30.3.12

Capítulos 10 (nn.8-16) y 11 Fundaciones

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D. 





Libro de las Fundaciones
CAPÍTULOS 10 (nn. 8-16) Y 11


8. Está en este lugar una señora, que llaman doña María de Acuña, hermana del conde de Buendía (10)[1]. Fue casada con el Adelantado de Castilla. Muerto él, quedó con un hijo y dos hijas, y harto moza. Comenzó a hacer vida de tanta santidad y a criar sus hijos en tanta virtud, que mereció que el Señor los quisiese para sí. No dije bien, que tres hijas la quedaron: la una fue luego monja; otra no se quiso casar, sino hacía vida con su madre de gran edificación (11)[2]; el hijo de poca edad comenzó a entender lo que era el mundo y a llamarle Dios para entrar en religión, de tal suerte que no bastó nadie a estorbárselo, aunque su madre holgaba tanto de ello, que con nuestro Señor le debía ayudar mucho, aunque no lo mostraba, por los deudos. En fin, cuando el Señor quiere para sí un alma, tienen poca fuerza las criaturas para estorbarlo; así acaeció aquí, que con detenerle tres años con hartas persuasiones, se entró en la Compañía de Jesús. Díjome un confesor de esta señora, que le había dicho que en su vida había llegado gozo a su corazón como el día que hizo profesión su hijo.

9. ¡Oh Señor! ¡Qué gran merced hacéis a los que dais tales padres, que aman tan verdaderamente a sus hijos, que sus estados y mayorazgos y riquezas quieren que los tengan en aquella bienaventuranza que no ha de tener fin! Cosa es de gran lástima que está el mundo ya con tanta desventura y ceguedad, que les parece a los padres que está su honra en que no se acabe la memoria de este estiércol de los bienes de este mundo y que no la haya de que tarde o temprano se ha de acabar. Y todo lo que tiene fin, aunque dure, se acaba, y hay que hacer poco caso de ello, y que a costa de los pobres hijos quieran sustentar sus vanidades y quitar a Dios, con mucho atrevimiento, las almas que quiere para sí, y a ellas un tan gran bien que, aunque no hubiera el que ha de durar para siempre, que les convida Dios con él, es grandísimo verse libre de los cansancios y leyes del mundo, y mayor es (12)[3] para los que más tienen. Abridles, Dios mío, los ojos; dadles a entender qué es el amor que están obligados a tener a sus hijos, para que no los hagan tanto mal y no se quejen delante de Dios, en aquel juicio final, de ellos, adonde, aunque no quieran, entenderán el valor de cada cosa.

10. Pues como, por la misericordia de Dios, sacó a este caballero, hijo de esta señora doña María de Acuña (13)[4] (él se llama don Antonio de Padilla), de edad de diecisiete años, del mundo, poco más o menos, quedaron los estados en la hija mayor, llamada doña Luisa de Padilla; porque el conde de Buendía no tuvo hijos, y heredaba don Antonio este condado y el ser Adelantado de Castilla. Porque no hace a mi propósito, no digo lo mucho que padeció con sus deudos hasta salir con su empresa. Bien se entenderá a quien entendiere lo que precian los del mundo que haya sucesor de sus casas.

11. ¡Oh Hijo del Padre Eterno, Jesucristo, Señor nuestro, Rey verdadero de todo! ¿Qué dejasteis en el mundo? ¿Qué pudimos heredar de Vos vuestros descendientes? ¿Qué poseísteis, Señor mío, sino trabajos y dolores y deshonras, y aun no tuvisteis sino un madero en que pasar el trabajoso trago de la muerte? En fin, Dios mío, que los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar la herencia, no nos conviene huir del padecer. Vuestras armas son cinco llagas.

