27.7.12

Capítulo 27 Fundaciones

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D. 
Libro de las Fundaciones         
 
CAPÍTULO 27




 
En que trata de la fundación de la villa de Caravaca. Púsose el Santísimo Sacramento, día de año nuevo del mismo año de 1576. Es la vocación del glorioso San José (1)[1].

1. Estando en San José de Ávila para partirme a la fundación que queda dicha de Beas, que no faltaba sino aderezar en lo que habíamos de ir, llega un mensajero propio, que le enviaba una señora de allí, llamada doña Catalina, porque se habían ido a su casa –desde un sermón que oyeron a un padre de la Compañía de Jesús– tres doncellas con determinación de no salir hasta que se fundase un monasterio en el mismo lugar (2)[2]. Debía ser cosa que tenían tratada con esta señora, que es la que les ayudó para la fundación. Eran de los más principales caballeros de aquella villa. La una tenía padre, llamado Rodrigo de Moya, muy gran siervo de Dios y de mucha prudencia (3)[3]. Entre todas tenían bien para pretender semejante obra. Tenían noticia de ésta que ha hecho nuestro Señor en fundar estos monasterios, que se la habían dado de la Compañía de Jesús, que siempre han favorecido y ayudado a ella.


2. Yo, como vi el deseo y hervor de aquellas almas, y que de tan lejos iban a buscar la Orden de nuestra Señora, hízome devoción y púsome deseo de ayudar a su buen intento. Informada que era cerca de Beas, llevé más compañía de monjas de la que llevaba –porque, según las cartas, me pareció no se dejaría de concertar–, con intento de, en acabando la fundación de Beas, ir allá. Mas como el Señor tenía determinado otra cosa, aprovecharon poco mis trazas, como queda dicho en la fundación de Sevilla; que trajeron la licencia del Consejo de las Órdenes de manera que, aunque ya estaba determinada a ir, se dejó (4)[4].

3. Verdad es que, como yo me informé en Beas de adónde era y vi ser tan a trasmano y de allí allá tan mal camino, que habían de pasar trabajo los que fuesen a visitar las monjas, y que a los prelados se les haría de mal, tenía bien poca gana de ir a fundarle. Mas porque había dado buenas esperanzas, pedí al padre Julián de Ávila y a Antonio Gaytán fuesen allá para ver qué cosa era, y si les pareciese, lo deshiciesen. Hallaron el negocio muy tibio, no de parte de las que habían de ser monjas, sino de la doña Catalina, que era el todo del negocio, y las tenía en un cuarto por sí, ya como cosa de recogimiento.

4. Las monjas estaban tan firmes, en especial las dos, digo las que lo habían de ser, que supieron tan bien granjear al padre Julián de Ávila y Antonio Gaytán, que antes que se vinieron dejaron hechas las escrituras (5)[5], y se vinieron dejándolas muy contentas; y ellos lo vinieron tanto de ellas y de la tierra, que no acababan de decirlo, también como del mal camino. Yo, como lo vi ya concertado y que la licencia tardaba, torné a enviar allá al buen Antonio Gaytán, que por amor de mí todo el trabajo pasaba de buena gana, y ellos (6)[6] tenían afición a que la fundación se hiciese. Porque, a la verdad, se les puede a ellos agradecer esta fundación, porque si no fueran allá y lo concertaran, yo pusiera poco en ella.

5. Dile que fuese para que pusiese torno y redes (7)[7], adonde se había de tomar la posesión y estar las monjas hasta buscar casa a propósito. Así estuvo allá muchos días, que en la de Rodrigo de Moya, que –como he dicho– (8)[8] era padre de la una de estas doncellas, les dio parte de su casa muy de buena gana. Estuvo allá muchos días haciendo esto.

6. Cuando trajeron la licencia y yo estaba ya para partirme allá, supe que venía en ella que fuese la casa sujeta a los Comendadores y las monjas les diesen la obediencia, lo que yo no podía hacer, por ser la Orden de nuestra Señora del Carmen. Y así tornaron de nuevo a pedir la licencia, que en ésta y la de Beas no hubiera remedio (9)[9]. Mas hízome tanta merced el Rey, que en escribiéndole yo, mandó que se diese, que es al presente Don Felipe, tan amigo de favorecer los religiosos que entiende que guardan su profesión, que, como hubiese sabido la manera del proceder de estos monasterios, y ser de la primera Regla, en todo nos ha favorecido. Y así, hijas, os ruego yo mucho, que siempre se haga particular oración por Su Majestad, como ahora la hacemos.

