11.5.12

Capítulo 16 Fundaciones

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D. 

Libro de las Fundaciones         
CAPÍTULO 16

En que se tratan algunas cosas sucedidas en este convento de San José de Toledo, para honra y gloria de Dios.

1. Hame parecido decir alguna cosa de lo que en servicio de nuestro Señor algunas monjas se ejercitaban, para que las que vinieren procuren siempre imitar estos buenos principios.

Antes que se comprase la casa entró aquí una monja llamada Ana de la Madre de Dios, de edad de cuarenta años, y toda su vida había gastado en servir a Su Majestad. Aunque en su trato y casa no le faltaba regalo, porque era sola y tenía bien (1)[1], quiso más escoger la pobreza y sujeción de la Orden, y así me vino a hablar. Tenía harto poca salud; mas, como yo vi alma tan buena y determinada, pareciome buen principio para fundación y así la admití. Fue Dios servido de darla mucha más salud en la aspereza y sujeción, que la que tenía con la libertad y regalo.

2. Lo que me hizo devoción, y por lo que la pongo aquí, es que antes que hiciese profesión hizo donación de todo lo que tenía, que era muy rica, y lo dio en limosna para la casa. A mí me pesó de esto y no se lo quería consentir, diciéndole que por ventura o ella se arrepentiría, o nosotras no la querríamos dar profesión, y que era recia cosa hacer aquello (puesto que cuando esto fuera, no la habíamos de dejar sin lo que nos daba), mas quise yo agraviárselo mucho (2)[2]: lo uno, porque no fuese ocasión de alguna tentación; lo otro, por probar más su espíritu. Ella me respondió que, cuando eso fuese, lo pediría por amor de Dios, y nunca con ella pude acabar otra cosa. Vivió muy contenta y con mucha más salud (3)[3].

3. Era mucho lo que en este monasterio se ejercitaban en mortificación y obediencia, de manera que algún tiempo que estuve en él, en veces, había de mirar lo que hablaba la prelada (4)[4]; que, aunque fuese con descuido, ellas lo ponían luego por obra. Estaban una vez mirando una balsa de agua que había en el huerto, y dijo: «Mas ¿qué sería si dijese (a una monja que estaba allí junto) que se echase aquí?». No se lo hubo dicho, cuando ya la monja estaba dentro, que, según se paró, fue menester vestirse de nuevo. Otra vez, estando yo presente, estábanse confesando, y la que esperaba a otra, que estaba allá, llegó a hablar con la prelada (5)[5]. Díjole que cómo hacía aquello; si era buena manera de recogerse; que metiese la cabeza en un pozo que estaba allí y pensase allí sus pecados. La otra entendió que se echase en el pozo, y fue con tanta prisa a hacerlo, que, si no acudieran presto, se echara, pensando hacía a Dios el mayor servicio del mundo. Otras cosas semejantes y de gran mortificación, tanto que ha sido menester que las declaren las cosas en que han de obedecer algunas personas de letras e irlas a la mano; porque hacían algunas bien recias, que, si su intención no las salvara, fuera desmerecer más que merecer. Y esto no es en solo este monasterio (sino que se me ofreció decirlo aquí), sino en todos hay tantas cosas, que quisiera yo no ser parte, para decir algunas, para que se alabe nuestro Señor en sus siervas (6)[6].

4. Acaeció, estando yo aquí, darle el mal de la muerte a una hermana. Recibidos los sacramentos y después de dada la Extremaunción, era tanta su alegría y contento, que así se le podía hablar en cómo nos encomendase en el cielo a Dios y a los santos que tenemos devoción, como si fuera a otra tierra. Poco antes que expirase, entré yo a estar allí, que me había ido delante del Santísimo Sacramento a suplicar al Señor la diese buena muerte; y así como entré, vi a Su Majestad a su cabecera, en mitad de la cabecera de la cama. Tenía algo abiertos los brazos, como que la estaba amparando, y díjome que tuviese por cierto que a todas las monjas que muriesen en estos monasterios, que Él las ampararía así, y que no hubiesen miedo de tentaciones a la hora de la muerte. Yo quedé harto consolada y recogida. Desde a un poquito, lleguela a hablar, y díjome: «¡Oh Madre, qué grandes cosas tengo de ver!». Así murió, como un ángel (7)[7].