¡Ea, pues, hijas mías!, ésta ha de ser nuestra divisa, si hemos de heredar su reino: no con descansos, no con regalos, no con honras, no con riquezas se ha de ganar lo que Él compró con tanta sangre. ¡Oh gente ilustre! Abrid por amor de Dios los ojos. Mirad que los verdaderos caballeros de Jesucristo y los príncipes de su Iglesia, un San Pedro y San Pablo, no llevaban el camino que lleváis. ¿Pensáis por ventura que ha de haber nuevo camino para vosotros? No lo creáis. Mirad que comienza el Señor a mostrárosle por personas de tan poca edad como de los que ahora hablamos.

12. Algunas veces he visto y hablado a este don Antonio. Quisiera tener mucho más para dejarlo todo. Bienaventurado mancebo y bienaventurada doncella, que han merecido tanto con Dios, que en la edad que el mundo suele señorear a sus moradores le repisasen ellos. Bendito sea el que los hizo tanto bien.

13. Pues como quedasen los estados en la hermana mayor, hizo el caso de ellos que su hermano; porque desde niña se había dado tanto a la oración -que es adonde el Señor da luz para entender las verdades-, que lo estimó tan poco como su hermano. ¡Oh, válgame Dios a qué de trabajos y tormentos y pleitos y aun a aventurar las vidas y las honras se pusieran muchos por heredar esta herencia! No pasaron pocos en que se la consintiesen dejar. Así es este mundo, que él nos da bien a entender sus desvaríos si no estuviésemos ciegos. Muy de buena gana, porque la dejasen libre de esta herencia, la renunció en su hermana, que ya no había otra, que era de edad de diez u once años. Luego, porque no se perdiese la negra memoria, ordenaron los deudos de casar esta niña con un tío suyo, hermano de su padre, y trajeron del Sumo Pontífice dispensación, y desposáronlos (14)[5].

14. No quiso el Señor que hija de tal madre y hermana de tales hermanos quedase más engañada que ellos, y así sucedió lo que ahora diré. Comenzando la niña a gozar de los trajes y atavíos del mundo que, conforme a la persona, serían para aficionar en tan poca edad como ella tenía, aun no había dos meses que era desposada cuando comenzó el Señor a darla luz, aunque ella entonces no lo entendía. Cuando había estado el día con mucho contento con su esposo, que le quería con más extremo que pedía su edad, dábale una tristeza muy grande viendo cómo se había acabado aquel día, y que así se habían de acabar todos. ¡Oh grandeza de Dios, que del mismo contento que le daban los contentos de las cosas perecederas, le vino a aborrecer! Comenzole a dar una tristeza tan grande que no la podía encubrir a su esposo, ni ella sabía de qué ni qué le decir, aunque él se lo preguntaba.

15. En este tiempo ofreciósele un camino adonde no pudo dejar de ir, lejos del lugar. Ella sintió mucho, como le quería tanto. Mas luego le descubrió el Señor la causa de su pena, que era inclinarse su alma a lo que no se ha de acabar, y comenzó a considerar cómo sus hermanos habían tomado lo más seguro y dejádola a ella en los peligros del mundo. Por una parte esto; por otra, parecerle que no tenía remedio (porque no había venido a su noticia que siendo desposada podía ser monja, hasta que lo preguntó), traíala fatigada; y, sobre todo, el amor que tenía a su esposo no la dejaba determinar, y así pasaba con harta pena.

16. Como el Señor la quería para sí, fuela quitando este amor y creciendo el deseo de dejarlo todo. En este tiempo sólo la movía el deseo de salvarse y de buscar los mejores medios; que le parecía que, metida más en las cosas del mundo, se olvidaría de procurar lo que es eterno, que esta sabiduría le infundió Dios en tan poca edad, de buscar cómo ganar lo que no se acaba. ¡Dichosa alma que tan presto salió de la ceguedad en que acaban muchos viejos! Como se vio libre la voluntad, determinose del todo de emplearla en Dios, que hasta esto había callado, y comenzó a tratarlo con su hermana. Ella, pareciéndole niñería, la desviaba de ello y le decía algunas cosas para esto, que bien se podía salvar siendo casada. Ella le respondió que por qué lo había dejado ella. Y pasaron algunos días. Siempre iba creciendo su deseo, aunque a su madre no osaba decir nada, y por ventura era ella la que la daba la guerra con sus santas oraciones.