7. Pues como se hubo de tornar por la licencia, partime yo para Sevilla, por mandado del padre Provincial, que era entonces y es ahora, el maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios –como queda dicho– (10)[10] y estuviéronse las pobres doncellas encerradas hasta el día de año nuevo adelante; y cuando ellas enviaron a Ávila era por febrero. La licencia luego se trajo con brevedad. Mas como yo estaba tan lejos y con tantos trabajos, no podía remediarlas, y habíales harta lástima, porque me escribían muchas veces con mucha pena, y así ya no se sufría detenerlas más.

8. Como ir yo era imposible, así por estar tan lejos, como por no estar acabada aquella fundación (11)[11], acordó el padre maestro fray Jerónimo Gracián, que era Visitador Apostólico –como está dicho–, que fuesen las monjas que allí habían de fundar, aunque no fuese yo, que se habían quedado en San José de Malagón. Procuré que fuese priora de quien yo confiaba lo haría muy bien, porque es harto mejor que yo (12)[12]. Y llevando todo recaudo, se partieron con dos padres Descalzos de los nuestros, que ya el padre Julián de Ávila y Antonio Gaytán había días que se habían tornado a sus tierras; y por ser tan lejos no quise viniesen, y tan mal tiempo, que era en fin de diciembre.

9. Llegadas allá, fueron recibidas con gran contento del pueblo, en especial de las que estaban encerradas. Fundaron el monasterio, poniendo el Santísimo Sacramento día del Nombre de Jesús, año de 1576 (13)[13]. Luego tomaron las dos hábito. La otra tenía mucho humor de melancolía, y debíale de hacer mal estar encerrada, cuánto más tanta estrechura y penitencia. Acordó de tornarse a su casa con una hermana suya.

10. Mirad, mis hijas, los juicios de Dios y la obligación que tenemos de servirle las que nos ha dejado perseverar hasta hacer profesión y quedar para siempre en la casa de Dios y por hijas de la Virgen, que se aprovechó Su Majestad de la voluntad de esta doncella y de su hacienda para hacer este monasterio, y al tiempo que había de gozar de lo que tanto había deseado, faltole la fortaleza y sujetola el humor, a quien muchas veces, hijas, echamos la culpa de nuestras imperfecciones y mudanzas.

11. Plega a Su Majestad que nos dé abundantemente su gracia, que con esto no habrá cosa que nos ataje los pasos para ir siempre adelante en su servicio, y que a todas nos ampare y favorezca para que no se pierda por nuestra flaqueza un tan gran principio como ha sido servido que comience en unas mujeres tan miserables como nosotras. En su nombre os pido, hermanas e hijas mías, que siempre lo pidáis a nuestro Señor, y que cada una haga cuenta de las que vinieren (14)[14] que en ella torna a comenzar esta primera Regla de la Orden de la Virgen nuestra Señora, y en ninguna manera se consienta en nada relajación. Mirad que de muy pocas cosas se abre puerta para muy grandes, y que sin sentirlo se os irá entrando el mundo. Acordaos con la pobreza y trabajo que se ha hecho lo que vosotras gozáis con descanso; y si bien lo advertís, veréis que estas casas en parte no las han fundado hombres las más de ellas, sino la mano poderosa de Dios, y que es muy amigo Su Majestad de llevar adelante las obras que Él hace, si no queda por nosotras. ¿De dónde pensáis que tuviera poder una mujercilla como yo para tan grandes obras, sujeta, sin solo un maravedí, ni quien con nada me favoreciese? Que este mi hermano, que ayudó en la fundación de Sevilla (15)[15], que tenía algo y ánimo y buen alma para ayudar algo, estaba en las Indias.