5. Y algunas que mueren después acá he advertido que es con una quietud y sosiego, como si les diese un arrobamiento o quietud de oración, sin haber habido muestra de tentación ninguna. Así espero en la bondad de Dios que nos ha de hacer en esto merced, y por los méritos de su Hijo y de la gloriosa Madre suya, cuyo hábito traemos. Por eso, hijas mías, esforcémonos a ser verdaderas carmelitas, que presto se acabará la jornada. Y si entendiésemos la aflicción que muchos tienen en aquel tiempo y las sutilezas y engaños con que los tienta el demonio, tendríamos en mucho esta merced.

6. Una cosa se me ofrece ahora, que os quiero decir, porque conocí a la persona y aun era casi deudo de deudos míos. Era gran jugador y había aprendido algunas letras, que por éstas le quiso el demonio comenzar a engañar con hacerle creer que la enmienda a la hora de la muerte no valía nada. Tenía esto tan fijo, que en ninguna manera podían con él que se confesase, ni bastaba cosa, y estaba el pobre en extremo afligido y arrepentido de su mala vida; mas decía que para qué se había de confesar, que él veía que estaba condenado. Un fraile dominico que era su confesor y letrado, no hacía sino argüirle; mas el demonio le enseñaba tantas sutilezas, que no bastaba. Estuvo así algunos días, que el confesor no sabía qué se hacer, y debíale de encomendar harto al Señor él y otros, pues tuvo misericordia de él.

7. Apretándole ya el mal mucho, que era dolor de costado, torna allá el confesor, y debía de llevar pensadas más cosas con que le argüir; y aprovechara poco, si el Señor no hubiera piedad de él para ablandarle el corazón. Y como lo comenzó a hablar y a darle razones, sentose sobre la cama, como si no tuviera mal, y díjole: «que, en fin, ¿decís que me puede aprovechar mi confesión? Pues yo la quiero hacer». E hizo llamar un escribano o notario, que de esto no me acuerdo, e hizo un juramento muy solemne de no jugar más y de enmendar su vida, que lo tomasen por testimonio, y confesose muy bien y recibió los Sacramentos con tal devoción, que, a lo que se puede entender según nuestra fe, se salvó. Plega a nuestro Señor, hermanas, que nosotras hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra profesión, para que nuestro Señor nos haga la merced que nos ha prometido. Amén.

Notas del Capítulo 16

            [1] Tenía bien: tenía mucho, o quizás, «estaba bien».
            [2] Agraviárselo: en acepción de agravárselo, retener por cosa grave. – El modo de «agravárselo» fue muy según el estilo teresiano: por lo visto, tanto quería dar la buena novicia al convento, que la Santa hubo de exclamar: «Hija, no me traiga más cosas, que juntamente con ellas la echaré de casa» (FRANCISCO DE SANTA MARÍA, Reforma..., t. 1, lib. 2, c. 25).
            [3] Ana de la Madre de Dios profesó el 15/12/1570: había hecho renuncia de sus haberes en favor de la Santa el 22/5/1570; y murió en el Carmelo de Cuerva el 2/11/1610.
            [4] Primero escribió: había de mirar (yo misma) lo que hablaba. Luego añadió entre líneas la Prelada, para hacer impersonal el relato. Cf. nota sig.
            [5] Había escrito: llegó a hablar conmigo; díjele yo; luego veló su intervención bajo el anónimo de la Prelada. Es evidente, pues, que refiere episodios vividos por ella. La razón de las correcciones puede entreverse al fin del número: «Quisiera yo no ser parte, para decir...», es decir, para poder referir libremente, como en el caso de Casilda de Padilla.
            [6] Quisiera yo no ser parte: o sea, no haber tenido parte, no haber intervenido como actor.
            [7] Se trata de Petronila de S. Andrés, muerta en 1576 (Sobre ella, cf. B.M.C., t. 5, pp. 444-446).