CAPÍTULO 11

Prosíguese en la materia comenzada del orden que tuvo doña Casilda de Padilla para conseguir sus santos deseos de entrar en religión.

1. En este tiempo ofreciose dar un hábito (1)[6] a una freila en este monasterio de la Concepción, cuyo llamamiento podrá ser que diga, porque aunque diferentes en calidad, porque es una labradorcita, en las mercedes grandes que la ha hecho Dios, la tiene de manera, que merece, para ser Su Majestad alabado, que se haga de ella memoria. Y yendo doña Casilda (que así se llamaba esta amada del Señor), con una abuela suya a este hábito, que era madre de su esposo, aficionose en extremo a este monasterio, pareciéndole que por ser pocas y pobres podían servir mejor al Señor; aunque todavía no estaba determinada a dejar a su esposo, que -como he dicho- (2)[7] era lo que más la detenía.

2. Consideraba que solía antes que se desposase tener ratos de oración; porque la bondad y santidad de su madre las tenía, y a su hijo, criados en esto, que desde siete años los hacía entrar a tiempos en un oratorio y los enseñaba cómo habían de considerar en la pasión del Señor y los hacía confesar a menudo; y así ha visto tan buen suceso de sus deseos, que eran quererlos para Dios. Y así me ha dicho ella que siempre se los ofrecía y suplicaba los sacase del mundo, porque ya ella estaba desengañada de en lo poco que se ha de estimar. Considero yo algunas veces, cuando ellos se vean gozar de los gozos eternos y que su madre fue el medio, las gracias que le darán y el gozo accidental que ella tendrá de verlos; y cuán al contrario será los que, por no los criar sus padres como a hijos de Dios (que lo son más que no suyos), se ven los unos y los otros en el infierno, las maldiciones que se echarán y las desesperaciones que tendrán.

3. Pues tornando a lo que decía, como ella viese que aun rezar ya el rosario hacía de mala gana, hubo gran temor que siempre sería peor, y parecíale que veía claro que viniendo a esta casa tenía asegurada su salvación. Y así, se determinó del todo; y viniendo una mañana su hermana y ella con su madre acá, ofreciose que entraron en el monasterio dentro, bien sin cuidado que ella haría lo que hizo. Como se vio dentro, no bastaba nadie a echarla de casa. Sus lágrimas eran tantas porque la dejasen, y las palabras que decía, que a todas tenía espantadas. Su madre, aunque en lo interior se alegraba, temía a los deudos y no quisiera se quedara así, porque no dijesen había sido persuadida de ella, y la priora también estaba en lo mismo, que le parecía era niña y que era menester más prueba. Esto era por la mañana. Hubiéronse de quedar hasta la tarde, y enviaron a llamar a su confesor y al padre maestro fray Domingo, que lo era mío, dominico, de quien hice al principio mención, aunque yo no estaba entonces aquí (3)[8]. Este padre entendió luego que era espíritu del Señor, y la ayudó mucho, pasando harto con sus deudos (¡así habían de hacer todos los que le pretenden servir, cuando ven un alma llamada de Dios, no mirar tanto las prudencias humanas!), prometiéndola de ayudarla para que tornase otro día.

4. Con hartas persuasiones, porque no echasen culpa a su madre, se fue esta vez. Ella iba siempre más adelante en sus deseos. Comenzaron secretamente su madre a dar parte a sus deudos; porque no lo supiese el esposo, se traía este secreto. Decían que era niñería y que esperase hasta tener edad, que no tenía cumplidos doce años. Ella decía que como la hallaron con edad para casarla y dejarla al mundo, ¿cómo no se la hallaban para darse a Dios? Decía cosas que se parecía bien no era ella la que hablaba en esto.