12. Mirad, mirad, mis hijas, la mano de Dios. Pues no sería por ser de sangre ilustre el hacerme honra. De todas cuantas maneras lo queráis mirar, entenderéis ser obra suya. No es razón que nosotras la disminuyamos en nada, aunque nos costase la vida y la honra y el descanso; cuánto más que todo lo tenemos aquí junto. Porque vida es vivir de manera que no se tema la muerte ni todos los sucesos de la vida, y estar con esta ordinaria alegría que ahora todas traéis y esta prosperidad, que no puede ser mayor que no temer la pobreza, antes desearla. ¿Pues a qué se puede comparar la paz interior y exterior con que siempre andáis? En vuestra mano está vivir y morir con ella, como veis que mueren las que hemos visto morir en estas casas. Porque, si siempre pedís a Dios lo lleve adelante y no fiáis nada de vosotras, no os negará su misericordia; si tenéis confianza en Él y ánimos animosos –que es muy amigo Su Majestad de esto–, no hayáis miedo que os falte nada. Nunca dejéis de recibir las que vinieren a querer ser monjas (como os contenten sus deseos y talentos, y que no sea por sólo remediarse, sino por servir a Dios con más perfección), porque no tenga bienes de fortuna, si los tiene de virtudes; que por otra parte remediará Dios lo que por ésta os habíais de remediar con el doblo (16)[16].

13. Gran experiencia tengo de ello. Bien sabe Su Majestad que –a cuanto me puedo acordar– jamás he dejado de recibir ninguna por esta falta, como me contentase lo demás. Testigos son las muchas que están recibidas sólo por Dios, como vosotras sabéis. Y puédoos certificar que no me daba tan gran contento cuando recibía la que traía mucho, como las que tomaba sólo por Dios; antes las había miedo, y las pobres me dilataban el espíritu y daba un gozo tan grande, que me hacía llorar de alegría. Esto es verdad.

14. Pues si cuando estaban las casas por comprar y por hacer, nos ha ido tan bien con esto, después de tener adónde vivir ¿por qué no se ha de hacer? Creedme, hijas, que por donde pensáis acrecentar, perderéis. Cuando la que viene lo tuviere, no teniendo otras obligaciones, como lo ha de dar a otros que no lo han por ventura menester, bien es os lo dé en limosna; que yo confieso que me pareciera desamor, si esto no hicieran. Mas siempre tened delante a que la que entrare haga de lo que tuviere conforme a lo que le aconsejaren letrados, que es más servicio de Dios; porque harto mal sería que pretendiésemos bien de ninguna que entra, sino yendo por este fin. Mucho más ganamos en que ella haga lo que debe a Dios –digo, con más perfección–, que en cuanto puede traer, pues no pretendemos todas otra cosa, ni Dios nos dé tal lugar, sino que sea Su Majestad servido en todo y por todo.

15. Y aunque yo soy miserable y ruin, para honra y gloria suya lo digo, y para que os holguéis de cómo se han fundado estas casas suyas. Que nunca en negocio de ellas, ni en cosa que se me ofreciese para esto, si pensara no salir con ninguna si no era torciendo en algo este intento, en ninguna manera hiciera cosa, ni la he hecho –digo en estas fundaciones– que yo entendiese torcía de la voluntad del Señor un punto, conforme a lo que me aconsejaban mis confesores (que siempre han sido, después que ando en esto, grandes letrados y siervos de Dios, como sabéis), ni –que me acuerde– llegó jamás a mi pensamiento otra cosa.

16. Quizá me engaño y habré hecho muchas que no entienda, e imperfecciones serán sin cuento. Esto sabe nuestro Señor, que es verdadero juez –a cuanto yo he podido entender de mí, digo– y también veo muy bien que no venía esto de mí, sino de querer Dios se hiciese esta obra, y como cosa suya me favorecía y hacía esta merced. Que para este propósito lo digo, hijas mías, de que entendáis estar más obligadas y sepáis que no se han hecho con agraviar a ninguno hasta ahora. Bendito sea el que todo lo ha hecho, y despertado la caridad de las personas que nos han ayudado. Plega a Su Majestad que siempre nos ampare y dé gracia, para que no seamos ingratas a tantas mercedes, amén.

***

17. Ya habéis visto, hijas, que se han pasado algunos trabajos, aunque creo son los menos los que he escrito; porque si se hubieran de decir por menudo, era gran cansancio, así de los caminos, con aguas y nieves y con perderlos, y sobre todo muchas veces con tan poca salud, que alguna me acaeció –no sé si lo he dicho– (17)[17] que era en la primera jornada que salimos de Malagón para Beas, que iba con calentura y tantos males juntos, que me acaeció, mirando lo que tenía por andar y viéndome así, acordarme de nuestro Padre Elías, cuando iba huyendo de Jezabel (18)[18] y decir: «Señor, ¿cómo tengo yo de poder sufrir esto? ¡Miradlo Vos!». Verdad es que, como Su Majestad me vio tan flaca, repentinamente me quitó la calentura y el mal; tanto, que hasta después que he caído en ello (19)[19], pensé que era porque había entrado allí un siervo de Dios, un clérigo, y quizá sería ello; al menos fue repentinamente quitarme el mal exterior e interior. En teniendo salud, con alegría pasaba los trabajos corporales.