COMENTARIO AL CAPÍTULO 16

Prácticas de virtud

Nueva pausa en la narración. Esta vez para referir sencillos ejemplos de virtud practicados en "aquellos principios". Lo explicita al comienzo y al final del capítulo: escribe "para que las que vinieren procuren siempre imitar estos buenos principios" (n. 1). Y "para que nuestro Señor nos haga la merced que nos ha prometido" de tener una muerte serena y esperanzada, como las aquí referidas (final del capítulo).

El trazado del texto sigue sencillamente esa enumeración de ejemplos y virtudes:

         – El caso de sor Ana al ingresar en el Carmelo de Toledo (nn. 1‑2);
         – Mortificación y obediencia en ese mismo Carmelo (n. 3);
         – Dos muertes ejemplares y promesa del Señor con ocasión de la primera (nn. 4‑7).

Son típicos y aleccionadores los ejemplos de virtud acaecidos dentro de los Carmelos ya fundados. Dirá sólo algunos, "para que se alabe a nuestro Señor en sus siervas". Recuerda y admira en primer lugar el desprendimiento y la total entrega de sus bienes por parte de una novicia, ya antes de su profesión, a la manera de los cristianos de la primitiva Iglesia. No menciona su nombre, pero se trata de la toledana Ana de la Madre de Dios (de la Palma), viuda a los 21 años, que ingresa a los 40 de edad y hace entrega incondicional de todos sus haberes al Carmelo, con renuncia formal ante notario. Morirá en 1610 en el Carmelo de Cuerva, después de una vida ejemplar y tras presidir varios años la comunidad de Toledo.

A contiuación la Santa hace la loa de la obediencia y la avala con el refrendo de episodios concretos. El tema de la obediencia es muy recurrente en el libro desde las primeras páginas. Es una virtud "de quien yo soy muy devota", escribe en el capítulo primero, tras escuchar en el prólogo la consigna de que "la obediencia da fuerzas". Le dedica extensas recomendaciones en los capítulos quinto y sexto, y de nuevo en el 18 (cf n. 13). De sí misma asegura, en el más alto nivel de vida espiritual, que la obediencia prima en el discernimiento de sus experiencias místicas. Lo testificará enseguida con ocasión de la fundación del Carmelo de Sevilla (c. 24).

Aquí, sin embargo, insiste en la prudencia y el discernimiento por parte de superioras y súbditas, para no dar paso a posibles excentricidades.

Y recuerda con fruición el episodio de la primera monja fallecida en el Carmelo toledano ("acaeció estando yo allí", n. 3), ocasión en que recibe del Señor la maravillosa promesa "que a todas las monjas que muriesen en estos monasterios Él las ampararía así", mientras ella lo contempla a la cabecera de la moribunda "con los brazos algo abiertos, como que la estaba amparando". Es quizás el cuadro más precioso de todo el libro (n. 4). De hecho, la muerte tiene para ella trascendencia mística y le concede excepcional importancia en la vida de comunidad y en el caso personal de cada religiosa.

Y concluye el episodio: "Así espero en la bondad de Dios que nos ha de hacer en esto merced, y por los méritos de su Hijo y de la gloriosa Madre suya, cuyo hábito traemos" (n. 5).

Nota del Comentario:

1. Ana de la Madre de Dios, mencionada en el n.1, había conocido a la Santa en el palacio de doña Luisa de la Cerda. Emitió sus votos religiosos en noviembre de 1570. Años después, al enfermar la priora de Malagón, la sustituyó en este Carmelo al frente de la comunidad. De ella escribe la Santa en esa ocasión, julio de 1577: "Ana de la Madre de Dios es muy buena religiosa y hace muy bien su oficio sin salir un punto de las Constituciones" (carta 200, 10). Murió en el Carmelo de Cuerva en 1610.

 

LIBRO DE FUNDACIONES DE SANTA TERESA DE JESÚS


Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)