5. No pudo ser tan secreto que no se avisase a su esposo. Como ella lo supo, pareciole no se sufría aguardarle, y un día de la Concepción, estando en casa de su abuela, que también era su suegra, que no sabía nada de esto, rogola mucho la dejase ir al campo con su aya a holgar un poco; ella lo hizo por hacerla placer, en un carro con sus criados. Ella dio a uno dinero, y rogole la esperase a la puerta de este monasterio con unos manojos o sarmientos, y ella hizo rodear de manera que la trajeron por esta casa. Como llegó a la puerta, dijo que pidiesen al torno un jarro de agua, que no dijesen para quién y apeose muy aprisa. Dijeron que allí se le darían; ella no quiso. Ya los manojos estaban allí. Dijo que dijesen viniesen a la puerta a tomar aquellos manojos, y ella juntose allí, y en abriendo entrose dentro, y fuese a abrazar con nuestra Señora (4)[9], llorando y rogando a la priora no la echase. Las voces de los criados eran grandes y los golpes que daban a la puerta. Ella los fue a hablar a la red y les dijo que por ninguna manera saldría, que lo fuesen a decir a su madre. Las mujeres que iban con ella hacían grandes lástimas. A ella se le daba poco de todo. Como dieron la nueva a su abuela, quiso ir luego allá.

6. En fin, ni ella ni su tío ni su esposo, que había venido y procuró mucho de hablarla (5)[10] por la red, hacían más de darla tormento cuando estaba con ella, y después quedar con mayor firmeza. Decíala el esposo después de muchas lástimas, que podría más servir a Dios haciendo limosnas. Ella le respondía que las hiciese él; y a las demás cosas le decía que más obligada estaba a su salvación y que veía que era flaca y que en las ocasiones del mundo no se salvaría, y que no tenía que se quejar de ella, pues no le había dejado sino por Dios, que en esto no le hacía agravio. De que vio que no se satisfacía con nada, levantose y dejole.

7. Ninguna impresión la hizo, antes del todo quedó disgustada con él, porque al alma que Dios da luz de la verdad, las tentaciones y estorbos que pone el demonio la ayudan más; porque es Su Majestad el que pelea por ella, y así se veía claro aquí que no parecía era ella la que hablaba.

8. Como su esposo y deudos vieron lo poco que aprovechaba quererla sacar de grado, procuraron fuese por fuerza; y así trajeron una provisión real para sacarla fuera del monasterio y que la pusiesen en libertad. En todo este tiempo, que fue desde la Concepción hasta el día de los Inocentes (6)[11], que la sacaron, se estuvo sin darle el hábito en el monasterio, haciendo todas las cosas de la religión como si le tuviera y con grandísimo contento. Este día la llevaron en casa de un caballero, viniendo la justicia por ella. Lleváronla con hartas lágrimas, diciendo que para qué la atormentaban, pues no les había de aprovechar nada. Aquí fue harto persuadida así, de religiosos como de otras personas; porque a unos les parecía que era niñería, otros deseaban gozase su estado. Sería alargarme mucho si dijese las disputas que tuvo y de la manera que se libraba de todos. Dejábalos espantados de las cosas que decía.

9. Ya que vieron no aprovechaba, pusiéronla en casa de su madre para detenerla algún tiempo, la cual estaba ya cansada de ver tanto desasiego y no la ayudaba en nada; antes, a lo que parecía, era contra ella. Podía ser que fuese para probarla más; al menos así me lo ha dicho después, que es tan santa que no se ha de creer sino lo que dice; mas la niña no lo entendía. Y también un confesor que la confesaba le era en extremo contrario, de manera que no tenía sino a Dios y a una doncella de su madre, que era con quien descansaba. Así pasó con harto trabajo y fatiga hasta cumplir los doce años, que entendió que se trataba de llevarla a ser monja al monasterio que estaba su hermana, ya que no la podían quitar de que lo fuese, por no haber en él tanta aspereza (7)[12].