18. Pues en llevar condiciones de muchas personas, que era menester en cada pueblo, no se trabajaba poco. Y en dejar las hijas y hermanas mías cuando me iba de una parte a otra, yo os digo que, como yo las amo tanto, que no ha sido la más pequeña cruz, en especial cuando pensaba que no las había de tornar a ver y veía su gran sentimiento y lágrimas. Que aunque están de otras cosas desasidas, ésta no se lo ha dado Dios, por ventura para que me fuese a mí más tormento, que tampoco lo estoy de ellas, aunque me esforzaba todo lo que podía para no se lo mostrar, y las reñía; mas poco me aprovechaba, que es grande el amor que me tienen y bien se ve en muchas cosas ser verdadero.

19. También habéis oído cómo era, no sólo con licencia de nuestro Reverendísimo Padre General, sino dada debajo de precepto un mandamiento después (20)[20]; y no sólo esto, sino que cada casa que se fundaba me escribía recibir grandísimo contento, habiendo fundado las dichas; que, cierto, el mayor alivio que yo tenía en los trabajos era ver el contento que le daba por parecerme que en dársele servía a nuestro Señor, por ser mi prelado, y, dejado de eso, yo le amo mucho.

O es que Su Majestad fue servido de darme ya algún descanso, o que al demonio le pesó porque se hacían tantas casas adonde se servía nuestro Señor (bien se ha entendido no fue por voluntad de nuestro Padre General, porque me había escrito –suplicándole yo no me mandase ya fundar más casas– que no lo haría, porque deseaba fundase tantas como tengo cabellos en la cabeza, y esto no había muchos años), antes que me viniese de Sevilla, de un Capítulo General que se hizo, adonde parece se había de tener en servicio lo que se había acrecentado la Orden, tráenme un mandamiento dado en Definitorio, no sólo para que no fundase más, sino para que por ninguna vía saliese de la casa que eligiese para estar, que es como manera de cárcel (21)[21]; porque no hay monja que para cosas necesarias al bien de la Orden no la pueda mandar ir el Provincial de una parte a otra, digo de un monasterio a otro. Y lo peor era estar disgustado conmigo nuestro Padre General, que era lo que a mí me daba pena, harto sin causa, sino con informaciones de personas apasionadas. Con esto me dijeron juntamente otras dos cosas de testimonios bien graves que me levantaban.

20. Yo os digo, hermanas, para que veáis la misericordia de nuestro Señor y cómo no desampara Su Majestad a quien desea servirle, que no sólo no me dio pena, sino un gozo tan accidental (22)[22] que no cabía en mí, de manera que no me espanto de lo que hacía el rey David cuando iba delante del arca del Señor, porque no quisiera yo entonces hacer otra, según el gozo, que no sabía cómo le encubrir. No sé la causa, porque en otras grandes murmuraciones y contradicciones en que me he visto no me ha acaecido tal. Mas al menos la una cosa de éstas que me dijeron, era gravísima. Que esto del no fundar, si no era por el disgusto del Reverendísimo General era gran descanso para mí, y cosa que yo deseaba muchas veces: acabar la vida en sosiego; aunque no pensaban esto los que lo procuraban, sino que me hacían el mayor pesar del mundo, y otros buenos intentos tendrían quizá.

21. También algunas veces me daban contento las grandes contradicciones y dichos que en este andar a fundar ha habido, con buena intención unos, otros por otros fines. Mas tan gran alegría como de esto sentí no me acuerdo, por trabajo que me venga, haberla sentido. Que yo confieso que en otro tiempo cualquiera cosa de las tres que me vinieron juntas, fuera harto trabajo para mí. Creo fue mi gozo principal parecerme que, pues las criaturas me pagaban así, que tenía contento al Criador. Porque tengo entendido que el que le tomare por cosas de la tierra o dichos de alabanzas de los hombres, está muy engañado; dejado de la poca ganancia que en esto hay, una cosa les parece hoy, otra mañana; de lo que una vez dicen bien, presto tornan a decir mal. Bendito seáis Vos, Dios y Señor mío, que sois inmutable por siempre jamás, amén. Quien os sirviere hasta el fin, vivirá sin fin, en vuestra eternidad.

