad disponiendo para esto.

17. Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro por compañero, el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía. Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro Señor, y hablándole, contentome mucho, y supe de él cómo se quería también ir a los cartujos (21)[21]. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden, y cuánto más serviría al Señor. Él me dio la palabra de hacerlo, con que no se tardase mucho. Cuando yo vi ya que tenía dos frailes para comenzar, pareciome estaba hecho el negocio, aunque todavía no estaba tan satisfecha del prior, y así aguardaba algún tiempo y también por tener adonde comenzar.

18. Las monjas iban ganando crédito en el pueblo y tomando con ellas mucha devoción, y, a mi parecer, con razón; porque no entendían sino en cómo pudiese cada una más servir a nuestro Señor. En todo iban con la manera del proceder que en San José de Ávila, por ser una misma la Regla y Constituciones.

Comenzó el Señor a llamar a algunas para tomar el hábito; y eran tantas las mercedes que les hacía, que yo estaba espantada. Sea por siempre bendito, amén; que no parece aguarda más de a ser querido para querer.


COMENTARIO AL CAPÍTULO 3

Carmelo de Medina

Primera salida de la fundadora. De Ávila a Medina del Campo. Toda una aventura. En el relato se entrelazan los avatares sufridos por el grupo de fundadoras, y la profunda emoción religiosa vivida por Teresa al fundar, revivida ahora al narrar la fundación.

El relato nos traslada a un típico escenario de época y se desarrolla en cuatro momentos o cuatro escenas sucesivas:

         - Firme decisión de fundar (nn. 1‑6);
         - Aventuras del grupo en el camino y en la erección del nuevo Carmelo (nn. 2‑15);
         - Repercusión y crisis en el alma de Teresa (nn.10‑15);
         - Desenlace en otro proyecto fundacional, presagio de Duruelo (nn. 16‑18).

Hace sólo unos meses que Teresa ha recibido del P. General la licencia o la comisión de fundar en Castilla: 27 de abril de 1567. Como primer objetivo ella elige Medina del Campo, que era entonces ciudad próspera y mercantil. Solicita consejo y ayuda de los jesuitas de Medina. Envía al capellán del Carmelo abulense, Julián de Ávila, a tramitar las licencias, civil y eclesiástica. Contrata una pobre vivienda, casi un tugurio. Enrola en la empresa a media docena de monjas: dos del Carmelo de San José y cuatro de la Encarnación, más una joven postulante que aporta unas blanquillas para el viaje y para salir de los primeros apuros. Por fin contrata un par de carros y unos arrieros. Y emprende el viaje, rumbo a Medina, mientras en el entorno abulense se rumorea lo absurdo del proyecto y se lo tilda de locura, disparate, desatino... Pero a Teresa, que cuenta con el refrendo del Altísimo, todo se le hace fácil. Y se pone en marcha.

A mitad de camino, mientras hace noche en Arévalo, llegan mensajeros inoportunos, con malas noticias de Medina. A pesar de ello, Teresa prosigue viaje. Llega de noche a Medina. Cruza a pie la ciudad, se instala en la vivienda‑tugurio, con Misa y Santísimo Sacramento. Sólo que, al amanecer, comprueba a vista de ojos la situación desoladora de la casa en ruinas. Pasa ocho días buscando otra solución improvisada mientras se adecenta el edificio. Tarda dos meses en regularizar la fundación. "Después lo ha ido nuestro Señor mejorando" (n. 15).

El reverso de la medalla se graba dolorosamente en el alma de Teresa. De pronto se le agolpan y aclaran todas las sinrazones de su desatino. Surgen nuevamente las dudas sobre la autenticidad de su vida interior y de sus experiencias místicas. Pasa a solas la crisis de una densa noche oscura. La revive ahora, al recordarla en el relato, y reiteradamente se dirige a Dios para pedir ayuda, para darle gracias, para suplicar luces y perdones: "¡Oh Dios mío, qué cosa es ver un alma que vos queréis dejar que pene! Por cierto, cuando se me acuerda..." (n. 11).

El relato tiene un desenlace inesperado. Tras las peripecias de la fundación y las sombras y nubes en el alma de Teresa, se abre el horizonte hacia otra región esperanzadora, la fundación de los Descalzos. Ahí, en Medina, llega a manos de la Santa la carta del P. General, del 10 de agosto, concediéndole licencia para fundar dos conventos. Y poco después sobreviene, de sorpresa, el encuentro con dos posibles fundadores, Antonio Heredia y fray Juan de Santo Matía, futuro fray Juan de la Cruz. Y Teresa exulta de gozo: "Cuando yo vi ya que tenía dos frailes para comenzar, pareciome estaba hecho el negocio" (n. 17).

Quizás lo más notable del relato es la unidad y continuidad de la narración y el sentido religioso que la anima. Según la autora, es Dios el que marca secretamente el rumbo de los sucesos y los caminos. Por eso concluye con el "Sea siempre bendito, amén: que no parece aguarda más de a ser querido para querer".

NOTAS

El grupo de fundadoras:

         - Eran en total ocho: la Santa más dos monjas del Carmelo de San José, más cuatro carmelitas de la Encarnación, más una joven postulante.
         - En Arévalo, al recibir malas noticias de Medina, el grupo se divide: las cuatro de la Encarnación quedan en Villanueva del Aceral, donde es párroco D. Vicente de Ahumada, hermano de dos de ellas. Las otras tres juntamente con la Santa viajan a Olmedo, donde se halla D. Álvaro de Mendoza, quien les ofrece su carroza para ir desde Olmedo a Medina la tarde del 14 de agosto.