10. Ella, como entendió esto, determinó de procurar, por cualquier medio que pudiese, procurar su contento con llevar su propósito adelante. Y así, un día, yendo a misa con su madre, estando en la iglesia, entrose su madre a confesar en un confesonario, y ella rogó a su aya que fuese a uno de los padres a pedir que le dijesen una misa; y en viéndola ida, metió sus chapines en la manga (8)[13] y alzó la saya y vase con la mayor prisa que pudo a este monasterio, que era harto lejos. Su aya, como no la halló, fuese tras ella; y ya que llegaba cerca, rogó a un hombre que se la tuviese. Él dijo después que no había podido menearse, y así la dejó. Ella, como entró a la puerta del monasterio primera y cerró la puerta y comenzó a llamar, cuando llegó la aya ya estaba dentro en el monasterio, y diéronle luego el hábito, y así dio fin a tan buenos principios como el Señor había puesto en ella. Su Majestad la comenzó bien en breve a pagar con mercedes espirituales, y ella a servirle con grandísimo contento y grandísima humildad y desasimiento de todo.

11. ¡Sea bendito por siempre!, que así da gusto con los vestidos pobres de sayal a la que tan aficionada estaba a los muy curiosos y ricos, aunque no eran parte para encubrir su hermosura, que estas gracias naturales repartió el Señor con ella como las espirituales, de condición y entendimiento tan agradable que a todas es despertador para alabar a Su Majestad. Plega a Él haya muchas que así respondan a su llamamiento.





            [1] Duque, había escrito la Santa, que se apresuró a corregir su confusión de títulos. - Las ediciones antiguas, hasta la de 1572 suprimieron cuanto sigue de este capítulo y el siguiente: todo el episodio de Casilda de Padilla. Para facilitar la intelección del relato, basten los datos siguientes: doña María de Acuña, viuda de don Juan de Padilla y Manrique, Adelantado Mayor de Castilla, tuvo cuatro hijos: D. Antonio, heredero de los títulos, María de Acuña, Luisa de Padilla y Casilda de Padilla. El primero se hizo jesuita (novicio en Valladolid bajo el P. Baltasar Álvarez, confesor de la Santa); doña Luisa se hizo franciscana; doña María, dominica; Casilda, a los doce años, se desposó (no se casó) con su tío D. Martín de Padilla, pero en seguida burló al esposo y entró carmelita. Para salvar el título, hubo de salir de su convento la franciscana doña Luisa (con dispensa pontificia), quien casó con el fracasado don Martín.
            [2] De la tercera, protagonista de esta historia, hablará en el n. 13.
            [3] Mayor es...: el es fue escrito entre líneas por la Santa, para aclarar el pensamiento: mayor es el cansancio o trabajo, para quien más bienes del mundo tiene.
            [4] Ordenando la frase: Dios sacó del mundo a este caballero, hijo de esta Sra... (él se llama D. Antonio...) de edad de 17 años poco más o menos.
            [5] Desposáronlos: celebraron los esponsales, con mutua y solemne promesa de matrimonio.
            [6] Un hábito: una profesión, había escrito primero, y luego, por exactitud histórica, se corrigió. La freila (Hermana de velo blanco, o no corista), era Estefanía de los Apóstoles, que tomó el hábito el 2 de julio de 1572, y fue famosa entre las Descalzas primitivas.
            [7] En el c. 10, n. 15.
            [8] Priora era María Bautista, sobrina de la Santa y una de las más privilegiadas en correspondencia espistolar con ésta. Confesor de la Madre era el P. Báñez. No pudiendo datar con precisión el episodio, no es fácil puntualizar dónde se hallaba la Fundadora; es probable que coincidiese con su permanencia en Salamanca, desde fines de julio de 1573 hasta enero del año siguiente.
            [9] Esta imagen de la Virgen preside todavía el coro de la Comunidad.
            [10] En otras ediciones se lee: «alelarla por la red». Pero el autógrafo teresiano dice «ablarla». - Por la red: es decir, a través de las rejas del locutorio monástico.
            [11] Desde el 8 al 28 de dic. de 1573.
            [12] Convento de monjas dominicas de Valladolid.
            [13] Sus chapines, especie de zapatos o chanclos de postín, de alto tacón de corcho, usados por las mujeres de entonces para añadir altura y esbeltez al talle.