***

22. Comencé a escribir estas fundaciones por mandato del padre maestro Ripalda, de la Compañía de Jesús –como dije al principio– (23)[23], que era entonces rector del Colegio de Salamanca, con quien yo entonces me confesaba. Estando en el monasterio del glorioso San José, que está allí, año de 1573, escribí algunas de ellas, y con las muchas ocupaciones habíalas dejado, y no quería pasar adelante, por no me confesar ya con el dicho a causa de estar en diferentes partes, y también por el gran trabajo y trabajos que me cuesta lo que he escrito, aunque, como ha siempre sido mandado por obediencia, yo los doy por bien empleados. Estando muy determinada a esto (24)[24], me mandó el padre Comisario Apostólico (que es ahora el maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios) que las acabase. Diciéndole yo el poco lugar que tenía y otras cosas que se me ofrecieron –que como ruin obediente le dije, porque también se me hacía gran cansancio, sobre otros que tenía–, con todo, me mandó, poco a poco o como pudiese las acabase.

23. Así lo he hecho, sujetándome en todo a que quiten los que entienden lo que es mal dicho: que lo quiten, que por ventura lo que a mí me parece mejor, irá mal.

Hase acabado hoy, víspera de San Eugenio, a catorce días del mes de noviembre, año de 1576 en el Monasterio de San José de Toledo, adonde ahora estoy por mandato del padre Comisario Apostólico, el maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, a quien ahora tenemos por Prelado Descalzos y Descalzas de la primitiva Regla, siendo también Visitador de los de la Mitigada de la Andalucía, a gloria y honra de nuestro Señor Jesucristo, que reina y reinará para siempre. Amén.

24. Por amor de nuestro Señor pido a las hermanas y hermanos que esto leyeren me encomienden a nuestro Señor para que haya misericordia de mí y me libre de las penas del purgatorio y me deje gozar de sí, si hubiere merecido estar en él. Pues mientras fuere viva no lo habéis de ver, séame alguna ganancia para después de muerta lo que me he cansado en escribir esto y el gran deseo con que lo he escrito de acertar a decir algo que os dé consuelo, si tuvieren por bien que lo leáis.


COMENTARIO AL CAPÍTULO 27

Fundación del Carmelo de Caravaca. Primer epílogo del libro

Es el último capítulo escrito por la Santa en su reclusión de Toledo (1576). Con él cree, de momento, terminada la fundación de sus Carmelos y concluido el presente libro. Al ser depuesto Gracián por el nuncio Sega, fenece el mandato de escribirlo impuesto por aquél ese mismo año al llegar a Toledo.

La Santa tardará tres años largos ("más de cuatro años", dirá ella: 28, 1) en reanudar la doble tarea de fundar y de escribir lo fundado. Y al alejarse del Carmelo toledano, llevará consigo el manuscrito en que ha ido refiriendo su historia: de Toledo a Ávila, de Ávila a Medina y Valladolid, a cada una de las cuatro últimas fundaciones, incluso en su postrer viaje, de Burgos a Alba de Tormes.

El presente capítulo se desarrolla en cuatro puntos:

         – La fundación de Caravaca, único tema anunciado en el título (nn. 1‑10);
         – Diálogo abierto con las lectoras (nn. 11‑16);
         – Valoración retrospectiva de las fundaciones (nn. 17‑21);
         – A modo de colofón (nn. 22‑24).

La fundación de Caravaca

Era un proyecto de vieja data, "estando en San José de Ávila..." en 1574. Lo pone en marcha con su viaje a Beas (1575). En él enrola una doble escuadrilla de monjas fundadoras: un grupo para Beas, el otro para Caravaca. Con dos posibles prioras de alta calidad: para Beas, Ana de Jesús; para Caravaca, María de San José.

Pero el proyecto fracasa. Caravaca pertenece a la encomienda de Santiago y la licencia de fundación exige que las futuras monjas se sometan a la obediencia del Consejo de Órdenes, cosa inadmisible para la Santa, que ante esa traba desvía hacia Sevilla el grupo de monjas destinadas a Caravaca.