Principales colaboradores en la fundación de Medina:

         ‑ El prior de los carmelitas de Medina, Antonio Heredia, futuro fundador de Duruelo. Ahora viene de Medina a Arévalo a avisar a la Santa. Ha sido él quien ha mediado ante doña María Suárez para la adquisición de la casa. Será él quien diga la primera misa en la improvisada capilla.
         ‑ Doña María Suárez, señora de Fuentelsol, vende a la Santa la casa para el futuro Carmelo. Pero tan derruida que, entre tanto, hay que adquirir otra.
         ‑ Doña Elena de Quiroga, viuda de Diego Villarroel, madre de siete hijos, sobrina del Cardenal Quiroga, ahora ofrece su ayuda a la Santa; pronto ingresará en el Carmelo de Medina su hija Jerónima. Más tarde ingresará carmelita ella misma (4.10.1581) en ese Carmelo medinense con el nombre de Elena de Jesús, pese a la oposición del Cardenal su tío.
         ‑ Blas de Medina, citado en anonimato (n. 14), es el mercader que resuelve de momento la precaria situación de la fundación, ofreciendo para ello su propia casa, donde "podíamos estar como en casa propia", hasta habilitar el futuro convento.


[1] En la historia de la primera fundación, es decir, en los capítulos finales del libro de la Vida. Véase lo dicho en el n. 2 del prólogo de Fund.
[2] El P. Baltasar (1533-1580) no era de hecho Provincial por aquellas fechas (1573), sino substituto del P. Gil González Dávila, Provincial que el año anterior había salido para Roma.
[3] El Prelado era D. Pedro González de Mendoza, Obispo de Salamanca, a cuya diócesis pertenecía Medina.
[4] Julián de Ávila (1572-1605), hermano de María de San José (Dávila), una de las cuatro fundadoras del primer Carmelo Teresiano. Acompañó a la Santa en numerosos viajes y se preció de ser su «escudero».
[5] Romera: pobre peregrina o andariega que hace su viaje de limosna. Con fino humor teresiano, la Santa se lo llama a sí misma. - Poco antes: ni blanca (= moneda de escaso valor), recuérdese que equivale a nuestro «sin un céntimo».
[6] Era Isabel Fontecha, en el Carmelo Isabel de Jesús, avilesa.
[7] De San José tomó a María Bautista y Ana de los Ángeles. De la Encarnación, a Inés de Jesús y Ana de la Encarnación (Tapia), y a Teresa de la Columna (Quesada) e Isabel de la Cruz (Arias).
[8] Antonio de Heredia (en la Reforma Teresiana, Antonio de Jesús), 1510-1601, inició enseguida la Reforma con San Juan de la Cruz. Véanse los nn. 16-17.
[9] Doña María Suárez, señora de Fuente el Sol.
[10] O sea: ni más fuerza que su palabra.
[11] Era el convento de Nuestra Señora de Gracia. - El clérigo nuestro amigo se llamaba Alonso Esteban.
[12] Estas dos, de las cuatro venidas de la Encarnación, eran Isabel Arias y Teresa de Quesada. Era Supriora la primera. - Defendiéronle la salida: en la acepción de impedir, embarazar.
[13] En aquella fundación, es decir, en la historia de la fundación de San José de Ávila. Sin embargo no es cierto que en ella habló mucho el P. Báñez: cf. c. 36, n. 15, y quizá c. 34, n. 14 y c. 39, n. 3.
[14] Es decir: al parecer del P. Báñez la fundación no era tan dificultosa como según el parecer de todos (pasaje generalmente corrompido por los editores). - Iba hacer, elidió de nuevo la Santa. - Sigue una frase equívoca por culpa de una construcción muy teresiana; equivale a: algunas mercedes que él sabía me hacía Su Majestad.
[15] Doña María Suárez (cf. el n. 3).
[16] «Al rayar el sol, estando ya todo dispuesto y revestido el P. Prior para la primera misa..., tañeron una campanilla las religiosas llamando a los fieles a misa con grande espanto de la vecindad por la inopinada novedad. Acudió tanta gente que no cabía en el portal, y viendo un monasterio hecho de la noche a la mañana, mirábanse unos a otros, y ocupados del susto, no sabían qué decir» (FRANCISCO DE S. MARIA, Reforma..., t. I, L. 2, c. 5).
[17] Equivocadamente creía entonces la Santa que sin Santísimo no podía existir la fundación (cf. el n. 12). Sólo años más tarde (1570) salió de este error, al fundar el Carmelo de Salamanca (cf. c. 19, n. 3).
[18] Llamábase este mercader Blas de Medina.
[19] Era sobrina del Cardenal Quiroga y posteriormente tomó el hábito de carmelita descalza (1581) con el nombre de Elena de Jesús en este Carmelo de Medina, donde por aquellas fechas era ya religiosa su hija Jerónima de la Encarnación. - En el texto las palabras de Quiroga fueron intercaladas entre líneas por la propia Santa.
[20] Cf. el c. 2, nn. 5-6.
[21] Los dos estudiantes de la Salamanca eran fr. Pedro de Orozco y San Juan de la Cruz, entonces fr. Juan de Santo Matía. La cartuja tomada de mira por el segundo era la del Paular (Segovia).

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)