COMENTARIO A LOS CAPÍTULOS 10 (nn. 8-16) Y 11

La vocación de Casilda de Padilla

Por primera vez en el relato de las fundaciones se detiene la Santa a diseñar el perfil de una persona, una niña, y la historia de su vocación. Le dedica la segunda parte del capítulo 10 y todo el capítulo 11 (Cf los títulos de ambos capítulos).

Teresa escribe cuando todavía no conoce personalmente a Casilda ni a los familiares que intervienen en el intrigante episodio. Efectivamente, su vocación surge a finales de 1571, mientras la Santa es priora en la Encarnación de Ávila. Y escribe los capítulos 10‑11 en 1574, probablemente mientras reside en Segovia y Casilda sigue de postulante‑novicia en Valladolid. Obviamente, la fuente de cuanto narra la Santa es su sobrina María Bautista, hábil priora y buena reportera del convento carmelitano.

Es normal, por tanto, que la historia de Casilda quede a medio relatar. Comencemos completanto el cuadro, en sus líneas más importantes.

Casilda de Padilla es la tercera hija de Juan de Padilla, Adelantado Mayor de Castilla, recientemente difunto (28.10.1563), y de doña María de Acuña, que tienen además un hijo mayor, Antonio, y otras dos hijas, María y Luisa. La citada doña María de Acuña era "hermana del conde de Buendía" Juan de Acuña, fallecido sin descendencia y dejando, por tanto, heredera del título y del condado a esa su hermana doña María.

De los cuatro hermanos de la familia Padilla‑Acuña, pronto ingresa jesuita el mayor, "de edad de 17 años, poco más o menos" (c. 10, 10). Lo sigue poco después su hermana María, que se hace dominica en el convento vallisoletano de Santa Catalina. Queda en casa Luisa, que comparte con su hermana Casilda el drama vivido por ésta. De las dos, Luisa renuncia al mayorazgo, que recae sobre la última, Casilda.

Tienen además dos tíos paternos: D. Martín de Padilla ‑futuro prometido esposo de Casilda‑, y D. Pedro, canónigo en la catedral de Toledo. En los capítulos 10‑11, la Santa concentra su atención en la protagonista del episodio, que es Casilda. Resumamos y copletemos el cuadro:

Nacida en Valladolid hacia 1560, a los once años se la desposa con su tío don Martín de Padilla, quien aspira a heredar los títulos y posesiones de su difunto hermano. Pero ese mismo año surge incontenible la vocación carmelita de "la niña", que el 8 de diciembre de 1572 trama una primera fuga al Carmelo, de donde se la saca a viva fuerza con intervención de las autoridades civiles (28.12.1572).

Pero ella persiste en su idea, intenta una segunda fuga e ingresa carmelita ese mismo año, haciendo su profesión religiosa el 13 de enero de 1577, a los 16 de edad. "Está alegrísima", comenta la Santa a Gracián (carta 145, 2).

Siguen varios años de normal vida religiosa en el Carmelo de Valladolid. Pero los familiares de Casilda no cejan en su acoso, y a los pocos años ella cede a sus pretensiones. Han obtenido de Roma un breve pontificio que la nombra abadesa del convento de franciscanas concepcionistas de San Bartolomé, en Santa Gadea del Cid (Burgos). Casilda lo acepta y lleva consigo a su hermana María, que abandona a la vez su convento dominico. Ocurría a primeros de septiembre de 1581.

Extrañamente, el año anterior la Santa había pasado varios meses (agosto‑diciembre) de convivencia con Casilda en el Carmelo vallisoletano, postrada por el terrible catarro universal, y preparando la fundación del Carmelo palentino.

Ahora recibe la inesperada noticia en Ávila, e inmediatamente la comunica al Provincial Gracián: "Hoy me trajeron esa carta de Valladolid, que de pronto me dio sobresalto; mas luego he considerado que los juicios de Dios son grandes y que, en fin, ama a esta Orden... A la pobre muchacha he harta lástima, que es la peor librada... Él me libre de estos señores que todo lo pueden y tienen extraños reveses" (carta 408,1‑3; el 17.9.1581).