Entretanto ella misma escribe al Rey y obtiene licencia en condiciones. Corresponde dando las gracias a Su Majesad (carta 86: del 19 de julio). Pero ante las dificultades del viaje, envía a Caravaca a sus dos escuderos de ocasión, Julián de Ávila y Antonio Gaytán, los cuales regresan entusiastas y con las escrituras firmadas. Sólo que de las cuatro jóvenes que se habían reunido en casa de Rodrigo de Moya en espera de la Santa, persistían únicamente dos.

La Santa propone por fundadora a Ana de San Alberto, que es nombrada oficialmente priora por el P. Gracián el 22 de noviembre de 1575, y la propia Santa le hace entrega de un billete "sobre lo que se ha de hacer en Caravaca". Procuré –escribe– que fuese priora quien yo confiaba lo haría muy bien, porque es harto mejor que yo" (n. 8).

Se inauguró el nuevo Carmelo el 1.1.1576, cuando aún estaba en ciernes la fundación de Sevilla. El de Caravaca será un Carmelo afortunado. Contará con la simpatía y el magisterio de San Juan de la Cruz, que mantendrá abundante correspondencia epistolar con la fundadora Ana de San Alberto.

En conversación con las lectoras

De pronto, sin cambio de tema ni paso de página, la narración se convierte en diálogo íntimo con las lectoras. La autora toma conciencia de que está escribiendo para ellas. Y le interesa que la historia –lo narrado– les sea fuente de vida. Que el objetivo de la obra no es la pura historia, sino la provocación que desde ella exige fidelidad y vida, comenzar de nuevo, ir comenzando siempre.

De ahí la insistencia coloquial entablada con las lectoras de entonces, tan fuerte que impacta igualmente al lector de hoy: "Mirad, mis hijas, los juicios de Dios y la obligación que tenemos de servirle... En su nombre os pido, hermanas e hijas mías, que siempre lo pidáis a nuestro Señor... Mirad que de muy pocas cosas se abre puerta para muy grandes... ¿De dónde pensáis que tuviera poder una mujercilla como yo para tan grandes obras... Mirad, mirad, mis hijas, la mano de Dios... Creedme, hijas, que por donde pensáis acrecentar perderéis...".

El tema monocorde del coloquio es la convicción de que los orígenes fundacionales del grupo son pura obra de Dios, que "si bien lo advertís, veréis que estas casas, en parte, no las han fundado hombres las más de ellas, sino la mano poderosa de Dios" (n. 11). Bendito sea él que todo lo ha hecho..., no seamos ingratas a tantas mercedes" (n. 16).

Son lemas que se convertirán en tópico reiterativo en los capítulos siguientes. La narración histórica vale únicamente en cuanto motivo de revivencia. Evocar lo iniciado es un compromiso para proseguirlo. Compromiso con quien en realidad lo ha iniciado, que es Él.

Siguen todavía dos complementos terminales. La mirada retrospectiva sobre lo hecho y narrado: "Habéis visto, hijas, que se han pasado algunos trabajos..." (nn. 17‑21).

Y el colofón: "Comencé a escribir estas fundaciones... en Salamanca. – Hase acabado hoy, a 14 días del mes de noviembre, año de 1576, en... Toledo" (nn. 22‑23).

Nota del comentario

La inserción de los "Cuatro avisos" en este punto de las "Fundaciones":
Como indica la misma Santa al final del capítulo, ese 14 de noviembre de 1576 da por terminado el libro. Lo reanudará tres años después con la fundación de Villanueva de la Jara (1580). En el intervalo ocurre un episodio singular en el autógrafo de las Fundaciones. El 6 de junio de 1579, "estando en San José de Ávila, víspera del Espíritu Santo (Pentecostés)", la Santa recibe del Señor la gracia de los "cuatro avisos a estos Padres Descalzos", e inmediatamente los escribe en una cuartilla que ella misma aloja al final del cuaderno de las Fundaciones, entre los folios blancos del último cuadernillo. Ahí queda suelta esa cuartilla, sin conexión alguna ni literaria ni textual, con el relato precedente, cuando lo reanude en cuadernillo nuevo con la fundación de Villanueva de la Jara. Sólo años más tarde, para evitar el reiterado hurto de ese pequeño autógrafo teresiano, el bibliotecario escurialense lo encola en el folio 100, casi como si fuese una pieza más del Libro de las Fundaciones. Actualmente, el breve texto de los cuatro Avisos puede verse en la Relación 67, dentro de las Obras completas de la Santa. (Cf mi estudio "Sobre los Cuatro Avisos de la Santa", en "Monte Carmelo" 2006, pp. 257‑299).