Casilda ronda los 21 años cuando asume el cargo de abadesa. En Santa Gadea del Cid lo ejerce otros ocho, hasta 1589, fecha en que traslada su convento a la ciudad de Burgos, donde prosigue de abadesa hasta su muerte en 1618.

Pese al momentáneo revés ‑que diría Teresa‑, Casilda nunca ocultó ni mermó su afecto a la Santa. En 1610 se presentó voluntaria ante el tribunal que tramitaba la causa de beatificación de Teresa y depuso entre otras cosas: "Esta testigo tuvo tan estrecho trato con la dicha santa Madre, que siendo de pequeña edad la abrigaba la santa Madre y dejaba adormecer en su regazo" (BMC 20, 416). Llegó a verla en los altares, beatificada en 1614.

Por su parte la Santa siguió escribiendo su libro de las Fundaciones después del abandono de Casilda, y ni borró ni arrancó del cuaderno las páginas que contaban su vocación. Las eliminarán en cambio los primeros editores del libro, salido de las prensas bruselenses el año 1610. En todas las ediciones actuales se reproduce íntegro el relato teresiano en toda su ingenuidad y encanto, con su entramado de intriga y de episodios en suspense, que pueden fascinar la atención del lector.

Con todo, la narración está transida de emoción y hondo sentido religioso. La Santa se conmueve ante el misterio de la vida, de la vocación religiosa, de la familia, de las triquiñuelas sociales e incluso de las servidumbres eclesiales. De ahí las exclamaciones que constelan el texto, o los momentos en que suspende el relato para dirigirse a Dios en oración intensa (cf, por ejemplo, los nn. 9, 11, 14 del cap. 10, hasta el número final del cap. 11). En el fondo, a la autora le interesa el lector, transmitirle sus convicciones y su emoción.

NOTAS DE LOS COMENTARIOS

1. La Santa y Casilda se conocen y conviven en el Carmelo de Valladolid a finales de ese mismo año 1574, probablemente poco después de redactado este capítulo. La Santa viaja de Ávila a Valladolid a finales de ese año. El 2 de enero siguiente escribe a don Teutonio de Braganza la impresión que le ha causado Casilda: "Aunque Estefanía es gran cosa.... Casilda de la Concepción me tiene espantada (asombrada). Porque, cierto, es tal que yo no la hallo... Si Dios la guarda, ha de ser una gran santa porque se ve claro lo que obra en ella. Tiene mucho talento (para su edad parece imposible) y mucha oración... Grandes su contento y humildad; es extraña cosa" (carta 79, 8).

2. "Trajeron del Sumo Pontífice dispensación" (c. 10, 13). Es decir, para el futuro matrimonio de Casilda con don Martín obtuvieron de Roma la dispensa del parentesco entre tío y sobrina. Por segunda vez recurrirá a Roma la familia Padilla, para conseguir nueva dispensa a favor de Casilda en su salida del Carmelo y su nombramiento de abadesa.

3. Luisa, la hermana de Casilda: en el forcejeo por la transmisión familiar de los títulos y poderes nobiliarios, una vez fracasado el desposorio de Casilda, se casan ‑enamorados o no‑ el dicho don Martín con doña Luisa, hermana de Casilda (obviamente con nueva dispensa venida de Roma). Tienen numerosa prole.Y al morir don Martín en 1602, su esposa doña Luisa se hace carmelita descalza e incluso es fundadora de los Carmelos de Talavera de la Reina y de Lerma.

4. La primera edición de las Fundaciones se hizo en Bruselas (1610) bajo la dirección del P. Gracián, que no se sirvió para ella del autógrafo teresiano. entonces custodiado en El Escorial, sino de un traslado en que ya se había eliminado todo lo referente a Casilda.

LIBRO DE FUNDACIONES de Santa Teresa de Jesús

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Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)