Notas del texto teresiano


            [1] Esta vez erró la Santa al numerar el capítulo; había escrito 21, enmendando luego correctamente. – La vocación, equivale, –como ya hemos observado– al titular o advocación (cf. pról. n. 6 y c. 24, n. 12).
            [2] Mensajero propio: era el correo privado que se despachaba para urgir mensajes o despachos de importancia. – Una señora de allí: de Caravaca. – Después de Catalina, dejó en el autógrafo un espacio vacío para escribir el apellido Otálora, que de momento no recordaba. – El jesuita al que alude en seguida es el P. Leiva. – Las tres doncellas fueron Francisca de Saojosa, Francisca de Cuéllar y Francisca de Tauste, la primera de las cuales se retiró del grupo poco antes de la fundación, en la que ingresó más tarde (1578); había formado parte del grupo una cuarta que lo abandonó en seguida (cf. JULIAN DE Ávila, Vida de Santa Teresa, P. 2, c. 8, pp. 279-280).
            [3] Rodrigo de Moya, padre de Francisca de Cuéllar. Entre todas tenían bien: tenían suficientemente, o lo bastante para... Rodrigo de Moya, padre de Francisca de Cuéllar. Entre todas tenían bien: tenían suficientemente, o lo bastante para...
            [4] Para comprender más fácilmente este pasaje teresiano téngase presente: 1º, que al venir la Santa a la fundación de Beas, trajo consigo doble número de monjas, las suficientes para dos fundaciones (cf. c. 24, n. 4); 2º, que perteneciendo Caravaca a la encomienda de la Orden de Santiago, el conceder el Consejo de Órdenes la licencia para la fundación, puso por condición que se sometiese a la Obediencia de dicho Consejo, cosa inadmisible para la Reformadora (cf. c. 23, n. 1; y c. 24, n. 3); 3º, que por éste y otros motivos, las monjitas destinadas a Caravaca fueron llevadas a la fundación de Sevilla (cf. cc. 22-26).
            [5] Las firmaron a 10 de marzo de 1575.
            [6] Ellos: Julián de Ávila y A. Gaitán.
            [7] Dile: lectura dudosa: más bien parece que escribió la Santa: pedile. Que pusiese... redes, es decir, «rejas» como en los monasterios de clausura.
            [8] En el n. 1.
            [9] Que en esta y la de Beas no hubiera remedio: como ambas poblaciones pertenecían a la Encomienda de Santiago, si el Consejo de Órdenes no hubiera accedido a las condiciones puestas por la M. Teresa, «no hubiera remedio», es decir, no se hubiera fundado. – La carta de la Santa a Felipe II se ha perdido; se conserva, en cambio, el despacho regio (cf. B.M.C., t. 6, p. 257-262) fechado el 9 de junio de 1575. Conservamos asimismo la respuesta agradecida de la Santa al Rey (19/7/1575).
            [10] En el c. 14, n. 4. – Día de año nuevo adelante: 1 de enero del «siguiente» año (1576). Cuando enviaron a Ávila, no fue en febrero, sino probablemente en enero de 1575: llevaban, aproximadamente, un año de retiro y espera. – La licencia... se trajo con fecha 9 de junio de 1575, cuando la Santa estaba lejos, en Sevilla.
            [11] Aquella fundación, la de Sevilla. – Del Visitador habló en el c. 23, n. 13.
            [12] Envió de Priora a Ana de San Alaberto, que llegó a ser discípula aventajada de San Juan de la Cruz (cf. Epistolario del Santo). – Llevando todo recaudo: todo el ajuar necesario. Los dos Padres Descalzos fueron Ambrosio de San Pedro y Miguel de la Columna, tristemente famoso el segundo.
            [13] Llegaron el 18/12/1575. Pusieron el Santísimo el 1/1/1576 (cf. n. 1).
            [14] Puesto en orden: que cada una de las que vinieren haga cuenta...
            [15] Lorenzo de Cepeda (cf. c. 25, n. 3).
            [16] El doblo: doble o duplo.
            [17] Lo omitió al relatar la fundación (cf. c. 22).
            [18] 3 Reg. 19, 3.
            [19] Que ha caído en cuenta de ello. – El clérigo era Gregorio Martínez, llemado en la Reforma Greg. Nacianceno.
            [20] Cf. c. 21, n. 2. Alude probablemente a la patente del 6 de abril de 1571. Cf. además c. 22, n. 2 y c. 24, n. 20 nota 22.
            [21] Se refiere al Capítulo General de Plasencia, celebrado bajo la presidencia del P. Rubeo en mayo-junio de 1575. El Definitorio del Capítulo impuso a la Santa el «mandamiento» de recluirse definitivamente en un convento de Castilla, sin salir a hacer nuvas fundaciones. La Madre quiso ejecutar inmediatamente esta orden, pero lo impidió el P. Gracián, que en calidad de Visitador Apostólico tenía autoridad independiente de la del Superior General (cf. c. 25, n. 2). En las Actas del Capítulo no queda constancia de este «mandamiento» intimado a la Santa. – El sentido de este largo párrafo pende de la disyuntiva inicial: «O es que Dios dispuso que yo descansase, o al diablo le pesó que hiciese tantas fundaciones: el caso es que el Difinitorio dio orden de que no fundase más»...
            [22] Un gozo tan accidental: usa la Santa este último término en su acepción teológica (el goce accidental de los bienaventurados es el que no proviene directamente de la visión facial), pero con una aplicación muy original: ella poseía, efectivamente, mucho más profundo del que disfrutaba permanentemente. – Alude en seguida al episodio de David referido en Vida, 16, 3. – De esta singular alegría teresiana poseemos testimonios interesantísimos; he aquí el del P. Gracián: «Pues un solo consuelo que me quedaba, que era acudir a la misma Madre a consolarme con ella, era para mí mayor tormento; porque cuando le decía los males que de ella se decían era tan grande su contento y fregaba una palma con otra en señal de alegría, como a quien le ha acontecido un sabroso suceso, que a mí me era increíble pesar».
            [23] En el Prólogo, n. 2.
            [24] Determinada a esto, es decir, a «no pasar adelante» en la composición del libro.


LIBRO DE FUNDACIONES DE SANTA TERESA DE JESÚS

Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús
Virgen y Doctora de la Iglesia, Madre nuestra.
Celebración: 15 de Octubre.


Nace en Avila el 28 de marzo de 1515. Entra en el Monasterio de la Encarnación de Avila, el 2 de noviembre de 1535. Funda en Avila el primer monasterio de carmelitas descalzas con el título de San José el 24 de agosto de 1562.

Inaugura el primer convento de frailes contemplativos en Duruelo el 28 de noviembre de 1568. Llegará a fundar 32 casas. Hija de la Iglesia, muere en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

La primera edición de sus obras fue el 1588 en Salamanca, preparadas por Fr. Luis de león. El 24 de abril de 1614 fue beatificada por el Papa Pablo V, y el 12 de marzo de 1622 era canonizada en San Pedro por el Papa Gregorio XV. El 10 de septiembre de 1965, Pablo VI la proclama Patrona de los Escritores Españoles.


Gracias a sus obras -entre las que destacan el Libro de la Vida, el Camino de Perfección, Las Moradas y las Fundaciones- ha ejercido en el pueblo de Dios un luminoso y fecundo magisterio, que Pablo VI iba a reconocer solemnemente, declarándola Doctora de la Iglesia Universal el 27 de septiembre de 1970.

Teresa es maestra de oración en el pueblo de Dios y fundadora del Carmelo Teresiano.

¿Qué significa la oración para Santa Teresa?
"Procuraba, lo más que podía, traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente. Y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior; aunque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con elentendimiento ni de aprovecharme con la imaginación; que la tengo tan torpe, que, aun para pensar y representar en mí (como lo procuraba traer) la humanidad del Señor, nunca acababa. Y, aunque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy trabajoso y penoso. Porque, si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos" (Vida 4,7).

"En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de proceder que llevaba en la oración), sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años; que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración ya no era en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes" (Vida 7, 17).

"Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme a mí que, si yo tuviera con quién tratar todo esto, que me ayudara a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía de Dios. Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos a otros con su oración. ¡Cuánto más, que hay muchas más ganancias! Yo no sé por qué (pues de conversa ciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos; que de todo tienen los que tienen oración" (Vida 7, 20).

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí..., se me ofreció lo que ahora diré... que es: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas... Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?... no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo... ¿No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no (nos) entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos? ¿No sería qran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra?.... (1 Moradas 1,1-2)